Rayos y rompecabezas
Martín Solares – Edición 518

A veces las novelas de Julian Barnes cuentan las vidas de personajes históricos, pero también ha contado las aventuras de personajes imaginarios, que narran una experiencia humana atípica que incluye abismos terribles
Damas y caballeros, en mi vida de lector he comprobado que los mejores escritores del mundo se distinguen por un rasgo peculiar: han creado al menos un libro fascinante, con una enorme fuerza de atracción. Quienes leen esos libros tienen la sensación de que han entrado a un mundo distinto, que los impulsa a avanzar; que el libro provoca un magnetismo inusual entre lectores y personajes y que tal fuerza de imantación los lleva a conocer historias peculiares, que los tienen en vilo hasta llegar al punto final. A partir de entonces esos lectores volverán a buscar la misma experiencia en otros libros del autor y los recomendarán como si fueran recetas médicas. Les dirán a otros lectores: “Para entender mejor el amor, lee La insoportable levedad del ser; si crees que nada tiene solución, lee Sostiene Pereira; si quieres visitar un planeta único, mejor que ninguno que hayan mostrado la literatura o el cine, lee La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin; si deseas recobrar tu fe en el poder de la literatura, busca Claus y Lucas, de Agota Kristof o El último encuentro, de Sándor Marai… pero si lo que buscas es reírte como no lo has hecho en un año, lo que tú necesitas es leer la quinta novela del escritor inglés Julian Barnes”.
Una historia del mundo en diez capítulos y medio es una novela en forma de rompecabezas, que provoca dos reacciones intensas: la primera es una alegría desbordante y rabelesiana, como pocas veces se ve en la literatura; la segunda es ese tipo de admiración que sentimos ante un logro artístico mayor: ¡un escritor contó la historia completa de la humanidad en once relatos! Cada capítulo es un cuento brillante, y al mismo tiempo se relaciona con las otras historias a la perfección. Aunque parecía imposible que coincidieran los bordes, los huecos y las pestañas de anécdotas tan ajenas en el tiempo y el espacio, Barnes logró mezclarlas hasta crear una versión portentosa de la historia universal. El logro es tan impresionante como si alguien hubiese armado una obra maestra a partir de cientos de rompecabezas incompletos. Quien disfrute de ese milagro verá que el libro funciona tan bien que los cuentos de Barnes incluidos en libros posteriores, como Pulso, Al otro lado del canal y La mesa limón, parecen piezas adicionales de este rompecabezas primordial.
Pero en cuestiones literarias nunca conviene apresurarse, y menos que nunca en el caso de Julian Barnes, pues, además de sus libros en forma de rompecabezas, también ha escrito otro tipo de novelas, que siguen otra estrategia. Sus novelas de aventuras son relámpagos devastadores. La combinación de claridad y potencia es tan inusual que el recuerdo de esa luz y el sonido del trueno se quedarán con nosotros mucho tiempo después de que hemos cerrado sus libros.
A veces las novelas relampagueantes de Barnes cuentan las vidas de personajes históricos, como sucede en Arthur & George, dedicada al inolvidable autor de Sherlock Holmes en sus años de mayor fama, o como ocurre en El ruido del tiempo, donde aborda el conflicto entre el compositor Shostakóvich y el mismísimo Stalin. Pero también ha contado las aventuras de personajes imaginarios, que narran una experiencia humana atípica que incluye abismos terribles. Para mí son las más logradas: al no guardar lealtad hacia personajes reales, puede esperarse todo de sus vaivenes argumentales. Basta leer las primeras líneas de cualquiera de ellas para constatar su enorme poder de atracción: el magnetismo de estas historias convierte a los lectores en seres aéreos, que se desprenden del suelo y no quieren regresar.
