La rutina de ejercicio

La rutina de ejercicio

– Edición 514

“Inhala, exhala”, dicta la flaca de una década atrás. Tú obedeces resignada, porque incluso si quisieras rebelártele en ese momento, el cuerpo no iba a responderte

Te acomodas al inicio del tapete de hule.

Los pies juntos, la pelvis ligeramente levantada hacia el frente, la espalda recta. Las puntas de los dedos apuntan hacia abajo, cierras los ojos y comienzas a realizar respiraciones profundas.

Al inhalar, estiras los brazos hacia arriba, alargas la columna; al exhalar, intentas tocar las puntas de los pies forrados en calcetines antideslizantes. Apenas alcanzas la altura de las rodillas, la sangre galopa hacia tu cabeza. La instructora en la pantalla, atrapada en un video de hace diez años, es delgada talla 0 eterna y flexible como un gato. “No te preocupes si no alcanzas, aquí lo importante es que cada quien siga su ritmo”. El tuyo ha retrocedido con el paso del tiempo, las caguamas y las siestas hasta el mediodía con un gato acomodado en el hueco de tus piernas.

Te dan ganas de pedir perdón por la falta de disciplina. “Perdón por no haber continuado a pesar de que ya empezaba a sentir resultados”, quieres decir, aunque sabes que de nada sirve porque la instructora no te escucha. Sólo te mira con un poco de condescendencia detrás de esa sonrisa entusiasta.

Luego toca estirar una pierna hacia atrás, muy atrás, mientras la otra se queda al frente, formando un ángulo de 90 grados con la rodilla. Puedes sentir, con detalle, que la articulación truena como si fuera de papel, que los cuádriceps del muslo apenas existen y te cuesta mantener el equilibrio. La instructora dice que si llevas un brazo hacia adelante y el otro atrás puedes quedarte en la posición. “No pensamos en nada, nos concentramos en un punto lejano que no existe”.

Tan lejano como lo que está detrás de los muros de la habitación, de los departamentos de enfrente y los árboles del bosque más abajo. Más allá de la ruta empinada que lleva al otro municipio, por calles empedradas y curvas que culminan en la plaza de una basílica que nunca has visitado, que solamente adivinas cómo podría estar decorada según las iglesias a las que ya entraste. Un poco hacia la derecha, para ir en sentido contrario sobre una callecita angosta, a veces abarrotada de autos, por un par de cuadras hasta la puerta abierta que anuncia sin pena, desde siempre, sin excepción, que “Por el momento no aceptamos pagos con tarjeta”, porque nunca han aceptado otra cosa que no sea efectivo, pero no vas a enviarles a Hacienda. ¿Cómo podrías, si ahí es donde comes pozole, enchiladas tapatías de queso Cotija con cebolla y tacos de guisado en tortilla recién hecha con singular alegría?

“¿Así de pinche lejos el punto, maestra?”, quieres saber, así que vuelves del viaje gastronómico-astral para darte cuenta de que la otra ya está en el siguiente ejercicio, dale y duro con las chaturangas dandasanas: inhalando arriba, exhalando abajo, hasta llegar a 90 grados con los brazos a ras del suelo.

Apuras el paso para alcanzar al resto de la clase —no existe tal, eres sólo tú y un perrito viejito dormido en la cama, viendo un video de YouTube— porque el síndrome de people pleaser nunca morirá, se activa cuando crees que no cumples expectativas que ni siquiera te han adjudicado, y no puedes creer que tu cuerpo pese en realidad los kilos que la báscula ya te había anunciado, que el tapete ya esté empapado. Que la talla grande no era broma, que a ese paso no será posible que tu jaino te lleve en el cuadro de la bicla un sábado en la tarde a comprar unas bien helodias, con el entendido de que tú te las llevas abrazadas como las criaturas amadas que son, mientras él conduce entre los autos y las rutas de camión que ya cobran 11 pesos. “¡Once pesos!”, gritas con esfuerzo en la última chaturanga, recordando cuando el chofer te dio la parada en doble fila o tuviste que pararte frente a otro a hacerle señas para que no se hiciera el ciego y te dejara subir, también en doble fila, con el semáforo en rojo.

“Inhala, exhala”, dicta la flaca de una década atrás. Tú obedeces resignada, porque incluso si quisieras rebelártele en ese momento, el cuerpo no iba a responderte. Está muy ocupado sintiendo dolor en cada centímetro. Absorbiendo el poder del ejercicio, recordando que alguna vez tuvo fuerza suficiente para subir un garrafón de 20 litros por tres pisos en una escalera de caracol de escalones altos. Es que debiste haberte videograbado en ese entonces, así se lo reproducirías a la instructora de hoy, demostrando que tú también puedes quedarte en esa que eras hace 10 años, en talla mediana-chica, en antes de todo lo que ya pasó.

“Nos vemos en la próxima rutina”.

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MAGIS, año LXII, No. 514, junio de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de junio de 2026.

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