Inglaterra

Inglaterra

– Edición 487

Vista aerea de Londres. Foto: PxHere

¿Cuándo terminamos de ser niños? Yo diría que pronto y nunca. “Nacer es naufragar en una isla”, escribió J. M. Barrie, el escocés que imaginó desde Inglaterra una isla en que los niños nunca crecen.

En Inglaterra tengo un palacio de hielo.

Mi hijo de cuatro años tiene una vida paralela, imaginaria, en Inglaterra. Nunca ha estado en el Reino Unido, no entiende la diferencia entre Inglaterra y Gran Bretaña, pero si le preguntas por su nacionalidad te dirá que es mexicano (como yo), chileno (como su padre) y también “inglaterrense”. Ya van varios meses de esto, tantos que no logro recordar la primera vez que lo dijo. Estoy segura de que su anglofilia tiene que ver con un cómic sobre la historia de los Beatles y con Paco y el rock, uno de sus libros favoritos, que es la historia de un perro que viaja a Londres y se forma allá una banda de rock. No ha visto fotos ni videos de Gran Bretaña, sabe más bien poco del país, pero casi diario suelta una o dos frases que poco a poco van construyendo su propia utopía británica.

¿Sabes qué hago en Inglaterra? Tengo un puestito donde hago galletas que no tienen azúcar y saben como si tuvieran azúcar y tienen forma de animalitos.

Pero además de los libros y los Beatles, me temo que yo también tengo algo de la culpa de esa idealización. De alguna manera he debido transmitirle mi idilio con ese lugar en el que mis pies han pasado tan pocos días, pero mi mente tantos. Durante muchos años, Gran Bretaña fue eso para mí: un espacio en mi cabeza. Mucho tiempo antes de mi primer viaje a Londres, durante mi adolescencia, leí, devoré, me obsesioné con una sarta de libros situados en el Reino Unido y esas lecturas fueron dándole forma en mi imaginación. Su geografía eran las cumbres borrascosas de Emily Brontë, los prados y campos de George Eliot, los mares helados de Coleridge y esos pueblos oscuros de Sherlock Holmes. Londres era una mezcla de las calles de Virginia Woolf con las tiendas de Dickens, las jugueterías de Angela Carter y los teatros y los pubs de los gatos de T. S. Eliot. Pasé buena parte de mi adolescencia en esa Gran Bretaña de los libros, que era mi refugio de las peleas entre amigas, las decepciones amorosas, el divorcio de mis padres, la demencia de mi abuela y las angustias corporales.

En Inglaterra había guerreros. Hubo muchas peleas en Inglaterra.

¿Y quién ganó?

Inglaterra.

Por mucho tiempo creí esa falsa etimología que dice que la palabra Inglaterra significa “tierra de ángeles”. Significa, en realidad, “tierra de los Anglos”, pero durante mi infancia y adolescencia la palabra tuvo para mí ese halo de lo divino y los seres sobrenaturales. 

En Inglaterra ya todos nos vacunamos.

Son muchas las islas literarias que se han imaginado desde el Reino Unido, por ejemplo:

La Utopía, de Tomás Moro.

La Isla del Tesoro, que Stevenson dibujó antes incluso de haberla escrito.

La isla-prisión de Azkaban, de J. K. Rowling.

La nueva Atlántida de Francis Bacon.

Indian Island, de Agatha Christie.

La que Robinson Crusoe nombró Isla de la Desesperanza.

La isla sin nombre en la distopía de El señor de las moscas.

Tol Eressëa, la isla errante de J. R. R. Tolkien.

Las islas de Lilliput y Blefuscu, de Jonathan Swift.

El país de Nunca Jamás, de J. M. Barrie.

Decía Borges que decía Novalis que cada inglés es una isla.

¿Inglaterra está para el sur o para el norte?

Para el norte.

Yo, como soy inglés, tengo que ir más para el norte.

A los 15 años leí la Breve historia de Inglaterra, de G. K. Chesterton y de esa lectura no recuerdo nada, salvo el inicio que ahora releo: “La tierra en la que vivimos disfrutó una vez del elevado privilegio poético de ser el fin del mundo. Su extremo era ultima Thule, el más alejado confín de ninguna parte. Cuando los fanales romanos iluminaron por fin a estas islas, perdidas en la noche de los mares norteños, todos sintieron que se había hollado el más remoto rincón de la Tierra; y más por orgullo que por verdadero afán de poseerla”. En los mapas romanos y medievales, las islas de Bretaña aparecen siempre en una esquina, el último rincón del mundo conocido.

