Nostalgia de oso

Nostalgia de oso

– Edición 514

El fantasma me explicó la razón por la que estaba ahí. Se acercó lo más que pudo, como si fuéramos viejos amigos en medio de una noche de fogata en el bosque y me confesara un secreto que ni en todos nuestros años juntos me había ganado el derecho de saber

Se apareció en el recreo como si fuera otro más de los niños, incluso se formó en la cooperativa para que le sirvieran comida.

Eran otros tiempos. Antes, los profesores no pasábamos la hora del desayuno cuidando a los niños, ni siquiera pensábamos en ellos; apenas sabíamos que éramos libres, otros asuntos ocupaban nuestras ideas. Pero, aun así, y pese a que los niños eran la última de nuestras preocupaciones mientras comíamos, fue imposible no notar que algo estaba pasando. Me puse de pie y salí de la sala de maestros para ver.

Los niños se habían reunido en un círculo, fascinados, en torno al fantasma.

Avancé despacio, sin decir nada a los otros profesores, no porque no fuera importante lo que estaba viendo, sino porque temía que se tratara de una especie de magia y yo amenazara con romperla al hablar.

El fantasma, que medía unos dos metros, un hombre corpulento y peludo, más parecido a un oso que a un hombre, se rascaba la nuca, incómodo, tratando de sonreír.

—¿Qué se siente estar muerto? —le preguntó un niño.

—¿Puedes matarnos estando así? —añadió otro.

—¿Cuántos años tienes? ¿Quinientos? —dijo el último.

Apenas los tres hablaron, los demás les hicieron “Shhh, shhhh”, como si temieran lo mismo que yo, que las palabras pudieran espantar a un fantasma, como si instintivamente creyeran que el lenguaje tenía un poder como ese.

Cuando los niños notaron que yo estaba ahí, se giraron para verme y luego señalaron hacia el fantasma, insistentes, gritando, enmudecidos: “¡Mire! ¡Mire! ¿Ya vio? ¡Un fantasma!”.

El fantasma se quedó mirándome fijamente, feliz por haber encontrado a un adulto que no había permanecido del todo quieto maldiciendo su presencia. Noté, hasta ese momento, que las personas de la cooperativa estaban arrodilladas, haciendo signos que inequívocamente le pedían a su Dios que aquel espectro volviera de donde fuera que hubiera venido.

Le hice un gesto con la mano, para que me siguiera. Aunque podía atravesar a los niños, hizo el intento de ir avanzando, muy despacio, para que ellos le hicieran campo y lo dejaran pasar. Como la mayoría de los niños seguían inmóviles, tuve que llamar su atención:

—Niños, por favor, dejen pasar al hombre.

“¡Es un fantasma!”, gritaron, no todos, pero sí la mayoría. “¡Profe! ¡Está muerto! ¡Pregúntele!”.

Me jalaban de los pantalones y daban saltitos junto a mí, tratando de llegar hasta el cuello de mi camisa; me daban fuertes palmadas en la espalda, quizás esperando que la violencia fuera suficiente para convencerme.

—No es muy educado de nuestra parte que le preguntemos algo así, niños.

—¡Pregúntele!

El fantasma asintió con una sonrisa cómplice, encogiéndose de hombros.

—¿Estás muerto? —le pregunté.

—Sí, estoy muerto.

—¡Ohhhhhhhhhhh! —exclamaron los niños, y profirieron otros sonidos ininteligibles, gritos de desesperación y algunas risas.

—¿Ya puedo hablar con el fantasma? Quisiera tener algunas palabras con él.

—Tenga cuidado, profe —me dijo uno de los niños—. Sus palabras vienen del más allá.

Al escucharlo no pude evitar preguntarme si algo así era posible; si las palabras, al venir de la muerte, o de algo muerto, tendrían un efecto en el que no me había detenido a pensar. ¿Y si tan sólo escucharlo me mataba? Imaginé que mi cuerpo, no tan robusto ni tan alto como el de aquel hombre, caería hasta el suelo mientras mi fantasma, menos imponente, sería ignorado incluso por los niños que llegaron a estar en mis clases.

El fantasma debió de ver la preocupación en mi rostro. Como los niños no lo dejaban salir, flotó. Avanzó lentamente en el aire hasta estar frente a mí y luego volvió a tocar el piso.

Apenas abrió la boca para hablar, puse mi dedo sobre sus labios —o donde debieron haber estado sus labios, porque mi carne no podía tocar a un fantasma—.

—Aquí no. Espera a que los niños se vayan.

Si bien podía morirme, yo ya estaba en mis veintes, casi treintas. No había sido una buena vida, pero al menos era el doble de la que tenían esos chiquillos. Si las palabras de un fantasma podían matar, los niños debían estar a salvo.

Él asintió despacio y se cruzó de brazos, dándoles la espalda a los niños y alzando ligeramente la cabeza hacia los demás adultos, amontonados en la puerta de la sala de profesores.

Cuando sonó el timbre para que los niños subieran a sus salones, nadie se movió.

“¡Queremos seguir hablando con el fantasma!”, se quejaban, mientras los profesores iban llevándolos de uno a uno a las aulas.  Al quedarnos solos nosotros dos, cuando ya hasta las personas de la cooperativa habían bajado las persianas para no vernos ni oírnos, fui yo quien asintió y le dije que podía hablar.

—Gracias —me dijo.

Miré mis manos, mi abdomen, mis piernas. Todo seguía en su sitio. Las palabras de un fantasma no hacían daño, o no que yo pudiera notarlo. Quizá provocaban enfermedades, igual que la radiación, y hasta mis últimos años, en medio de dudas, me preguntaré si haber hablado con un fantasma será lo que habrá de matarme.

