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Universidad Ayuuk, educación desde las culturas indígenas

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Universidad Ayuuk, educación desde las culturas indígenas

– Edición 415

En Jaltepec de Candayoc, un pueblo en la parte baja de la sierra de Oaxaca, surgió hace cuatro años la Universidad Indígena Intercultural Ayuuk, producto de una alianza entre las comunidades indígenas mixes y el Sistema Universitario Jesuita.

La menuda figura de Noemí  Cruz destaca entre la veintena de jóvenes que hacen labores de campo. Su embarazo es evidente. La muchacha recarga sus manos en la escoba jardinera y deja vagar la mirada sobre sus compañeros de clase, que se afanan en cortar la hierba de la incipiente granja rural.

“Me gusta la escuela, aunque tengamos que trabajar”, dice Noemí, originaria de La Libertad, un pueblo de la sierra mixe.

A unos cuantos metros, el futuro papá, Juan Diego Fuentes, carga ladrillos para la escalera que lleva a las aulas.

El maestro Óscar dirige los trabajos del tequio en el que participan, una vez al mes, los 70 estudiantes de la Universidad Indígena Intercultural Ayuuk, inaugurada en noviembre de 2006 y que este año tendrá su primera generación de graduados.

Ayuuk, cuya traducción en castellano significa “lengua de la montaña”, es la primera universidad de este tipo en el país. Sus dos carreras —Comunicación para el Desarrollo Social, y Administración y Desarrollo Sustentable— buscan dotar de herramientas a los estudiantes para el desarrollo de sus comunidades. Así, combinan materias como mediación y manejo de conflictos, mercadotecnia integral, diseño multimedia, ética y responsabilidad social, derecho indígena y derecho constitucional, movimientos sociales, gestión de recursos, contabilidad, finanzas, ecoturismo, agroecología, ganadería sustentable, comercialización, administración de empresas rurales, lengua indígena e inglés.

“Cuando inició  el proyecto se pensó en carreras de antropólogos o estudiosos de la lengua, pero eso no resuelve las expectativas de los jóvenes, así que finalmente se definieron carreras que permitieran el uso de los medios en función de los problemas locales”, explica José  Díaz, coordinador de la carrera de Comunicación. “Estamos apostando a crear profesionistas de la región que puedan servir a su comunidad”.

Cada licenciatura dura ocho semestres, pero hay una modalidad corta, la del “profesional asociado”, que es una carrera tecnológica. Los estudiantes pagan una cuota simbólica de mil pesos por inscripción y 350 de reinscripción anual. Y pueden hacerlo en plazos o con trabajo. “Hay muchos estudiantes que realmente no tienen posibilidades económicas, pero el criterio es que tienen que pagar algo, aunque sea con trabajo”, dice Nelson Vázquez, coordinador administrativo.

La universidad intercultural es financiada por el Centro de Estudios Ayuuk (cea-uiia), una asociación civil que forma parte del Sistema Universitario Jesuita (suj), que provee de recursos económicos y docentes y que ha recibido financiamiento del Instituto Nacional de Desarrollo Social (Indesol) y donaciones en especie de la Fundación Cruz Azul Pro Comunidades.

El Centro beca a todos los estudiantes al 100 por ciento y la calificación mínima para aprobar es 7. “Es difícil, pero yo sí quiero terminar una carrera”, dice Noemí, quien estudia el cuarto semestre de Administración.

Mixes hasta en Chicago

La leyenda está pintada en un mural del jardín de niños que, como la primaria, se llama Benito Juárez: Dice que unos indígenas se encontraron dos huevos enormes y se los echaron al hombro. De uno de ellos salió un niño, Kontoy, y del otro una serpiente, Tajëëw, que eran hermanos. Kontoy se convirtió  en un guerrero que protege a los mixes.

De acuerdo con los datos oficiales, la región mixe tiene 125 mil habitantes y, de ellos, alrededor de 100 mil son hablantes de la lengua.

En la sierra alta de Oaxaca, hasta la década de los ochenta empezó a desarrollarse una educación bilingüe que incluyera conocimientos locales. Se creó  el alfabeto mixe, lo que permitió desarrollar la escritura. Uno de los impulsores de esta educación fue el ex director de la Universidad Pedagógica Nacional (upn) en Oaxaca, Isaías Aldas, quien desarrolló la numeración mixe.

