Rosalía: Mariposa emancipada

Rosalía: Mariposa emancipada

– Edición 496

Foto: Julie Sebadelha / AFP

La audacia creadora de la artista catalana ha traspasado todas las fronteras imaginables y la ha convertido en una de las presencias indispensables para definir el tiempo en que vivimos. La música y la actitud de Rosalía se funden en una afirmación poderosa para multitudes de jóvenes que la siguen como a quien encabeza una revolución

Uno

Yo soy muy mía, yo me transformo.
Una mariposa, yo me transformo.
Make up de drag queen, yo me transformo.
Lluvia de estrellas, yo me transformo.
—”Saoko”

En vivo, desde el noticiero nocturno en N+, canal de noticias fundado con los rescoldos de la credibilidad de Televisa, envían, a las 8 de la noche con 48 minutos, a un enlace para sentir el ambiente que se vive por el concierto de la Rosalía (con el énfasis marcado en el artículo), como la llama el locutor en turno.

La reportera Ruth Barrios, desde la calle Pino Suárez, justo a dos cuadras de la Plaza de la Constitución, atestigua lo que registra la cámara de su compañero camarógrafo Fabián Reina: “Vaya espectáculo que se está viviendo esta noche en el Zócalo capitalino”, y pide un paneo para que el televidente vea a una pequeña multidud de personas que observan, unas hipnotizadas y otras bailando casi maquinalmente, una de las 18 pantallas desplegadas en las inmediaciones del Zócalo, instaladas para que quienes no pudieron ingresar a la plancha tengan acceso a la transmisión de lo que sucede en el corazón de la patria mexicana.

Mientras camina hacia los espectadores, la reportera sigue narrando que la gente no para de llegar y que la euforia se “siente, se siente porque en estos momentos ya muchas personas se están poniendo a bailar, porque está sonando, ya, una de las canciones más movidas de esta española”.

De fondo, atronando, se escucha “Despechá” y la reportera interpela a Luna, una chica de piel pálida, cabello anaranjado, ojos recargados con maquillaje de drag queen y una M pintada en la frente que simula una mariposa: “¡Te vemos muy emocionada!”.

Imagen panorámica del concierto en el Zócalo de Ciudad de México. Foto: Quetzalli Nicte-Ha / Reuters.

La chica, que hace un mohín de disgusto ante el repentino asalto del  micrófono y la cámara para un close up no pedido, contesta sin dejar de bailar: “Perdón, no te escucho”. Pero la reportera es insistente: “¡Te decía que te vemos muy emocionada! Oye, ¿cuál es la canción que estás esperando que cante?”.

Luna voltea y la mira fijamente: “Me gusta ‘Despechá’”. Inmediatamente regresa los ojos a su íntimo ritual de ver la pantalla y bailar, suntuosa, en una calle atestada de gente que camina en ambos sentidos.

La reportera por fin entiende que está interrumpiendo y se aleja sin esperanza de que Luna la escuche. Comenta a la cámara: “Bueno, la dejamos disfrutar”, y termina su enlace describiendo cómo familias completas siguen dándose cita en este esperado concierto, que lleva más de veinte minutos de iniciado. Envía la señal a la toma abierta, de perfil, de un escenario que se ve brillante de luces blancas, pero pequeño ante la magnificencia de una multitud compuesta por 160 mil espectadores —según anunciaría al día siguiente la Secretaría de Gobierno de Ciudad de México— que, como Luna, observan al frente, en vivo, a una encarnación high tech de Coyolxauhqui, la diosa azteca de la Vía Láctea.

Luna lo sabe, y por eso baila.

Canta.

Se refleja.

Y aunque no está en primera fila, sino unas cuadras más allá, rinde pleitesía a esa catalana que la empodera —oh, verbo innecesario de este siglo aciago— con su música, poderosa e indefinida, y su voz recreada en quiebres roncos, aniñados y repletos de autotune.

La encarnación, desde un escenario de minimalismo ascético, se contonea milimétricamente para sus adoradores —y para los curiosos que asisten al concierto “porque es gratis”—: rodeada de 10 bailarines y vestida con un jumpsuit negro, con un corsé rojo y botas altas a juego, creación del diseñador australiano Dion Lee, escupe, más que canta, que a la mierda el estilo: “Fuck el stylist”.

Su ritual inició el incendio del centro de la renovada Tenochtitlan a las 8 y media de la noche.

Es viernes 28 de abril de 2023 y ella es Rosalía Vila Tobella, originaria de San Cugat del Vallés, una urbanización de Barcelona.

