Luke

Luke

– Edición 518

Ante la incredulidad de todos hice un tiro sin que nadie se interpusiera. Fue un gol en el ángulo de la portería imaginaria marcada por un par de piedras. Incluso los niños del otro equipo aplaudieron. Luke ladraba dando vueltas sobre sí mismo como entendiendo mi logro: era el primero que metía en mi vida

Yo no tenía hermanos y mi mejor amigo, cuando era niño, fue mi perro, un shih tzu que, cuando no estaba limpio y cepillado, parecía una bola de pelos con rostro de ewok. Al principio le habíamos puesto Luke Skywalker, pero el nombre completo era demasiado largo para un perro tan pequeño e inquieto. Terminamos llamándolo simplemente Luke. Nos lo regaló uno de mis tíos en Navidad. Mi padre, como supongo que hacen todos los papás del mundo, renegó no bien abrí la gigantesca caja con agujeros que me tocó en el intercambio. Todos parecían encantados, excepto él. Decía que era una gran responsabilidad y que, seguramente, sería él quien iba a sacarlo muy temprano a pasear, limpiar su excremento y darle de comer. Yo, enamorado del cachorro, prometí cuidarlo.

El tiempo le dio la razón. Constantemente me amenazaba con regalar a “la bola de pelos” si no cumplía con mis obligaciones. Como una de ellas era sacarlo a pasear, se volvió mi excusa para que, a pesar de mi edad, mi mamá me dejara salir, con la condición de que me quedara cerca. Eran otros tiempos.

Por esos días empecé a convivir con los niños de por allí y, a veces, unirme a las cascaritas. Eduardo y Emmanuel eran los mayores del rumbo, siempre jugaban de delanteros y nunca estaban en bandos contrarios. Todos queríamos quedar en su equipo. Yo solía ser el último al que escogían porque, aunque sólo tenía dos años menos que ellos, era mucho menos alto y tendía a tropezarme cada cinco minutos. Desde mis primeros partidos dejaba suelto a mi perrito en la calle con nosotros. Cuando no estaba correteando el balón, se acostaba bajo alguna sombra cercana. Bastaba gritar su nombre al acabar el partido para irnos a casa.

En el verano de 1990 fui el primero en la colonia en tener un Nintendo, y fue a ellos a quienes invité a jugar antes que a nadie. No me importaba que Emmanuel me arrebatara el control justo en el último mundo de Mario Bros, o que Eduardo hiciera trampa en el Duck Hunt acercándose a unos centímetros de la televisión. Luke los saludaba moviendo la cola. Mi padre me reñía advirtiéndome que no me juntara con ellos porque eran mayores y tenían fama de vagos. No comprendía por qué era incapaz de entenderme. Yo creía que, como estaban en mi casa, eran mis amigos.

Cuando pasé a segundo de secundaria terminé en el mismo salón que Eduardo, que estaba repitiendo el grado. Como yo solía tener buenas calificaciones, me pidió que lo ayudara. No quería que le pasara lo mismo que a Emmanuel, que había sido expulsado por reprobar el año dos veces. Por las tardes, tres o cuatro veces por semana iba a su casa y le ayudaba con las tareas o a estudiar. A veces Emmanuel estaba allí, pero él sólo se dedicaba a ver televisión o contarnos chistes. De vez en cuando, si terminábamos pronto, salíamos a cascarear. Me enseñaron a pegarle al balón correctamente y empezaron a escogerme siempre en su equipo.

Cuando terminó segundo, Eduardo pasó con 7.8 de promedio, la mejor calificación de su vida. Llegó otro verano donde yo pensaba que podríamos seguir jugando videojuegos o cascaritas y, tal vez, hasta me enseñarían a tirar trallonazos. Sin embargo, apenas salimos de vacaciones, mi amigo dejó de invitarme. Cuando sacaba a pasear a Luke pasaba por su casa, esperaba por lo menos poder platicar un rato, pero su madre siempre me decía que no estaba. Incluso intenté hablarle por teléfono en la noche, hasta que una vez su padre me respondió enojado que dejara de molestar. Era como si hubieran desaparecido.

No entendía qué había pasado. Decidí refugiarme en mi cuarto jugando videojuegos. A veces mi papá me regañaba al llegar a casa por las noches, decía que no me la pasara allí encerrado. Muy de vez en cuando, al salir a pasear a Luke, me unía a los chicos de la colonia en alguna cascarita, pero los encuentros sin Emmanuel y Eduardo eran aburridos. 

Una tarde, a mitad del verano, salí a la calle como solía hacerlo. Habíamos andado un par de cuadras cuando me encontré con los demás chicos de la colonia. Ese día allí estaban ellos. En las semanas sin verlos parecían haber crecido aún más, a Emmanuel se le veían algunos pelos arriba del labio y Eduardo se veía más fornido. Pero había algo más en sus rostros, como si tuvieran noches sin dormir. A la hora de hacer equipos, Eduardo y Emmanuel no me escogieron. Me encogí de hombros, sólo me tallé un poco los ojos.

