Mónica Nepote: narrar desde el indómito paisaje

Mónica Nepote: narrar desde el indómito paisaje

– Edición 510

Fotos: Cortesía de Mónica Nepote.

La autora aborda el vínculo entre memoria y territorio; detalla su tránsito de la literatura digital a una obra anclada en la naturaleza y reflexiona acerca del papel político del lenguaje, el estado de la lectura y la necesidad de nuevos formatos para la narrativa contemporánea

La ruta de lo salvaje llegó a la vida de Mónica Nepote mucho antes de que tuviera conciencia. El 5 de febrero de 1968, poco más de dos años antes de que ella naciera, su hermano Jorge, a los 14 años, fallecía en una expedición en camino a la cumbre del volcán Iztaccíhuatl.

Los periódicos de la época recuerdan aquel viaje del Club Alpino del Instituto de Ciencias, en el que iban 68 personas, entre estudiantes y jesuitas, para realizar un ascenso a la “Mujer Dormida” de México, una montaña de 5 mil 230 metros de altura ubicada a 80 kilómetros de la Ciudad de México, la tercera más alta del país.

Parte del grupo quedó atrapada en medio de una fuerte ventisca y una tormenta eléctrica luego de regresar del punto más cercano al cielo de la montaña. Murieron 11 adolescentes por congelamiento y caídas en áreas peligrosas; otros 19 lograron sobrevivir. Estaban a menos de 350 metros del albergue más cercano, al que no pudieron llegar debido a las condiciones del clima.

Casi 58 años después, Mónica bromea al decir que el hermano al que no conoció es también con el que mejor se lleva. Es él quien la llevó a esa montaña, a caminar en lo agreste y escribir sobre ello. “No lo decidí yo. Eso siempre estuvo en mi historia familiar. Crecí con eso, mirando esas fotos, escuchando a mi mamá contarme la historia una y otra vez. Siempre tuve ganas de ir al Iztaccíhuatl, pero nunca lo vi como posible hasta que sucedió”, relata. Ese ascenso ocurrió a 50 años de la tragedia, cuando participó en el cambio de la cruz que se plantó en el lugar como homenaje.

Vestigios de un mundo por venir (Festina Publicaciones, 2025), último libro de la escritora, es el resultado de ese caminar en el tiempo, de su relación con la naturaleza. El texto no trata acerca de tragedias; es sólo un punto de partida vital para llamar la atención sobre temas igualmente profundos, de igual modo importantes.

“Es un libro al que le digo híbrido; tiene un poco de crónica, poesía, imagen, prosa, hay por ahí un cuento, un manifiesto e, incluso, un paisaje sonoro”, menciona la autora, quien un tiempo coordinó el proyecto de literatura del Centro de Cultura Digital y recientemente fue distinguida con el Premio Xavier Villaurrutia por su libro Las trabajadoras (Heredad, 2024).

En noviembre pasado, durante el Festival Cultural Universitario del ITESO, Nepote fue invitada a la Cátedra Magis de Literatura para hablar de la pluralidad de lenguajes en la escritura, pero también acerca del duelo ecológico que se refleja en su última obra. De ahí nace esta conversación sobre el prodigio de un cuerpo que camina.

El trabajo intelectual no está disociado de la caminata: se sabe que Kant, Nietzsche y otros pensadores caminaban y solían salir a la naturaleza para hacer ejercicios de reflexión. En el caso del ejercicio artístico, narrativo y poético, ¿qué tanto te ayuda el caminar?
El señor Descartes se encargó de hacer una división: se habla de cuerpo y mente como si fueran dos entidades distintas. Creo que la cultura occidental está escindida, pese a que existe una larga tradición de filósofos caminantes y dado que existe algo como la mayéutica y la patafísica, que justamente se refieren a esta actividad. Muchas de las investigaciones que hacen las neurociencias también nos llevan a pensar en conceptos como la propiocepción y en las habilidades del cuerpo y de una inteligencia que nos hace no estrellarnos contra una pared. Tengo muchos años caminando; me gustan la alta montaña y el bosque. Siempre digo que, de alguna manera, la montaña ha sido como mi segunda o tercera escuela.
Empecé a cuestionarme muchas cosas a partir de estar en la naturaleza. Lo primero que me cuestioné fue que no era capaz de describir lo que veía ahí; al ser yo un ente humano que había nacido y crecido en una ciudad, no tenía un vocabulario, y eso fue una crisis para mí y me di a la tarea de ponerme a estudiar otra vez, a empezar un lenguaje.

