Los caminos del posgrado en México
José Toral – Edición 512

Estudiar un posgrado en nuestro país suele verse como una oportunidad de crecimiento académico y movilidad social, si bien en la práctica implica transitar entre reglas cambiantes, incertidumbre económica y adaptaciones. No obstante, es una decisión que puede cambiar la vida
Hugo estaba junto con su novia en la fila de ingreso a Disney París cuando recibió una noticia que sintió como una bomba. Era el verano de 2023 y con ese viaje cumplía el sueño de conocer Europa. Lo planeó justo después de ser admitido en un doctorado en Derechos Humanos en una universidad pública, con la idea de viajar unas semanas antes de ingresar al nuevo reto profesional que lo comprometería por los siguientes cuatro años.
Entre otras razones, eligió ese plan de estudios porque estaba dentro del Programa Nacional de Posgrados de Calidad (PNCP), una política pública federal vigente desde los años noventa que entrega una beca de manutención a los estudiantes inscritos en maestrías y doctorados certificados por su excelencia académica. Pero la certeza de contar con un apoyo económico seguro para que Hugo continuara su formación profesional se tambaleó cuando, en medio del paseo, se enteró por mensajes de sus compañeros admitidos de que no recibirían la beca.
“Yo me inscribo al posgrado viendo a largo plazo. Me doy esta oportunidad de conocer Europa porque voy a tener cierto recurso económico para permitir sostenerme. Si no, no me hubiera gastado lo que me gasté”, se lamenta tres años después el abogado de 32 años, maestro en Derecho Constitucional, al recordar esa anécdota que reconoce que sonará muy fifí. Pero en ese momento se sintió totalmente decepcionado, y compara su situación con la de un automovilista que al iniciar la competencia es obligado a entrar en pits, las zonas técnicas cruciales en el automovilismo, pero en lugar de cambiar neumáticos o recargar combustible, tiene que replantearse qué haría en el futuro inmediato.
La cancelación de la posibilidad de acceder a una beca se debió a una reforma legal instrumentada en mayo de 2023 que transformó al entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt). El cambio trajo modificaciones en los criterios para evaluar la calidad de los posgrados y su inclusión en el nuevo Sistema Nacional de Posgrados (SNP), que sustituyó al pnpc.
En medio de la formulación de los nuevos lineamientos, el posgrado al que fue admitido Hugo quedó fuera. Hugo, abogado de formación, sumó esfuerzos con algunos de sus compañeros para presentar tres amparos con los que reclamaban que, con la exclusión de su posgrado sin criterios claros, se les negaba el derecho a la ciencia. Perdieron todos los amparos. Para Hugo, la lucha por obtener la beca no fue irrelevante, pues le ayudó a reafirmar sus convicciones, pese al poco apoyo institucional. “Me están formando para ser doctor en Derechos Humanos, ¿y quieren que no defienda mis derechos humanos?”. Finalmente, en una revisión concedida a la coordinación del doctorado, el programa fue readmitido al SNP. En su tercer semestre, ya en 2024, Hugo y los compañeros que no desertaron comenzaron a recibir la beca, sin recuperar el año perdido de apoyos.

Reformas e incertidumbre
Las transformaciones continuaron hasta la creación de la nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) a inicios de 2025. Si bien hubo programas que antes recibían apoyos y que finalmente quedaron fuera, las cifras muestran que sí se incrementó el número de personas beneficiadas. Una revisión hecha en 2025 por la Auditoría Superior de la Federación al programa Becas de Posgrado y Apoyos a la Calidad muestra que en 2020 fueron apoyadas 55 mil 916 personas para sus estudios, cifra que creció paulatinamente hasta alcanzar 93 mil 376 personas atendidas en 2024. La mitad de las becas se entregó en 2024 a estudiantes de maestría (50.5 por ciento de beneficiados), 31.7 por ciento a quienes estudiaban un doctorado y el resto a especialidades, estancias postdoctorales, técnicas y sabáticas, así como seis por ciento de apoyos para licenciatura y técnico superior universitario.
