Por nuestro mayor bien

Por nuestro mayor bien

– Edición 513

Fabien Dupoux saca del silencio a estos olvidados y les da visibilidad. Al ver estas imágenes, surge una pregunta: ¿cómo es posible que nuestro orden económico mundial se base en una forma tan primitiva de explotación humana, una forma que no ha cambiado en siglos y que se asemeja a la esclavitud más brutal?

Mientras que a escala mundial los flujos comerciales crecen sin límites, quienes están detrás de la creación de estas riquezas permanecen prácticamente invisibles. Durante 15 años, Fabien Dupoux ha ido al encuentro de estos olvidados, documentando su trabajo en México, Bolivia, India, Filipinas e Indonesia. Sus gestos, sus rostros y los lugares donde trabajan dan testimonio de las terribles condiciones que se les imponen. Ya sea trabajando en minas de carbón o azufre a cielo abierto, en canteras de granito, en puertos dedicados al desmantelamiento de buques de carga fuera de uso, en barcos pesqueros, en fábricas siderúrgicas o en gigantescos vertederos públicos, estos hombres, estas mujeres y, a veces, estos niños, captados en su trabajo diario, ofrecen un espectáculo sorprendentemente similar en todos los continentes y que no ha cambiado en siglos.

Fabien Dupoux ha compartido su día a día en un “vagabundeo” escrupulosamente documentado, pero que a veces deja espacio para los encuentros fortuitos y la curiosidad. Con el paso de los años, se ha convertido para él en una forma y una razón de vivir. No se puede salir indemne de un viaje así. Aunque su cámara le sirve de escudo, sale agotado de su enfrentamiento con aquellos a quienes fotografía y, sobre todo, con su sufrimiento, es decir, con su propia impotencia para ayudarles.

La dimensión trágica de estos destinos reside en que nos parecen irremediablemente fijos, independientemente de la esperanza que estos hombres se esfuerzan por conservar, independientemente de la obstinación con la que luchan por sobrevivir. Estar allí, compartir momentos intensos, tejer vínculos, pero permanecer al margen, sin interferir en el desarrollo de la acción que se le presenta: es en esta cresta, en esta eterna paradoja del enfoque documental, en donde se basa un trabajo de fondo como el de Fabien Dupoux. La primera obligación del fotógrafo es hacer aceptar su presencia en un entorno que le es ajeno, al igual que deberá hacerla aceptar a los espectadores que vean sus imágenes. Sobre todo porque los que fotografía suelen permanecer en silencio, ajenos a cualquier autocompasión, absortos en una tarea agotadora y a menudo peligrosa. Las mujeres están más presentes de lo que parece en estas escenas colectivas. Pero esta presencia, al igual que la de los niños, es discreta, casi invisible, ya que se mezclan con los hombres, unidas a ellos por los mismos gestos, la misma tensión, apenas delatadas por el borde de un sari o un pañuelo sobre sus cabellos. Al igual que los hombres, están allí para “vender su fuerza de trabajo” en el sentido más concreto y brutal. La psicología tiene poco lugar aquí, como todo lo que remita a una dimensión individual. Las penas de estos trabajadores, su gravedad, son las de su clase. La vida personal se desvanece en estas escenas, donde lo que prima es el esfuerzo colectivo. Sin embargo, a veces algún personaje destaca, mirando fijamente a la cámara, esbozando incluso una sonrisa, quizá indicio de una conversación previa con el fotógrafo o simplemente expresión de agradecimiento por su solidaridad.

Lo que está en juego aquí son, ante todo, los cuerpos. Tensos, rotos, encorvados, más o menos desnudos, expuestos al calor y al polvo, luchan contra la materia, ya sea mineral u orgánica. Todo comienza con este encuentro, esta confrontación primitiva y elemental entre la carne viva y los materiales brutos. El equilibrio del mundo descansa sobre estos hombros magullados por el contacto con la piedra o el hierro, sobre estas manos deformadas por la herramienta que se ha sostenido durante demasiado tiempo, por el gesto que se ha repetido durante demasiado tiempo.

Es hacia la estatuaria proletaria soviética hacia donde nos sentimos tentados a dirigirnos en primer lugar para buscar el modelo de estas efigies del trabajo. El despliegue de gestos capturados en el esfuerzo, el recurso al blanco y negro y, con frecuencia, al contraplano, devuelven a los modelos a una dimensión icónica, universal y atemporal. La belleza está ahí. El lirismo no está lejos. Pero la intención de Fabien Dupoux no es poner la etiqueta de héroes a quienes fotografía, ni suscitar admiración o compasión hacia ellos.

