Luces sonoras
Sergio Padilla – Edición 518

En la música clásica y en la ópera la luz no se escucha, pero puede sentirse o ser representada. Veamos algunos ejemplos.
En términos físicos, la luz y el sonido son fenómenos ondulatorios, aunque de naturaleza distinta, lo que permite establecer puntos de contacto entre la música y la luz. Desde esta relación de la música con la luz física, hay compositores contemporáneos como György Ligeti que han explorado texturas tímbricas descritas como “luminosas” o “espectrales”, buscando no sólo representar la luz, sino que la piensa, la interroga y la convierte en experiencia sensible. No obstante, en la historia de la música clásica occidental rara vez se ha pensado la luz como fenómeno físico puro; más bien ha funcionado, casi siempre, como metáfora o símbolo que revela, orienta, despierta y transforma.
En la música clásica y en la ópera la luz no se escucha, pero puede sentirse o ser representada. Una melodía que asciende, un acorde que se abre o una orquesta que transita de la oscuridad sonora, cargada de silencios, a la plenitud luminosa en que participan todos los instrumentos, pueden producir, en quien escucha, una experiencia semejante a la de entrar en un espacio iluminado. Escuchar una gran obra musical es, en cierto sentido, permitir que algo invisible modifique nuestra manera de mirar lo visible, como puede ser un amanecer o el recorrido mismo del Sol, así como vestir con sonidos los misterios de la fe cuando la referencia a lo divino se relaciona con la luz. Veamos algunos ejemplos de obras que recorren estas diferentes relaciones entre la música y la luz.
Haydn – Haydn Die Schöpfung
Leonard Bernstein
DG, 1987
En el oratorio La Creación, de Franz Joseph Haydn, estrenado en 1798, hay una referencia explícita y poderosa a la luz en el inicio de la obra: la música del escritor austriaco viste musicalmente, con gran inspiración y maestría, los tres primeros versículos del Génesis, específicamente cuando Dios dice: “¡Hágase la luz! Y la luz se hizo”, momento en que el coro y la orquesta pasan de un susurro, que representa las tinieblas, a la irrupción en un tremendo estallido sonoro lleno de luz.
Mozart – The Magic Flute
Polenzani, Gunn, Miklósa, Pape, Levine
Sony Classical, 2011
Una de las óperas más llenas de simbolismos y referencias a la luz es La flauta mágica, de Wolfang Amadeus Mozart. Estrenada en 1791, es una obra vinculada a la cultura de la Ilustración o del así llamado Siglo de las Luces. En esta obra maestra se representan diferentes dualismos, entre ellos, la contraposición de oscuridad y luz, ignorancia y conocimiento, a lo largo de un proceso en el que los protagonistas transitan de la noche a la luz en su búsqueda de conocimiento, razón, virtud y fraternidad.
Strauss: Alpine Symphony
Berline Philharmoniker, Karajan
DG, 1981
En Sinfonía Alpina, poema sinfónico para gran orquesta compuesto por el alemán Richard Strauss (1864-1949) entre 1914 y principios de 1915, se van narrando musicalmente las impresiones externas e internas de un alpinista en el proceso de ascensión a una montaña, partiendo de un valle, hasta llegar a la cumbre, para después descender al caer la noche. Una referencia explícita a la luz se escucha en el pasaje “Amanecer”, en el que hay una descripción majestuosa del Sol elevándose sobre las montañas.
Debussy: Clair de Lune
François-Joël Thiollier
Naxos, 2004
El caso del compositor Claude A. Debussy es paradigmático por la manera en que concibió la música como una manera de expresar luz y colores por medio de sonidos. En varias de sus obras, el compositor francés trataba paisajes y fenómenos naturales —sobre todo imágenes de agua y luz— mediante texturas sutiles y colores instrumentales. En su obra Claro de luna busca traducir, mediante toques sutiles en el piano, el reflejo difuso, frío y plateado de la luz lunar recorriendo el velo de la noche.
Gyšrgy Ligeti: Lux Aeterna
Schola Cantorum Stuttgart, Clytus Gottwald
Wergo, 1993
La pieza coral a capella para 16 voces mixtas Lux Aeterna, compuesta en 1966 por György Ligeti, remite a la “luz eterna” del texto litúrgico del Réquiem. En esta obra, el autor hace una conexión temática entre el sonido y la luz, tanto como fenómeno físico y como relación con su dimensión litúrgica y espiritual, lo cual logra por medio de una sonoridad flotante y difusa, muy cercana a la idea de “luz” como fenómeno continuo, sin bordes definidos tanto en su dimensión física como en la simbólica.