Cohousing: un futuro en comunidad

Cohousing: un futuro en comunidad

– Edición 486

María Adela Deus, Lila, en la cooperativa de viviendas 25 de Mayo, en Uruguay.

Ante los desafíos socioeconómicos que plantea el presente, más vale imaginar alternativas mejores para llegar al futuro. Quienes hoy se preguntan cómo, dónde y con qué compañía les tocará vivir cuando sean adultos mayores, bien podrían ir contemplando las posibilidades que brinda la vivienda colaborativa

Vivo en una privada muy común y corriente. Dieciséis casas, cada una con un estacionamiento, separadas por una calle pequeña. En cada casa viven mascotas, perros y gatos por igual, pero una diferencia sustancial entre las dinámicas de coexistencia de unos y otros es que los segundos gozan de ciertas libertades. A veces bajo a la cocina de mi casa y me encuentro ahí a Óreo, un gato gordo tipo “Silvestre” que le pertenece a mi vecina del 8. En otras ocasiones no encuentro a Coco, mi gato, porque anda haciendo un rondín en alguna otra morada; a veces llega oliendo a atún y es así como me entero de que estuvo en casa de Kikín, un gato siamés de 18 años. La dueña de Kikín, mi vecina del 11, sabe más acerca de Coco que de mí. Así funciona la dinámica entre los felinos de la privada: su casa son todas las casas, o por lo menos todas aquellas donde habite un gato. Si bien se sienten propietarios del espacio público, también para ellos es visible la red que se entreteje entre los humanos que los cuidan y alimentan, y que, por lo tanto, les hace sentir que pertenecen ahí. Se podría decir que los gatos de mi privada hacen cohousing.

El origen

El modelo del cohousing nació cerca de Copenhague, Dinamarca, a principios de los años setenta. La primera comunidad se construyó en 1972 y fue concebida inicialmente para 27 familias. A partir de ahí, el modelo comenzó a replicarse con relativa rapidez por toda Europa. Aunque por la época podríamos aducir que se trataba de una comuna hippie, el cohousing reúne una serie de principios y elementos que lo hacen diferenciarse de otras formas de vivir en comunidad.

Uno de los principales objetivos es pasar de concebir la vida en términos individualistas a concebirla en términos de participación y colectividad. Esto, por supuesto, no es nada sencillo. Implica toda una transformación en los valores que, por haber crecido en el sistema económico que conocemos, hemos ido construyendo dando primacía a la individualidad.

Decíamos, pues, que hay rasgos sin los cuales un proyecto no podría ser considerado cohousing: definido en su concepción espacial, se caracteriza por ser un espacio privado con extensas áreas comunes. Los residentes del lugar están involucrados en este primer momento, y al grupo lo une el mismo propósito: un cambio radical de estilo de vida. Por lo tanto, todo se convierte en un proceso voluntario y participativo. El diseño del proyecto es fundamental, ya que debe estar pensado en función de la convivencia y el apoyo mutuo, es decir, no sólo se trata de tomar la decisión de vivir en casas vecinas: el cohousing está pensado para llevar un estilo de vida que favorezca la socialización. Los espacios en común deben ser diseñados para compartir actividades de cuidado y recreación de la comunidad.

Proyecto Entrepatios, con sede en Madrid. Foto: EFE

Por otro lado, en el espacio privado también hay un foco especial, dado que es precisamente ahí en donde radica la independencia de los residentes: se vive acompañado, pero en autonomía.

Otro aspecto importante que salta a la vista en este modelo es la ausencia de jerarquía. La idea general es fomentar un entorno participativo en el que todos sean, de alguna manera, tomadores de decisiones. Esto supone necesariamente la estipulación de normas de convivencia y códigos que ayuden a la sana coexistencia. Por lo general, los roles van rotando a lo largo del tiempo.

Esta clase de colectividades se construye cerca de las ciudades o dentro de una. Cuando son urbanas, suelen concebirse desde un principio como un agente que contribuya a la solución de los problemas que acarrea la modernidad urbana, es decir, gentrificación, problemas ambientales, inseguridad, especulación, entre otras. De hecho, es esta última dificultad la que se pretende combatir: la esencia del cohousing es hacer que la vivienda sea asequible para cualquier persona o grupo, e intentar ponerle fin a la especulación.

