Billie Eilish: Otro pop es posible
Abril Posas – Edición 515

La cantante californiana todavía no cumple 25 años y ya alcanzó metas que a otras personas les lleva toda la vida. Pero su alcance no se limita al ámbito musical: Eilish ha utilizado los escenarios y las plataformas digitales para decirle al mundo que hay otras maneras de hacer las cosas. Y sus acciones la respaldan
El mundo del pop se creó un universo para las portadas de revistas, las melodías pegajosas en la radio, los videos en la televisión y, desde hace más de diez años, los “me gusta” en las redes sociales. Con cada nueva súper estrella de la industria aprendemos, una vez más, que todo eso existe gracias a una maquinaria implacable e insaciable. ¿Hay espacio para verdaderos artistas que le apuesten a algo más que a las estadísticas de reproducciones o ventas de boletos en estadios? ¿En verdad existen quienes quieren hacer algo más que el hit del verano o ganar premios? La mayoría nos inclinamos a pensar que no, pero justo cuando la fe en la música pop comienza a decaer a niveles famélicos, aparece alguien que nos devuelve la esperanza en que es posible hacer las cosas de una forma distinta; que todavía importa más lo que creamos los humanos; que sí se puede identificar una propuesta honesta entre otras tan homogéneas. Que cuando ya nos acostumbramos a desestimar a los que vienen después de nosotros, nos presentan a quien podría convencernos tal y como le pasó a Tomás, el escéptico: hay pruebas de que Billie Eilish podría ser la voz que nos recuerde que, al final, la música sigue importando y que su creación (y su distribución) impacta al resto del mundo de muchas maneras: en lo económico, lo cultural y lo ambiental, y por eso es importante no perder de vista cuatro máximas imperecederas que en tantas ocasiones escuchamos de nuestros mayores y que ahora Billie ha repetido con cada hito de su carrera.

I. Ya estamos viejos
Billie Eilish nació a finales de 2001 y, por lo tanto, no tiene anécdotas acerca de dónde se encontraba o qué estaba haciendo cuando sucedió el 9/11. En cambio, quienes nacimos en los años ochenta del siglo pasado lo recordamos todo: me atrevo a declarar que tenemos una suerte de orgullo postraumático por la manera en que la música se convirtió en nuestro refugio principal. No tenemos problemas morales con la piratería porque grabábamos canciones directamente de la radio o los videos de la televisión (los que tuvimos MTV y casetera) que luego rolábamos entre los compas. Esta resiliencia nos hizo un poco intolerantes al pop, cuyo peor defecto era ser más fácil de conseguir en las tiendas de discos que los otros géneros. Sí, le dábamos crédito al pop más viejito, al que hacían Madonna o Michael Jackson, pero no le dimos mucha oportunidad a la ola que llegó al filo del año 2000.
Había muchas otras cosas de qué preocuparnos: veníamos arrastrando el trance colectivo del llamado Error de Diciembre de 1994, por ejemplo. Luego llegaron internet y los correos conspiranoicos con advertencias: reenviamos cadenas para evitar un futuro maldito (obviamente no sirvieron de nada), tuvimos que dormir con un ojo abierto por el Y2K y de pronto el espacio dedicado a PJ Harvey o Zurdok en nuestras bocinas era ocupado por la voz de bebé de Britney Spears o por una de las veinte boy bands que le robaban el aura a Boyz II Men. El mundo cambió de una forma muy extraña en ese entonces. Si tan sólo alguien nos hubiera dicho que lo más terrorífico estaba por venir y que no se parecía nada a las letras pegajosas fabricadas en Suecia para los coros de “Baby One More Time”, o la canción que es el equivalente a nuestros memes de Julio Iglesias, pero en mayo para los gringos: “It’s Gonna Be Me” —ya saben: les gusta compartirla antes del 1 de mayo para recordar a Justin Timberlake cantando: “It’s gonna be maaaaay”—. Si tan sólo alguien nos lo hubiera dicho, repito, tal vez seríamos más fuertes.