Pero esta noche, como muchas a lo largo de todo el año, sólo es La Rosalía.

“Si eres la pámpara / nada te pue’ parar”, interpreta.

Casi grita.

Foto: Coachella.

Dos

Es mala amante la fama
y no va a quererte de verdad.
Es demasiao traicionera,
y como ella viene, se te va.
—“La fama”

Dice Julieta Wibel, diseñadora española y directora creativa de marcas textiles como Mango o Diesel, desde su canal de YouTube: “Los límites artísticos que en otras épocas estaban delimitados, en Rosalía se desdibujan, deviniendo en un mestizaje cultural que puede ser molesto para unos sectores”. La definición no podía ser más acertada para una joven emergida del extrarradio barcelonés que, guitarra en ristre y sólo con su voz, a los 25 años encendía las alarmas de los puristas con su disco Los Ángeles (Universal Spain, 2017), su particular versión del estilo musical que se erige como enseña de la música española: el flamenco.

Los críticos musicales, desde publicaciones como Rockdelux o El País, pasando por Rolling Stone, no sabían cómo denominar a canciones como “De Plata”, donde una guitarra distorsionada a lo Sonic Youth era el colchón de una voz como lamento: “experimental”, “worldbeat”, “pop experimental”, “flamenco pop”. Adjetivos que no acertaban.

You name it!”, contestó Rosalía en una entrevista para RTVE en 2018, cuando aseguró que su lista de influencias incluía por igual a Niña Pastori que a Camarón de la Isla o a Tomás Luis de Victoria (compositor del renacimiento español, en el siglo XVI), pero también a Estopa, Lole y Manuel, los cantos gregorianos, James Blake, Björk, Beyoncé, Justin Timberlake, Carlos Gardel y, claro, Madonna.

Y aun así, en Los Ángeles no parece haber nada de estas influencias.

O quizás están todas en su rabia enquistada, su melodía preciosista y el ímpetu de lo que fue recibido como un disco debut “interesante”, calificativo repleto de un tibio desdén que se reflejó en las ventas.

Después vendría el single “Malamente”, revestido con un videoclip con motos, aprendices de torero, jóvenes de faldas cortas y una Rosalía menos recatada que en sus sencillos anteriores. Ahora así, todas las influencias parecieron licuarse y destilarse y, por fin, tomar forma única en una canción delirante, extrañamente acompasada y muy pegajosa sobre el presagio del amor machista y la violencia feminicida.

Ya lo advertía el crítico sonoro Jaime Altozano, que con más de tres millones y medio de seguidores en su canal de YouTube desgranó la canción: el disco que seguiría sería “brillante y excepcional”.

Y es que “Malamente” era el Juan Bautista que anunciaba El mal querer (Sony Music, 2018), una colección de 11 canciones basadas en el poema “Flamenca”, del siglo XIII, y que servirían a Rosalía como trabajo de grado para egresar, con todos los honores, de la Escuela Superior de Música de Cataluña.

El mal querer la entronizó casi de inmediato: sus canciones gustaban a públicos dispares, de distintas edades y estratos culturales enfrentados, que encontraban en el “tra-trá” de esta curvilínea morena lo mismo desparpajo para bailar que cultismo sonoro al cantar. Durante un año y medio, los estantes de la casa de Rosalía se llenaron con todos los premios que valen en la industria, como Grammys y MTV Awards, mientras su estilo para vestir transmutaba en colores cálidos y sus uñas, perfectamente tuneadas, crecían de manera exponencial.

Con el éxito de una cantante de pop coreano, pero interpretando algo que era aún más difícil de definir, Rosalía se asentaba como la It-girl del nuevo siglo musical español, y parecía que podría mecerse en las mieles del trap, el flamenco y el pop por siempre.

Tres años después —dos de los cuales los pasó componiendo, encerrada con su laptop, y el tercero trabajando con los desvaríos de su voz—, nada, nadie, ni la misma Rosalía, anticipaba en el horizonte el fenómeno sonoro llamado Motomami (Sony, 2022), con la M sugiriendo una mariposa como estandarte visual.

Como la que llevaba en la frente Luna, la fanática mexicana.

Foto: Abaca vía Zuma Press.

Tres

Soy igual de cantaora,
igual de cantaora con
un chándal de Versace
que vestiíta de bailaora.
—“Bulerías”

No hay forma de entender la totalidad de lo que representa Rosalía si no se le analiza en vivo y en directo.

