Ejercer y ejercitarse
José Israel Carranza – Edición 514

Como ocurre en la música, hay ejercicios literarios destinados a abrir los horizontes cognitivos y expresivos de quienes quieren escribir
Toda obra literaria es ejercicio: de la voluntad que se la propone (y aquí habría que discutir si existe o no la literatura involuntaria); del lenguaje con que se da cumplimiento a esa voluntad; de la sensibilidad, la imaginación, la memoria y la intuición que dan forma a la peculiar inteligencia del mundo que está en juego en la creación —o lo que podríamos llamar la agencia poética de quien cuenta, evoca, cuestiona o contempla—. En tanto arte, el uso de las palabras con fines literarios remonta o hace a un lado la instrumentalidad de éstas y se aboca a descubrirles otras posibilidades. Y, también como ejercicio, puede que las cosas no siempre salgan bien —por suerte, para esos casos están siempre a la mano la goma de borrar, la trituradora o la tecla Delete.
Pero también puede tratarse de ejercicios en otro sentido: cuando la obra está decidida por unas reglas establecidas a propósito, por un empeño claro de exploración o de experimentación. O puramente por el deseo de jugar. Y, del mismo modo que pasa con las piezas musicales concebidas como “estudios”, cuya finalidad es ayudar a los intérpretes en el desarrollo de habilidades y en la adquisición de conocimientos técnicos, hay asimismo ejercicios literarios destinados a abrir los horizontes cognitivos y expresivos de quienes quieren escribir —y, a menudo, como pasa con los “estudios” musicales, estos ejercicios poseen valor artístico por derecho propio—. En su sitio web lashistorias.com.mx, el escritor Alberto Chimal brinda un muy generoso y estimulante archivo de ejercicios de esta naturaleza.
Lo mismo, pero no
Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau (Cátedra)
Iluminado por el propósito de hacer, en literatura, algo como lo que hizo Bach en El arte de la fuga, Raymond Queneau, escribió las 97 variaciones de un hecho trivial (el pasajero de un autobús se queja con otro de que lo empuje a cada momento; luego, el testigo de la escena vuelve a encontrar al quejoso, ahora junto a alguien que le indica algo acerca de su abrigo) como un principio de exploración de los infinitos modos en que nuestra atención puede hacerse cargo de lo que ocurre. El resultado es no sólo muy entretenido, sino además infaliblemente estimulante. No en balde, Queneau fue uno de los principales integrantes del OuLiPo, el Taller de Literatura Potencial al que también pertenecía Georges Perec.
El reverso del mundo
Lo infraordinario (Gris Tormenta)
Y ya que hablamos de Perec… Alguna vez afirmó que se imponía tantas reglas y condiciones al escribir (una novela en la que no se usara jamás la letra e, por ejemplo) porque había descubierto que no tenía imaginación. Lo innegable es que poseía una capacidad de observación admirable, en especial de aquello que es muy probable que pase inadvertido y donde anida a menudo lo extraordinario. La editorial Gris Tormenta convocó a un grupo de autores, menos o más ejercitados en el reconocimiento de lo infraordinario, para este libro que alienta a ver el mundo tal como lo veía Perec.
La imaginación del azar
El castillo de los destinos cruzados, de Italo Calvino (Siruela)
Otro oulipiano ilustre, Italo Calvino, también era dado a las combinaciones y a los desafíos del azar, al agotamiento de lo evidente en favor de hacer emerger lo inesperado. Las dos historias reunidas en este volumen están guiadas por las cartas de tarot “como una máquina narrativa combinatoria”. El ejercicio, sin embargo, concede un amplio margen a la imaginación. “Me he aplicado sobre todo a mirar los tarots con atención, con la mirada de quien no sabe qué son, y a extraer de ellos sugestiones y asociaciones, a interpretarlos según una iconología imaginaria”. Absorto en esa adivinación, Calvino llegó a preguntarse: “¿Estaba volviéndome loco? ¿Era la influencia maligna de esas figuras misteriosas que no se dejaban manipular impunemente?”. Ojo: algo parecido puede pasarle al lector.
Murmullos en torno al Señor de la Montaña
Montaigne, etc., de Isabel Zapata (Rosa Iceberg)
Lectora profunda del Alcalde de Burdeos, Isabel Zapata se propuso este singular y bellísimo ejercicio: repasar la vida de Montaigne, sus hechos y sus significados, reconociendo y registrando la poesía que claramente podría dimanar de ese repaso. “Las páginas de este libro son el murmullo de todo lo que esos datos biográficos no alcanzan a decir”. Así, las voces que oímos son las de algunas de las presencias más cercanas al autor, pero también otras que dan cuenta de la magnitud de lo que ha logrado. Y también la voz de Montaigne, en la que está trasuntada la comprensión luminosa que Zapata ha alcanzado de los Ensayos.