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68: cuando millones conocieron la dulce libertad

A medio siglo de la masacre de Tlatelolco, es indispensable revisar la memoria del movimiento estudiantil y popular reprimido por el Estado mexicano, para reconocer sus implicaciones en la historia reciente de nuestro país, y también para tener en cuenta las lecciones más importantes de ese momento con miras al futuro hacia el que nos dirigimos

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Imagen de uno de los edificios en torno a la plaza de las Tres Culturas. Foto: Museo Archivo de la Fotografía
Imagen de uno de los edificios en torno a la plaza de las Tres Culturas. Foto: Museo Archivo de la Fotografía

Los sentimientos se desbordan, el amor a la vida campea en las calles; la vendedora de dulces, que deposita unas monedas con una bendición; el joven padre, con su hijito en brazos, le entrega unos billetes al niño y con una sonrisa dice: ‘Dáselos, ellos están haciendo para ti un mundo mejor’.

María Teresa Posada. “Tlatelolco 68. Crónica de una sobreviviente”, en Zurda, núm. 4, segundo semestre de 1988.

 

Origen y etapas

“No queremos Olimpiadas, queremos revolución”. Esta consigna, quizá la más conocida del movimiento estudiantil-popular de 1968, es la síntesis más elocuente de lo que ocurrió en el verano de hace 50 años. El gobierno había solicitado ser sede de los XIX Juegos Olímpicos para mostrar al mundo el grado de desarrollo y progreso supuestamente alcanzado por el régimen posrevolucionario mexicano.

Como otras grandes revueltas y rebeliones que han sacudido y transformado a la moderna sociedad capitalista, el 68 mexicano comenzó con hechos aparentemente menores y poco significativos. El martes 22 de julio, tras un partido de futbol americano, ocurrió una reyerta entre estudiantes de las preparatorias 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y alumnos de la preparatoria Isaac Ochoterena de la UNAM. Al día siguiente, el conflicto siguió al involucrarse más estudiantes de otras prepas y vocacionales. Las peleas entre estudiantes de bachillerato eran comunes. Esa vez, las cosas fueron anormales. El gobierno del Distrito Federal, encabezado por el regente Alfonso Corona del Rosal, envió 26 camiones con policías a aplacar la bronca. En lugar de imponer orden, los policías capitalinos desplegaron un operativo represivo. La represión policial continuó el 23 de julio, lo que motivó una respuesta diferente de parte de los estudiantes: declararse en huelga

Las huelgas estudiantiles en las escuelas comenzaron al día siguiente de la represión, precisa Félix Hernández Gamundi, uno de los dirigentes más destacados del movimiento: “La respuesta entre los estudiantes comenzó desde el mismo día 23. Para el día 24 ya hay huelgas en el Politécnico (en las vocacionales 5 y 7), y ese mismo día la asamblea de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM se declara en huelga en solidaridad con los estudiantes politécnicos”. De este modo comenzaron a tejerse los lazos de solidaridad que dieron curso al movimiento, pues con esta acción se zanjaba la histórica confrontación que existía entre politécnicos y universitarios.

El pliego petitorio, documento de exigencias al gobierno que tuvo un papel articulador muy importante, comenzó a discutirse el 24 de julio, inicialmente en las vocacionales 5 y 7 y en la Escuela de Economía del IPN.

50 años del 2 de octubre

El viernes 26 de julio, distintas escuelas del IPN convocaron a una manifestación para protestar contra la represión. Unos cinco mil estudiantes pretendieron ingresar al Zócalo, pero la policía lo impidió. El contingente del Poli se reagrupó en el Hemiciclo a Juárez, donde se encontró con otra manifestación convocada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CND, con influencia del Partido Comunista de México) para conmemorar el triunfo de la Revolución Cubana. Ambas manifestaciones se unieron. Ese fin de semana, las escuelas ubicadas en el centro de la ciudad no cerraron. Fueron ocupadas por los estudiantes, y varias de ellas agredidas por la policía. Para defenderse de las golpizas, los estudiantes formaron al menos seis barricadas incendiando camiones. En la madrugada del 30 de julio, el ejército tomó por asalto con tanques la Escuela Nacional Preparatoria, y con un tiro de bazuca destrozó la puerta de ingreso a San Ildefonso.

Ante la intervención de la policía y del ejército, el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, reaccionó por la violación a la autonomía universitaria, y en protesta izó la bandera a media asta y convocó a una manifestación de desagravio el 1 de agosto. Ésa fue la primera gran marcha universitaria.