Según un estudio del Seminario Internacional de Investigación en Urbanismo (SIIU), se calcula que 1 por ciento de la población danesa habita viviendas tipo cohousing. El modelo danés se caracteriza por “la tipología de pueblo” y lo común es que consista en conjuntos de entre 15 y 30 edificios. La mayoría de los cohousing en Dinamarca está en las afueras de las ciudades y tiene una casa al centro que funciona como un sitio para juegos, cenas y demás actividades comunitarias. A diferencia de los modelos daneses, los cohousing suecos tienden a ser más urbanos y con un diseño arquitectónico vertical. Alemania, por su parte, apostó por modelos tanto urbanos como semiurbanos, y con población intergeneracional, al igual que Holanda.

Proyecto La Borda, en Barcelona. Foto: EFE

En los últimos 50 años, y a fuerza de prueba y error, los modelos de cohousing se han ido perfeccionando y replicando a lo largo de Europa. De diez años a la fecha hemos podido observar el surgimiento de sólidas comunidades en España, por ejemplo La Borda, en Barcelona, y Entrepatios, en Madrid. Estos dos proyectos han puesto especial atención en el diseño arquitectónico con mínimo impacto ambiental, es decir, el uso de energía renovable y la reutilización del agua, así como el uso de materiales ecológicos. Este tipo de arquitectura se realiza conforme la premisa del “triple balance”: viviendas que se construyen en relación con el medio ambiente, viviendas que se construyen en relación con las personas y, finalmente, viviendas que construyen otra relación con la economía.

La reconfiguración de la conciencia espacial individual

La configuración del espacio doméstico es un reflejo de nuestra realidad social. La distribución en los hogares responde directamente a la composición de hábitos y costumbres que, a su vez, está enmarcada en lo histórico, en lo geográfico y en lo social.

La arquitecta Anna Puigjaner es conocida por Kitchenless (Sin cocina), un proyecto que partió de una investigación que hizo en sus años de estudiante en Estados Unidos. Se encontró con que, a finales del siglo XIX, en Nueva York existieron edificios cuyos departamentos no tenían cocina o bien tenían una muy pequeña, aunque sí contaban con una amplia cocina comunitaria. A partir de ese hallazgo, Puigjaner se planteó una serie de cuestionamientos en torno a ese espacio tan cargado de sentido político: para empezar, quiso hacer evidente que cocinar es una labor ardua que debe ser considerada trabajo y, por lo tanto, remunerada. Ella quería dejar claro cómo el trabajo doméstico se concentra por lo general en una sola persona, y esa persona suele ser una mujer.

El proyecto Kitchenless City, de Anna Puigjaner, documenta el funcionamiento de cocinas colectivas en todo el mundo. En la imagen, una cocina ubicada en Saitama, Japón, donde los miembros mayores de la comunidad cocinan para los niños locales.

La propuesta de una casa sin cocina es provocadora, pues la cocina suele estar vinculada al ideal de la familia estadounidense. Cuando los rusos copiaron esta estructura para instrumentarla en el sistema de vivienda social, de inmediato se comenzó a asociar con comunismo y enseguida se abandonó.

Cuando pensamos en la posibilidad de compartir un espacio e intentar hacer vida en comunidad, tal vez haríamos bien en reflexionar acerca de nuestros hábitos y de nuestra relación con el espacio a lo largo del tiempo. Osvaldo Peñaflor, un arquitecto de Ciudad de México que dice padecer los estragos de la especulación inmobiliaria desde hace 14 años, afirma que los estándares espaciales de los mexicanos, y los latinoamericanos en general, son muy diferentes a los de los europeos: “Por ejemplo, algo que pasa poco en México y es común en Europa es la ubicación de la lavadora; aquí pocas veces se concibe que pueda estar en la cocina, siempre se visualiza afuera, o en la azotea —que esto también tiene que ver con el clima, en Europa no te puedes dar el lujo de salir a lavar por el frío que hace”. O también esto: hubo un tiempo en que los departamentos en París tenían la ducha ubicada afuera, y se compartía sin problema con los vecinos del mismo piso; “eso en Latinoamérica sólo ocurre en las vecindades”, añade.

En Europa, los metros cuadrados no son sinónimo de “lujo” o de poder adquisitivo, como en el caso de México. Están acostumbrados a habitar espacios reducidos sin que eso tenga implicaciones socioeconómicas. Esta práctica de alguna forma ha favorecido que se adopten modelos de vivienda en común sin que se sienta amenazado o comprometido el espacio personal.

