Un mundo que ya no existe

En la cima de una montaña nevada al oeste de Kabul, un grupo de niñas afganas practica los movimientos fluidos de Wushu, un deporte desarrollado a partir de las antiguas artes marciales chinas de kung fu, estirando, doblando y cortando el aire con espadas brillantes. En un país donde el deporte femenino está severamente restringido, el club Shaolin Wushu, que se ubica en una parte de Kabul que es el hogar de la comunidad étnica Hazara de la capital, es una rara excepción.

Un mundo que ya no existe

– Edición 485

Fotos: Agencia Reuters

La llegada de los talibanes al poder representa la cancelación de buena parte de las conquistas que esa sociedad había alcanzado. Estas fotografías son evidencia de un mundo que, súbitamente, ha dejado de existir para las mujeres en Afganistán

La retirada de las fuerzas de ocupación estadounidenses en Afganistán, que concluyó el pasado mayo, puso fin a la guerra más larga que Estados Unidos ha librado. Seguramente también ha sido la guerra más infructuosa. Las terribles imágenes de los aeropuertos atestados con civiles intentando escapar del país daban una idea de lo brutal del cambio que la sociedad afgana ya esperaba tras esa derrota.

La llegada de los talibanes al poder representa la cancelación tajante de buena parte de las conquistas que esa sociedad había alcanzado, pese a vivir en un estado permanente de incertidumbre y violencia, en particular en el terreno de los derechos de las mujeres. Con el nuevo régimen, prácticamente han quedado suprimidas todas las libertades de que alcanzaron a gozar durante las últimas dos décadas, y aunque ha asegurado que será más flexible, lo más seguro es que se trate solamente de una posición que busca granjearse una opinión favorable por parte de la comunidad internacional, a fin de que más países reconozcan al gobierno talibán y levanten las sanciones económicas que asfixian al país.

Estas fotografías son evidencias de un mundo que, súbitamente, ha dejado de existir para las mujeres en Afganistán. Era un mundo en el que podían estudiar, practicar deportes, conducir, hacer música… Son imágenes de un mundo que, en las vueltas de la política internacional, podría terminar olvidado —salvo por el hecho de que las mujeres afganas nunca olvidarán que existió—.

En la cima de una montaña nevada al oeste de Kabul, un grupo de niñas afganas practica los movimientos fluidos de wushu, un deporte desarrollado a partir de las antiguas artes marciales chinas de kung fu, estirando, doblando y cortando el aire con espadas brillantes. En un país donde el deporte femenino está severamente restringido, el club Shaolin Wushu, que se ubica en una parte de Kabul que es el hogar de la comunidad étnica Hazara de la capital, es una rara excepción.
El Equipo Nacional de Ciclismo Femenino de Afganistán ha estado abriendo nuevos caminos para el deporte femenino y traspasando los límites de lo que es —y no es— aceptable para las mujeres jóvenes en el conservador país musulmán.
Tocar instrumentos fue prohibido durante el periodo del régimen talibán en Afganistán, e incluso hoy muchos musulmanes conservadores desaprueban la mayoría de las formas de música. Negin, que aparece en la fotografía, aprendió a tocar el piano en secreto y ahora dirige la orquesta Zohra, un conjunto de 35 mujeres en el Instituto Nacional de Música de Afganistán. “La formación de la orquesta es un logro en sí mismo”, dijo Ahmad Naser Sarmast, un musicólogo que casi muere en un atentado durante un concierto durante el régimen Talibán. La formación de la orquesta de niñas fue la mejor respuesta a los extremistas, dijo, y agregó que la escuela estaba tratando de ayudar a Negin a continuar su educación.
En una escuela de manejo de Kabul, el instructor enseña a sus estudiantes conceptos básicos de mecánica automotriz. De las siete mujeres conductoras —incluida Kanaz, de 21 años, que aparece en la imagen—, dos dijeron que, si bien obtendrían sus permisos de conducir, creen que la sociedad mayoritariamente conservadora aún no estaba preparada para aceptar mujeres conductoras, e incluso así decidieron entrar a la escuela.
Hace cinco años se formó un equipo de futbol en el Golab Trust Sport Complex, donde semanalmente entrenaban mujeres.
Ommolbahni Hassani, mejor conocida como Shamsia, es una grafitera afgana y profesora de escultura en la Universidad de Kabul. Después de la toma del poder por los talibanes, durante varios días no hubo actividad en sus redes sociales, por lo que sus seguidores temieron por su seguridad. Algunos periodistas lograron establecer comunicación con la agente de Hassani, quien dijo que la artista no estaba disponible para una entrevista, pero que estaba en un lugar seguro y secreto.
En los últimos años, Kabul recuperó una vida social activa, incluso en un ambiente inestable y potencialmente violento. La presencia de mujeres jóvenes en espacios de entretenimiento, como cafés y restaurantes, empezaba a ser cada vez más aceptada por un sector de la población, si bien era un desafío a las restricciones sociales que imperaban.
Si bien en la capital del país el conservadurismo ha imperado por décadas, las mujeres han entrado en el terreno laboral como nunca antes. Algunas han contando con el apoyo familiar, y otras tantas han tenido que dejar atrás a sus propias familias para seguir sus sueños. En la foto, una joven de 22 años trabaja en un set de televisión de una estación local.
La asistencia de mujeres a eventos sociales era parte de la vida cultural de Kabul. En la fotografía, adolescentes piden autógrafos a Adash Barez, cantante de pop afgano, después de un concierto.
La academia de entrenamiento militar de Kabul estuvo dando clases a mujeres para servir en el ejército de Afganistán. A pesar de pertenecer a una sociedad conservadora y al aumento de la violencia en ella, en la última clase algunas de las casi 150 mujeres a las que se está capacitando para ser oficiales dijeron sentirse orgullosas de ser parte del esfuerzo para asegurar el país.

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