Nacía así el movimiento estudiantil de 1968.

A la par, núcleos de estudiantes organizados del Politécnico (los comités coordinadores del Casco de Santo Tomás y de Zacatenco) comenzaron a promover la huelga general en el IPN. Para ello, el 4 de agosto convocaron a una manifestación para el día 5, de Zacatenco al Casco de Santo Tomás. Esta convocatoria fue muy importante porque por primera vez se presentaron las seis demandas del pliego petitorio, y éste fue firmado por más de 40 escuelas en huelga del ipn, de la unam y de facultades y escuelas agrarias de Chapingo, Coahuila, Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas y Guanajuato. Esas demandas eran:

1. Libertad de los presos políticos.

2. Destitución de los generales Luis Cueto y Raúl Mendiola, así como del teniente coronel Armando Frías.

3. Extinción del cuerpo de granaderos.

4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal.

5. Indemnización a los familiares de los muertos por la represión.

6. Deslindamiento de responsabilidades por parte de las autoridades a través de la policía, los granaderos y el ejército.

El mitin del 5 de agosto también fue relevante porque se exigió al gobierno dar respuesta a las demandas estudiantiles en un plazo de 72 horas, o de lo contrario se convocaría a una huelga nacional estudiantil; además, se anunció la creación de un Consejo Nacional de Huelga (CNH) integrado por tres estudiantes electos por las asambleas de las escuelas que se sumaran a la huelga.

En su pormenorizado recuento del movimiento, La estela de Tlatelolco, Raúl Álvarez Garín, uno de los más importantes dirigentes del 68, sostiene que el movimiento tuvo seis etapas: del 22 al 30 de julio, violencia policiaca para “prevenir” conflictos políticos durante las Olimpiadas; del 30 de julio al 5 de agosto, emergencia de una organización y protesta de carácter masivo, pacífico, democrático e independiente contra el autoritarismo estatal; del 6 al 29 de agosto, creciente desafío democrático con las manifestaciones rumbo al Zócalo, la exigencia de diálogo público y la desobediencia civil de burócratas y obreros; del 1 al 30 de septiembre: frustración de la contraofensiva gubernamental ante el movimiento que crecía en disciplina y legitimidad; el 2 de octubre, la brutal represión, con implicaciones y responsabilidades históricas, y del 3 de octubre al 4 diciembre, tránsito de la represión masiva e indiscriminada a la deslegitimación del CNH.

El desafío era político y también simbólico. Por ejemplo, el 13 de agosto, al no haber respuesta del gobierno al pliego petitorio de los estudiantes, el CNH convocó a una manifestación en el Zócalo de la Ciudad de México. Para ese momento, la plaza central de la capital era usada sólo para eventos del gobierno o de su partido, el PRI. Los estudiantes desafiaron al poder con el mero hecho de reapropiarse de la plaza pública, y se realizaron al menos otras grandes manifestaciones en el Zócalo, el 27 y el 13 de septiembre.

50 años del 2 de octubre

El 2 de octubre, el CNH convocó a un mitin en la plaza de las Tres Culturas, en la unidad habitacional de Tlatelolco. Había cierto optimismo al seno del Consejo, porque esa mañana el gobierno había accedido a sostener un diálogo inicial enviando a dos representantes oficiales ante una comisión de estudiantes. A ojos de los dirigentes estudiantiles, parecía que el conflicto podría resolverse por cauces pacíficos.

Pero el diálogo de la mañana en realidad era una trampa, según han concluido a posteriori los dirigentes del movimiento. El gobierno de Díaz Ordaz, en lugar de atender las peticiones estudiantiles, ya había decidido reprimir el movimiento mediante un operativo militar a gran escala, con la justificación de que se aproximaba la inauguración de las Olimpiadas.

Fue un golpe “absolutamente impactante”, recuerda Félix Hernández Gamundi: “En las semanas previas habíamos vivido diferentes momentos de sube y baja, como en cualquier movimiento. Pero en los últimos días antes del 2 de octubre, después de la marcha del 27 de agosto, había habido un momento crítico en que arreció la represión. Nos quedó claro luego que era un momento muy difícil a partir de la ocupación de Ciudad Universitaria el 18 de septiembre, y sobre todo por la ocupación del Politécnico por las mismas fuerzas armadas, el 23 de septiembre. Sin embargo, en los días previos al 2 de octubre hubo señales del gobierno de la República de querer comenzar la discusión para definir cómo se podía desarrollar el diálogo público y discutir el pliego petitorio. El mismo 2 de octubre en la mañana hubo una reunión en la que estuvieron dos representantes del presidente Díaz Ordaz y tres representantes nuestros, lo que finalmente abría el camino para comenzar a resolver el pliego petitorio. Eso había ocurrido a las diez de la mañana, y ocho horas después se dio una agresión como la ocurrida en Tlatelolco, con la intervención de por lo menos 10 mil soldados usando armas de alto poder y disparando de manera indiscriminada contra una masa del pueblo reunida de manera pacífica en una plaza. Fue una sorpresa brutal, fue un desconcierto indescriptible y, ante todo, un tremendo acto de traición de parte del gobierno en contra de la juventud mexicana”.