Parecería un contrasentido, pero me imagino que no lo es, pasar de trabajar con la cultura digital, sobre cómo la virtualidad nos afecta como seres humanos, a dialogar con lo natural. ¿Cómo fue esta transición?
Sí, parecería que el mundo de los fierros y los cacharros está totalmente desligado de un espacio natural, y justo en esa paradoja es donde nos damos cuenta de que están mucho más ligados de lo que creemos. Cuando llegué al Centro de Cultura Digital empecé a trabajar un proyecto editorial que tenía tres caminos: uno era la investigación; otro, el desarrollo de piezas de literatura digital que se crean, procesan y arman en una computadora y son pensadas para leerse ahí. Son maneras de preguntarnos cómo también el texto puede ser transmediado o hipermediado.
La otra salida era hacer libros electrónicos, cuestionándonos qué hace que un libro sea un libro en estas materialidades de la digitalidad. En algún momento, en mi discurso hubo una transformación y, de repente, dije: “Bueno, pues empiezo hablando de literatura digital y termino hablando de defensa del territorio”, porque hay un camino. Y ese camino tiene que ver con las formas de producción de la tecnología misma; no solamente de cómo se producen o cómo se fabrican las tecnologías, sino también cómo es nuestro consumo.

Mucha de la teoría de los nuevos medios habla precisamente de las formas en que se producen las tecnologías…
Nuestros cacharros están llenos de metales que se extraen de la tierra, y esa extracción provoca contaminación en el agua. El problema del uso del litio es muy importante, porque la minería del litio implica secar agua de superficie o de mar también. Cuando hablamos de las tecnologías, creemos que es como si aparecieran los objetos mágicamente, y cuando los desechamos también los quitamos de nuestra vista y parece que ya no existen. Justo es lo que reflexiona gente como Jussi Parikka, Federico Campagna o Jane Bennett, acerca de estas formas de producción y de qué pasa con toda esta materialidad y cuánto tiempo le va a llevar a la tierra reintegrar estos metales y componentes.

En este libro transitas por distintos géneros, incluso hay fotografía, pero también durante tu trayectoria has sabido combinar distintas aproximaciones, no sólo narrativas, sino también a través del performance. ¿Cómo convives con esas fronteras?
Para mí es importantísimo preguntarme hasta dónde un texto es un texto o es un audio. Hasta dónde podemos hablar o describir con la voz. Hasta dónde la imagen también nos recuerda al texto. Me importa mucho el trabajo que hace preguntas, el trabajo procesual, las preguntas que nos van guiando, muchísimo más que tener un resultado y una zona de seguridad. La zona de confort me aburre muchísimo, y soy todo menos una persona que se aburre. Soy muy curiosa; tener preguntas a mi alrededor me funciona para ir cambiando e investigando. Los procesos artísticos nunca se quedan en una práctica situada.
Tengo interés por los lenguajes. Me interesa la técnica y aprender a usar ciertos programas, más ahora que tenemos los medios de producción al alcance. Antes, hacer un libro era algo muy complicado, pero ahora podemos diseñar y autopublicarnos, hacer fanzines o lo que queramos porque tenemos las máquinas para hacerlo. De la misma manera, podemos producir audio o video. Elegí estudiar Letras porque me gusta leer, pero de alguna manera, el tiempo y el avance tecnológico me permitieron vivir en un momento en el que tenemos cámaras y aparatos a la mano para investigar los límites de la escritura.

¿Qué tan necesario es para ti cuestionar cánones literarios? Alguna vez has hablado de la obra de Julio Cortázar y lo que aportó con Rayuela, como antinovela.
No me considero una voz única. Más allá de decir que la montaña es mi salón de clases favorito, hay corrientes y personas a las que ciertas prácticas les son atractivas. Hay una idea de novela muy precisa y una industria editorial que apoya y promueve eso; hay un mercado. Y no está mal, pero también hay otros caminos, incluso dentro de la misma industria. Ahí es donde me ubico. Las batallas con la cuestión del canon, yo diría que están zanjadas, pero todavía nos encontramos a neoconservadores que aparecen y te dicen: “No, eso es ideología, eso no es novela”, como si los géneros literarios no se hicieran preguntas históricamente, o como si la poesía no hubiera tenido una carga ritual o política en su momento.
Lo importante es que las prácticas y el arte acompañan y explican la vida, y vivimos en un presente bastante complejo. ¿Por qué no va a ser válido hacernos estas preguntas en torno a estas relaciones? Hacer el cuestionamiento de voces y caminos que dan por hecho que un texto es esto, me parece que es parte de mi responsabilidad como escritora.

¿Consideras que es necesario, en un entorno social tan lastimado como en el que vivimos, hacer poesía?
Es muy difícil decir qué es lo correcto. Puedo hablar desde mi propia experiencia, cómo me sitúo, y para mí el uso del lenguaje es un uso político. Entiendo que hay que percibir claramente que una cosa son las prácticas de la escritura y otra las comunidades de los escritores, y de ahí vienen esta incomodidad e incongruencia. Alguna vez me invitaron a una sala de lectura en un reclusorio y fue muy difícil para mí; decía: “¿Qué voy a compartir yo?, ¿que escribir poesía es muy bonito, a personas que están en situación de encierro?”. Al final, lo que ahí pasó —que era un espacio en Campeche— fue un encuentro muy interesante, y me di cuenta de cómo el gozo del lenguaje y la importancia de la expresión son fundamentales para nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro corazón.
El lenguaje ha sido secuestrado por el mundo capitalista y comercial, por los medios, y ese empobrecimiento es algo que sucede; es uno de los puntos clave del capitalismo: provocar que las personas no tengan lenguaje. Esto es un gran impedimento para encontrar puntos de encuentro, reflexión y preguntas sobre cómo quieres vivir tu vida y qué quieres para tu bienestar y el de otros. Para mí es fundamental regresar a la complejidad del lenguaje y del pensamiento, al poder de la palabra como espacio comunitario. Es una de las resistencias y de las batallas que estamos dando.

