El oficio de Leila Guerriero

COLOMBIA PERIODISMO:BOG202. BOGOT¡ (COLOMBIA), 11/06/2017.- La periodista argentina Leila Guerreiro habla durante una entrevista con Efe este miÈrcoles, 7 de junio de 2017, en Bogot· (Colombia). Guerriero se desenvuelve con soltura en el gÈnero de la crÛnica, un estilo frecuentemente asociado en AmÈrica Latina al conflicto y las historias m·s marginalizadas, pero ella apuesta por llevarlo hasta la ciencia y la innovaciÛn siempre con el pulso propio del gÈnero. EFE/Leonardo MuÒoz

El oficio de Leila Guerriero

– Edición 484

Guerriero se desenvuelve con soltura en el género de la crónica, un estilo asociado en América Latina al conflicto y las historias más marginalizadas. Fotos: EFE / Leonardo Muñoz

Considerada como una de las presencias más visibles del periodismo latinoamericano, y referente para las nuevas generaciones que están revitalizando la crónica en el continente, el trabajo de la argentina nos ha facilitado una mejor comprensión de la realidad que habitamos, y lo ha hecho a menudo de forma memorable gracias a la voluntad poética que anima su escritura

¿Para qué escribe, por qué escribe, cómo escribe Leila Guerriero?

En 1992, un tiempo después de terminar sus estudios universitarios de Turismo, carrera que nunca ejerció, Leila mandó un cuento titulado “Kilómetro cero” al diario Página 12. El periodista Jorge Lanata, fundador y director, lo leyó, le gustó y la buscó para ofrecerle trabajo como redactora. Así, con 25 años, sin experiencia previa, de un día para otro se hizo periodista y aprendió que eso era lo que siempre había querido ser:

“Fue una época de aprendizaje tremendo, yo era una máquina de registrar todo lo que escuchaba y con eso me fui armando una caja de herramientas; veía, observaba y escuchaba las conversaciones con mucha discreción. Además, ahí estaban Rodrigo Fresán, Eduardo Blaustein, gente que yo leía y admiraba; eran los representantes de la cultura contemporánea más pop, más moderna”.

Unos años antes, cuando tenía 17, había dejado Junín, ciudad en la que nació y creció, para irse a Buenos Aires a estudiar, a vivir sola y, según sus palabras, a hacerse adulta. Para Leila fue lindo crecer ahí, pero las ciudades chicas no le iban muy bien y tenía ganas de teatro, cine, libros; de probar lo que ofrecía la gran ciudad. En 1986 tenía 19 años, aún no era periodista y “vivía en el infierno”, pues quería escribir aunque no sabía bien cómo canalizar su vocación. Entonces su padre le regaló el libro —de segunda mano— El oficio de vivir/El oficio del poeta, de Cesare Pavese, que tenía subrayado: “Nunca más deberás tomar en serio las cosas que no dependen sólo de ti. Como el amor, la amistad y la gloria”. Fue, en sus palabras, una especie de alivio, un mantra, un dogma y una luz que no abandona.

Pero, ¿cuándo comenzó la escritura de Leila? No recuerda un momento exacto, aunque sí que es algo que ocurrió en su cuarto, cuando fue capaz de hacerlo de corrido”, en un escritorio abatible, alumbrada por una lámpara redonda que tenía dibujada una cara de gato. Era un espacio respetado por sus padres. De ahí que ellos fueran, sin saberlo, maestros, alentando la idea de que la escritura era su mundo privado, íntimo y que se tenía que respetar.

Así, a sus 13 años, Leila vivía entre dos mundos: el de la buena alumna, los amigos, las fiestas y los amores. Y el otro, en el que leía a T. S. Eliot sin saber inglés. En esa época, la escritura ya era parte de su vida: “caminaba dentro de mí como un fuego violento, y eso era bueno, pero a veces también era triste y sórdido y solitario”. A esa edad, nadie a su alrededor volvía de bailar en la madrugada y se ponía a escribir, ni iba al colegio con un libro de Conrad, ni prefería leer a Góngora antes que ver la televisión.

“No sé cuándo empecé, pero sí sé que empecé escribiendo poemitas de amor y cuentos de ciencia ficción. Antes de dormir me leían mis padres o mis abuelos cuentos de Horacio Quiroga, Ray Bradbury, la colección amarilla de Robin Hood, Ian Fleming o René Barjavel. La biblioteca de la casa de mis padres era esquizofrénica y de libre acceso. Mi papá es ingeniero químico, lector melancólico, y mi madre es maestra de profesión y nunca ejerció, siempre se dedicó a su casa, a sus hijos, era una mamá muy tradicional, muy organizada, cuidada, amorosa. Una mujer muy culta. La cultura entraba a la casa por todos lados. Se leía mucho, se consumía mucho teatro. Iba al teatro con mi mamá y al cine con mi papá. Mi mamá era muy lectora, mi papá era un depredador de libros. Se escuchaba mucha música: Joan Manuel Serrat, María Elena Walsh, Julia Elena Dávalos, Beethoven, folklore, ópera, Julio Sosa, Pat Boone o Joan Báez. Ni tango ni rock. El rock lo llevaron los hijos a la casa”.

