Poeta del hambre

Poeta del hambre

– Edición 515

Retrato de Niels Henrik Abel. Foto: Wikimedia Commons.

La breve existencia de Niels Henrik Abel estuvo definida por el hambre, pero esto no impidió que se convirtiera en un notable, pero ignorado, genio de las matemáticas

En “Un artista del hambre”, Franz Kafka relata la historia de un artista circense cuyo talento supremo era privarse de todo alimento. Parábola sin moraleja, este cuento de 1922 tuvo un antecedente en una novela del escritor noruego Knut Hamsun, titulada Hambre y publicada en 1890, de la que se ha dicho que presenta “las andanzas de un hombre hambriento en una sociedad que lo ignora”, un clásico de la literatura moderna, estrujante relato de un personaje sumergido en la miseria a falta de un trabajo estable, que inicia con esta imagen: “Era el tiempo que yo vagaba, con el estómago vacío, por Cristianía [el antiguo nombre de la ciudad de Oslo], esa ciudad singular que nadie puede abandonar sin llevarse impresa su huella….”.

La ficción de Hamsun podría ajustarse casi con exactitud a la historia verídica de otro noruego, cuya breve existencia estuvo definida por el hambre: Niels Henrik Abel, nacido en la población de Findö y descendiente, por línea paterna, de una extensa estirpe de pastores protestantes de grandísima cultura, y de una larga tradición de mercaderes por lado materno. En aquellos años, a comienzos del siglo XIX, Noruega formaba parte del imperio de Dinamarca y de manera alternada mantenía constantes batallas contra Inglaterra y Suecia, con hambruna y carestía constantes. Con cierta dificultad, Abel consiguió entrar en la escuela, donde comenzó su apasionado enamoramiento de la matemática. “Hay que estudiar a los maestros, no a sus discípulos”, habría de decir Abel, como para justificar la vehemencia con la que se lanzó a escudriñar, con sus propios medios, textos que consiguió prestados, de Euler, Laplace, Lagrange, Newton o Gauss.

Su padre murió cuando Abel acababa de cumplir 20 años de edad, y sobre el joven matemático se cimbró la responsabilidad de mantener a sus seis hermanos. Y, sin embargo, se matriculó en la universidad, consiguió alojamiento gratuito para mantener sus estudios y alguna beca que le ayudaba a solventar los gastos infinitos. Fue entonces que se planteó atacar un problema en el que otros habían fallado: demostrar que es imposible resolver algebraicamente ecuaciones generales de quinto grado y de grados superiores. Los antecesores de Abel, durante el siglo XVIII, consolidaron una visión de la naturaleza que “obedecía a un plan matemático”. La matemática como el mecanismo más propicio para representar y predecir el comportamiento de todo en el universo, y el “más sublime producto de la inteligencia humana”.

Abel trabajó cinco o seis años, hasta que hacia 1823 presentó una solución inédita, acertada y efectiva. Buscó el apoyo de la universidad para poder publicarla y obtener el correspondiente reconocimiento, pero el trabajo se perdió en la burocracia y los trámites. Con el posterior apoyo de colegas, principalmente alemanes, logró hacer públicos algunos de sus avances. Y por eso se animó a tentar al célebre Gauss: le envió una copia de sus trabajos, pero el influyente matemático alemán ni siquiera los leyó. Mucho menos aceptó recibirlo. A los ojos de algunos, Abel era “joven e inexperto”. Resentido, desairado, casi enfurecido, preparó su truco mayor: reservó la mayor de sus obras —acerca de funciones trascendentales— para presentarla en París, ante la Academia de Ciencias de Francia. Pero, limitado por su poca destreza con la lengua francesa, fue desairado una vez más, en esta ocasión por otro de los más influyentes matemáticos, el francés Cauchy, quien aparentemente perdió el documento de Abel. El noruego esperó inútilmente la respuesta de la Academia francesa.

Abel regresó a Oslo, sólo para enfermarse de tuberculosis y, agravada su enfermedad por la constante hambre que habría sufrido durante toda su vida, morir con 26 años y ocho meses de edad.

Decía Karl Wierstrass que “un matemático que no tenga al mismo tiempo algo de poeta no será nunca un matemático completo”.

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