Ciencia y arte de la luz
Juan Nepote – Edición 518

Goethe buscaba demostrar que la luz blanca no es el resultado de la suma de todos los colores que vemos en el arcoíris. Al combinar pigmentos rojos, anaranjados, amarillos, verdes, azules y violetas, el resultado es una invencible tonalidad negra
Johannes Wolfgang von Goethe se dejó seducir profundamente por los encantos de la luz. Blindado por una convicción como quien se aferra a un mantra —“si quieres alcanzar lo infinito, explora todos los aspectos de lo finito”—, se dedicó a elaborar, con emoción y constancia, unas de las obras literarias más emblemáticas del Romanticismo, síntesis de la cultura germana —poemas, novelas, obras de teatro y, también, tratados científicos—: Contribución a la óptica y Teoría de los colores, con los que pretendía develar todo misterio sobre la naturaleza de los colores y, de paso, atacar la “segura fortaleza del conocimiento” edificada por Isaac Newton. Entre otras cosas, el célebre alemán buscaba corregir al célebre inglés tratando de demostrar que la luz blanca no es el resultado de la suma de todos los colores que vemos en el arcoíris. Basta notar, vociferaba Goethe, que, al combinar pigmentos rojos, anaranjados, amarillos, verdes, azules y violetas, el resultado es una invencible tonalidad negra.
Goethe se había formado en las artes del derecho y trabajó como funcionario gubernamental, puesto que era hijo de un diplomático. Dotado de una envidiable capacidad para el trabajo y el pensamiento prácticos, dueño de un espíritu ingenioso, de imaginación incontenible, empecinado y pertinaz, no sólo ocupó su tiempo en parir una serie de novelas y poemas idílicos y épicos, sino que también se interesó por el estudio sistemático de los huesos; aficionado a la geología, la mineralogía y la botánica, se construyó una imagen de filósofo natural, a la usanza de los primeros científicos, y estableció una nueva forma de relación entre la humanidad (su historia y su proceder) y la naturaleza. Hacia 1810, Goethe publicó su Teoría de los colores —él mismo la consideraba uno de los picos más altos en su trayectoria—, desde donde lanzó gran variedad de ataques intelectuales en contra de Newton, su enemigo favorito. Sin embargo, el único triunfo de Goethe sobre el físico inglés tiene que ver con su intuición de que para comprender cabalmente el origen, el significado y el comportamiento de la luz habría que ocuparse tanto de su dimensión física como de su componente biológico, es decir, la percepción de la luz.
En cambio, el contundente triunfo de la teoría newtoniana sobre la luz es mayúsculo, total. Su Optiks o “Tratado de las reflexiones, refracciones, inflexiones y colores de la luz”, representó durante siglos enteros la explicación más completa acerca del funcionamiento de la luz, esa “mezcla heterogénea de rayos refrangibles en distinto grado”, como ahí lo escribió. El error más grande de Goethe fue su rechazo a repetir los experimentos de Newton con la luz y sus artefactos ópticos, tales como la camera obscura (“con ella sólo te muestran luz adulterada”, se mofaba el alemán). Su tendencia a mezclar cierta dosis de puesta en práctica de experimentos con otra dosis de fantasía lo llevó a proponer que los únicos “colores” puros son dos: el amarillo, vinculado con la luz, y el azul, relacionado con la oscuridad, porque consideraba que el rojo se originaba de la superposición de partículas azules y amarillas, y que el verde aparecía cuando aquellos dos únicos colores puros se mezclaban, pero sin unirse.
Pero la huella de Goethe sí es perfectamente visible entre los pintores que, aun trazando rutas diferentes, llegaron al mismo puerto, quienes observaron, midieron, compararon, estudiaron la luz y sus reflejos, sus tonalidades; la autoridad de la luz y de la sombra sobre las líneas y las formas. La persecución de la “integridad artística en el reino de la luz”, como había hecho el viejo Turner. Porque “la naturaleza sólo conoce colores”, defendería Renoir.