En Página 30, la revista cultural de Página 12, compartía la redacción con Martín Caparrós, un periodista y narrador ya consolidado en aquella época y al que ella admiraba. Había leído sus Crónicas del fin de siglo, un libro que contenía artículos sobre Berlín, Hong Kong y Bolivia. Estudiaba sus textos “con la minucia de un arqueólogo y la impunidad de un alumno predador”, ponía atención en el modo en que presentaba o describía a sus personajes, en su manera de resolver un cambio de tiempo o de escenario. Leyendo a Caparrós se educaba y se inspiraba. Caparrós solía decir que un buen periodista es aquel que ve, allí donde todos miran, algo que no todos ven. ¿Cómo se hacía para mirar así?, se preguntaba Leila, y poco a poco fue construyendo un método:

“Mi método es paciencia y escucha atenta, capacidad de leer al otro, de no apresurarme, de contar con tiempo para saber que voy a volver a verlo. Una curiosidad devoradora y genuina. No hay nada más antinatural que la entrevista, estás haciendo preguntas a una persona desconocida y a lo largo de un proceso de mucho tiempo, termina siendo una persona muy cercana y terminas teniendo una especie de conocimiento de cómo funciona su cabeza, pero sin ser tu novio ni novia ni amante ni pareja ni amiga. Supongo que es como el psicoanálisis, una escucha atenta, muy entregada, con un reporteo previo y que busca encontrar los espacios opacos, que se ocultan. No se trata de transformar eso en un combate de inteligencias, sino de hacer preguntas básicas pero que al otro le parezcan interesantes; escuchar lo que dice para poder repreguntar, llevar un esquema mental de temas que uno quiere conversar con el otro, pero no ceñirse a eso de una manera tan ruda, para que la conversación fluya por cauces más naturales y más placenteros; no forzar, no llevar al otro a un tema del que no quiere hablar, o dejarlo quizá para una próxima vez. Lo distintivo de los periodistas es la mirada, y la mirada se cultiva mirando mucho: es como la escritura, sólo escribiendo mucho se puede escribir bien. La poesía te enseña economía de recursos, te inspira, es como la condensación del lenguaje”.

Los programas de televisión El otro lado y El visitante, de Fabián Polosecki, fueron una epifanía para Leila. Fabián hablaba con la gente de una forma discreta, y eso le gustaba. En uno de sus programas, el periodista bajó al sistema de desagües de la ciudad de Buenos Aires y conversó con quienes viven de recoger lo que a las personas se les resbalaba por las cañerías. Fabián era parco y fino, pero fue la idea de que la historia puede estar justo debajo de tus pies lo que influyó enormemente en el trabajo posterior de Guerriero. Otro aprendizaje importante fue el contacto con editores y compañeros que le ayudaron a encontrar nuevas lecturas y a entender que se podía escribir de forma fresca, desenfadada, “pop y conmovedora”. Una manera en la que Leila no sabía que se podía escribir:

“Rodrigo Fresán fue una persona encantadora, con fineza, buen gusto, buenos modos, muy taxativo y con un sentido del humor increíble. Eduardo Blaustein era muy duro y sarcástico. Me sirvió mucho estar entre esos dos mundos de editores hiperexigentes. Rodrigo te decía las cosas de una forma muy jocosa, pero en el fondo te decía que lo podrías hacer mejor. Elviro Gandolfo fue un editor cultural de El País, de Uruguay, que confió en mí para publicar: ‘Tu nota está fenomenal, ¡pero si te piden diez mil caracteres no escribas el doble! Cuando cortas la mitad, la estructura cambia por completo’.

”Ahí conocí a Homero Alsina, a quien le tengo un gran respeto intelectual. No le daba un aplauso a nadie, y con pequeñas indicaciones te guiaba. Era muy asertivo. Conmigo fue muy amoroso, y entiendo que pudo haber sido terrible con mucha gente. También a Hugo Beccacece, editor del suplemento cultural de La Nación, que me decía: ‘No te olvides que no hay nada más marginal que una recepción de gala en el Ritz’. También fueron importantes Hugo Caligaris, Guillermo Altares, Amelia Castilla y Guillermo Osorno”.