Una sobreviviente de Tlatelolco, María Teresa Posada, se quedó con estas imágenes de la masacre: “Ese niño, ese muchacho, se estaba riendo. Le volaron la cara. ‘No lo veas, manita, no lo veas’. Ahí estaba tirado, fino, delicado, ya sin rostro y con un suéter azul como el cielo”. “Luces que pasan como luciérnagas sobre nuestras cabezas, silbidos que cortan el aire, gritos, llantos, maldiciones; un tanque ligero está en la explanada, sus ocupantes ríen mientras apuntan, apuntan girando el cañón sobre la muchedumbre, inerme, tirada, exánime”. “Ese olor que sube, que ahoga fuerte, pesado, ese olor a la sangre que no te abandona tanto tiempo después”.

No se sabe a ciencia cierta cuántos muertos dejó la masacre de Tlatelolco. Algunos hablan de más de 300, mientras que documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos reportan más de 150 fallecidos, cientos de heridos y cerca de dos mil personas detenidas esa fatídica noche.

 

Sangre y nervios de la revuelta

Si alguien hubiera dicho, el 21 de julio de 1968, que en las semanas siguientes millones de mexicanos saldrían a manifestarse contra la represión política y la antidemocracia del régimen, su cordura habría sido puesta en duda. Sin embargo, ocurrió. La mayoría de los analistas califican los sucesos de esta índole, sorpresivas irrupciones de protesta masiva, como espontáneos.

Pero, en la historia, esa masa de hechos moldeados por los hombres y las mujeres en sociedad, los acontecimientos no surgen de la nada. Hay percepciones, sensaciones, memoria, agravios, aprendizajes, experiencias previas que, por azares, o por acciones y decisiones que toman algunos sujetos en determinados momentos, dan tal o cual giro a los acontecimientos. No es predestinación de la historia; tampoco contingencia. El hacer de los sujetos incide en los acontecimientos, los produce. Y algunas veces estos giros adquieren dimensiones épicas e históricas. Algo de esto ocurrió al comenzar la represión del 22 de julio.

Para empezar, uno de los aprendizajes políticos más extendidos es que se vivía en un gobierno antidemocrático que no dudaba en echar mano de la represión política, ya fuera con policías locales o con el mismo ejército, para aplacar o hacer desaparecer movimientos que cuestionaban al régimen. En la capital muchos recordaban la represión que sufrieron en el Zócalo los seguidores del general Manuel Henríquez Guzmán, el 7 de julio de 1952, un día después de las elecciones, en una protesta por fraude; la represión al movimiento magisterial, el 12 de abril de 1958; la represión al movimiento ferrocarrilero de marzo y abril de 1959. En 1968, la memoria colectiva capitalina tenía aún más fresca de la represión del propio gobierno de Díaz Ordaz contra el movimiento de médicos, enfermeras y residentes iniciado en 1964 y así frenado en agosto de 1965.

Justo por estos hechos había en el país decenas de presos políticos, encarcelados por participar en movimientos sindicales, campesinos o de otro tipo. Por esa razón, explica Hernández Gamundi, el movimiento estudiantil incluyó, en primer lugar, en su pliego petitorio la demanda de “liberar a los presos políticos” del país, entre ellos a “Valentín Campa y Demetrio Vallejo (dirigentes ferrocarrileros), Víctor Rico Galán (periodista), líderes campesinos de Guerrero, de Oaxaca, de La Laguna, de todo el país; los dirigentes médicos; los dirigentes petroleros, etcétera. Eso fue muy importante”.