La literatura británica ha vivido numerosos momentos de gloria con las obras de Shakespeare, Laurence Sterne, Charles Dickens, Mary Shelley, Virginia Woolf, Jane Austen, Agatha Christie, las hermanas Brontë, George Orwell, J. R. R. Tolkien o J. K. Rowling, por mencionar sólo a algunos autores, pero también los vivió en los años noventa del siglo pasado, gracias a las colosales novelas de Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie, Martin Amis, Ian McEwann o Hanif Kureishi, que renovaron el contenido de las historias que se contaban en Europa. Mientras los colegas de Barnes sustituían a los protagonistas habituales de las historias británicas por héroes y temas poco frecuentes, como son los charlatanes religiosos, los cineastas sin escrúpulos, jóvenes obsesionados en descubrir los misterios del sexo y la intimidad, o bien los inmensos choques culturales que viven a diario los distintos grupos étnicos en Gran Bretaña, Barnes prefirió plantear y abordar sus propias preguntas en torno a la literatura de ficción: ¿por qué no había polizontes en el arca de Noé? ¿Qué pasaría si el autor de Sherlock Holmes viviera una historia digna de su personaje? ¿Realmente cada detalle tiene una función en una obra maestra? ¿Somos capaces de aprender algo de la historia o de la literatura? ¿Quién sobreviviría al choque entre un dictador y un artista? Y la que me parece más espeluznante: ¿y si el ser humano fuera incapaz de advertir el mal que causa en otros? De eso, entre otros ingredientes, está hecha su novela más famosa: El loro de Flaubert, donde Barnes regresa a la forma del rompecabezas literario.
En El loro de Flaubert, Barnes exhibe los misterios difíciles de resolver en la vida del autor de Madame Bovary. En lugar de narrar una historia con personajes que viven grandes pasiones amorosas, efectúan viajes trascendentales o entablan una lucha decisiva contra el destino, ofrece una línea argumental delgada como un hilo y recursos tan alejados de la literatura como el ensayo académico, la lista de pendientes personales, la declaración judicial, un diccionario biográfico e, incluso, un examen sobre el tema con el fin de juzgar la comprensión del lector. Lo que Barnes dice de Flaubert nos ofrece una lección magistral sobre el arte de la novela:
Flaubert enseña a mirar cara a cara a la verdad, y a no parpadear ante sus consecuencias; enseña, al igual que Montaigne, a dormir sobre la almohada de la duda; enseña a diseccionar las partes constitutivas de la realidad, y a observar que la Naturaleza es siempre una mezcla de géneros; enseña a hacer un uso lo más exacto posible del lenguaje; enseña a no abrir los libros en busca de una píldora social o moral: la literatura no es una farmacopea; enseña la preeminencia de la Verdad, la Belleza, el Sentimiento y el Estilo… Y quien estudie la vida privada del escritor, verá que enseña valentía, estoicismo, amistad; la importancia de la inteligencia, el escepticismo y el ingenio; la necedad del patriotismo; la virtud de ser capaz de permanecer solo en la propia habitación; el odio contra la hipocresía; la desconfianza de los doctrinarios; la necesidad de decir las cosas con todas las letras.
Tal como nos cuenta en su libro de ensayos, Con los ojos bien abiertos, al comienzo de su carrera al joven Julian Barnes le atraía “un arte que fuese lo más transformador posible, de hecho creía que eso era el arte”; creía que escribir consistía en “coger la vida y transformarla, mediante un proceso secreto y fascinante, en otra cosa: algo relacionado con la vida, pero más potente, más intenso y, preferentemente, más extraño”. Pero a medida que escribía sus novelas fascinantes llegaría a la conclusión de que, para crear una gran expresión artística, deben darse dos cosas al mismo tiempo: el deseo de crear algo nuevo “y una conversación ininterrumpida con el pasado”. Un rayo se aprecia mejor en una tormenta, una pieza no tiene sentido fuera del rompecabezas.
Un diluvio de ironía, nuevas formas de narrar la vida humana, una charla continua con la historia del arte: aquí tiene usted tres razones para leer a este novelista que obtuvo el Premio Princesa de Asturias 2026. Salga a conseguir cualquiera de los libros anteriores o vaya a buscar Despedidas, su nuevo y quizás último libro de memorias. Y no lo olvide: perderse una novela de Julian Barnes equivale a ignorar una canción de los Beatles.
Quizá dentro de unas décadas podremos apreciar cuán renovadora, divertida y profunda fue esta época de la literatura británica gracias a las aportaciones de uno de sus mejores practicantes: aquel que a veces escribía novelas en forma de rompecabezas, a veces en forma de rayo.