Para este 2026, el programa federal de becas tiene un presupuesto de 14 mil millones de pesos, con la meta de apoyar a más de 100 mil estudiantes del país, según las reglas de operación publicadas el pasado 17 de febrero en el Diario Oficial de la Federación. Los apoyos para cursar un posgrado se calculan conforme al valor de la Unidad de Medida y Actualización (UMA), correspondientes a cuatro uma para maestrías (equivalentes a poco más de 15 mil pesos al mes) y seis UMA para doctorado (más de 20 mil pesos mensuales). La más reciente actualización del Sistema Nacional de Posgrados, de diciembre de 2025, señala que los estudiantes que podrán participar por las becas corresponden a dos mil 512 programas de todo el país que cumplieron los lineamientos. De ellos, ocho son ofertados por el ITESO: la especialidad en Sistemas Embebidos; las maestrías en Proyectos y Edificación Sustentables y en Comunicación y Cultura, y los doctorados en Estudios Científico-Sociales, en Hábitat y Sustentabilidad y en Ciencias de la Ingeniería.
Al tratarse de programas inscritos en el snp, suponen una apuesta tanto de la propia institución como de política federal para atender problemas sociales prioritarios para el país. “Eso da un reconocimiento distinto”, reconoce la directora de Investigación y Posgrado del ITESO, Ana María Vázquez, en entrevista desde Manila, Filipinas, a donde acudió a un simposio de la red de universidades jesuitas. Advierte que los cambios en la política pública de las becas nacionales para estudiar un posgrado también han implicado un esfuerzo autocrítico del ITESO para adaptarse y ofrecer una formación que permita incidir en la realidad de la región. Ese es el sello que ella ve en quienes egresan de la institución y sus programas: “Los estudiantes tienen un modo de construir y decidir que implica hacer las cosas distinto en beneficio de los demás”.
Sostenerse con becas
“Yo puedo decir que soy hijo de las becas”, dice socarronamente Carlos, moreno, entrado en los cuarenta, con barba tupida y siempre vestido de negro. Recuerda que, tras concluir en 2008 una maestría apoyado por el entonces Conacyt, ingresó en 2009 al Doctorado en Estudios Científico-Sociales del ITESO. Explica que para solventar los gastos del posgrado tuvo que recurrir a una intrincada red de apoyos, becas y financiamientos. La propia institución le exentaba parte de la colegiatura por su buen desempeño académico y le otorgó un apoyo educativo, que consiste en un porcentaje de reducción en calidad de préstamo. Carlos también recibía un apoyo económico de la universidad, “otra beca”, por ser asistente de investigación de uno de los profesores del doctorado. Y, finalmente, por encontrarse en un programa reconocido como Posgrado de Calidad, recibía la beca del gobierno federal. Sin embargo, prácticamente destinaba todos sus ingresos por las becas para reducir la deuda por el crédito escolar.
“Entonces era muy interesante porque yo recibía dos becas, pero jamás vi un peso de ninguna”, recuerda. A Carlos, su pareja le apoyaba con los útiles escolares, internet, la renta y casi todos los gastos de manutención. “Yo era, tal cual, un mantenido. En esos años, mi vida era lo que sigue de precaria”, dice. El posgrado es una etapa de formación profesional muy compleja, explica Ana María Vázquez, “supone renuncias respecto de ingresos, de empleo, de las familias y una dedicación de tiempo que no es sencilla de planear y mucho menos sin un apoyo de algún tipo”.
Carlos se esforzó en los estudios por cuatro años y concluyó, a la par de la etapa escolarizada del doctorado, su investigación: “Lo maravilloso fue que el día que entregué mi tesis, hice con la beca Conacyt el último pago de mi deuda”, recuerda.
Posteriormente, con becas para estancias de investigación, Carlos tuvo la oportunidad de viajar a Estados Unidos y Dinamarca para estudiar por un tiempo con Robert Craig y Søren Brier, dos de sus mayores referentes académicos. Actualmente, se desempeña como jefe de un departamento de investigación en la Universidad de Guadalajara y asegura que, así como las becas marcaron su desarrollo profesional, hoy anima a sus estudiantes para que accedan a todos los apoyos que otorgan gobiernos, universidades e instituciones privadas.