“Él tenía el sueño de hacer una universidad basada en el conocimiento local y ahora aquí está”, cuenta con orgullo José Díaz. Pepe, como le dicen aquí, no sólo coordina la carrera de Comunicación, también es maestro de lengua indígena. Desde Servicios del Pueblo Mixe, una organización de la sociedad civil con amplio trabajo en la sierra de Oaxaca, participó en la construcción del proyecto de Ayuuk.

Mientras recorre las casas del pueblo que —en gran medida por su trabajo— está  recuperando su lengua, reflexiona sobre el giro que han dado las comunicaciones a la vida de la sierra. “La Iglesia en un momento fue lo que ahora son las supercarreteras; según el tamaño de la Iglesia era la importancia de la localidad; ahora, lo que marca la importancia de un pueblo es la carretera… Y bueno, mixes hay en todos lados, ¡hasta en Chicago!”, dice sonriente.

Jaltepec

En Jaltepec de Candayoc está una de las 24 agencias de San Juan Cotzocón, un municipio que se extiende en más de 900 kilómetros de la sierra mixe y no rebasa los 23 mil habitantes, de los cuales, la mitad es indígena. Sólo dos de las 37 comunidades que conforman el municipio escapan a la categoría de marginación “alta o muy alta” establecida por el Consejo Nacional de Población (Conapo). No es el caso de Jaltepec, cuyo grado de marginación es alto.

El poblado se encuentra en la parte baja de la sierra, justo donde inicia el istmo. Por eso hace calor. Mucho.

La gente vive de la agricultura. Tiempo atrás, los pobladores sembraron canela, algodón y tabaco. Pero al tabaco lo invadió una polilla blanca y los árboles de canela fueron derribados para hacer casas cuando la población comenzó  a crecer. Así que ahora sólo cultivan maíz y café.

Según las cuentas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi), el pueblo tiene dos mil habitantes. Sin embargo, no hay familia que no tenga hijos en el Norte.

Hasta pasados los años setenta, la única forma de llegar al poblado era por río o en avioneta. Eso favoreció el desarrollo de una organización social caciquil que creció con la explotación maderera, y que comenzó  a desaparecer hasta hace muy poco.

En 1989, unos meses después de tomar posesión como presidente, Carlos Salinas de Gortari visitó esta comunidad y provocó un alboroto. En la plaza central, que alguna vez fue pista de aterrizaje, Salinas ofreció  caminos y progreso. “Nada más nos mareó”, dice Benigna Estrada, doña Nica, dueña de un restaurante frente a la plaza.

Como sea, el pueblo tiene una extraña mezcla de sistemas de gobierno que se refleja en la vida social. En el municipio hay elecciones constitucionales, y cuando las cosas se ponen complicadas, las autoridades comunitarias acuden a las instancias institucionales, como el Ministerio Público y el gobierno estatal. Sin embargo, la comunidad se rige por usos y costumbres, tiene un Consejo de Ancianos y un comité de bienes comunales que resuelve los asuntos de los ejidos. La comunidad aprobó, por ejemplo, el toque de queda después de las 10 de la noche.

Y allá por el año de 1984, la comunidad aprobó la siembra de mariguana. Algunos pobladores no pueden evitar reír cuando cuentan la  historia: un día llegó de Felipe Ángeles un hombre llamado Juan Vázquez, quien les ofreció sembrar mariguana. Les dijo que ya tenía los permisos para eso y que era un buen proyecto productivo. La gente no lo vio mal y los maizales de esa cosecha se convirtieron en campos de mota. Pero los campesinos no la pudieron recoger porque llegaron los militares y se los llevaron presos. De paso, una bala perdida mató a Ramón Mateos, primo de doña Nica, quien resume en una frase por qué lo hicieron: “¡Por mensos!”.

De algo sirvió  la experiencia, porque los de Jaltepec tuvieron que arrancar la hierba que habían sembrado, y ya nadie la siembra por la zona. Ahora, la gente aquí dice que en Jaltepec ya probaron de todo y nomás no salen de pobres. 

“Me gusta mi pueblo”

Conrado Díaz estudió  Comunicación en la escuela René Descartes de Veracruz. Cuando ya no pudo pagar las colegiaturas dejó la carrera y se fue a trabajar a Ciudad Juárez. Durante tres años fue supervisor de procesos de la empresa RCA. De ahí emigró a Atlanta y luego a Indianápolis, donde trabajó tres años y medio para Hewlett Packard.