En Inglaterra hay una selva enorme llena de tigres.

Mi propia utopía británica venía también de su música: de las Spice Girls y los Beatles cuando niña, y luego Bowie, The Smiths y Radiohead. Desde el cementerio del que cantaba Morrisey hasta las colinas de gis blanco de PJ Harvey, el Reino Unido es para mí también un paisaje sonoro. Podría fácilmente hacer de él un mapa, un libro musical, con botones, como los de mi hijo.

En los zoológicos de Inglaterra no hay que pagar y hay muchas jirafas.

Buena parte de Gran Bretaña y Europa fueron alguna vez una misma isla. En el sur del mar del Norte, durante y después de la última Edad de Hielo, había una gran masa de tierra, un enorme puente, que los geólogos llaman Dogerlandia. Después, el nivel del agua aumentó y Gran Bretaña se transformó en una y muchas islas. Tiene, a mis ojos, el encanto de las islas, de esos universos contenidos, miniatura.

La palabra islomanía se refiere a la fascinación por las islas. Lawrence Durrell la describe así: “una dolencia del espíritu, rara pero en modo alguno desconocida. Hay personas… a quienes las islas les resultan, quién sabe por qué, irresistibles. El mero conocimiento de hallarse en una isla, en un pequeño mundo rodeado por mar, les llena de una indescriptible embriaguez. Estos nacidos islómanos son directos descendientes de los atlanteanos”. 

A mí me gusta imaginar ese momento, cuando Gran Bretaña era cuna de bosques majestuosos, donde los habitantes no sabían que vivían en una isla. Porque las islas, en realidad, provienen de nuestra cartografía, porque una isla es lo mismo que un continente diminuto y un continente es, asimismo, una isla gigante.

En Inglaterra tengo una novia.

¿Cómo se llama?

No les voy a decir.

¿Es inglesa?

No, es mexicana, pero vive allá.

Cuando era niña, mi tía vivía en Londres y venía una vez al año a México con un cargamento de muñecas, postales de gatos, pósters de las Spice Girls y galletas de mantequilla. El Reino Unido era para mí esa cornucopia. Y era también un lugar donde las mujeres adultas iban a estudiar. Porque eso hacía mi tía allá: estudiar. Allá estaban los Oxfords y los Cambridges, esas especies de templos donde, desde muchos siglos atrás, el estudio era sagrado.

Mamá, ¿es bonita Inglaterra?

¿Por qué quieres estudiar Letras Inglesas?, me preguntaron en la entrevista de selección para la universidad. Por Oscar Wilde, respondí. Quiero entender mejor a Oscar Wilde.

¿Sabes qué, mamá? En Inglaterra ya se acabó la pandemia.

Mi hijo hace mucho eso, usar Inglaterra como contraejemplo. Lo suele hacer al intervenir en las conversaciones de los adultos, en particular en conversaciones que pueden resultarle angustiantes. Lo dice lleno de confianza, haciendo gala de sus conocimientos, como si citara la estadística de un reciente artículo en The Guardian. Inglaterra es, para él, el país donde nadie desayuna huevo y nadie se enferma nunca, donde los museos, los parques y los zoológicos son mejores y más grandes. Pase lo que pase, en su Inglaterra está todo bien y así se tranquiliza a sí mismo.

En Inglaterra hay una costumbre que ponen muchos globos y los gimnastas tienen que pasar por ellos sin reventarlos.

Durante mucho tiempo me resistí a mi anglofilia. Era un aspecto de mí misma que me avergonzaba. Crecí en una escuela que se negaba a enseñar inglés, porque el inglés era el idioma del imperio. Para mis padres también, y para mis amigos adolescentes después, el inglés representaba el intervencionismo de Estados Unidos. Era la lengua que el poder había instalado como franca, que amenazaba con corromper y hasta acabar con nuestra cultura y nuestro idioma. El español tenía su propia historia de colonialismo, pero de eso hablábamos menos, de las muchas lenguas que en México están en peligro de extinción hablábamos casi nada. Si en nuestro país y en el mundo hubiera justicia lingüística, yo hablaría hoy el maya de mis bisabuelos y el náhuatl de la ciudad donde vivo. Pero lo importante en mi infancia era resistirse al inglés, celebrar Día de Muertos y nunca Halloween, a los Reyes Magos y jamás a Santa Claus. Hablar inglés no tenía ningún mérito, era caer en una trampa del sistema, era a veces inevitable, pero, sin duda, nada a lo que aspirar.

