Piensos intrusivos antes del horario de oficina
Abril Posas – Edición 509

El 643 nació con una expectativa de capacidad irreal. Quienes pagamos los nueve pesos con 50 centavos lo comprobamos cada día en que agradecemos que esté vacío, es decir, que pudimos subir por atrás
Hay un hueco en la cuadra que acabamos de pasar.
Otro proyecto inmobiliario, de esos a los que nosotros, los comunes, no podemos acceder, debe de estar por comenzar su meteórico ascenso. Acá no jugamos tanto a ser dioses, sino infantes con legos demasiado inestables para lo que cuestan, pero eso no le importa a la señora que hoy decidió que iba a comer algo más elaborado en su trabajo. Nunca había peleado por espacio con una bolsa de tuppers tamaño industrial. Y aquí estamos.
El 643 nació con una expectativa de capacidad irreal. Quienes pagamos los nueve pesos con 50 centavos lo comprobamos cada día en que agradecemos que esté vacío, es decir, que pudimos subir por atrás con la ayuda de un desconocido harto de las miopes con sobrepeso que no corren con suficiente rapidez a la unidad. Ya arriba te pueden robar el celular de la bolsa, pero existe un código de honor que permite pasar la tarjeta o las monedas para que alguien más pague la tarifa y que luego la tarjeta regrese a la mano de su dueño original con todo y el boleto o, en su caso, el cambio íntegro.
Avanzamos con celeridad después de cruzar la glorieta y sigo asomándome a las ventanas de enfrente para echarle un vistazo al barrio donde vivía. Adentro de mi cabeza han pasado 10 años desde la pandemia, la condición física y las lluvias que azotaban en las ventanas enormes del departamento diminuto en el que viví con dos gatos. Si tuviera que buscar un espacio similar, no lo encontraría al precio de renta que pagué en esos años.
A veces intento recordar si la que soy ahora se parece a la que mi yo más joven se imaginaba que sería. Confieso que extraño ser más delgada, sentir los picos de mi cadera sobresalir en el resorte de mi ropa interior, notar los huesos de la espalda. Ser un poco más fuerte, respirar mejor al subir las escaleras. En el fondo, lo que más deseo es regresar un poco el tiempo y apresurarme a hacer otras cosas. Ya debería tener más borradores en una carpeta críptica de mi computadora, menos pretextos registrados en la app de anotaciones y más sitios ya visitados en el mapa. ¿Qué tal que hoy no me bajo en la esquina de La Paz y sigo poquito más adelante, tomo un taxi para ir a una biblioteca a sentarme a escribir lo que a veces me quema en la punta de los dedos, que no le sirve a los KPI de los clientes de la agencia, que luego no entienden por qué no tienen un call to action al sitio o a un artículo en particular?
Qué ganas de lanzar el celular por la ventana y cancelar el plan de datos y nada más sentarme a que me dé el sol junto al gato y al perro a la puerta del jardín, un rato por la mañana. ¿Eso le gustaría a la niña que fui hace tantos años o vendría a regañarme, otra vez, con mirada juzgona? Entonces tenía las cosas más claras, se hubiera reído de mis dilemas.
También habría notado que el letrero de SE RENTA de esa casa remodelada ya cubrió lo de “estancias cortas” de su información. De todas maneras no me alcanza, acabo de decir en voz alta.
La torre me recibe con la misma indiferencia de siempre. Maldita sea: otra vez llegué temprano al trabajo.