Cuando supo de la universidad, decidió regresar a Jaltepec. “Siempre había sido un sueño estudiar la universidad aquí. Me encanta la radio, el periodismo y la televisión, y ahora hago labor social en la locución de una radio comunitaria”, dice este joven, hijo de uno de los integrantes del Consejo de Ancianos del pueblo. De los nueve hermanos, sólo él y una hermana viven ahora en Jaltepec.

Ayuuk en el horizonte de la educación jesuita

Por David Fernández, SJ

 

Para la Provincia mexicana de la Compañía de Jesús, la creación del Instituto Superior Intercultural Ayuuk, (ISIA) responde a la necesidad de ofrecer una educación pertinente, de calidad y justa a los indígenas del país.

La propuesta intercultural busca corregir las asimetrías en las estructuras actuales de poder y crear mejores condiciones, enfocadas al pleno desarrollo de las culturas originarias. No desconocemos que nuestro mundo se desenvuelve en un contexto de globalización asimétrica. Frente a ello, nuestra propuesta constituye una alternativa de comunicación solidaria entre las culturas.

La puesta en marcha de esta universidad fue la culminación de un largo proceso de reflexión y deliberación realizado por representantes de distintos grupos étnico-nacionales y por personas vinculadas con proyectos de organización, desarrollo y reconstitución de los pueblos indios de México, particularmente con Servicios del Pueblo Mixe, AC (Ser Mixe).

Una cuádruple intencionalidad subyace en el fondo de la educación intercultural que pretendemos ofrecer: a) apoyar la conservación, el desarrollo y la difusión de las culturas indígenas; b) afianzar la interculturalidad y la multiculturalidad del país; c) vincular el mundo indígena con la sociedad mayor, desde una posición de fuerza y autonomía, y d) generar procesos propios de desarrollo en el marco nacional.

La Universidad es un lugar privilegiado que permite difundir las diversas culturas hacia el mundo y generar nuevos conocimientos. La Universidad que deseamos es intercultural porque permite el diálogo entre culturas. Lo intercultural es Universidad y la Universidad es interculturalidad.

La institución educativa Ayuuk no fue creada para reproducir lo existente. En ella lo indígena no es algo circunstancial; ni se trata de parcelar la ciencia en ciencia indígena y no indígena.

La existencia del isia como institución integrante del Sistema Universitario Jesuita, ha de transformar nuestras universidades tradicionales y acomodadas en espacios verdaderamente interculturales, respetuosos de la pluralidad étnica nacional.

El ISIA nos permite ayudar a la transformación de las condiciones en las que viven los pueblos indios del país y, al mismo tiempo, nos transforma a nosotros y cualifica nuestra misión como compañeros de Jesús.

“Me gusta mi pueblo para vivir”, dice simplemente. “Mi trabajo me permitió ese panorama de convivir todos los días con colombianos, africanos; aprendí que no somos tan disímiles y que desperdiciamos tiempo en Estados Unidos”.

Un resultado inmediato pero aún no cuantificado de la instalación de la Ayuuk en el pueblo es la contención de la migración. El regreso de los hijos es una constante que se repite en las historias de las familias de los estudiantes. Como la de Lucero Ortigoza Vargas, una de las estudiantes de la primera generación de la carrera de Comunicación, que espera graduarse este año. Ella está haciendo el servicio social en la oficina de bienes comunales y en la agencia municipal, y quiere dedicarse a la organización comunitaria y a gestionar proyectos en la zona. Pero antes de estudiar en Ayuuk, vivió en Oaxaca, Querétaro, Atemajac (Jalisco) y Ciudad Juárez, donde trabajó en la maquila y vio dos ejecuciones.

Para su madre, Eufrasia Vargas, la instalación de la universidad es la mejor noticia que ha llegado a la comunidad. “Yo sufrí mucho con mi otro hijo cuando se fue a estudiar a Ixtaltepec (por Juchitán)”, cuenta la mujer. “Un día llegó y no había dinero, el café estaba entonces a 60 centavos; no tenía para regresar ni para pagar las colegiaturas. Él lloró y nosotros también”.

Otra madre feliz con Ayuuk es Rufina Alonso. Martina, la mayor de sus tres hijos, quería ser educadora y se iba a ir al Istmo a estudiar, pero cuando llegó  el proyecto optó por estudiar Comunicación y quedarse en la comunidad. La familia se dedica a limpiar el ixtle con el que se fabrican los cinturones tejidos.