50 años del 2 de octubre

Además de memoria sobre la esencia represiva del régimen, los estudiantes del país y de la capital tenían al menos una década de luchas y aprendizajes. Hernández Gamundi recuerda que diez años antes del 68, los estudiantes politécnicos ya habían tenido intervención militar en una lucha que trataba de evitar el cierre de los internados para los alumnos. Y justo un año antes del 68, los mismos estudiantes del ipn se habían ido a huelga, junto a otras escuelas del país, en solidaridad con la lucha de la Escuela Superior de Agricultura Hermanos Escobar, de Ciudad Juárez, Chihuahua, a la cual se le pretendía cortar el presupuesto.

Con estas vivencias y esta memoria, miles de estudiantes de la capital y del país enfrentaron los acontecimientos represivos del 22 y el 23 de julio de 68. Cuando esto ocurrió, cientos de estudiantes tenían experiencia política para reaccionar ante sucesos semejantes.

Con la experiencia y el aprendizaje político del pasado y con ideas creativas que fueron surgiendo al calor de los acontecimientos, el movimiento estudiantil popular del 68 creó su propia tecnología de la revuelta. Puede decirse que las unidades básicas o esenciales de la protesta fueron las asambleas de las escuelas, el CNH, las brigadas y las guardias en los planteles. Estos colectivos de acción y reflexión fueron el nervio y la sangre del movimiento estudiantil del 68.

La asamblea de cada escuela fue clave, debido a la disposición de los estudiantes de cada plantel para solidarizarse y protestar contra el autoritarismo estatal desde su lugar de aprendizaje, tomando las instalaciones, discutiendo, haciendo tareas para todo el movimiento e involucrando a los padres y a sus entornos en la movilización.

La estrategia política, cuenta Hernández Gamundi, para evadir cooptaciones o afanes de control por organismos charros o grupúsculos de izquierda, fue la decisión de que el CNH estuviera integrado por tres representantes de escuelas en huelga y movilizadas. El CNH fue una experiencia de democracia cotidiana y horizontal que cundió en todo el movimiento. Eran espacios de deliberación “absolutamente democráticos”, y los tres delegados de cada escuela eran revocables en cualquier momento. En conjunto, se puede ver a las asambleas por escuela como el centro de decisión y coordinación de la base estudiantil, y al CNH como centro coordinador de la protesta. Eran el nervio del movimiento.

Pero la sangre de la revuelta estudiantil de hace 50 años fueron las brigadas y las guardias escolares. Fuero dos unidades organizativas de trabajo muy importantes y eficaces para desplegar y socializar el movimiento. Las brigadas y las guardias eran en realidad los mismos estudiantes movilizados, pero con una división del trabajo. Las primeras salían a las calles a repartir volantes en calles, mercados, plazas, centros comerciales, pueblos cercanos y estados de la República. Ante una prensa en lo general censurada y oficialista, las brigadas se convirtieron en el canal de comunicación del movimiento con el resto de la sociedad. Eran el Twitter y el Facebook actuales, pero reales, cara a cara. Por eso funcionaron mejor que las actuales redes sociales.

La otra vena por la que corría la sangre del movimiento eran las guardias. Además de resguardar las escuelas en huelga, debían proveerse de alojamiento, comida y limpieza, así como garantizar la seguridad de cada contingente en paro. Y su trabajo cotidiano consistía en producir miles de volantes, carteles y escritos, y abastecerse de pegamento, botes de pintura, brochas. Además, recibían a comisiones de padres de familia y a vecinos de los barrios o colonias, y también preparaban guiones de obras de teatro callejero que se improvisaban cotidianamente para difundir y explicar a la sociedad las razones de su movimiento.

Tanto las brigadas como las guardias en las escuelas se convirtieron en una inmensa escuela de concientización política. Así lo explica Hernández Gamundi: “Las guardias nocturnas en las escuelas se volvieron una gran escuela de cuadros. Se volvieron instancias tan polémicas como lo eran las sesiones del CNH, y eso fue tan importante que fue lo que determinó esta explosión de formación de cientos de miles de militantes que, al final, después de diciembre y cuando salen de las escuelas después del 68, son activistas políticos en el lugar a donde vayan, no importa cuál”.

En las guardias nocturnas, mientras se cuida cada escuela, se discute, se debate, se especula sobre el destino del movimiento, se estrechan vínculos, se hacen amistades, noviazgos, se tiene sexo, se tejen esperanzas.