Escribe el pensador español Jorge Carrión: “Un concierto de Rosalía es un tango entre el rojo y el negro, que son los colores de la combustión y de la revolución. Un concierto de Rosalía es un estallido encadenado de fotos y mensajes y videos de las redes sociales. Un concierto de Rosalía es un collage dinámico, un espacio de encuentro de diversidades diversas”. La cita, arrancada del libro Rosalía. Ensayos sobre el buen querer (Errata naturae, 2021), describía con acierto las presentaciones de la catalana en el remolino del éxito creado por El mal querer, más sus primeros pasos en el reguetón en sencillos como “Con altura” (2019), a dueto con su enamorado platónico, el colombiano J Balvin. Pero esa descripción de Carrión no era capaz de anticipar el tsunami llamado Motomami World Tour, que arrancó el 6 de julio de 2022 en Almería y tendría su cúspide nueve meses después, según lo afirmó la propia Rosalía en sus redes, durante su presentación en el Zócalo mexicano, para terminar con 70 fechas cumplidas en el festival Lollapaloza de París en julio de 2023.

En cada uno de esos conciertos se revela la implacable femineidad de la artista, renovada para Motomami, álbum nombrado así en recuerdo del sobrenombre que le puso a Pilar Tobella, su madre, que solía subirla en su Harley Davidson, vestida de cuero, pelo rubio y rizado hasta la cintura y repleta de joyería de todos los precios, cuando Rosalía apenas era una niña. “En fin, una emancipada total”, describía la cantautora el álbum para Vogue Spain.

Lo cierto es que la invención del término que titulaba su nueva encarnación, sonora y personal, provenía de la palabra japonesa moto, que significa “duro” o “fuerte”, y mami, con la ternura del español para referirse a la dulzura y la maternidad. Esos contrastes dividieron las nuevas canciones, estrenadas el 18 de marzo de 2022 y de duración no mayor de tres minutos, entre las que estaban más cerca de la fiereza, como “Saoko”, del desparpajo en “Bizcochito”, de la seducción en “Candy”, de lo turbio en “Diablo”, de la rabia en “CUUUuuute”, de la dulzura en “Sakura”, del desenfreno por el shopping en “La Combi Versace” o de lo abiertamente porno, como “Hentai”.

Más que nunca inclasificable, el trabajo musical de Rosalía fue calificado como “genialidad posmoderna” y como “basura tecnificada”, según el blog, la red social, la revista, el programa de entrevistas o la publicación de que se tratara. Pero eso no evitó que, menos de un mes después de su estreno, Motomami fuera el disco de un artista español más escuchado de todos los tiempos a escala mundial, según reportó el diario ABC, desbancando al infumable Julio Iglesias. En las calles de toda España, el grafiti de la M hecha mariposa se reproducía como por generación espontánea.

Tras el lanzamiento, Rosalía se encerraba en una urbanización malagueña para ensayar, paso a paso, la coreografía que el bailarín Metznoun Giasar creó exclusivamente para el concepto que la artista llevaría de gira: un performance, más que un concierto, que deslumbraría porque no habría más que pasos de baile. Sin escenografía, ni fuegos artificiales ni músicos en escena. ¿Y la música? Lanzada, desde atrás del escenario, por tres ingenieros de sonido que reproducirían las especificaciones de la cantautora al pie de la letra. Sin espacios para la improvisación ni asomo de riffs guitarreros. Y un camarógrafo que enviaría la audacia de los gestos, la coreografía maquinal y la puesta en escena a las pantallas laterales, más cercano al trabajo de Pina Bausch que a un show de Katy Perry: un videoclip hecho en vivo, cambiante noche a noche, en el que las caderas y las miradas de Rosalía arrancarían los aullidos más insólitos de la audiencia.

Foto: EFE / Cabalar.

Cuatro

Yo no soy y ni voy a ser tu bizcochito,
pero tengo to’ lo que tiene delito.
Que me pongan en el sol, que me derrito.
El mal de ojo que me manden me lo quito.
—“Bizcochito”

Cuando la escritora y pensadora feminista Gloria Steinem fundó, en 1972, la revista Ms., quería que estuviera dedicada “a preparar la revolución, y no sólo la cena”, en contraste con otras publicaciones que tenían al público femenino como meta.

Con toda seguridad, Rosalía ha ido maquinando lo mismo en su evolución artística, hasta la concepción de su incombustible Motomami, que les ha servido a mujeres de todas las edades para preparar, junto con la cantautora, su particular revolución estilística, sonora y semántica.