Aunque la madurez nos ha ayudado a aceptar que no todo era malo en ese entonces y hasta hemos aprendido a apreciar las coreografías —que ahora imitamos en las bodas o cuando nadie está para juzgarnos—, seguimos viendo con desconfianza un éxito pegadizo. Por eso, cuando la sobrina de diez años que sólo escuchaba a One Direction me quiso mostrar un video que, parafraseo, “prometo que sí te va a gustar”, yo ya estaba preparada para sonreír, asentir y seguir con mi vida. Pero no fue cualquier video: era en formato vertical, con la sola presencia de una chica de mirada aburrida y un conjunto oversized en color crema, que manipula arañas de diferentes tamaños mientras canta “You Should See Me In a Crown”. En realidad la idea era asustarme con los arácnidos —mi sobrina sabe que los odio—, pero terminé buscando más sobre la cantante y aprendiendo que esa canción en particular la escribió junto con su hermano después de ver el capítulo de la serie Sherlock (Mark Gatiss y Steven Moffat, 2010-2017) en el que Moriarty le dice al inspector, con todo el carisma que Andrew Scott le dio al villano en esa iteración de los personajes de Sir Arthur Conan Doyle, “en un mundo lleno de habitaciones cerradas, el que tiene la llave es rey y, querido, deberías verme con una corona”.
Eilish todavía no cumplía la mayoría de edad cuando se hizo famosa. Es más, ni siquiera contaba con una disquera que la firmara, porque su primer éxito, “Ocean Eyes”, se escribió para otro proyecto musical. Su hermano, Finneas O’Connell —de nombre artístico FINNEAS, la dupla creativa que ha impulsado su carrera—, la había hecho para su banda, pero se dio cuenta de que sería más adecuada para el rango vocal de Billie. Además, el maestro de danza de la joven le había pedido una pieza para una coreografía, así que la grabaron y la subieron a la plataforma SoundCloud, pensando que así sería más sencillo para el coreógrafo descargarla. En unas semanas, la canción sumó cientos de miles de reproducciones. Era noviembre de 2015, Napster ya estaba muerto, LimeWire ya no era el sitio para encontrar (y bajar) nueva música, TikTok todavía no era la radio del mundo, SoundCloud aún mantenía su independencia: es una gran historia de inicio para una de las grandes artistas del pop que representan el inicio musical del siglo XXI.
Explotó gracias a internet y tiene su nombre en varias listas de primeras veces, por ejemplo:
- en 2021, con 19 años de edad, fue la codirectora más joven de la Gala del Met;
- en 2022 se convirtió en la primera persona nacida en el siglo XXI en ganar un Oscar: se lo llevó en la categoría Canción Original gracias a “No Time to Die”, de la película homónima de James Bond, sumando así una derrota más (de las 17 con las que ya cuenta) al infame récord que la compositora Diane Warren mantiene en la misma categoría;
- también en ese año fue la artista principal más joven en dos de los festivales musicales más importantes del mundo: Coachella y Glastonbury;
- en 2024 repitió Oscar con “What Was I Made For”, escrita con FINNEAS para la película Barbie (Greta Gerwig, 2024), convirtiéndola en la artista más joven en ganar dos estatuillas en la historia de ese premio;
- junto con su hermano mantiene el récord por más premios Grammy para Canción del Año: “Bad Guy”, “What Was I Made For” y “Wildflower”;
- en solitario, es la segunda artista en la historia, y la única mujer, en ganar las cuatro categorías principales de los Grammy en la misma entrega: Mejor Artista Nuevo, Grabación del Año, Canción del Año y Álbum del Año.
Y todavía no cumple 25 años.

II. El hubiera no existe
Cuando tenía unos 12 años, le pedí a mi hermano mayor que me enseñara a tocar la guitarra. Él la tocaba todo el tiempo y era capaz de sacar canciones de oído, sin necesidad de una partitura. El experimento musical conmigo duró poco: mis manos dedicortas apenas alcanzaban los trastes y, la verdad, no aguanté la dureza de las cuerdas en mis yemas. El veredicto era que no estaba destinada para la disciplina musical y que tal vez mi hermano no tenía vocación de maestro, una combinación de circunstancias que no causó una catástrofe para nadie, como la historia lo ha demostrado.