Y también se combate al patriarcado. Eso es lo que hacen las mujeres del movimiento del 68, haciendo la lucha al igual que los hombres. “A las mujeres antes no se les tomaba en cuenta. Hasta que nosotras empezamos a luchar por los espacios. Fuimos brigadistas, informábamos en los camiones, íbamos a las plazas públicas, a los mercados, las fábricas. Nuestra participación fue definitiva”, explica Ana Ignacia Rodríguez, del Comité de Lucha de Derecho de la UNAM (La Jornada, 2 de octubre de 2008). Sin este nervio y esta sangre de las brigadas y las guardias estudiantiles, el movimiento del 68 no se habría mantenido.

 

La estela del 68

A estas alturas del relato es imposible no concluir que un movimiento de estas dimensiones provocaría enormes consecuencias en la vida social, política y ética del país. El 68 involucró directamente a cientos de miles de universitarios y otros sectores sociales y tuvo resonancias en millones más, a tal grado que sus reverberaciones llegan todavía hasta nosotros, 50 años después.

Dada la magnitud de la represión militar estatal del 2 de octubre y las consecuencias directas en asesinados, heridos, encarcelados y desmovilizados, muchos consideran que el movimiento fue derrotado. Félix Hernández Gamundi sostiene que no puede considerarse una derrota porque no se estaba en una confrontación militar, sino política. Y, en ese sentido, el movimiento del 68 tuvo enormes consecuencias políticas inmediatas y mediatas, consecuencias que llegan hasta nuestros días.

“El movimiento era pacífico y democrático, y fuimos aplastados por la fuerza militar en Tlatelolco, pero el movimiento jamás fue vencido políticamente. En medio de la agresión, la represión de Tlatelolco es la mayor derrota del gobierno y del PRI porque es lo que desenmascara a un régimen autoritario y represivo, y esa represión representa el resquebrajamiento de la primera columna del autoritarismo y de gobierno de partido único”. Tras el 68, de manera inmediata surge “una cantidad enorme de militantes de izquierda, de militantes con convicción y vocación democrática que abarcan todos los sectores de los movimientos sociales en México”, añade.

Hay consenso casi generalizado en que el movimiento estudiantil popular del 68 logró el mayor cuestionamiento al régimen autoritario priista y abrió la exigencia de una democracia plena en el país.

Lorenzo Meyer, profesor emérito de El Colegio de México, dice que es “el arranque muy dramático de una demanda de los sectores más sensibles ante la ausencia de democracia política; ante la distancia que había entre el marco legal de la Constitución de 1917, que decía y sigue diciendo que somos una República federal, democrática y representativa, y lo que éramos en realidad: un sistema centralista, autoritario y sin división de poderes. Hay sistemas autoritarios que no tienen esa contradicción. El sistema franquista de la misma época estaba basado en que Franco era el caudillo por la gracia de Dios, y le echaba a Dios la responsabilidad de ponerlo ahí. Pero en nuestro caso éramos, y somos, supuestamente una República democrática, federal y representativa, y no era el caso. Entonces, el 68 pone en duda la naturaleza misma del sistema. Ha sido una larguísima marcha, la de la sociedad mexicana, que empezaron los estudiantes, y no nada más en 68”.

Para Sergio Aguayo, autor de varios libros sobre el régimen represivo del Estado mexicano, “seguimos viviendo las consecuencias del 68”. El también académico de El Colegio de México dice que el principal aporte del movimiento fue resistir la represión y “exigir que hubiera democracia y cambios a través de métodos pacíficos. Eso es bien importante por dos razones. Primero, porque los grandes cambios de régimen en México han sido violentos, en la Independencia, la Reforma y la Revolución, extraordinariamente violentos. Y, segundo, porque esa bandera del cambio pacífico se mantuvo durante 50 años. Yo te diría que entre el 68, el 88 y el 1 de julio de 2018 hay una línea conductora, porque después del 68 mi generación, los que no tomamos las armas, los que seguimos la vía pacífica, creamos organizaciones, periódicos y universidades. Sin el 68 no hubiera habido esa lucha”.

50 años del 2 de octubre

Para Hernández Gamundi, la principal contribución de la revuelta estudiantil popular de aquel año es la democracia. “Tenemos que reconocer que los seis puntos del pliego petitorio del 68 se resumen en una sola demanda, que es democracia. Hoy, esa demanda de democracia está vigente. Independientemente del resultado del 1 de julio, es una demanda que está vigente de aquí para adelante”.

Todos éstos son impactos colectivos, al conjunto de la sociedad. Sin embargo, Raúl Álvarez Garín pone el acento del cambio generado por el 68 en la dimensión personal, en la subjetividad política. Dice: “El movimiento del 68 cambió los valores y la forma de vida de miles de mexicanos. En muy poco tiempo, en algo más de cuatro meses, miles de estudiantes habíamos vivido toda una gama de emociones y experiencias de gran intensidad que removían y cuestionaban las verdades y convicciones previamente aceptadas”.