Otro factor relevante en esta reflexión en torno al espacio y los hábitos es el hecho de que llevar una vida colaborativa trae consigo la modificación de nuestros consumos cotidianos. Si queremos priorizar los espacios compartidos hay que ceder espacio privado; esto significaría, por ejemplo, reducir nuestra cantidad de zapatos, de ropa y nuestras posesiones en general, pues ahora la prioridad estará puesta en otro lado. En resumen, un cambio de paradigma entraña siempre un nuevo desafío para la arquitectura: habría que pensar más en la vivienda como un conjunto de relaciones humanas.

Proyecto La Borda. Proyecto La Borda. Foto: Ayuntamiento de Barcelona

Cooperativas de vivienda y antecedentes latinoamericanos

¿Qué sí y qué no es cohousing? La traducción más adecuada tendría que ser “cooperativa de vivienda”, pues cumple con las características ya mencionadas. Es necesario delimitar el término y hacer una definición precisa del concepto, por muchas razones: una de ellas es que, si alguien “guglea” cohousing o coliving en México, posiblemente los resultados que arroje la búsqueda sean una serie de opciones un tanto alejadas de lo que originalmente se concibe como tal.

El coliving mexicano es básicamente la renta de habitaciones dentro de un apartamento grande y amueblado con áreas comunes compartidas: sala, comedor y cocina. En el pago mensual, que varía entre nueve y 14 mil pesos, ya vienen incluidos los costes de los servicios, para que los residentes no tengan que preocuparse por eso. La renta tan cara se debe a que la mayoría de estos edificios se sitúa en zonas como la colonia Roma, una de las más céntricas y con mayor demanda de Ciudad de México. A diferencia de los modelos europeos, en los que se pretende hacer frente a la especulación, estas construcciones tienen un dueño-arrendador que irá regulando los precios según la oferta y la demanda del mercado. Así que lo más probable es que sólo se haya echado mano del concepto como un recurso mercadológico que nada tiene que ver con las inquietudes y necesidades de quien va en búsqueda de la vida colectiva.

Proyecto Palo Alto. Foto: Adriana Zehbrauzkas

En cambio, en el contexto latinoamericano, el concepto “cooperativas de vivienda” se aproxima más a la idea del apoyo mutuo, la autogestión y la cultura colaborativa.

Aunque hay quienes dicen que la vivienda cooperativa en este país es casi inexistente, se encuentran algunos casos que vale la pena señalar. Abrahán Rodríguez, arquitecto y fundador de Hábitat para el Buen Vivir, apunta que “en México es muy notorio que, si una cooperativa de vivienda lograba constituirse y ser reconocida, tanto por el gobierno como por distintas organizaciones, una vez que conseguía los terrenos y proveía de vivienda a los socios extinguía su propósito, ya no había razón para ser cooperativa, se convertía en una propiedad privada como cualquier otra. Podemos identificar en el Estado de México unos casos: lo que ahora vemos como colonias populares, hace algunos años fueron una cooperativa”. También señala a la cooperativa Guerrero, en Ciudad de México, como una unidad habitacional que arrancó con un modelo de cooperativa de vivienda, y que a la fecha se estudia como un caso de interés desde el punto de vista del diseño participativo.

Proyecto Palo Alto. Foto: Livia Radwanski

El ejemplo más estudiado y sobresaliente es el de Palo Alto, una cooperativa de vivienda ubicada en el corazón de Santa Fe, en Ciudad de México, una de las colonias con mayor plusvalía del país, donde el metro cuadrado cuesta alrededor de 50 mil pesos. Rodeada de dinero, Palo Alto ha sido desde hace casi 40 años una comunidad en resistencia.