Pero luego aparecen hermanos como Billie y FINNEAS y una se pone a pensar qué tan diferente podría ser el mundo, aunque sea un mero ejercicio de imaginación: qué hubiera pasado si, por ejemplo, detrás de su talento no existiera una estructura para sostenerla dentro de su propia familia, en un entorno que podría sacar ronchas a los de la generación de concreto —esa que se cuartea cuando alguien pide que se refieran a su persona con el pronombre elle—: si no hubiera crecido en California, con alimentación vegana, sin formación religiosa, con educación en casa y muchas clases enfocadas en el arte… ¿sería la misma activista que habla en contra de ICE y la administración de Trump en sus redes sociales? ¿Al recibir un Grammy también diría que “nadie es ilegal en tierra robada”? ¿Les pediría a su seguidores que consuman menos productos animales y no se retractaría cuando otros le señalen el lugar privilegiado desde el que habla? A riesgo de sonar como la tía que me niego a aceptar que soy, quizá la formación en un hogar así le permite admitir sus propias contradicciones, como aceptar y decir: “Sí, nadie quiere escuchar lo que piensa una celebridad, lo acepto, ¿pero qué diablos más voy a hacer? Es nuestra responsabilidad usar nuestras voces para el bien, ¿y por qué no usaría la enorme plataforma que tengo para tratar de hacer un cambio, de hacer la diferencia? Si eso le molesta a alguien, no podría importarme menos”.
También podríamos preguntarnos cuáles puertas tendría que haber tocado si su hermano el productor no le hubiera dado espacio a su voz etérea, o no cediera de vez en cuando el lugar bajo el reflector para que ella brille con el poder de su talento acompañada de un piano y nada más, mientras el resto nos perdemos en sus ojos azules con matices verdes que nos recuerdan tanto a nuestra Verónica Castro en sus años mozos, sobre todo cuando se tiñe el cabello de negro. ¿Su sonido habría sido el mismo si lo grababan en su casa, sin la tecnología que está disponible en el estudio de una disquera? ¿Le habrían pedido que no hiciera canciones tan oscuras o tristes, que creara una imagen más amable, que no mirara con parsimonia a la cámara, que usara ropa más sexy?
Pero la vida fue esta y la Billie que conocemos es una amalgama de la cultura que la formó desde todas direcciones. Se posiciona contra el genocidio en Gaza y a favor de Palestina, pero no puede ocultar que es la fan más apasionada de Justin Bieber, quien ha publicado en sus redes sociales apoyo al Estado de Israel. Ha sido muy vocal sobre las prácticas de marketing de otros músicos que editan diferentes versiones de un mismo álbum o sencillo sin tomar en cuenta el medioambiente o lo agresivo de sus estrategias para aumentar las ventas, a pesar de que ella misma ha hecho lo mismo —aunque con materiales reciclados— porque sabe que, de vez en cuando, tendrá que jugar las mismas reglas de un juego que se definió desde mucho tiempo antes. Podría decirse que Billie se comporta con las mismas contradicciones de cualquier ser humano, de su edad o de edad más avanzada, con la diferencia de que ella es una figura pública tan importante que también es representante de la Generación Z a la que pertenece. Es una corona nada similar a la de Moriarty: lejos de ofrecer poder absoluto, la convierte en un blanco demasiado fácil hacia el que apuntan las inseguridades y frustraciones de su público, no importa lo bien intencionada que sea.

III. Sólo somos humanos
Las redes sociales nacieron cuando ya era yo una adulta y de todas formas han hecho mella en mi autoestima. Una razón más para agradecer que mi adolescencia no haya transcurrido a la vista de todos en plataformas donde la vida diaria se convierte en contenido libre para explotar (o para entrenar a la inteligencia artificial). Billie Eilish tenía 15 años cuando “Ocean Eyes” la hizo famosa en internet. De inmediato se crearon subreddits de seguidores que compartían las últimas noticias de su trabajo, fotografías de sus apariciones, las minucias de su día. En febrero de 2022 alcanzó los 100 millones de seguidores en Instagram, la más joven en lograrlo hasta esa fecha, con 20 años.
