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Carlos Chimal: el viajero científico

Carlos Chimal es un personaje singular: por más de tres décadas se ha dedicado a explorar las labores y los desvelos de los científicos, así como a revisar los puntos de encuentro entre la ciencia y el arte. “La poesía y la ciencia son los dos últimos ámbitos del conocimiento útil que pueden ayudarnos a sobrevivir como especie”, ha escrito.

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“El escritor científico no es un mero divulgador de noticias de laboratorio”, ha dicho Chimal. Fotos: Lalis Jiménez
“El escritor científico no es un mero divulgador de noticias de laboratorio”, ha dicho Chimal. Fotos: Lalis Jiménez

Para su libro Luz interior. Conversaciones sobre ciencia y literatura (Tusquets, 2001), Carlos Chimal charló largamente con científicos de primer orden, como François Jacob, Max Perutz, Martin Rees, Roald Hoffmann o Leon Lederman. Autor de una obra que transita del periodismo a la novela, pasando por el cuento y la leyenda, en 2003 publicó una novela que repasa buena parte de la historia de la ciencia occidental y que ha tenido muy buena recepción entre los lectores juveniles: El viajero científico (Alfaguara); algunos años después hizo un repaso de los vínculos entre el arte pictórico y la ciencia (Los brazos de Venus. Arte, ciencia y tecnología a través del tiempo, ADN Editores, 2009) y una revisión de los vasos comunicantes entre literatos y científicos: Futurama. Literatura y ciencia a través del tiempo (Fondo de Cultura Económica, 2012). Su libro más reciente —Tras las huellas de la ciencia (Tusquets, 2015)— se compone de una “serie de ensayos testimoniales de mi experiencia en los lugares, laboratorios, centros de investigación donde se ha dado la ciencia, las grandes ideas, los objetos que han transformado al mundo en los últimos 30 años”.

Chimal (Ciudad de México, 1954) es, en fin, uno de los pocos autores mexicanos que se reconocen como escritores científicos, según su propia definición: “El escritor científico no es un mero divulgador de noticias de laboratorio ni un fabricante compulsivo de ‘ilímites’ y nuevas fronteras artificiales, en contubernio con los investigadores sin escrúpulos que sólo buscan asegurar financiamiento para su trabajo; es, en el mejor de los casos, un puente seguro, sólido, crítico y dinámico, con madera literaria y no solamente con un barniz de estilo, por el que transitan las ideas científicas y tecnológicas hacia el público de la manera menos distorsionada posible”.

 

Viajar por el mundo de la gran ciencia

Invitado por el ITESO al 13 Festival Cultural Universitario, Carlos Chimal estuvo en Guadalajara los primeros días del pasado mes de noviembre para dictar el Seminario “Arte y ciencia: conjunciones y diversiones” y para participar en una sesión conmemorativa del Café Scientifique con una propuesta sugerente: “El viajero científico. Un novelista en el mundo de la gran ciencia”. Alegre, satisfecho por la conformación del grupo (“gente educada, culta, interesada, con buen nivel”) y por la respuesta de los participantes (“estudiantes de muy diferentes carreras, más la participación de otras personas desde León, Querétaro y Acapulco conectadas vía internet”), durante su seminario habló de sus aprendizajes en el arte de tejer historias que unan “las relaciones heterodoxas entre creación científica e invención literaria”, lo que sirvió como preámbulo para esta charla.

Tú eres el creador de una propuesta literaria, casi un género, que has nombrado el viajero científico: una especial cartografía alrededor de los laboratorios de investigación científica con itinerarios muy bien pensados. ¿Cómo empezó esto?

Al principio fue un poco por ganas de cambiar. Trabajaba en la revista del Cinvestav (Centro de Investigación y Estudios Avanzados) que yo mismo había fundado. Se trataba de una revista más bien de difusión, en los términos que definió Luis Estrada: una revista que permitía el diálogo entre los actores de las diferentes disciplinas científicas. Invité a periodistas muy buenos, como Federico Campbell, a que hicieran las entrevistas. Y es que yo no quería hacer una gaceta oficialista, con la fotografía del investigador y un mero informe. Pero nos dimos cuenta de que había que ponerse a estudiar en serio, y ahí ya muchos no quisieron entrarle. Yo me pasaba dos o tres meses leyendo, revisando, estudiando cada campo del que hacíamos un artículo, en compañía de los investigadores del Cinvestav. Después de ocho o nueve años me dije: “quiero hacer otra cosa”. Quiero entrevistar a ganadores del Premio Nobel, porque a estas personas que son líderes mundiales de la investigación —que al haber obtenido un Nobel quizá tengan una visión filosófica, más holística, en cierta forma— nos las presentan muy fuera de nuestro alcance, como muñecos que no tienen vida, que están lejos de la sociedad. Yo quería platicar con ellos para ponerlos en la Tierra, crear un puente entre nosotros y ellos. Estar con ellos durante un tiempo prolongado, varios meses, hacer la vida del científico, observar cómo se comportan, analizar las jerarquías, los sentimientos, las envidias; hacer más una sociología y una filosofía de la ciencia.