Para Rufina, una mujer de cabello larguísimo y sonrisa amable, tener la universidad en el pueblo es un regalo del cielo. “Yo quería ser maestra, pero sólo pude terminar la primaria. Y en cambio ahora los hijos pueden ir a la universidad”. 

Los jesuitas

Nadie en Jaltepec puede explicar con claridad de dónde salió la idea de tener una catedral. Algunos dicen que fue un “arquitecto” y otros que fue un promotor de la Iglesia católica quien les ofreció recursos para la construcción de la nueva Iglesia. El pueblo sólo tenía que poner el trabajo. Pero el recurso nunca llegó y la enorme construcción, que duplica en tamaño a la agencia municipal, destaca detrás de la vieja parroquia. La obra lleva más de seis años y no tiene para cuándo acabar.

“Es un pecado”, dice con una enorme sonrisa el jesuita Guillermo Estrada, director de la universidad indígena, cuya oficina en el Centro de Estudios tiene vista privilegiada a la construcción.

A pesar de la impresionante obra, el pueblo no tiene un sacerdote y los jesuitas que llegaron con la escuela no tienen permiso de la Diócesis para oficiar misas. Así  que su llegada al pueblo no alteró la convivencia —no siempre amigable— de los católicos con los Testigos de Jehová y los profesantes de la Iglesia La Luz del Mundo, que son las dos religiones minoritarias que hay en la comunidad.

“La gente ha visto que Ayuuk no es una cuestión religiosa ni proselitista y eso lo ha tomado muy bien”, dice Estrada. “Desde el inicio, la intención del proyecto era la colaboración de distintos frentes, no necesariamente de la Compañía (de Jesús). En Jaltepec había las condiciones para la instalación de la universidad; por una parte estaba la tradición de impulso a la educación de las organizaciones de la sociedad civil, que ya tenían un trabajo avanzado, y por otra estaban sus propias carencias educativas que son las mismas de todo el estado”.

Mucho de razón tiene. Jaltepec cuenta con una primaria que se llama Benito Juárez, dos jardines de niños (uno de ellos también se llama Benito Juárez), secundaria, bachillerato intercultural, y ahora la universidad. Pero sus indicadores educativos, como en el resto del estado, son pobres.

En un tiempo estuvo aquí un bachillerato marista llamado Asunción Ixtepec, pero tuvo problemas con la comunidad y se fue a San Felipe. Las instalaciones las ocupó el gobierno estatal para crear el bachillerato intercultural comunitario.

Y el año pasado, Jaltepec fue sede del Segundo Foro Nacional “Tejiendo la Resistencia por la defensa de nuestros territorios”. Participaron más de 30 organizaciones y comunidades que el 14 de noviembre declararon el Día de la Restitución Comunitaria del territorio Jaltepec de Candayoc.

Interculturalidad

La educación superior revela una de las caras más duras de la desigualdad racial en el país.

De acuerdo con datos oficiales, en el país recibe educación superior 45 por ciento del grupo de jóvenes de entre 19 y 23 años, que vive en zonas urbanas y pertenece a familias con ingresos medios o altos; en cambio, sólo llega a la universidad 11 por ciento de quienes habitan en sectores urbanos pobres, y tres por ciento de los que viven en sectores rurales pobres.

“El problema de los excluidos de la educación y de quienes se han quedado rezagados no parece figurar en las prioridades de la política educativa”, resumió en mayo de 2004 el Observatorio Ciudadano de la Educación. Ese año, Oaxaca ocupó el lugar 16 en número de becas otorgadas en relación con la matrícula, debajo de estados menos marginados como Durango o Quintana Roo.

Peor aún, en la contabilidad oficial no hay un registro del número de indígenas inscritos en el sistema de educación superior. A lo más, se reconoce que la participación de estudiantes indígenas en este segmento educativo es “mínima”.

Durante la administración de Vicente Fox, la Secretaría de Educación Pública (sep) planteó triplicar la matrícula de estudiantes de origen indígena, pero la meta quedó lejos de lograrse. La principal impulsora de esta propuesta fue Sylvia Schmelkes, actual directora del programa de educación intercultural de la Universidad Iberoamericana.

