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Seguir las nubes que pasan

Las nubes, siempre tan misteriosas, como intermediarias, ni tan altas ni tan bajas, han sido símbolo en las religiones y expresividad de lo divino y trascendente

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Foto: Édgar Velasco
Foto: Édgar Velasco

Con tantos buenos videojuegos y un buen servicio de streaming es difícil que un niño, hoy, se tome el tiempo para acostarse en un parque a descubrir figuras en las nubes. Pero también es cierto que a veces es mejor que ese niño se quede en casa a ver Stranger Things, porque el parque probablemente estará sucio, o en los alrededores del barrio habrá inseguridad. El niño estará feliz de cualquier manera, pero lo que queda en el aire —como las nubes— es la pregunta por aquello que despierta la imaginación. Las nubes tienen, además de otras cosas, esa buena función.

Y es que las nubes han hecho imaginar tantas cosas, que las encontramos más acá del cielo. Ellas han inspirado letras de canciones y cualquier bolero que se respete las incluye en su léxico. También el reggaeton, aunque sea sólo porque es fácil encontrarle rima. Todos mis archivos digitales, ahora, están guardados en una nube, pero por esa nube no ha caminado la romántica pintura de Caspar David Friedrich, y cuánto me gustaría contemplar un cielo nublado como el que impresionó a Monet. “Que sopló el viento y se llevó las nubes y que en las nubes iba un pavo real”, dijo Gabriela Mistral, que viene bien hoy para los nubarrones chilenos; “cantan las hojas, bailan las peras en el peral; gira la rosa, rosa del viento, no del rosal. Nubes y nubes flotan dormidas, algas al aire…”, para los nublados mexicanos, nos recita Octavio Paz. Y que los discípulos vieron ascender a Jesús y se quedaron buscándolo entre las nubes, “¡acá abajo tienen que encontrarlo!”, vino a despertarlos un par de compañeros. Pero es que Gokú le robó esa idea al evangelista Mateo, porque “verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria”.

Las nubes, siempre tan misteriosas, como intermediarias, ni tan altas ni tan bajas, han sido símbolo en las religiones y expresividad de lo divino y trascendente. Las nubes, tan amenazadas por el esmog y tan amenazantes en una mañana de carretera, que no dejan ver el camino. Ellas tienen vocación por la alegría, para la tarde de fuerte sol cuando los niños juegan futbol; pero también tienen vocación de espanto, cuando mamá tiene que correr a quitar la ropa aún húmeda del tendedero, porque las nubes amenazan lluvia. Es buena la práctica del qigong, para silenciar la mente y concientizar el cuerpo, sobre todo en aquel ejercicio llamado “seguir las nubes que pasan”. “Ya bájate de esa nube”, le dice la amiga al amigo para que vuelva a la realidad, pero qué bonito es caminar entre nubes, ¿a poco no?

Los videojuegos y el streaming son productos acabados que se nos ofrecen, pero alguien los imaginó en un comienzo. Y algo, como las nubes, le potenció ese imaginar. La imaginación es ventana a la novedad, lamentablemente escasa en nuestros días. A Ignacio de Loyola le llegó ese momento cuando, libre de su pasado y con firme decisión de servir a otros, se preguntó: “¿Qué nueva vida es ésta, que ahora comenzamos?”. Por ello, el imaginar para crear sí que es buena nube para montar.

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