Al primero que se me ocurrió ver fue al físico Leon Lederman; con él me persigné. No fue difícil localizarlo a través de alumnos y profesores del Cinvestav que luego se marchaban a hacer sus estudios de posgrado al Fermilab (Laboratorio Nacional Fermi, en Chicago), donde trabajaba Lederman. Luego de charlar largamente con él, preparé mi texto y se lo envié para su aprobación. Ese trabajo me fue abriendo otras puertas y al año siguiente obtuve una beca del British Council para realizar una estancia en la Universidad de Cambridge. Aquello fue un viaje de ensueño: era ir a desayunar y comer con científicos de los más influyentes del mundo: Cambridge, Oxford, el Instituto Pasteur, el Instituto Astrofísico de Canarias, el CERN… De todo aquello salió el libro Luz interior.

Carlos Chimal

Has dicho en varias ocasiones que, si uno tiene los ojos bien abiertos, es posible encontrar cómo en los momentos de grandes descubrimientos tanto en la ciencia como en las artes hay ciertas sincronizaciones, puntos de convergencia. ¿Cuáles fueron tus experiencias en aquellos años?

Hacia 1992, Sir Martin Kemp, de la Universidad de Oxford, publicó su libro sobre arte y ciencia, justamente cuando yo andaba buscando algo así, porque notaba que había paralelismos entre la intuición de los científicos con lo que había encontrado en la gente con la que me formé: yo fui alumno de Augusto Monterroso, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez. Entonces, el libro de Kemp fue como una iluminación: los diálogos entre el arte y la ciencia en William Turner, Leonardo da Vinci, en Las meninas. Ahí estaban los ejemplos de Salvador Dalí, del cubismo de Pablo Picasso y sus coincidencias con la teoría cuántica, los juegos del tiempo y el espacio… Cuando estuve en Europa becado, la Universidad de Cambridge albergó una original exposición que había armado la Fundación Glaxon Wellcome: se trataba de una de las primeras muestras sobre arte y ciencia, donde encontrabas batas intervenidas con dibujos muy realistas o cortes de tejido modificados mediante alguna técnica artística. Por aquellos años, en el CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear) inició un programa de arte y ciencia y en Barcelona hubo un encuentro internacional en ese sentido. En 1994 fui al Congreso Mundial de Montreal, donde se estableció el primer grupo internacional de divulgación de la ciencia. El primer chat que hubo fue en el verano de ese mismo año, con algunos elegidos que podían tener acceso a internet. Era muy rudimentario: todos enviábamos los mensajes a Bruce Lewenstein, quien, desde la Universidad de Cornell, los administraba y los reenviaba al día siguiente.

Fueron los años en que no sólo me convertí en el primer escritor que usó internet, sino en el primero que usó una computadora (en México y en muchas partes del mundo). No es algo para presumir, lo que quiero decir es que como escritor es importante haber estado en el ojo del huracán y haberlo experimentado. En 1991, cuando nadie estaba haciendo algo semejante, yo preparaba mi base de datos electrónica que me permitía manejar una gran cantidad de información para mis artículos que publicaba en la revista Vuelta. Esa tecnología me permitió sostener una columna permanente así de extensa y bien cimentada, siempre bajo el escrutinio de Octavio Paz, que se volvió mi amigo porque vio que las cosas estaban muy bien documentadas, gracias a mi base de datos y mi computadora. Y rápidamente Enrique Krauze y Aurelio Asiain se convencieron de que Vuelta tenía que ser la primera revista que computarizara su mesa de redacción. Yo envié desde Cambridge el primer correo electrónico con la entrevista que le había hecho a Max Perutz. Todas esas cosas fueron memorables: Octavio lo entendió y lo apoyó. Nosotros en Vuelta fuimos de los primeros en hablar de células madre, cuando ni siquiera se llamaban así, y en eso a Paz le gustaba mucho ir adelante, estar a la vanguardia.

En una ocasión me envió a entrevistar a François Jacob porque eran amigos, se conocían. Algunos meses después de haber publicado la revista regresé a París y me dijo: “Yo no hablo español, pero tengo un estudiante de doctorado que es español. Le pasaré la entrevista para ver si no me crucificó usted”. Volví a los días y le había gustado, de tal manera que me dio una entrevista más para otros programas de televisión que yo estaba planeando, me abrió el mausoleo de Louis Pasteur.

Has escrito una historia de la pintura y la ciencia y otra historia de la literatura y la ciencia, dos libros que de alguna manera son complementarios. ¿Qué tan dispuestos están los creadores (científicos y artísticos) a mirar hacia otros ámbitos? ¿Qué tan buenos lectores son, en el más amplio sentido del término?

