Luz

Luz

– Edición 518

Así, de pronto indefensos, comenzaron a acostumbrarse a que nada sucediera en una pantalla, a poner atención alrededor de la habitación. Se encontraron nuevos lunares: fue como tener la oportunidad de dibujar nuevos mapas, no sin un poco de inquietud.

En el principio fue algo de pánico.

El espectáculo del crepúsculo se les escapaba detrás de las nubes de la tormenta cuando escucharon cómo tronó el tercer transformador de la colonia, indefensos ante el huracán que agitaba árboles, inundaba calles y los mantenía mirando por la ventana. La casa entera se detuvo: luz se fue de pronto y no regresaba. No fueron los primeros en llamar para reportarlo, y lo sospechaban… aun así no quisieron quedarse sin hacer algo al respecto. Cuando colgaron se miraron con algo de preocupación: había que ahorrar todo: la batería de los dispositivos, los datos del celular por si había que mandar un mensaje a la familia en otro continente, descargar un documento para el trabajo. Ver un post en Twitter cuando la ansiedad no les diera para más. Cosas urgentes.

Después se sentaron en la cama a esperar la extinción del sol, que seguía sin figurar por la lluvia. El silencio entre ambos era diferente, porque cualquier otro momento se llena con el ruido de la televisión mientras ella le da otra vuelta a la serie de su fijación y él grita órdenes tácticas a un equipo virtual en una misión que no existe, pero lo hace enojar como si en verdad perdiera una guerra. Así, de pronto indefensos, comenzaron a acostumbrarse a que nada sucediera en una pantalla, a poner atención alrededor de la habitación. Alrededor de ellos. Descubrieron que ambos tenían manos, costillas y una columna vertebral que se atrofia de tantas sillas ergonómicas. Se encontraron nuevos lunares: fue como tener la oportunidad de dibujar nuevos mapas, no sin un poco de inquietud. ¿Era ese un grano, una espinilla, una mancha de chocolate de las galletas que habían horneado el domingo pasado, o cáncer de piel? Algunas posibilidades fueron más sencillas de descartar; el resto, ya es problema de sus versiones futuras. Unas en donde existiera la energía eléctrica.

Se les olvidó cómo era su habitación con ventilador girando, ya sumergidos en penumbra. Uno de ellos preguntó dónde había quedado la linterna, la última gran compra de aquella época tan lejana, en la que había internet, focos que se operaban desde una app y a los que se les podía cambiar el color de la luz. “Qué cosas tan raras sentíamos tan necesarias, ¿verdad?”, dijo él alejándose por el pasillo hacia el cajón en donde habían guardado la lámpara. En la oscuridad, se sabe, se escuchan mejor los escalones de madera, el roce de la ropa cuando la gente camina. Así, ella supo en dónde estuvo durante toda la travesía, cuántas veces se pegó contra un mueble, en qué tramo debió tocar el muro para no irse de lado, qué tanto le faltaba para cruzar el umbral de la puerta. El perro, ya viejo y cansado, no lo esperaba porque la ausencia de electricidad le estaba dando paz para un sueño ininterrumpido.

Prendió la lámpara y, sin querer, apuntó directamente a una de las dos bolas de espejos que tienen de decoración. La refracción se sintió como otro nuevo descubrimiento. “Gírala”, ordenó todavía de pie; ella obedeció en ese momento. Los puntos de luz bailaron en los muros, el espejo frente a la cama, el tapete, el clóset medio abierto, de donde emergió el gato con modorra exigiendo una explicación a tanta oscuridad. “¿Y esos puntitos brillantes?”, se imaginó ella que el gato preguntaba con sus maullidos. Todavía no eran las diez de la noche y ya hablaban de irse a dormir, a pesar de que les faltaba al menos una sesión de tele. “Qué ganas de ver Los Simpsons”, suspiró él dirigiendo la luz a las piernas de su roomie. Estaba de suerte: “Prepárate, que te voy a contar todo el capítulo del monorriel”, y cumplió —aunque tuvo que regresar varias veces la narración porque, maldita sea, se le estaba olvidando que a la grande le había puesto Cuca y que el avión salía en menos de un minuto— hasta las últimas líneas de Marge, que subrayan que Springfield nunca volvió a caer en engaños (excepto por el edificio más alto de cartón pintado, la lupa más grande del mundo y, por supuesto, las escaleras eléctricas hacia la nada).

La pregunta se quedó en el aire: ¿habrán sido de esa manera los recitales de los versos de Homero, hace miles de años, alrededor del fuego o, qué sé yo, al pie de un olivo? Cuando la luz volvió, a ninguno le interesó responderla.

Ya será tarea para el próximo apagón.

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MAGIS, año LXII, No. 517, septiembre de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de septiembre de 2026.

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