Me reí al darme cuenta de lo infantil que estaba siendo, aunque no podía culparme: al estar frente a un fantasma por primera vez, era como un niño que experimentaba el mundo de una forma novedosa, insólita, un mundo para el que no está listo, pero es arrojado para que se divierta.

—¿Estás bien? —me preguntó el hombre.

A decir verdad, parecía un sujeto amable, pese a su imponencia (y a que se trataba de un fantasma).

—Sí, sí, es que ya sabes, los niños, la niñez, la inocencia… Lo hacen a uno pensar en cada cosa.

El fantasma me explicó, entonces, la razón por la que estaba ahí. Se acercó lo más que pudo, como si fuéramos viejos amigos en medio de una noche de fogata en el bosque y me confesara un secreto que ni en todos nuestros años juntos me había ganado el derecho de saber.

—Ajá, ajá —le dije—, puedo hacer eso, supongo—. Me llevé la mano al mentón para que fuera obvio que pensaba. Aunque estaba frente a un adulto, seguía actuando para los niños, por si alguno estuviera viéndonos. O quizá porque su petición era infantil, o cuando menos inocente.

—¿De veras?

—Sí, ¿por qué no?

Cuando volví a mi salón fue imposible dar clase, así que amenacé a todo el mundo con que haría examen si seguían preguntando por el fantasma. Al llegar la hora de la salida, los niños de los otros salones corrieron hasta el mío para preguntarme qué había sucedido con el oso fantasma. Así lo llamaron, “oso fantasma”.

“Al menos no fui el único en pensarlo”, me dije entre risas.

—El fantasma oso se equivocó, él quería aparecer en otra escuela —les dije.

Luego de decenas de preguntas que respondí con mentiras, los niños se hartaron de mí y acabaron yéndose. Los demás profesores, incluso la directora, decidieron suspender clases y cerrar, por si acaso el fantasma seguía ahí.

—Yo veré que todo esté en orden —les dije.

Al quedarse vacía la escuela, pegué las manos a la boca y grité:

—¡Ya puedes salir!

El fantasma reapareció. Se había escondido en la biblioteca, a la que nadie iba.

—Te lo agradezco mucho —me dijo.

Entonces, sin que cambiara en él un ápice, todavía con sus dos metros de altura, su robustez y su presencia, lo vi convertirse en un niño, no en imagen sino en actitud, en la forma en que miraba todas las cosas que se le aparecían en todas direcciones. Él estaba en el segundo piso, hasta el fondo. Desde ahí, corrió por el pasillo con los brazos estirados, como si fuera un avión; luego bajó las escaleras saltándose un escalón sí, otro no; cuando llegó hasta la planta baja, se metió al baño y abrió todas las llaves, arrojó cosas a la taza del baño. En la cooperativa, también vacía, metió sus manos y tomó todo lo que pudo: devoró como si no lo hubieran alimentado en su casa, castigado por portarse justo como lo estaba haciendo. Fue hasta donde estaban los balones y los tiró todos al suelo; los fue pateando uno por uno, como si toda la escuela fuera una portería y, sin importar a donde apuntara, él supiera que metería un gol.

La nostalgia de un fantasma, a diferencia de la de un vivo, no se conforma con ensoñaciones. De haber estado vivo habría saciado su necesidad de niñez al reencontrarse con sus viejos compañeros, quizás yendo con los compañeros de oficina a jugar una cascarita. Pero, al morir, toda posibilidad de reencuentro acabaría por perturbar a los vivos; sería un recordatorio, no de tiempos felices, sino de la muerte. Él no quería llevar a la muerte a quienes amaba. Pero los niños, ellos no le tendrían miedo a un fantasma, él lo sabía. Haber aparecido en la escuela que había sido suya era la única forma que le quedaba de revivir lo que había sentido sin hacerle daño a nadie.

—Voy a ir también a mi secundaria y a mi prepa. No terminé la universidad, así que no me interesa volver ahí —me dijo al explicarme lo que quería.

Pero entonces, cuando había hecho ya todo cuanto necesitaba, y la nostalgia había inflado su corazón como si todavía bombeara sangre, el fantasma se giró una última vez para verme, ya no con ojos de niño, sino de hombre, y asintió en silencio. Incluso alzó el pulgar.

Segundos después, desapareció.

Me quedé limpiando los destrozos que había hecho, sin quejarme ni decir nada. Los demás, por supuesto, me preguntaron si el fantasma había aparecido otra vez. También les mentí.

—¿Hablaste con el fantasma? Dicen que las palabras de un fantasma pueden maldecir a los vivos —me dijo la directora.

—No, no hablé con él. De hecho, no sé si lo vio bien —le dije.

Pensé en su sonrisa fantasma, la última felicidad de un hombre al que sólo le queda un último vistazo a su pasado antes de irse. Algún día yo sería como él. Todos lo seríamos. Mi esperanza debía estar puesta en encontrar a alguien como yo, dispuesto a limpiar los destrozos de mi aparición, de mi nostalgia. Alguien que, cómplice, guarde un secreto por mí.

Sonreí como un niño.

—No era un hombre —le dije a la directora—. Eso parecía visto de lejos, pero los niños se equivocan. Era un oso.

—¡Un oso! —Sí, un oso. Debió verlo de cerca —le dije—. En lugar de hablar, rugió.

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MAGIS, año LXII, No. 514, junio de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de junio de 2026.

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