Al calor del movimiento se transformó la subjetividad de sus participantes, añade quien fuera uno de los principales dirigentes: “Los cambios más relevantes y trascendentes se dieron en la clase media educada y entre los profesionistas: se pasó del individualismo, al aprecio y al respeto de los trabajos colectivos; de la celebración cínica del oportunismo, al reconocimiento de la solidez de los principios; de la indiferencia, al compromiso político; de la apatía, al activismo político; del afán del enriquecimiento, al afán de ser socialmente útil. Con estas nuevas convicciones, toda una generación de estudiantes, decenas de miles de compañeros, en su fuero interno decidieron luchar por transformar la realidad de México. Después del 68 se plantearon propósitos de cambio más ambiciosos y revolucionarios, y se ensayaron todas las formas de lucha”.

Y es que, en lo más profundo, millones que participaron en el movimiento, por el solo hecho de hacerlo, habían probado “lo dulce de la libertad”, como lo recordó Eduardo Valle, orador central en el mitin de la Marcha del Silencio, el 13 de septiembre. En ese discurso, Eduardo Valle pareció recoger el espíritu de la época cuando, ante cientos de miles en el Zócalo, dijo: “Hemos ganado la conciencia de la acción, ahora discutimos cómo romper las cadenas, no si se pueden romper. Nadie piensa ahora que no importa estar atado. Hemos vivido libertad en las calles, hemos vivido democracia en miles de asambleas, de mítines y de manifestaciones. Cuando se conoce lo dulce de la libertad, jamás se olvida y se lucha incansablemente por nunca dejarlo de percibir, porque ello es la esencia del hombre; porque solamente el hombre se realiza plenamente cuando es libre, y en este movimiento, miles hemos sido libres. ¡Verdaderamente libres!”.

Los estudiantes aprendieron, supieron, conocieron lo que era vivir en libertad y en auténtica democracia; aprendieron a debatir, a escuchar y escucharse, a solidarizarse con todos, a conocer, a moverse y a cuidarse en común. Aprendieron que era posible hacer política al margen de los partidos, del gobierno y de los medios de comunicación, y todavía más, en contra de esas instituciones. Ahora, a 50 años del 68, es necesario un ejercicio de memoria, para no olvidar, para tener presentes tanto la tragedia como la luz y la libertad que el movimiento propició. Por eso recordamos… *

 

Recuerdo, recordamos.

Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordamos,

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

 

Rosario Castellanos, “Memorial de Tlatelolco” (en Zurda núm. 4, 1988).

El ITESO y la Ibero Ciudad de México se suman al Memorial del Movimiento Estudiantil de 1968

Para conmemorar los 50 años del Movimiento Estudiantil de 1968, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Autónoma de Chapingo (UACh), el Colegio de México y la Ibero Ciudad de México unieron esfuerzos para llevar a cabo distintas actividades, con el objetivo de mantener la memoria de la lucha social de 1968, así como para interpretar el impacto que tuvo en su momento y sus consecuencias hasta nuestros días. El producto de este trabajo conjunto será alojado en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM y constará de tres componentes esenciales: un Memorial del Movimiento Estudiantil de 1968, un museo sobre movimientos sociales contemporáneos en México y una colección digital integrada por materiales de más de 50 instituciones que lleva por nombre M68. Ciudadanías en movimiento.

El ITESO fue invitado a sumarse a este proyecto a través de Signa_Lab, espacio multidisciplinario que estudia y analiza el comportamiento de las redes sociales. Utilizando Thoth, el script de minería de datos diseñado por el equipo de Signa_Lab, realizarán gráficos del comportamiento de los hashtags relacionados con diferentes movimientos sociales recientes (#YoSoy132, #Ayotzinapa, #8M, #gobiernoespía) y también hará streaming en directo de los hashtags #2deOctubreNoseOlvida y #Memorial68. La invitación al ITESO se hizo en virtud de que se considera a la Universidad como líder en materia de investigación de la llamada tecnopolítica y en la reflexión crítica del espacio público y los movimientos en red.

Por su parte, la Ibero Ciudad de México participará con el archivo fotográfico El Heraldo Gutiérrez Vivó–Balderas, así como con la colección documental del Movimiento del 68 y el Fondo Ana Victoria Jiménez sobre la lucha feminista, que son resguardados por la casa de estudios.

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