En 2019 elegía mostrarse en ropa amplia, con guiños a los uniformes y jerseys deportivos, un estilo que la gente celebró porque lo identificaron como una demostración a favor de una estética que no se centrara en la explotación del cuerpo femenino, sino a la expresión de un estilo propio. En parte era eso: Billie ha mencionado, por ejemplo, la influencia del hip hop en su formación como compositora y en su gusto musical. Entre sus influencias menciona nombres bien establecidos del espectro pop de varias épocas como Frank Sinatra, The Beatles, Justin Bieber, Adele o Ariana Grande, pero además a Childish Gambino, XXXTentation y Tyler, The Creator. Sin embargo, lo que los otros veían como una declaración de moda, en realidad era un mecanismo de defensa para evitar los comentarios no pedidos sobre su cuerpo.
En 2020, en un show en Miami durante la gira de su primer disco, Where Do We Go When We Fall Asleep, mostró un cortometraje escrito por ella que habla sobre los dobles estándares que la sociedad impone al cuerpo de las mujeres. Titulado Not My Responsability, está disponible en su página de YouTube y se convirtió en track de su segunda producción, Happier Than Ever. Con el paso de los años ha experimentado con corsés y ropa de diseñador, especialmente en eventos como la Met Gala, y con el tiempo ha aprendido a mejor concentrarse en tener una relación más saludable con su cuerpo, al que se ha referido en otras ocasiones como su “amigo feo”: Eilish ha dicho que batalla con su propia imagen desde que tenía 11 años. Además, no importa lo que una chica haga para ocultar o disimular sus formas, de cualquier manera siempre habrá un raro que use IA para producir imágenes apócrifas de su cuerpo.

En muchos aspectos sigue siendo una Genz (casi) como cualquiera: fangirleó a Justin Bieber cuando la invitó al escenario en el Coachella pasado; produjo dos pódcasts con Apple: uno con FINNEAS para compartir con sus seguidores la música que escucha en su día a día —groupies have feelings too, se llama— y tuvo otro con su padre, me & dad radio, en el que seleccionaron las canciones que ella conoció mientras crecía, gracias a él; sigue pensando que el arte debería ser accesible para todos y que la internet, si bien es imperfecta (por decir lo menos), nos ayuda a eso.
Y precisamente en el imperfecto ecosistema de internet es donde no ha estado libre de críticas. En una época en la que los artistas pueden estar tan cerca de sus seguidores, es imposible no cometer un error grande o pequeño, llámese hacer un lip-syncing de una canción de Tyler, The Creator que arroja un término racista para la comunidad asiática, hasta acusaciones de hacer queerbaiting para promover un sencillo o señalar su hipocresía al exponer que Estados Unidos está construido en tierras robadas, mientras que una de sus propiedades está en territorio que le pertenecía al pueblo Tongva. En su defensa, ya ha compartido su atracción por los hombres y las mujeres, y no ha tenido empacho en publicar disculpas en sus redes sociales en casi todos estos casos; aun así, fiscalizar cada una de sus interacciones se siente más como un esfuerzo para debilitar sus comentarios más incómodos —y no por eso menos ciertos— a partir de una descalificación fácil, en lugar de usar argumentos sólidos.
Porque muchas de las situaciones que expone Billie no son nuevas ni falsas. Algunas las ha visto de cerca. Acompañada de sus padres y su hermano, Eilish comenzó a recorrer Estados Unidos y otros países del mundo desde 2017 gracias a su música, y con cada nuevo disco ha crecido la convocatoria a sus recitales. El de 2020, el tour Where Do We Go?, la inició en los escenarios paquidérmicos de los estadios, a pesar de que no pudo completarlo a causa de las restricciones que trajo la pandemia de covid-19. Sin embargo, fue un punto de inflexión para la gira más reciente, con la que ha querido causar un cambio sustancial en la forma en que el pop viaja por el mundo.

IV. Otro pop (y mundo) es posible
Cuando hablamos de transformar los vicios de cualquier actividad, lo primero que escuchamos es que esta siempre se ha hecho así. A Billie también le pasó cuando dijo que deseaba que los conciertos no se convirtieran en un desastre ecológico para llevarse a cabo, sin importar su tamaño. Por ejemplo, la logística para producciones como The Eras Tour, de Taylor Swift, y sus cientos de camiones, vuelos en aviones privados, infraestructura por montarse, necesidades energéticas para pantallas jumbo, audio, plataformas móviles, cambios de vestuario… un gran espectáculo, pero ¿a qué costo? —y no me refiero sólo a los bolsillos de los asistentes—. “Las cosas no tienen que hacerse de la misma manera en que siempre se han hecho”, dijo Billie, y aquí su madre, Maggie Baird, tuvo gran influencia.