En una conferencia sobre la evaluación educativa en 2006, la académica hizo una sentencia lapidaria: “Para dejar de ser pobres, a los indígenas les pedimos que dejen de ser indígenas”.

El vía crucis de la validación oficial

Guillermo Estrada es un religioso joven, de sonrisa ancha y trato amable. Coincide plenamente con esta frase de Schmelkes, y menciona el vía crucis que pasó Ayuuk para conseguir el reconocimiento de validez oficial.

Primero lo intentaron por la vía federal, pero en agosto de 2006 las autoridades educativas les dieron la cita para ingresar los papeles con la solicitud, para agosto de 2008. Entonces probaron por la vía estatal, donde les pusieron trabas hasta por los materiales de construcción. “Buscamos usar los materiales locales, así que construimos aulas con techos de paja y cuando ya llevábamos tres, nos dijeron que teníamos que cambiarlos”  cuenta. El argumento oficial fue el peligro de incendio, pero en corto les aclararon: “Es una universidad, no puede tener los techos de paja”.

Pese a todo, el gobierno de Oaxaca les otorgó el reconocimiento de validez después de tres años y la universidad sigue captando estudiantes mixes, zapotecos, chontales, y tzeltales. Y eso es lo que cuenta, dice Estrada: “romper con ese tipo de trabas es lo que vale esto, la posibilidad de existir”.

La deserción que ahí se ha registrado es menor a la tasa estatal (seis estudiantes de la primera generación) y en todos los casos ha sido por cuestión económica.

¿Lo más difícil?

“Tres cosas”, responde Estrada. “La cuestión económica; que se comprenda un tipo de educación diferente por parte de los jóvenes y sus familias, dentro del imaginario de que se estudia determinadas carreras no por vocación sino para tener un beneficio económico, y el reconocimiento de los estudios por parte del gobierno, que nos llevó tres años”.

“Esto último ha sido muy pesado porque hay una falta de compromiso institucional y cierta desconfianza de algunos grupos sobre el tipo de personas que se está formando aquí, aunque poco a poco han visto que es una cosa buena”.

En el proceso de arranque, dice, el respaldo del Sistema Universitario Jesuita ha sido fundamental. “Sin ese apoyo, por muy buen proyecto que fuera, no habría funcionado”.

Sueños grandes

La tranquilidad de la tarde se rompe con los acordes de Dios Nunca Muere, que practica la banda del pueblo para el Encuentro de Bandas que habrá en Río Manso.

En la biblioteca del Centro de Estudios, Nelson Yrraestro, originario de San Mateo del Mar, en el istmo, trabaja con sus compañeros un proyecto de radio. Tiene dos hermanos en Estados Unidos y dos hermanas menores. Habla huave (zapoteco), aunque él se define como Ikoots (nosotros mismos) y a su lengua le dice ombeaiüets (nuestra lengua).

En tercero de secundaria tuvo un accidente casero y un vidrio se le enterró en el ojo derecho. “El ojo no sangra, no duele, sólo sientes algo que se está  derramando”, cuenta tranquilo este joven que nunca ha salido de Oaxaca y que sueña con formar parte de una radio comunitaria.

No la tiene fácil, como tampoco Conrado Díaz, quien cuenta que a las dos transmisiones de radio que han hecho para la fiesta del pueblo han llegado pelotones del Ejército.” Con la nueva ley estamos atados de manos porque no tenemos los recursos y no hay una secretaría de atención a proyectos universitarios o alternativos”, dice triste.

Muchos estudiantes, como Yossiel Luna Estrada, el mayor de los cuatro hijos de doña Nica, quieren trabajar en proyectos productivos.

Pero Cuauhtémoc Salvador Canseco Sánchez tiene una inquietud distinta. Es un joven serrano de 22 años que estudia el segundo semestre de Comunicación y que decidió  venir a Ayuuk cuando habló con José Díaz en una Semana de Vida y Lengua Mixe.

Cuauhtémoc es un chico silencioso que observa atento a los visitantes del Centro y responde a las preguntas con sonrisas tímidas. Cuenta que le gustan las matemáticas y en un momento de la plática confiesa, casi en un murmullo, que a él le gustaría ir al extranjero a seguir estudiando.

¿A dónde?

“A Estados Unidos o a España”. m


    MAGIS, año LVII, 480, Marzo – Abril 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. +52 (33) 3669-3486.

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