Días antes del lanzamiento del álbum para cuya portada se retrató como una versión de la Venus de Boticelli, desnuda, sólo cubierta con un casco de moto en la cara, al estilo anime, y el cuerpo grafiteado y rayoneado, publicó en sus redes: “A una motomami le gusta la leche”. Al día siguiente, el mensaje era: “Una motomami te abraza y es mejor que abrazar un peluche”. Dos días más tarde: “Una motomami cuida de otras motomamis”.

Así, cuando por fin las 11 canciones ya hacían explotar las plataformas de streaming, el público femenino fue el más entusiasta con el álbum que arrancaba con la Rosalía preguntando: “Chica, ¿qué dices? Saoko, papi, Saoko”, como interpelación y respuesta a la diversión sexual y desenfadada que, se intuía, escondía piezas célebres sobre la sororidad, la libertad y la autoconciencia de género.

En cambio, al público masculino le parecía que la cantautora se banalizaba hasta convertirse en una simple waifu —muñeca japonesa de cuerpo exuberante para placer visual de los hombres asiáticos—: “Motomami es una explosión infinita de referentes, el análisis de un yo menos universalizable que el de su anterior disco, de poca poesía y, excepto maravillosas excepciones, con la voz como parte y no como todo. Y no, nada cuadra. La obra es una clase de spinning”, tronaba el crítico, hombre, de la revista Mondo Sonoro, reduciendo el álbum a una banda sonora de gimnasio.

Y si fuera así, ¿qué tendría de malo?

La propia Rosalía, con eterna sonrisa pícara, respondía con desdén divertido a quienes, por ejemplo, preguntaban por qué componer una canción festiva para exorcizar el desamor (“Despechá”): “Yo creo que cuando estás despechá, lo mejor que puedes hacer es irte para la playa con tu madre, bajar al chiringuito con tus amigas, te pides algo para beber, le echas hielito. Te compras un helado, te lo comes y, sol, vitaminas y ya está”.

Y, por cierto, para Gloria Steinem “la risa es una expresión de libertad. Es una buena manera también de descubrir hasta qué punto eres libre”.

Feminista, Rosalía, quizá. Mucho.

Pero sonriente y libre, absolutamente sí.

Foto: Rosalía

Cinco

Guita, guita, guita por los suelos.
Na’ les importa si corren ceros.
Yo mi lealtad nunca la pierdo,
ni por el dinero.
—“Diablo”

Una hora y diez minutos, la versión reducida del concierto que trajo al corazón de la capital de México la cien veces nombrada “La Rosalía”, fue un collage de imágenes que, con seguridad, chicas como Luna pudieron apreciar más en las pantallas que en la lejanía del escenario en directo. Porque, en suma, es un rosario de estampas de supremacía sobre la autoridad, el amor y la sintonía con lo que debe —o no— ser una mujer. Una suerte de check list:

: La Rosalía canta el tema que da nombre al disco, encima de sus bailarines, contorsionados como motos y ella, encima, los “maneja” en una carretera imaginaria. Empoderamiento: checked!

: La Rosalía finge mascar un chicle, desdeñosa, imagen de meme, mientras juguetea con el pelo antes de cantar “Bizcochito”. Provocación: checked!

: La Rosalía, con lentes negros, arrancando un coro monumental a los espectadores, dejándose “paparazzear” por sus bailarines, mientras canta que “es mala amante la fama y no va a quererte de verdá”. Exitosa: checked!

: La Rosalía, contonéandose y repegándose a unos bailarines que acentúan su personalidad gay, cantando aquello de que “las amigas que se besan son la mejor compañía”. Sororidad: checked!

: La Rosalía, sentada en una silla de barbero, cortándose un mechón de pelo, mientras canta, rabiosa, que ella su lealtad no la pierde por dinero. Libertad: checked!

: La Rosalía, sola al piano, cantando sobre una felación explícita, porque está “Enamorá de su pistola / roja amapola” de su exprometido, el reguetonero Raw Alejandro. Emancipación sexual: checked!

Con esto bastaría para incendiar una plaza de una nación donde la mujer sigue corriendo el peligro inminente del ángel de la muerte.

Por una noche, una cantaora catalana, de falda muy corta y lengua arrebatada, pasó lista y, al terminar de cantar “Mariposas sueltas por la calle, / para verlas tienes que salir. / Míralas, no pierdas detalle. / Habrá quien te falle, / pero yo siempre estoy ahí”, quizá con tanto feminicidio mexicano en mente, salió de su escenario, blanquísimo, y se perdió en la noche.

Mariposa con casco de biker y alas rojas de sexo, fiereza y libertad.

“Tra-trá”.

Foto: Marcelo del Pozo / Reuters.

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