Hay un juego entre el arte y la ciencia al que algunos le entran, pero no todos están dispuestos. Algunos escritores sienten que si le entran a la ciencia se van contaminar, se van a endurecer. Pero el diálogo es muy antiguo: tenemos por ejemplo a Voltaire y Madame de Châtelet, que eran amantes e introdujeron, mediante sus propias traducciones, la obra de Isaac Newton a la cultura francesa; que organizaban tertulias científicas y literarias. Existe una especie de vasos comunicantes, desde luego, pero también una realidad: cuando sube la tensión literaria baja la precisión científica, y viceversa. De esto sí podías hablar con Augusto Monterroso, porque su cultura era vastísima. Cada que lo visitaba, iba al menos una vez por mes a su casa, me decía: “¡A ver, Chimal, platícame de Física!”. Pasábamos horas charlando… Hay científicos que tienen intereses artísticos serios: por ejemplo, Roald Hoffmann, quien es un buen poeta, un verdadero poeta. Pero son pocos como él. Otros tienen ciertas aficiones, a la literatura o la música, pero la mayoría no son conocedores. 

¿Qué hace falta para generar más interés de los creadores en otras disciplinas que no son las propias? ¿Cómo podemos estimular la curiosidad omnívora en el ciudadano de a pie?

Necesitamos más espacios como el Café Scientifique, publicando buenos libros, llevando a cabo una labor casi misionera, un apostolado. No puedes obligar a alguien a hacer algo que no quiere. Tiene que sentir que le va a servir, que le va hacer un bien para su alma, para su vida posterior o para ésta. El problema de la ciencia es que puede ser divertida, pero hay cosas que debes estudiar en serio y eso deja de ser divertido. Hay que estudiar en serio y eso a la gente no le gusta: quiere que todo sea light y chistoso, y así no son las cosas en la realidad. La gente se aburre, todos quieren ser chefs…

Carlos Chimal

¿La manera en que están estructurados los programas de estudio favorece estos cruces?

No mucho… en algunos casos, pero en realidad no. Ahora padecemos dos problemas graves: la gente no quiere estudiar ciencias, y a los profesores de las carreras científicas que dan clases en licenciatura les parece poca cosa y, por lo tanto, quieren sólo participar en los posgrados, de manera que se abre una grieta peligrosa, porque los chavos de licenciatura no tienen buenos profesores. En cambio, gente como Roald Hoffmann seguía dando clases en licenciatura luego de haber ganado el Premio Nobel, y no sólo a los que estudiaban Química, sino también a los abogados o a los escritores.

En México hay pocos lectores, a la gente no le gusta leer. Hay una indolencia generalizada hacia el mundo científico. Pero algo se ha ganado en estos 30 años, eso sí. Antes los periódicos despreciaban la divulgación de la ciencia, ningún académico quería hacer tareas de divulgación científica porque les quitaban tiempo para lo importante; hoy los periódicos se abren a estos temas, y hacer divulgación hasta se puso un poco de moda entre ciertos investigadores. Sí ha habido un cambio favorable, hay una nueva generación que está haciendo las cosas muy bien. No son muchos, pero hay. Esperemos que vengan más.

Yo creo que es muy importante que exista un divulgador formal, alguien externo a la academia. Es muy importante que sea alguien de fuera, porque tendrá un punto de vista distinto. Cuando me presentaron a Peter Higgs, inmediatamente preguntó por mi formación. Cuando supo que yo no era un par, que no era parte de su jerarquía, la entrevista fluyó mejor. Por eso le pude preguntar: “Oiga, ¿y si no descubren la partícula esa que usted dice, qué va a pasar?”. Él se me quedó viendo, yo llevaba una playera con una palabra celta, y me dice: “Terminaremos vendiendo playeras como la suya afuera del castillo de Edimburgo”. Eso no se lo hubiera dicho a un colega. Por eso creo que un investigador no debe hacer divulgación científica, tiene que ser alguien externo. No son como Mick Jagger, que necesita los medios masivos de comunicación para promoverse. Además, es más elegante que alguien hable de ti a que tú mismo hables de ti. Los científicos han hecho grandes esfuerzos muy loables por escribir, pero la mayoría escribe mal y aburrido; no es culpa de ellos… si hay un diálogo directo entre el científico y el público muy bien, pero sí creo necesaria la participación de un comunicador o un divulgador que sirva como intermediario, que tienda ese puente de diálogo. Alguien que no sólo vea las perspectivas científicas de su trabajo, sino también las políticas, las sociológicas, las literarias, las implicaciones que tiene su investigación. Tiene que participar alguien con conocimientos de ciencia, pero sobre todo con el talento de saber comunicar, escribir, decirlo a través de imágenes.

¿Qué recomiendas para aquellos que quieran ocuparse de este tipo de tareas?

Estar muy pendientes; ser lectores voraces, pero selectivos. Ser muy atento a los detalles, crear conexiones entre ideas aparentemente separadas. El divulgador debe tener un talento artístico, una avidez por el conocimiento y tener la capacidad de ser claro. Saber entender lo difícil y poder explicarlo de una manera sencilla… hasta donde se pueda, porque siempre existe un límite. m.

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