Todos estos sentimientos supondrían una distancia con los sujetos, mientras que el fotógrafo nos remite a una sorprendente cercanía con ellos, a pesar de la actividad y el entorno inhumano en el que son captados. La suavidad de sus copias, que él mismo realiza y que atenúa el aspecto dramático de estas escenas, y la modestia de sus formatos, que privilegian la relación íntima con la imagen, traducen formalmente este deseo de cercanía e intercambio.

Aquí se plantea el problema general del estatus del observador: considerado a veces como investido de una misión necesaria, a veces como un voyeur obsceno. ¿Cómo perciben su presencia aquellos a quienes fotografía (y él mismo)? ¿Como la de un testigo que está donde debe estar? ¿Como la de un artista en busca de inspiración que sólo está de paso? ¿Como la de un carroñero que privilegia la estética del sufrimiento ajeno en su propio beneficio? Este viejo dilema persigue a una parte de la fotografía social: aquella que no se limita a la fría constatación del documento, que se permite el sentimiento, el discurso en primera persona, la de un Lewis Hine o un Sebastião Salgado. Cuando ellos también fotografían al hombre en el trabajo, no buscan sacar provecho cínicamente del drama del sufrimiento y la miseria.

Quieren rendir homenaje a la capacidad del ser humano para conservar su dignidad en las peores condiciones. Si la belleza está presente, es para celebrar esa resistencia a la aniquilación, esa obstinación por asumir un lugar —aunque sea injusto— y un papel —aunque sea impuesto— en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Fabien Dupoux saca del silencio a estos olvidados y les da visibilidad y una unidad que es la de su situación en el seno de la economía globalizada. Al ver estas imágenes, surge una pregunta: ¿cómo es posible que nuestro orden económico mundial, tan complejo y alimentado por las tecnologías más sofisticadas, se base en gran medida en una forma tan primitiva de explotación humana, una forma que no ha cambiado en siglos y que se asemeja a la esclavitud más brutal? “Estos hombres son parte integrante de nuestra sociedad […] Sean cuales sean las condiciones, mirar a los demás a los ojos parece una cuestión de decencia, de respeto, un acto de reconocimiento y justicia”, explica Fabien Dupoux. De hecho, dependemos de ellos a diario: extraen el azufre que se utiliza en la composición de nuestros medicamentos, reparan nuestros barcos, reciclan nuestros residuos, pescan el pescado que nos alimenta. Estos invisibles y nosotros mismos nos situamos en los dos extremos de una misma cadena, de un mismo sistema que nos une. Honrar a aquellos que, al otro lado del mundo, trabajan lejos de las miradas… por nuestro mayor bien: evidentemente, este ambicioso proyecto es también el compromiso de toda una vida.

Texto: Jean-Christian Fleury

Mi presencia es evidente, pero suscita interrogantes

Por Fabien Dupoux

Una ráfaga cargada de azufre nos ha cercado. Agachados detrás de una roca, con un trapo entre los dientes, intentamos mantener un poco de dignidad y resistir. Hay que esperar a que cambie el viento para poder volver a respirar. No hay nada más que hacer. Cada inspiración nos quema los pulmones y los ojos, dejándonos literalmente con la sensación de ahogarnos.

Sufrir hasta en lo más profundo de la carne, enfermar, a veces morir. Para la mayor parte de la humanidad, la vida se limita a los sacrificios que se hacen para intentar ganársela. Y, sin embargo, en una aberración del mundo moderno, los mecanismos de producción y su cuota de atrocidades siguen siendo invisibles.

Más allá del testimonio y sean cuales sean las circunstancias, la fotografía es un pretexto perfecto para encontrarse. Agachados detrás de esa roca, hay silencios que lo dicen todo, miradas que tranquilizan, emociones que se expresan mucho más allá de las imágenes o las palabras. A pesar de la violencia y la inhumanidad del contexto, se está interpretando una partitura mágica. Una música silenciosa nos recuerda lo que nos queda de humanidad. Ya no somos extraños los unos para los otros. Nos convertimos en cómplices de un instante. Ya no hay nada en juego, ni dinero que ganar, ni nada que producir. Es en estos momentos cuando las cosas cobran sentido, se vuelven adecuadas, justas.

En todas partes, las escenas parecen idénticas, atemporales, indignantes. Nunca impuse mi presencia, sentí la necesidad irrefrenable de estar allí. Ninguno de estos encuentros estaba escrito. Compartir el día a día de los olvidados se convirtió en la razón de mi vagabundeo, y ese vagabundeo, durante 15 años, en mi vida. 

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MAGIS, año LXII, No. 513, mayo de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de mayo de 2026.

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