Herta Müller: la escritura del silencio

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Herta Müller: la escritura del silencio

– Edición 426

Los de Müller son libros de una belleza absorta en la constatación de una realidad más inverosímil que cualquier imaginación, y en los que la crudeza más impensable de la vida es sublimada por la poesía de modos absolutamente inolvidables.

Una niña está en silencio, en una iglesia desierta a la que ha entrado un mediodía cualquiera, cuando regresaba de hacer un mandado. La seriedad de su expresión está a salvo (todavía) del desprecio y la incredulidad que la aguardan, pero en su mirada azul se insinúa una perplejidad que se parece ya al miedo —y que acabará por definirse como tal cuando deba descubrirse sola, tanto como para que en estos mismos momentos ignoremos incluso cómo se llama: no lo sabemos porque está tan sola que jamás ha habido quién se lo pregunte.

Esta niña tiene un padre borracho y una madre que llora todo el tiempo —el hombre suele agitar el cuchillo ante su mujer si ésta le pide explicaciones—. También tiene un abuelo empecinado en las interminables y delirantes sumas y restas en los cuadernos de contabilidad donde lleva el registro de la prosperidad y el decoro que no recuperará nunca; la abuela, por su parte, hace otro tanto desgranando rezos de la mañana a la noche, en esa forma imperiosa del silencio que se desliza entre jaculatorias y letanías susurradas sin cesar mientras transcurren los afanes que dan forma a lo doméstico. Aunque son creyentes, ninguno va a la iglesia: sólo la niña, en silencio y sola, acude en representación de los demás: “Tal vez pensaban que, si era la niña quien iba a rezar, Dios comprendería que el resto de la familia no tenía tiempo”. Al menos los domingos la niña halla así la forma de librarse, aunque también se las ingenia para pasar por ahí otras veces, cuando como hoy la envían a algún encargo —después de todo, estarán tan atareados que no se darán cuenta—, y entra a sentarse, sola y en silencio, delante de una imagen de yeso de la Virgen María que la fascina porque muestra el corazón: “Estaba pintado fuera del cuerpo”, habrá de recordar muchos años después, “sobre el manto azul claro que le llegaba hasta los dedos de los pies; era un corazón muy grande, rojo oscuro con motitas negras. La estatua se señalaba el corazón con el dedo índice”. A ella le parece una sandía partida por la mitad. No se persigna ni reza en la iglesia desierta, tan sólo mira ese corazón mientras come uno de los caramelos que ha comprado con el dinero que sobró del encargo que fue a hacer, luego deja otro a los pies de la Virgen —“o un pedazo de hilo si había comprado hilo, o una cerilla de la caja, una aguja de coser o una horquilla del pelo”— y se va. (Una vez dejó una chincheta, pero luego regresó a retirarla porque pensó que la Virgen podía pisarla.)

Entre otros descubrimientos que esperan a esta niña que ahora se aleja de la iglesia y va a la carrera de regreso a su casa —a la borrachera y el cuchillo, el llanto, las cuentas y los rezos— está el reconocimiento del silencio como la fuerza gracias a la que no solamente llegará a salvar la vida, su aliado más fiel en el miedo que también la espera, sino como la materia que envuelven vanamente las palabras y que es idéntica a la soledad. Su lengua no es la de la tierra en la que ha nacido: pertenece a una minoría alemana que ha permanecido en Rumanía, y sólo aprenderá el rumano hasta la adolescencia; poco después se reconocerá como alguien incapaz de someterse a la omnipotencia del tirano, y esto la orillará a vivir bajo el acoso incesante del Estado, que verá en ella un enemigo al que debe suprimirse a toda costa. Al cabo, terminará desterrándose, pero para entonces ya habrá comenzado a escribir: acaso lo único que puede hacerse con el silencio. Libros de belleza absorta en la constatación de una realidad más inverosímil que cualquier imaginación, y en los que la crudeza más impensable de la vida es sublimada por la poesía de modos absolutamente inolvidables. (La colección de ensayos El rey se inclina y mata, una suerte de autobiografía intelectual, es un acceso inmejorable a su obra.) Le fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 2009; al recibirlo, pronunció un discurso alrededor de una pregunta que siempre le hacía su madre cuando estaba a punto de salir: “¿Tienes un pañuelo?”, y lo concluyó diciendo: “Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano”. m

 

Algunos libros de Herta Müller

:: Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Punto de Lectura, 2011).

:: El rey se inclina y mata (Siruela, 2011).

:: En tierras bajas (Punto de Lectura, 2009).

:: La bestia del corazón (Siruela, 2009).

:: El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela, 2007).

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