Cruzar fronteras para estudiar
Las becas para posgrados del Gobierno de México no son exclusivas para personas mexicanas. Las reglas de operación de estos apoyos incluyen entre la población objetivo a “las y los extranjeros que realicen estudios de posgrado o colaboren en proyectos y actividades de investigación”. A Natacha, una periodista cubana, esta posibilidad le cambió el rumbo a su vida, reconoce un domingo por la mañana en el café Madoka del centro de Guadalajara. Natacha es rubia, de baja estatura y voz ágil. Mientras rememora la vida en Cuba, a su lado juega con un dispositivo su esposo José, alto, moreno, de lentes y cabello oscuro, quien por momentos mira de reojo la entrevista e interviene esporádicamente para confirmar algún dato o reaccionar con risas ante los recuerdos.
En 2020, Natacha tenía 30 años, trabajaba en una radio local, daba clases en una universidad y cubría la fuente cultural en un periódico de la provincia de Las Tunas, al oriente de la isla. Tenía una maestría trunca, que no pudo finalizar por complicaciones familiares y económicas. Y, pese a todo su esfuerzo, no sentía que mejorara su calidad de vida.
“La inflación avanzaba mucho más que el salario. Yo tenía tres trabajos y no me alcanzaba. Vivía con mis padres, porque tener casa propia en Cuba, por la economía, ni soñando”, recuerda seis años después. En ese contexto de dificultades económicas, notó un incremento de las presiones y sanciones para periodistas críticos en los medios oficiales, ligados al gobierno cubano, donde trabajaba. Por lo que decidió que debía buscar otros horizontes.
Tras buscar opciones, dio con un excompañero periodista que estudiaba un posgrado en Guadalajara con la beca del Gobierno mexicano.
No sólo ella decidió seguir ese camino: otros cuatro estudiantes cubanos ingresaron a la misma generación de la maestría en Comunicación que ella. Hicieron comunidad y se han apoyado desde entonces, a excepción de una que, después de viajar a México, sin avisar a la universidad o a sus compañeros, aprovechó para cruzar la frontera con Estados Unidos y seguir otro rumbo.
Para Natacha fue distinto. El trámite de visado se complicó y tuvo que comenzar la maestría en línea en agosto de 2022, con todos los problemas que eso significa ante los apagones y poca estabilidad del internet al que tenía acceso en la Isla.
Finalmente, en octubre, pudo viajar a México. Pocos días antes se casó con José, pero al no tener él un permiso para salir legalmente de Cuba, comenzaron su matrimonio con una distancia de más de 2 mil kilómetros. Separada de su familia y por primera vez en su vida fuera de su país, Natacha tuvo que correr para conseguir tramitar la beca del Gobierno mexicano justo el último día que cerraba la convocatoria. Se la aprobaron, pero pasaba el tiempo y no llegaba el depósito, una espera que la mayoría de becarios debe aguantar. Ella recuerda cómo revisaba su cuenta de banco todos los días, todos los días, hasta que finalmente llegó el pago retroactivo de cinco meses. “Pero así como llegó, se fue”. Natacha debía dinero que le prestaron para la renta, el vuelo, la comida, el examen de admisión del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (Ceneval)… pero sí le alcanzó para comprar algunos regalos y un vuelo para visitar a su familia en Cuba.
“Que tengan esa consideración con los extranjeros, que te analicen en el mismo nivel de no sé cuántos miles de mexicanos que también están postulando por una beca, y que tomen en cuenta trayectorias y méritos que ni siquiera cosechaste en este país, a mí me parece que es algo muy bonito”, agradece Natacha.
La relación a distancia aguantó, sólo se veían en algunas vacaciones en que ella viajaba a la isla, pero cuando llegó el momento de terminar la maestría y con ella se terminaba la beca, en mayo de 2024, decidieron que querían continuar su vida, juntos, en México.