En mi casa de Inglaterra siempre hay un solecito. Es la única parte de Inglaterra donde nunca hace frío.

Tomás Moro ubicó su utopía (acuñó esa palabra que significa “no-lugar”), su sociedad ideal, en una isla. Utopía medía a lo ancho 320 kilómetros. El Reino Unido mide sólo un poco más: 500 kilómetros. Allá lejos, en las Américas, Utopía era un espejo inverso que le devolvía a la Inglaterra de su época la imagen del caos que estaba ocasionando la ganadería a gran escala, con miles de campesinos desplazados, hambrientos y aterrorizados, y una clase rica cada vez más ociosa, decadente y punitiva.

Hay un museo en Inglaterra donde siempre es todo derecho.

Todavía guardo la carta de aceptación que me mandó la Universidad de Oxford para estudiar ahí la maestría. Ni siquiera me planteé la posibilidad de reunir el dinero necesario para pagar esa colegiatura estratosférica. No había beca ni apoyo familiar ni billete de lotería que alcanzara. Pero fantaseé mucho con ir, con encerrarme en sus bibliotecas, usar las togas y los sombreritos y andar en bicicleta por sus callejones empedrados con piedras que lo han visto todo.

Mi casa de Inglaterra es cada vez más grande y cabe cada vez más gente.

Thule aparece a lo largo de la historia, avistada por los marineros de la antigüedad: “el lugar más al Norte”, “más allá de los límites conocidos”. Después, en la Edad Media, Thule fueron Islandia y Groenlandia, y ahora quizá sea una isla en Smøla (Noruega), en Saaremaa (Estonia), y un asteroide en el cinturón de nuestro sistema solar, pero en la antigüedad, Ultima Thule era Bretaña.

El explorador griego Pytheas dijo haber llegado a Thule atravesando Bretaña a pie. Se encontró ahí con una región en que la tierra, el mar y el aire se mezclaban en una especie de gelatina sobre la que era imposible transitar. Se creía que no había noches en sus veranos, ni días durante sus inviernos.

En Inglaterra el aeropuerto se llama Beatles y te dan un aparato con música que puedes oír.

A los 20 años viajé a Gran Bretaña. A la “real”.  La carísima, de 45 libras para el famoso té con scones. La de la silla retrete de Charles Dickens. La de los suburbios, donde esa mujer me contó que quería ser pintora pero no le alcanzaba y por eso trabajaba desde hacía años de tiempo completo en una tienda de Carolina Herrera. La de los punks que busqué y nunca encontré. La de la iglesia redonda y ese salón decorado con las pinturas de flores de una botánica victoriana. La de las vacas al atardecer. Donde lloré en los autobuses, me di besos en los cementerios y dormí en colchones diminutos en departamentos diminutos sobre suelos asquerosos. Donde le rogamos al mesero que nos dejara pasar y nos dijo “Vuelvan mañana” y le dijimos “Es que ya nos vamos mañana” y él respondió: “Ojalá fuera yo el que se fuera mañana de aquí”. I wish it was me who was leaving tomorrow.

Mamá, ¿tú has ido a mi casa de Inglaterra?

Claro.

¿Y qué hay ahí?

Los recuerdos de mis viajes, por supuesto, tampoco son reales. Son apenas posibles y estarán distorsionados, inventados, idealizados quién sabe hasta dónde.

Ahora el Reino Unido es para mí una mezcla de tres lugares imaginarios: el que construí desde los libros, el que literaturizó mi memoria y el que inventa mi hijo todos los días.

Cuando termine de ser niño voy a terminar de contarte la historia de Inglaterra.

Me dice mi hijo, y yo le pregunto: ¿Cuándo terminamos de ser niños?, pero cambia el tema y ya no me responde. Yo diría que pronto y nunca. “Nacer es naufragar en una isla”, escribió J. M. Barrie, el escocés que imaginó desde Inglaterra una isla en que los niños nunca crecen.

Mamá, es mentira eso de que vivo en Inglaterra. Me lo invento. .

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