Algunas personas dedicadas a la promoción de la lectura están preocupadas por la atomización de la atención debida a la cultura de las pantallas. ¿Crees que la literatura, en su formato tradicional o en nuevos formatos, puede sobrevivir a estos tiempos?
Hace muchos años, un amigo me recordaba esta canción, “Video Killed the Radio Star”. Ahora, con la muerte de MTV —que no la imaginábamos—, nos habla de otro momento. No es que el video haya muerto, sino que está en otros formatos, y pasa lo mismo con la literatura. Llevo muchos años escuchando estas predicciones sobre la muerte del libro, pero es un objeto tecnológico que ha demostrado ser muy eficaz, porque lleva más de 400 años produciéndose. Es portátil, cabe en cualquier parte, es práctico, es bonito. Hay una feria de libro que ocurre en esta ciudad cada año y cada vez va más gente. Qué curioso que cite al señor Gabriel Zaid con Los demasiados libros: más bien vemos una hiperproducción, como sucede con muchos objetos de la cultura contemporánea. Lo que sí está en peligro es la manera como entendíamos lo que tenía que ser y contener un libro; más bien, se ha ido transformando. Creo que las tensiones están entre los monopolios editoriales y las cosas que van pautando el gusto.

¿Qué tipo de lectores somos ahora, entonces?
Somos lectores que estamos más vinculados con una inteligencia conectiva, con este abrir ventanas dentro de una pantalla, con una lectura que se interrumpe y va conectando cosas entre una cosa y otra. Eso lo predijo Ted Nelson, el creador del término hipertexto desde los años sesenta, quien dijo que este iba a ser la gran revolución cultural. Lo que hizo Cortázar —que lo mencionabas antes— fue romper el libro y la linealidad. No somos ya quizás esas lectoras y esos lectores de lo lineal, pero aun así persiste la idea de la lectura.

Cambian también los contenidos y los destinatarios…
Algo importante que sucede, y me llama la atención, es que hay muchos clubes de lectura y hay una gran cantidad de lectoras mujeres, cosa que aparentemente preocupa a los señores que ven amenazados sus privilegios y su forma de entender lo que era la literatura, la forma pasiva en que las lectoras podían llegar a ella.
Ahora las mujeres tenemos otros discursos sobre la mesa; somos el 51 por ciento de la población mundial, y también están los cuerpos feminizados, las voces de las comunidades originarias, grupos que se están autorrepresentando bajo sus términos. Eso es algo que a un canon no le interesa; siempre le aburría. Si le hubiera interesado, lo hubiera puesto desde un principio. Nunca nos invitaron; llegamos solitas y estamos usando el papel y la imprenta para hablar de esas temáticas que nos importan. Estamos redescubriendo a autoras que mucho tiempo fueron silenciadas, que no convenía que se conocieran. El mundo cambió y seguimos utilizando el libro como un objeto político, de conocimiento y de encuentro.

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¿Cómo trabajas tus libros? ¿Haces mucha investigación?
Me gusta investigar y los procesos. En el libro Las trabajadoras están reflejados todos los años de investigación en el Centro de Cultura Digital, pensando el lugar de las mujeres dentro de la tecnología, empezando por Ada Lovelace, la primera programadora del planeta, que hizo un lenguaje para comunicarse con una máquina. O las computadoras y sus prototipos, que vienen de las máquinas textiles; hay una relación entre código, texto y textil que salta pronto a la vista cuando te metes a investigar. Hay voces interesantes y críticas desde el ciberfeminismo y el hackfeminismo. Desde ahí empecé esta investigación, que me fue llevando a darme cuenta de que las relaciones con el tejido, el hilo y las agujas, las tiene toda comunidad. Ursula K. Le Guin, una escritora maravillosa, decía que podemos considerar que esa es la primera tecnología porque lo primero que necesitábamos fue cubrirnos para sobrevivir. Es un lenguaje común, histórico, evolutivo, relevante e interesante porque esta tecnología ha tenido mucho que ver con la industrialización y con el modelo capitalista de consumo.

¿Estás ya sobre algún tema nuevo?
Andamos en muchas cosas y en nada a la vez. Estoy ahorita en un proyecto colectivo y transdisciplinar que se llama Ascenso, y que gira en torno a dos ascensos al Iztaccíhuatl. Somos un equipo compuesto por Guillermo Ontiveros, que es glaciólogo; Daniel Victoria, que es director de teatro; Fermín Martínez, que es coreógrafo y artista de sonido; y, bueno, yo, que soy como todoterreno. Gira en torno a la desaparición de los glaciares y tiene que ver con la montaña misma.

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MAGIS, año LXI, No. 510, febrero de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de febrero de 2026.

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