José levanta la mirada del videojuego y narra con lujo de detalle la travesía para encontrarse con Natacha, muy diferente al viaje de ella, al no tener visa para ingresar al país. Voló de La Habana a Nicaragua, el único país con libre visado para cubanos en ese momento. Desde ahí tuvo que atravesar kilómetros de brechas en medio de la selva para llegar a Honduras y luego a Guatemala, guiado por “manejadores”, como nombra a los integrantes de las redes de tráfico de personas. Al llegar a la frontera con México, en Tapachula, fue interceptado por policías guatemaltecos que lo golpearon brutalmente y le robaron sus últimos mil 500 dólares.
Natacha tuvo que disponer de sus últimos ahorros de la beca y pedir prestado para reunir 27 mil pesos para el resto de la travesía de José. En ese último tramo del camino tuvo que sobrevivir en “casas de seguridad”, rodeado de hombres armados, en condiciones de hacinamiento y hambre, hasta que finalmente, tras dos semanas de viaje, pudo reencontrarse con su esposa en Ciudad de México, con insolación y malherido. Al día de hoy, José tramitó su estancia regular en México, vía la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. Es ingeniero en Sistemas, pero como no puede legalizar sus documentos de educación en México, trabaja en una empresa de manejo de residuos y quiere cursar la preparatoria y nuevamente una ingeniería en el país para dedicarse a lo que sabe.
Natacha ahora estudia un doctorado, hace trabajos periodísticos como freelance y al finalizar sus estudios le gustaría ser profesora investigadora en alguna universidad mexicana. Sin embargo, reconoce lo difícil que es insertarse profesionalmente.
“No es un camino de rosas, no es fácil, no tienes todas las puertas abiertas, ni siquiera los mexicanos con un posgrado tienen todas las puertas abiertas. Yo, siendo cubana, menos”.

Estudiar también es resistir
Para Laura, la relación que sostiene con las becas de posgrado en México es una historia de amor. “En Colombia es impensable que te paguen por estudiar. Es más, te cobran por estudiar”, dice, risueña. Con lentes amplios, el cabello rojizo y la cara pecosa, Laura levanta las cejas al recordar lo sorprendente que le pareció la primera vez que escuchó sobre los apoyos para estudiar un posgrado. Era 2012 y ella vivía en Hermosillo, Sonora, como parte de un intercambio en su licenciatura en Letras. Volvió a Bogotá, de donde es originaria, pero en 2016 decidió regresar a México, ahora para estudiar una maestría en Investigación Educativa.
Sin embargo, desde el primer mes tras su vuelta a México se topó con la burocracia que enfrentan muchos extranjeros para regularizar su situación. Al no obtener la CURP a tiempo para hacer el trámite de la beca de posgrado, perdió el apoyo del primer mes. “Migración siempre ha sido un lastre”, sentencia. Ese es uno de los motivos de su inquietud por investigar y accionar frente a los problemas de la migración, lo que la llevaría a fundar la organización Caminantas, que da acompañamiento a mujeres extranjeras en situación de movilidad humana en Guadalajara.
El siguiente gran problema de papeleo migratorio que enfrentó fue cuando terminó las clases de maestría y, al finalizar la beca, tuvo que trabajar. Como la visa de estudiante no lo permite, Laura aceptó casarse con un mexicano, tras una breve relación de seis meses.
“Yo lo hice, pero no recomiendo casarse por papeles. Porque sí se mete en tu cabeza, sí es una relación de dependencia total”, reflexiona. Además, advierte que no es tan fácil como se cree, pues la naturalización no es automática con sólo casarse con un mexicano. Eso la orilló a aceptar trabajos precarios, con hostigamiento laboral y exclusión.
En 2023 regresó a la academia, ahora a estudiar un doctorado en Ciencias Sociales, en el que su tema de investigación gira en torno a la migración, la integración social y el acceso a derechos. Para ella, la beca que recibe no es tanto por estudiar, sino por trabajar. “Mi tesis la he planteado desde la investigación-acción participativa. Entonces, todo lo que he investigado lo utilizo luego en reportes, y lo he aplicado en el área de acompañamiento de Caminantas”, explica.
Laura destaca el valor que da al desarrollo científico y académico la apertura para recibir personas extranjeras y becarlas para estudiar posgrados e investigación. “Que México como país tenga todo un núcleo de personas investigadoras extranjeras se me hace que tiene muchas posibilidades y no es tan fácil de conseguir”.

