Leer el bosque

Leer el bosque

– Edición 516

Desde Dante hasta Caperucita Roja, los destinos más insólitos irrumpen en nuestra atención bajo las sombras de los árboles que atestiguan y sin cuya presencia esos destinos serían imposibles

Con sus incesantes misterios, hechos de voces y silencios, alucinaciones y presentimientos, luces y sombras, soledad y asombro, el bosque se parece a la mente, y acaso por ello es uno de los ámbitos donde la imaginación ha podido desenvolverse de modo más fecundo a lo largo de los siglos en que los seres humanos nos hemos contado historias para comprender mejor quiénes somos. La literatura que da cuenta de esa imaginación es tan inabarcable como la suma de todos los bosques sobre la faz de la Tierra: desde Dante, que al atravesar una “selva oscura” encuentra la puerta ominosa, hasta Caperucita Roja, los destinos más insólitos irrumpen en nuestra atención bajo las sombras de los árboles que atestiguan y sin cuya presencia esos destinos serían imposibles.

El empeño del solitario pastor de Jean Giono, que a lo largo de más de 40 años planta un árbol tras otro para restaurar la belleza de un paisaje desolado, no es demasiado distinto del que anima a quienes han poblado con su fantasía y sus palabras la aridez de la vida de este lado de las páginas. Después de todo, en los orígenes de esas páginas está siempre la madera de los árboles, y al igual que estos los libros nos aguardan con todos sus secretos insospechables. Toda biblioteca es un bosque.

La fronda interminable
El barón rampante, de Italo Calvino (Siruela)

Enfurecido porque su padre quería obligarlo a comer un plato de caracoles, el futuro barón Cósimo Piovasco de Rondò, entonces de 12 años, abandonó la mesa, tomó su tricornio y su espadín y salió del comedor. “¡Lo sé yo!”, respondió cuando le preguntó su padre a dónde se dirigía. Llegó al jardín, se trepó a una encina ante la mirada angustiada de su madre y se sentó en una rama, en lo alto, cruzado de brazos. “¡No bajaré nunca más!”, anunció. “Y cumplió su palabra”, dice la narradora, su hermana. Ocurrió en un tiempo en que los bosques poblaban buena parte de Europa sin interrumpirse casi nunca, de manera que, saltando de un árbol a otro, Cósimo descubrió pronto que, en efecto, su vida podía transcurrir entera en la fronda inagotable. El barón rampante integra, junto con El caballero inexistente y El vizconde demediado, la trilogía Nuestros antepasados, y es quizás el Calvino más emocionante y entrañable. Dan ganas de mudarse para siempre a vivir ahí. 

La vida en libertad
Walden o la vida en los bosques, de Henry David Thoreau (errata naturae)

Menos radical que el personaje de Calvino, Henry David Thoreau dedicó dos años, dos meses y dos días a vivir en la soledad que solamente existe en el corazón del bosque. Era a la vez un experimento y una declaración de principios: ¿era posible renunciar a las comodidades de la modernidad y depender sólo de sí mismo? Si los antiguos pobladores de América habían vivido así, tenía que ser posible. Se construyó una choza, se las arregló para cultivar sus propios alimentos (se abstuvo de cazar o pescar), y aunque su aislamiento no era absoluto, pues de cuando en cuando viajaba al pueblo cercano para encontrarse con sus amigos, sí lo aprovechó para ponerse a escribir. Su libro es de una conmovedora belleza, pues lo más importante que descubre ahí Thoreau es una forma inalienable de la libertad.

Ser un árbol en el bosque
Muerte en el bosque, de Amparo Dávila (Fondo de Cultura Económica)

Agobiado por el trabajo y la pobreza y, sobre todo, por los maltratos de su esposa, en una rutina asfixiante y atiborrada de objetos y basura, un hombre se ve obligado a buscar un departamento más amplio al que puedan mudarse, y cuando al fin da con uno y va a conocerlo, tiene una visión irresistible al contemplar por la ventana una bandada de pájaros que regresan al caer la tarde para dormir en un bosque cercano. “Sintió entonces nostalgia de los árboles, deseo de ser árbol […] vivir en el bosque, enraizado, siempre en el mismo sitio, sin tener que ir de un lado a otro, sin moverse más; siempre allí mirando las nubes y las estrellas, y las estrellas se apagarían y se volverían a encender…”. En el cuento que da título a este libro, Amparo Dávila, conocedora profunda de las más inquietantes posibilidades de lo humano, hace lo que supo hacer como nadie: en unas pocas páginas promueve un sobrecogimiento imborrable.

Sentarse y mirar
En un metro de bosque, de David George Haskell (Turner)

A lo largo de un año, el biólogo y poeta David George Haskell fue más de 40 veces a sentarse sobre una piedra en el mismo lugar de un bosque de las colinas de Tennessee. Persuadido por la idea del mandala tibetano en el que la totalidad del universo es observable en una pequeña superficie de arena de colores, y también por un poema de William Blake (“Ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre”), desde ese punto tuvo acceso a una comprensión intensiva de la vida del bosque y dio cuenta de ella con una prosa admirable hecha con atención, disposición al encantamiento y clarividencia. En ese metro de bosque hay, en efecto, un universo, y en la escritura que lo consigna una forma inesperada de la sabiduría.

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MAGIS, año LXII, No. 516, agosto de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de agosto de 2026.

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