Su historia comienza cuando un grupo de trabajadores de Contepec, Michoacán, llegó a esa zona a trabajar en las minas de arena, en condiciones muy precarias. Ellos vivían en pequeñas chozas sin agua ni luz. Al cerrar la mina, en 1969, el dueño decidió vender el terreno; sin embargo, los habitantes se organizaron y entablaron un litigio por el suelo, que terminaron ganando. “Cuando los quisieron desalojar, las monjas del colegio colindante se solidarizaron y los contactaron con el Secretariado Social, y fue cuando éste nos invitó a participar en la asesoría técnica”,1 narra Enrique Ortiz, arquitecto que ha dedicado 55 años de su vida a la vivienda popular y quien cree que quien se dedique a esta profesión debe entender los problemas socioeconómicos de su tiempo. Posteriormente, según Ortiz, se unieron a la lucha las trabajadoras sociales Graciela Martínez y Luz Lozoya, así como el teólogo de la liberación Rodolfo Escamilla. Fue él quien propuso que la comunidad se constituyera con la figura de cooperativa y que todos sus integrantes fueran líderes. Así, Palo Alto se convirtió en una cooperativa de vivienda y apoyo mutuo: el terreno era ahora de y para todos y todas. Alrededor de unas 200 familias viven en sus 4.6 hectáreas, si bien cada día están más asediadas por empresarios e inmobiliarias.

Proyecto Palo Alto. Foto: Fabiola Cabrera

Un país que sí puede considerarse un claro referente de este tipo de prácticas colaborativas es Uruguay. “Es interesante, porque en otros lados las cooperativas de vivienda estuvieron ligadas a movimientos obreros y sindicales”, agrega Abrahán Rodríguez. “El caso uruguayo es el más representativo: la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM) surgió en los sesenta, pudo consolidar un modelo que se pudo replicar; por su naturaleza de movimiento organizado, tuvo la oportunidad de crecer y de mantenerse en el tiempo”. Así nació, el 25 de mayo de 1970 —dos años antes que la primera comunidad danesa—, Isla Mala, la primera cooperativa de vivienda de ayuda mutua en Uruguay. Unas 28 viviendas fueron diseñadas estratégicamente para que a todas les pegara el sol. Cada una posee en su estructura interior una especie de patio bastante grande.

La FUCVAM ha sido una entidad esencial para la continuidad del modelo cooperativista, y se define a sí misma como el “movimiento social más grande, antiguo y más activo trabajando en temas de vivienda y desarrollo urbano en Uruguay”.8 Esta iniciativa surgió como alternativa para resolver el problema de vivienda en los sectores más vulnerables, y recibió un reconocimiento durante el Foro Hábitat Genève 2012, otorgado por la ONU vía la Building and Social Housing Foundation.

La avanzada uruguaya bien podría ser un faro de certeza y optimismo que nos impulse a imaginar.

El sueño millennial de la casa propia y la vejez con amistades

A menudo, las cenas y reuniones con amigos suelen acabar en conversaciones acerca del mismo asunto: ¿qué vamos a hacer cuando seamos viejos? ¿Quién nos va a cuidar? ¿Cómo nos vamos a mantener, si ni casa ni pensión tenemos? Los amigos de una amiga comentan que por eso ellos tienen un pacto suicida, para no tener que llegar a viejos; lo dicen medio en broma, medio en serio. Todo el mundo a mi alrededor se hace esas preguntas, sin llegar a una respuesta fácil. Y aunque le damos vueltas por todos lados, el único camino que se vislumbra más o menos claro es el mismo: juntarnos para crear una comunidad y envejecer de la mano.

Los modelos familiares se han ido transformando: cada día tenemos más parejas con un hijo o con ninguno, por ejemplo. Y aunque aún haya quienes siguen deseando una familia en los términos más “tradicionales”, el asunto de los cuidados a los adultos mayores tendría que transformarse de igual manera, y no dejarlo en mano de una o dos personas, que —aquí vamos de nuevo— casi siempre suelen ser mujeres.

Al respecto, la investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales del iteso, Rocío Enríquez Rosas, observa que nos estamos acercando a una fuerte crisis en el terreno del cuidado, que hoy en día ejercemos como “un cuidado ‘familiarista’, es decir, que las personas mayores, cuando requieren de cuidados, son cuidadas principalmente por su familia. Las parejas también, pero sobre todo las que cuidan son las hijas. Entonces hay un debate muy importante sobre la feminización del cuidado. El bienestar se construye a través de cuatro grandes pilares, que son el Estado y sus instituciones, las organizaciones de la sociedad civil, las comunidades y la familia. Eso es lo que se piensa en cualquier sociedad y tiene que ver con el régimen de bienestar. Y lo que pasa en México es que ese régimen está desbalanceado, ya que los cuidados se cargan principalmente en la familia”.

