Sístole y diástole

Sístole y diástole

– Edición 486

La decoración de las casas es una forma de apropiarnos de ellas, hacerlas nuestro espacio

Los hogares pasados nos habitan; por eso, sin querer o queriendo, vamos replicando lo que más nos gustaba de ellos y le vamos sumando otras cosas que nos dan placer y vida.

En esta casa viven diez corazones. Cinco de humano, dos de perro y tres de gato. Todos palpitan a su ritmo, pero acompañados de los demás. Si pudiéramos escucharlos serían como una orquesta de tambores que a veces tocan juntos en armonía y otras veces sin ton ni son.

Lo único que da vida a las casas son los corazones que viven en ellas. En realidad, basta uno solo para dar vida, y no es imprescindible que sea humano. Una casa sin latidos se vuelve otra cosa: un edificio, paredes erguidas, cuartos estériles. No es desconocido para nadie que una casa sola se deteriora, a paso de ruina, de una forma lastimosa, a tal grado que a veces es mejor echar abajo la construcción y comenzar desde cero. Otras veces es el arribo de corazones palpitantes lo que transforma una construcción en hogar, refugio, nido, madriguera o todo junto.

Hay hogares a los que nos gusta ir por lo que se vive dentro y por los que viven ahí. Humanos que abrazan, que escuchan, que al verte cruzar la puerta te preguntan si ya comiste; hay perros que lamen las manos, gatos que se frotan en tus piernas. Y a veces hay otros seres sorprendentes: hurones, gallinas, cerditos, pájaros, víboras, tarántulas. También hay casos contrarios, casas a las llegamos y en las que no vemos la hora de irnos, de escapar de aquellos corazones que laten en ritmos que no son los nuestros.

Si somos afortunados, llegamos a vivir en varios hogares, es decir, en esos espacios en donde nos sentimos vivos y a salvo. No por poco atesoramos su recuerdo. Como cuando de niña me quedaba a dormir en casa de mis primos, cuando iba a casa de mi abuela y escuchaba los zureos de sus palomas o cuando despertaba los domingos en casa de mis padres, en la habitación que compartía con mi hermana.

Los hogares pasados nos habitan; por eso, sin querer o queriendo, vamos replicando lo que más nos gustaba de ellos y le vamos sumando otras cosas que nos dan placer y vida. Tengo plantas, muebles de madera, y dejo que mis hijas vayan a dormir con sus primos porque me mudé con esos elementos a mi propio hogar. En cambio, no tengo pájaros como mi abuela y mi madre porque no me atrevo a tenerlos enjaulados, pero sí perros y gatos porque nunca pude tenerlos de niña.

Con sus andanzas, con sus rutinas, los corazones de nuestras casas forman esa música de fondo que nos fascina y, sí, a veces nos fastidia —aunque, paradójicamente, es lo que más añoramos cuando no está o estamos lejos—. Es letal la trampa de las rutinas, parecen interminables, pero son finitas y hasta efímeras. Su estado cíclico nos hipnotiza hasta lograr que olvidemos que justo en ellas transcurre la vida, ésa tan común y peligrosamente desdeñable. Hay más vida en lo cotidiano que en los asuntos extraordinarios. Lo malo es cuando descubrimos, desamparados, que hemos olvidado algunos ritmos, como cuando ya no recordamos cuándo fue la última vez que escuchamos cantar al abuelo, la última vez que cargamos en brazos a nuestros hijos o acariciamos el lomo de esa gatita a la que quisimos tanto.

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MAGIS, año LVII, No. 489, septiembre-octubre 2022, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de septiembre de 2022.

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