Aprovechando el juego quise preguntarle a Eduardo por qué ya no me había invitado a su casa, pero al acercarme me ignoraba o me empujaba con el cuerpo. Intenté hablar con Emmanuel, que empezó a reír y dijo que no necesitaban ser mis amigos en vacaciones. Había algo en su aliento que casi me hizo vomitar. No entendí del todo lo que había querido decir, así que decidí concentrarme en el juego. No debía llorar allí, nunca dejarían de burlarse.

Después de casi una hora, el juego estaba empatado. En una jugada a la ofensiva decidí adelantarme y, como estaba descubierto, me pasaron el balón. Ante la incredulidad de todos hice un tiro sin que nadie se interpusiera. Fue un gol en el ángulo de la portería imaginaria marcada por un par de piedras. Incluso los niños del otro equipo aplaudieron. Luke ladraba dando vueltas sobre sí mismo como entendiendo mi logro: era el primero que metía en mi vida. Corrí emocionado mientras todos me daban palmadas o me abrazaban. Todos excepto Emmanuel y Eduardo.

Ellos empezaron a jugar de forma más agresiva que de costumbre. No había ocasión en que no lanzaran un golpe si tratabas de quitarles el balón, ni tiro que no fuera un trallonazo con más fuerza que tino. Para cuando anochecía había recibido varias patadas, codazos y aventones por parte de ambos. Ahora estaba tan enojado que en una jugada en la que venía Emmanuel encarrilado a la portería, me barrí directo a sus tobillos. Él se levantó furioso. Apenas me puse en pie me tiró un puñetazo. Segundos después sentí un codazo de Eduardo. Seguí recibiendo un golpe tras otro. Caí al suelo. Los demás les gritaron que ya estaba bien, que me dejaran. Ellos no hicieron caso. Luke les ladraba, frenético, hasta que Emmanuel le tiró también una patada. Lo vi rodar un par de metros. Eduardo le puso otro puntapié. Les grité que lo dejaran, pero no podía levantarme. Me arrastré hacia él para protegerlo con el cuerpo. Ellos reían, los demás se alejaron en silencio. Les supliqué que nos dejaran en paz. Ellos hicieron una mueca de hartazgo y finalmente se alejaron. Tomé a mi perrito en brazos para volver a casa.

Mi padre nos alcanzó en el veterinario cuando salió del trabajo. Yo lloraba, le dije que todo había sido mi culpa. En ese momento me abrazó y aparecieron lágrimas en sus ojos. Nunca lo había visto llorar. Nos sentamos, nunca dejó de rodearme con su brazo, ambos en silencio, hasta que nos dieron la noticia: Luke no sobrevivió. Mis padres querían saber qué había sucedido, pero yo guardé silencio durante varios días hasta que, cansado y sin poder dormir, les confesé lo que pasó.

Nunca supe si realmente hablaron con los padres de esos chicos o si fueron a la policía, pero los escuché discutir el tema muchas veces en la cocina, cuando pensaban que yo estaba en mi cuarto. Al acabar el verano me dieron la noticia de que nos cambiaríamos de casa. Fui admitido en una nueva secundaria sólo para hacer el tercer año: no hice amigos, pero mi desempeño escolar fue excelente. Me olvidé de Eduardo, de Emmanuel y de las cascaritas.

En la nueva colonia no conocía a ningún vecino y no había niños jugando futbol abajo de la banqueta. En un parque cercano sólo había gente mayor o parejas con bebés. Aún salía a caminar de vez en cuando, con las manos en los bolsillos, pensando en lo mucho que le hubiera gustado a Luke la nueva colonia. En todas las casas parecían tener mascotas. Mi papá tampoco volvió a regañarme por el tiempo que dedicaba a los videojuegos. Es más, a veces se me unía cuando llegaba del trabajo, aunque sólo le gustaba el de soccer. Aun cuando lo goleaba, no veía enojo en su rostro: solía sonreír diciendo lo bueno que me había vuelto. No volvimos a tener perro, sólo un par de gatos y una pecera enorme en la sala.

Tenía años sin pensar en aquel perro, pero hace pocos días mis hijos me suplicaron que adoptáramos un cachorro. Compramos un maltés al cual, en honor a mi perrito, quise bautizar igual. A ellos no les gustó el nombre y decidieron llamarlo, en vez de eso, Hulk. Yo, como hacen todos los papás del mundo, renegué porque terminaría siendo quien lo cuidaría, y suelo amenazarlos con que lo regalaré si no limpian sus heces y orina. No saben que basta con que se acerque moviendo la cola cuando llego a casa para olvidarme de las amenazas. Todas las noches lo saco a pasear, aunque sea unos minutos. Es mi momento favorito del día, y cuando estamos a solas, en secreto, me gusta llamarlo Luke.

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MAGIS, año LXII, No. 518, octubre de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de octubre de 2026.

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