A partir de la ternura

A partir de la ternura

– Edición 488

El Padre Nuestro se ha heredado en el tiempo de persona a persona, de comunidad a comunidad, de familia en familia

En el Padre Nuestro hay ternura porque me conecta con tantas personas de distintas edades, condiciones y razas que la pronuncian y la han pronunciado a lo largo de la historia, en tan diversos países, culturas e idiomas

Me ha parecido, en uno de mis momentos de mayor desolación en la vida, encontrar la salida de éste gracias a haber escuchado la oración del Padrenuestro. Esta oración la aprendí en mi niñez de manera mecánica, más por el deseo de ser aprobado en el catecismo que por devoción o amor a Dios. Y, al aprenderla, se sumaba a mi pequeña lista de oraciones que iba acumulando con orgullo; lista que, si bien no aumentaba mi fe, sí aumentaba mi autoestima. Nada fue culpa de la catequista, sino del sistema educativo mexicano. En fin.

Ya en mi adultez, en medio de una dificultad que no sabía cómo solucionar, me permití escuchar a la feligresía de una parroquia cómo decía y qué decía con esta oración. Ya fuera porque me callé y abrí el oído para escuchar, o por la condición de fragilidad que experimentaba en ese entonces, el Padrenuestro me pareció un poema lleno de ternura.

Primero, porque en algún momento de esta historia, su autor se detuvo a pensar lo que esta oración iba a decir. Segundo, porque consideró que esta oración iba a ayudar a otras personas. Dudo mucho que el Jesús histórico hubiese pensado que su oración trascendería los siglos, pero por lo menos pretendió consolar a los que, cerca de él, sentían necesidad. Tercero, porque es una oración cargada de misericordia y de practicidad: la puedes decir cuando te sientes bien o mal, cuando quieres agradecer o pedir, cuando inicias un viaje o en tu primer día de trabajo. Cuarto, porque se ha heredado en el tiempo de persona a persona, de comunidad a comunidad, de familia en familia: la gente, pues, se ha sentido bien con ella y ha visto que es bueno seguirla transmitiendo.

Finalmente, me pareció en aquel momento, y me sigue pareciendo ahora, que en esta oración hay ternura porque me conecta con tantas personas de distintas edades, condiciones y razas que la pronuncian y la han pronunciado a lo largo de la historia, en tan diversos países, culturas e idiomas. Con esta oración digo Padre a Dios junto con el encarcelado, con la anciana, con el moribundo, con la estudiante o con los papás primerizos. Es una oración que crea comunidad geográfica e histórica, incluso con aquel con quien no he hecho buenas migas.

Durante la vivencia de los Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola coloca los Tres Grados de Humildad. Ésta es una meditación para que quien quiera seguir a Jesús con hondura de vida calibre cómo están sus fuerzas desde el amor. Desde ahí, Ignacio pretende que el ejercitante imite y se parezca más a Cristo nuestro Señor, en pobreza, en recibimiento de oprobios y en deseo de ser estimado por vano y loco, antes que por prudente. Estos grados en el amor comienzan a partir de la ternura, como la respuesta del maestro al alumno cuando éste le dice: “Enséñanos a orar”. A veces, por los motivos que sea, la desolación regresa a mi vida; pero ahora, para no desesperarme y tratar de ahuyentarla, me pongo a rumiar aquellas tiernas palabras que me enseñó mi catequista: Padre nuestro que estás en el cielo…

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