Cuando la beca se rompe
Dexter, sin darse cuenta, entró en la lista negra de las becas. Urbanista de profesión, salió al mundo profesional y encontró una oportunidad en una rama muy distinta: la farmacéutica. Gracias a sus habilidades para hacer ilustraciones en computadora, pudo insertarse como dibujante en una empresa de producción de medicamentos. “Eventualmente escalé al puesto de ingeniero de proyecto y ahí yo veía cuestiones de administrar proyectos, compras y de cómo diseñar, en términos técnicos, una unidad sanitaria”, explica.
Pero ante la inquietud de ejercer su profesión, decidió regresar a su ámbito como urbanista continuando su formación profesional, e ingresó en 2014 a la Maestría en Ciudad y Espacio Público Sustentable del ITESO, con el beneficio de contar con beca federal por ser un posgrado de calidad y una beca institucional que le brindaba 30 por ciento de descuento en la colegiatura, gracias a un convenio con la empresa farmacéutica en la que laboraba.
Al conectar con más personas con intereses similares en la maestría, Dexter recibió la invitación para trabajar en el área de ordenamiento del territorio del Gobierno de Guadalajara. Era justo lo que buscaba. Dejó la farmacéutica, pero el nuevo trabajo era arduo y consumía mucho de su tiempo, por lo que decidió suspender la maestría a la mitad. “En retrospectiva, creo que debí haber encontrado el balance para las dos cosas”, reconoce.
Lo que pensaba que sería una pausa temporal se extendió por cinco años. Cuando se sintió listo para retomar la maestría, en 2020, envió un correo al entonces Conacyt para que le reactivaran la beca.
Pero, oh, sorpresa: le respondieron que había sido considerado desertor. Dexter no había leído las letras chiquitas del convenio de beca. Las consecuencias eran que no podría volver a recibir ningún apoyo oficial. Para salir del embrollo tenía dos opciones: regresar todo el dinero que ya había recibido —y en su caso, gastado— o demostrar que sí terminó su posgrado. Así que decidió retomar la maestría sin apoyo de más becas, se tituló y quedó liberado de la lista negra.
Según documentación entregada por Secihti a la Auditoría Superior de la Federación, al corte de 2024 había 5 mil 65 personas becarias históricamente reportadas como en incumplimiento por haber suspendido de forma definitiva su programa de estudios. En ese mismo año, se pudo conseguir el reintegro de 224 becarios que, a diferencia de Dexter, no se titularon y regresaron el dinero que ya habían recibido por las becas, por lo que la autoridad recuperó más de 14 millones de pesos.

Nuevas rutas de formación
Los apoyos para estudiar un posgrado no los otorgan únicamente instituciones en el país. También hay fondos para que mexicanos estudien en el extranjero.
Ángel, gestor cultural originario de Michoacán, aprovechó una de esas oportunidades en la forma de una beca otorgada por el Gobierno de México para que profesionales de la cultura y las artes estudien posgrados en el extranjero.
Cursó en 2024 la maestría en Estudios Liberales en la escuela privada de Estados Unidos, The New School for Social Research. Los altos costos de la vida en Nueva York no fueron cubiertos en su totalidad por la beca, por lo que Ángel tuvo que trabajar, invertir ahorros y contar con apoyos de su familia para solventar todos los gastos. Pero la beca oficial fue fundamental: “Mi vida cambió y obviamente tener esta beca fue un apoyo enorme”, explica vía telefónica desde la Gran Manzana. Gracias a ello, pudo continuar con sus actividades culturales a la par de los estudios, sin tener la presión de buscar trabajos fuera de su ámbito, como ocurre con muchos migrantes.
“La gente que meserea, o que hace trabajo en barras, puede conseguir mucha lana, pero también es un trabajo que necesita mucha experiencia en el campo de los restaurantes y es superpesado”, explica.
Ángel, sin embargo, pudo darse el tiempo para participar en la organización de ayuda humanitaria International Rescue Committee (IRC), o como asistente de un profesor de cine. También organizó eventos culturales, como charlas con periodistas y escritores latinoamericanos.