Por recomendación de Fresán leyó a John Cheever, Richard Ford, Paul Auster, John Irving, Jeffrey Eugenides y Nick Hornby, entre otros. De ellos aprendió recursos, estructuras y formas de hacer avanzar los relatos. Pero nada la influyó tanto como la lectura de la estadounidense Lorrie Moore, que cambió por completo su narrativa: “¿Qué clase de persona escribía de ese modo? ¿Cómo se podía hacer tanto con tan poco? ¿Qué era esa cosa hecha con hielo, con piedra y con martillo?”. A partir de la lectura de todos sus libros, su escritura cambió: “los dedos se me retraían sobre el teclado antes de poner un adjetivo, empecé a cortar las frases con bisturí”.

Aunque también influyeron los poemas de Nicanor Parra, las películas de Herzog, Wenders, Lynch, Pasolini, Bergman; los libros de Fogwill, Bioy Casares, Rodolfo Walsh, Susan Orlean, Joan Didion, David Foster Wallace; las pinturas de Guillermo Kuitca, los libros de Clarice Lispector, la poesía de Idea Vilariño y de Héctor Viel Temperley.

“Escribiendo mucho encontré mi estilo. Fui siempre ambiciosa, pero no tenía un objetivo claro. Hay algo que no te da nadie, que es el talento: lo tienes o no lo tienes. Lo que no se trabaja mucho en la escritura es la conciencia de que escribir bien no es una sopa instantánea a la que le echas un poco de agua caliente o un polvo mágico y se hace la sopa de pollo. Es un trabajo, es una disciplina, que necesita mucha lectura; es como querer hacer películas y no ir al cine, querer ser chef y que te dé asco probar la comida. En 2001 me propuse escribir para medios extranjeros, pero todo fue sucediendo sin mucho plan. El primer libro que escribí, Los suicidas del fin del mundo (2015), a mí nunca se me hubiera ocurrido escribirlo. Un editor fue el que me sugirió escribir un libro en lugar de hacer un reportaje. Mi carrera ha tenido que ver con cambiar, con aceptar desafíos nuevos. En la búsqueda de historias sí soy propositiva, pero no busco ganar el Pulitzer o ser dueña de un diario”.

“Hola, soy Leila Guerriero, soy periodista, vivo en Buenos Aires”, se escucha al inicio de La Píldora, una serie de artefactos auditivos pandémicos que durante este año ha escrito para la cadena de radio española ser, en formato de columna, pero que son más bien poemas, fragmentos, reflexiones del encierro u observaciones cotidianas, y que vale la pena recuperar por su actualidad:

“Quiero volver al siglo XX. Era mejor. Se nos morían amigos, la gente se metía cantidades demenciales de cocaína, pero no se negaban de manera ostensible la tristeza y la precariedad. Los de ahora son tiempos maníacos. Dos décadas de insistir en que el bienestar es lo único que importa han surtido efecto. Tenemos la piel blanda, sin coraza. El imperativo es adaptarse rápido para recuperar el confort. Nadie habla de lo que se pierde sino de lo que, a pesar de todo, podría ganarse. Incluso los profetas del apocalipsis parecen contentos: ¡ésta es una pandemia a medida para aniquilar el capitalismo! No hay espacio para las voces traumatizadas, salvo las de las víctimas evidentes. La regla es sacar balances positivos de una experiencia traumática, sin mencionarla. Hay millones de personas cayendo en la pobreza extrema, adolescentes aullando su depresión como perros solos. Sin embargo, se habla de la ‘nueva normalidad’ como algo a lo que hay que llegar tan pronto como se pueda, mientras se organiza un funeral masivo, consensuado y mudo, de toda una era. ¿Eso es todo? ¿Tan sólo vamos a pasar la página? […] Hay un verso del poeta argentino Martín Armada que dice: ‘No hay que avergonzarse de amar las cosas, / los hombres libres deben sentir orgullo de lo que necesitan’. Quizás pasar la página sea una forma de seguir adelante. Yo creo que hay más vida, y más coraje, en decir ‘Yo estuve ahí, yo me acuerdo’”.

No es la primera vez que Leila logra, a través de su trabajo, reivindicar la necesidad, la importancia y la fuerza del periodismo. Pero, en la búsqueda de sus influencias, referentes, métodos, queda siempre su talento y una idea muy particular:

“El periodismo es mi forma de estar en el mundo. Me ha ayudado a ver y entender. Es la mejor excusa para meterme en universos donde no me hubiera podido meter de otra manera. Pero tu forma de estar en el mundo no tiene por qué ser útil. ¿Pintar cuadros qué utilidad tiene? No es un mundo mejor porque existen Andrés Calamaro, Fito Páez, Gustavo Cerati, Beethoven o Bach. El periodismo tiene un rol importante porque visibiliza cosas, pero bien hecho es un género literario, una forma del arte. ¿Cuál es la utilidad de La montaña mágica?”. .

* Este texto fue elaborado con fragmentos de una entrevista que el autor le hizo a Leila Guerriero en diciembre de 2018, y con información de los libros Frutos prohibidos (2009 y 2020) y Zona de obras (2014).

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