Baird creó Support+Feed durante la pandemia, cuando se dio cuenta de que el acceso a la comida no era sencillo. Se puso en contacto con restaurantes vegetarianos para llevar comida a quienes la necesitaran. Con esta labor aprendió más acerca de inseguridad alimentaria y lanzó el proyecto que busca resolver esos problemas con opciones de comida amigables con el medio ambiente. Support+Feed continuó creciendo, convirtiéndose en una oferta presente en los sitios donde tocaba Billie, pero luego eso no fue suficiente. Agregaron cabinas para concientizar acerca de las consecuencias del fast fashion, promovieron el uso del transporte público para llegar a los venues y de pronto el plan comenzó a tomar forma. Su equipo se acercó a Reverb, otra iniciativa sin fines de lucro creada en 2004 por músicos —el fundador de Guster, Adam Gardner, y su esposa, Lauren Sullivan— que ayuda a otros artistas a encontrar soluciones para hacer sus giras y proyectos más sustentables. Ya han trabajado con Dave Matthews Band y Lorde, por ejemplo, por lo que unirse a Billie Eilish para los conciertos de su disco más reciente, Hit Me Hard And Soft, fue un nuevo reto por el tamaño taylorswiftesco: 106 shows en cuatro continentes (nos quedó debiendo fechas en México) que se convirtieron en un documental dirigido nada más y nada menos que por el director ganador del Oscar James Cameron.

Él fue quien se acercó a la madre de Billie para proponer el registro del show con cámaras que aprovecharían lo último en tecnología. La idea era captar la conexión entre la artista y sus fans, además de los aspectos más verdes de la producción. Según el reporte que Reverb compartió, la gira de 14 meses visitó 15 países. En cada fecha se ofrecieron botellas de agua reutilizables, se vendió mercancía hecha con materiales reciclados, se compartieron estadísticas para resaltar el efecto ambiental de actividades humanas cotidianas. La producción también se coordinó con Google Maps para ayudar a las personas a llegar con transporte público, acordó con los recintos dar concesiones a opciones de comida vegetariana, se alojaron 27 campañas de recolección de alimentos, compartieron guías de moda sustentable a los asistentes y se recaudaron 11.5 millones de dólares para organizaciones sin fines de lucro y 19 proyectos enfocados en el clima. Al final, la gira ayudó a mantener 103 mil 620 botellas de plástico lejos de los vertederos y alimentó a más de 4 mil personas con lo recaudado en comida. Además, Forbes compartió que el estreno de la película, el pasado 8 de mayo, ya está generando súper ventas en taquilla, en las listas de discos con el lanzamiento de la grabación en vivo y hasta en asistencia en ciudades como Sidney y Praga.
¿Es Billie Eilish la personificación del antipop? Las proporciones de su éxito y su presencia en el mundo de las celebridades dicen lo contrario: en 2024 fue la artista más joven en pasar los 100 millones de reproducciones al mes en Spotify —la tercera artista desde que existe la plataforma, apenas abajo de The Weeknd y Taylor Swift—. Marcas de lujo como Óscar de la Renta, Coach y Gucci la han usado como vocera; H&M, Adidas, Nike, Apple, Adobe y hasta el videojuego Fortnite la tienen entre sus ediciones especiales.
Pero se siente antipop cuando recibe el Music Innovator Award (entregado por The Wall Street Journal) frente a un salón atiborrado de multimillonarios y dice al micrófono: “Si son milmillonarios, ¿por qué lo son? No hate, pero sí: donen su dinero”. O cuando reflexiona acerca de la tecnología que parece que se apropiará de todo y concluye: “Ahora existe todo tipo de tecnologías que nos hacen pensar que estamos condenados, pero no es así. Si seguimos creando cosas auténticas, arte de verdad, hecho por personas, música con público en vivo, no veo que eso vaya a desaparecer jamás”.
Y no sé ustedes, pero yo tengo fe en Billie Eilish.