Y además de las becas gubernamentales, también hay oportunidades como la Beca Fulbright-García Robles para estudiar en Estados Unidos, que cubre la colegiatura y la manutención y da apoyos para los gastos de admisión; la Fundación Mexicana para la Educación, Tecnología y Ciencia (Funed), con apoyos para estudiar maestrías en universidades de alto nivel; las becas Chevening del Gobierno británico; la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional; la Fundación Carolina; recursos de agencias de cooperación internacional o de fundaciones privadas que ofrecen oportunidades para financiar estudios.
También hay “sectores productivos o la industria que buscan financiar o apoyar perfiles que pueden transformar su propio ecosistema productivo”, explica la directora de Investigación y Posgrado del ITESO, Ana María Vázquez. Empresas que ofrecen pagar los estudios a sus trabajadores, como una forma de mejorar la mano de obra empleada, asegurar su fidelidad con la compañía y, también, para poder deducir de impuestos ese recurso.
Es lo que le ofrecieron a Cristian, entre tragos y festejos, durante una posada de la empresa donde labora desde hace ocho años como arquitecto. Uno de los socios le ofreció apoyarlo para continuar su formación. “Te vemos con mucho entusiasmo, realmente tú eres una joyita en esta empresa, queremos pulirte”, recuerda que le dijo.
Buscó opciones y comentó su intención de cursar una maestría en Urbanismo. Le confirmaron que lo apoyarían cubriendo todos los gastos, siempre y cuando les garantizara exclusividad laboral durante al menos 10 años. En 2024 decidió cursar la maestría en Urbanismo en una universidad pública, por lo que no fue necesario comprometerse a permanecer en la empresa, gracias a la condonación de la matrícula y al apoyo de una beca nacional. Asegura que ahorró el dinero de la beca asegura y así pudo completar para comprarse una casa.
Al terminar el posgrado le insistieron en que podrían costearle diplomados o especializaciones más específicas sobre el tipo de proyectos en desarrollo urbano que Cristian realiza.
Este tipo de educación continua, sin ser necesariamente un grado o posgrado, apunta hacia una tendencia que promueve la Secretaría de Educación Pública por medio de las llamadas “microcredenciales”, impulsadas por la Comisión Nacional de Aprendizaje para Toda la Vida, instalada oficialmente en septiembre de 2025 y que busca flexibilizar el actual modelo de educación superior. El propio ITESO ha generado, en esta línea, certificaciones de corta duración orientadas a acreditar habilidades específicas y responder a necesidades concretas del entorno profesional.
A través del proyecto de Microcredenciales en la Educación Superior en Latinoamérica y el Caribe (Mochila), el ITESO forma parte de una iniciativa internacional que impulsa la creación de estas certificaciones. A diferencia de los posgrados tradicionales, estos formatos permiten construir trayectorias más flexibles y vinculadas con problemas reales.
Lejos de sustituir a los grados académicos, estas nuevas rutas conviven con ellos y abren otras posibilidades para quienes buscan actualizarse sin asumir los tiempos y costos de un posgrado completo. En un contexto donde las trayectorias profesionales son cada vez menos lineales, las microcredenciales aparecen como una vía intermedia entre la especialización técnica y una formación que sigue apostando por comprender y transformar la realidad.
En un camino similar, las especialidades, como posgrados con duración de un año, se construyen como una alternativa cuando se combina un programa de calidad con una oferta académica diferenciada. “Las especialidades son accesibles en tiempo, accesibles en inversión y pueden justamente responder a esa expectativa de una movilidad social profesional pronta”, explica Ana María Vázquez.
Para Cristian, después de finalizar la maestría, sus objetivos apuntan más hacia ese camino que hacia un crecimiento tradicional en la educación superior: “Quizás estudie un diplomado o alguna pequeña especialidad. Pero seguir estudiando un doctorado, yo creo que no”. Ana María Vázquez resalta que el sentido de los posgrados no se agota en la inserción laboral inmediata. “Revalorar la educación del posgrado como una formación para la vida más que para avanzar en el ámbito profesional”, explica. En un mundo en crisis, continuar la educación con un posgrado implica mantenerse vigente frente a las decisiones que marcarán el futuro de nuestro país y de la humanidad.