Ejercicios (pero no solamente)
Alfredo Sánchez Gutiérrez – Edición 514

La música, si bien es un arte que requiere años de estudio y dedicación, también puede crearse como un ejercicio espontáneo
La música a veces surge de manera juguetona, con intenciones pedagógicas o como ejercicio para poner a prueba las capacidades de los ejecutantes. Los aprendices de piano suelen enfrentarse a Anna Magdalena Bach o a Burgmüller para vencer dificultades técnicas. De Bach se sabe que su célebre Clave Bien Temperado fue concebido como un ejercicio didáctico, lo mismo que el Estudio Revolucionario de Chopin, diseñado para desarrollar en los pianistas fuerza y agilidad en la mano izquierda. La obra Microkosmos, de Béla Bartók, es un tour de force progresivo para los estudiantes de piano.
Pero no sólo sucede en el terreno clásico, aunque a veces haya misterios no comprobables: se dice que la famosa figura de guitarra de la canción “Every Breath you Take”, del grupo The Police, fue concebida por Andy Summers como un ejercicio de extensión de los dedos de la mano izquierda; o “Sweet Child of Mine”, de Guns N´ Roses, fue originalmente un ejercicio de digitación circular de Slash, el guitarrista. O en el jazz: la pieza “Donna Lee”, compuesta por Miles Davis pero a veces atribuida a Charlie Parker, quien la popularizó, se sospecha que fue concebida para la práctica de notas y arpegios a velocidades muy rápidas.
En otros terrenos hay casos como los de Jacob Collier o Bobby McFerrin, quienes de manera juguetona hacen de sus conciertos verdaderas clases de música donde aun el público no entrenado es capaz de interactuar de manera intuitiva para entender así que la música, si bien es un arte que requiere años de estudio y dedicación, también puede crearse como un ejercicio espontáneo.
Giant Steps, John Coltrane
Murió a sus 40 años, pero cambió el jazz para siempre y hay quienes lo veneran como una divinidad. Se conoce por sus aportaciones en la armonía, la larguísima extensión de sus virtuosos solos en el saxofón tenor y una cierta espiritualidad detrás de su música. Su pieza Giant Steps, de 1959, pone a prueba a cualquier improvisador con sus cambios de acordes rápidos y poco convencionales. Hay quien afirma que John Coltrane la compuso como un ejercicio de adiestramiento musical, un reto para sí mismo y para sus músicos.
Microkosmos, Béla Bartók
El compositor húngaro Béla Bartók, uno de los más importantes del siglo XX, escribió Microkosmos, 153 piezas breves para piano en orden ascendente de complejidad, como un ejercicio pedagógico para su hijo. Pero la obra es también un compendio de las técnicas de composición de su tiempo, con elementos rítmicos complejos, cambios de compases, disonancias y otros recursos. Aquí, una de ellas ejecutada en concierto por dos músicos de jazz: el pianista Chick Corea y el vibrafonista Gary Burton.
Improvisation, Bobby McFerrin
Bobby McFerrin, cantante y director de orquesta estadounidense, se ha distinguido toda su vida por el uso de su cuerpo como un instrumento de percusión y por su capacidad vocal para interpretar jazz, música clásica y muchas otras variantes. Lo vi una vez en Guadalajara y fue una gozosa experiencia musical: una auténtica cátedra para comprender patrones rítmicos y polirritmia. Aquí se aprecian sus dotes, no carentes de humor, al hacer participar al auditorio en sus ejercicios de invención espontánea.
“Black Dog”, Led Zeppelin
Aunque los famosos de Led Zeppelin son el cantante Robert Plant y el guitarrista Jimmy Page, el celebérrimo riff de esta canción lo compuso el bajista John Paul Jones como un reto para la ejecución grupal: está en un compás de 3/16 difícil de seguir. La solución fue que John Bonham, el baterista, lo tocara de manera más simple, en 4/4, y gracias a ello la canción adquirió un ritmo peculiar y sorprendente: los instrumentos parecen entrar y salir de sincronía cada tanto, un verdadero ejercicio de ejecución serpenteante.
The Audience Choir, Jacob Collier
Jacob Collier, londinense de 31 años, hijo de una directora de orquesta con quien aún vive cuando no está de gira, de sonrisa permanente y atuendos siempre coloridos, es un prodigio como cantante y ejecutante de instrumentos. Sus conciertos son auténticos ejercicios para la comprensión de la dinámica, la armonía y el funcionamiento de un ensamble coral. Utiliza recursos inusuales e incluye de manera activa al público que, gracias a Collier, logra descifrar algunos misterios de la creación musical.