Lo que la investigación de la académica propone es una colectivización de los cuidados en la que se involucre, por supuesto, a la familia, pero también al Estado, y con un fuerte compromiso por parte de la sociedad, de tal manera que las personas mayores puedan ser protagonistas de las decisiones que se tomen.

“A partir de eso, invité a varios investigadores de otras universidades a hacer un proyecto en el que estudiáramos las alternativas de vivienda de personas mayores en donde ya se estuviera concretando y materializado”; esto los ha llevado a analizar las políticas públicas creadas en Uruguay, donde existe, dentro del Ministerio de Desarrollo Social, un Sistema de Cuidados.9 Esta institución nace con el objetivo de “generar un modelo de responsabilidad compartida entre familias, Estado, comunidad y mercado”. Es así como el trabajo de cuidar se reparte equitativamente y deja de concentrarse en las mujeres del núcleo familiar.

Blanco Iris frente a su casa. Foto: Emilio Martínez Muracciole

Violeta Horcasitas es una profesionista que comenzó a reflexionar más consienzudamente acerca de la cuestión durante el arranque de la pandemia. “Era un tema de conversación que siempre salía con amigos, pero salía casi desde la broma: ¿qué vamos a hacer cuando seamos mayores? La vejez es una etapa descuidada política y socialmente por casi todas las instituciones de la vida pública; necesitamos estar acompañados de personas con las que compartimos intereses y en las que se pueda confiar; más allá de pensar en una ‘comuna hippie’, lo que me interesa es una comunidad de confianza. La vida cambió para mi generación. Las rentas cada vez son más caras y los trabajos más mal pagados, lo que apunta a que vas a envejecer solo. Creo que fue durante la pandemia que me quedé de frente al problema. En ese momento en que todo el mundo estaba en su casa y se volvió ese espacio súper constreñido, fue que se hizo de vital importancia el tema. A menos de que tengas una herencia inmobiliaria, o un trabajo súper estable que te haga acreedor a un crédito hipotecario, no puedes tener acceso a una vivienda”, comparte. Fue esa inquietud la que la llevó a querer informarse acerca de esta cuestión y a querer formar una cooperativa.

Entonces: ¿qué nos detiene?

¿Por qué, si todos perseguimos el mismo sueño, ése de envejecer con nuestros amigos o con personas con las que compartimos los mismos intereses, se atisba como un proyecto casi imposible? ¿Por dónde se empieza? Por imaginarlo, tal vez —dicho sea sin ánimo de caer en vericuetos mágicos new age—. Imaginar, primero, para pasar al obstáculo más significativo y por lo mismo el más interesante de todo este trayecto: el trabajo en conjunto, los acuerdos en asamblea, la colaboración, la toma de decisiones en colectivo, la disposición grupal; en una palabra: la organización.

Proyecto La Borda. Foto: Ayuntamiento de Barcelona

Uno de los principales retos a la hora de desarrollar este tipo de proyectos es el cambio de mentalidad: pasar del pensamiento individual al colectivo es un proceso complejo. Horcasitas agrega que la cooperativa “nunca se llegó a consolidar, ya sabes, pasa lo mismo siempre, la gente no asiste a las juntas vecinales, son siempre las mismas tres personas las que hacen todo el trabajo y los que no van critican a los administradores; entre esas personas se reparten los roles porque nadie más quiere tenerlos… Ahí entendí un poco por qué es tan difícil lograrlo”.

Pensar en una sana cultura de la vejez desde ahora tal vez nos ayude a tomar el impulso que se necesita para transitar a una actitud más colaborativa, que priorice el cuidado y el cariño mutuo por encima del consumo y el individualismo. Tanto la vejez como la crisis ambiental son inminentes, así que posiblemente sea mejor atravesarlas de una forma más multidimensional.  .

Proyecto Isla Mala / 25 de Mayo. Foto:

Notas al pie

1. Enrique Ortiz Flores, Hacia un hábitat para el buen vivir. Andanzas compartidas de un caracol peregrino,  Fundación Rosa Luxemburg, 2016, p. 84.

Para saber más

:: Alejandra Eme Vázquez, Su cuerpo dejarán, El Periódico de las Señoras / Kaja Negra, 2019.

:: Charles Durette, The Senior Cohousing Handbook, New Society Publishers, 2009.

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