«Pinocho» catapulta la animación tapatía

«Pinocho» catapulta la animación tapatía

– Edición 492

Imagen promocional de «Pinocho» de Guillermo del Toro. Fotos: Netflix

Un equipo formado por aproximadamente 40 profesionales, entre ellos varios egresados del ITESO, trabajó sin descanso durante más de un año para animar alrededor de cinco minutos de la cinta, suficientes para poner a Jalisco en el mapa de la animación mundial

Minutos después de anunciarse la nominación de Pinocho en la categoría Largometraje de Animación para la edición 95 de los premios Oscar, Guillermo del Toro acudió a su cuenta de Twitter para agradecer a quienes participaron en tan ambicioso proyecto. Pero, pudiendo reconocer a Netflix por su inversión, a su codirector Mark Gustafson o a los actores que prestaron sus voces, su aplauso estuvo dedicado más bien a un pequeño grupo de profesionales que, con gran esfuerzo y creatividad, fue responsable de animar una pequeña parte de la cinta en Guadalajara.

“Un abrazo de nominación al Taller del Chucho y a toda la banda stop-motion en Guadalajara. Llevamos décadas juntos, y lo que sigue… El trabajo y amor que se le dio a Pinocho debe continuar”, rezaba el mensaje del cineasta tapatío.

Toda una obra de arte que tomó 15 años llevar a su culminación, Pinocho había cosechado hasta ese momento un Golden Globe y un Critics Choice Award, precisamente como Mejor Película Animada, y se perfilaba como la gran favorita en esta categoría de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Desde su estreno en 2022 (primero en cines, en noviembre, y después en Netflix, el 9 de diciembre), la cinta ha sido aclamada por el público y la crítica gracias a su historia, su música y sus actuaciones, pero, sobre todo, por la calidad y el grado de detalle logrado en la animación cuadro por cuadro, conocida como stop-motion.

Sergio Valdivia

El responsable de esta meticulosa tarea fue ShadowMachine, el estudio ubicado en Portland, Oregon, que se volvió famoso por las series animadas Robot Chicken y, más recientemente, BoJack Horseman. Pero Pinocho no se realizó por completo en sus instalaciones. Una pequeña parte estuvo a cargo de un equipo tapatío, impulsado por el propio Guillermo. Y esta decisión no fue algo fortuito.

Conocedor y amante de la animación stop-motion desde su juventud, Guillermo siempre había estado muy atento a lo que sucedía en su ciudad natal y tenía perfectamente identificados a los jóvenes que mostraban talento y una facilidad excepcional para esta difícil técnica. Eran siete realizadores a los que tenía en la mira desde varios años atrás, todos con una amplia trayectoria en cortometrajes y otros proyectos animados: Rita Basulto, Sofía Carrillo, Luis Téllez, Juan Medina, León Fernández, Karla Castañeda y René Castillo —los dos últimos, orgullosamente egresados de Ciencias de la Comunicación del ITESO—.

Resuelto a impulsar el talento tapatío, Guillermo decidió que la mejor forma de lograrlo era, precisamente, configurando una segunda unidad en Jalisco para Pinocho. Se trataba de una decisión hasta cierto punto riesgosa, pues ShadowMachine podía hacer toda la película y garantizar su calidad, mientras que el equipo mexicano en realidad no tenía experiencia en largometrajes stop-motion.

René Castillo

“Guillermo creía en nosotros, en cada uno de estos siete del grupo. Él nos dijo: ‘Las imágenes más bonitas de animación que he visto de Latinoamérica son de Guadalajara y las hicieron ustedes, así es que vamos a hacer este equipo’”, recuerda René, cuyos cortometrajes en stop-motion Sin Sostén (1998) y Hasta los huesos (2001) ganaron más de 50 premios internacionales.

Con talento de sobra, lo que faltaba era infraestructura, por lo que el director jalisciense se unió a la Universidad de Guadalajara para crear un estudio de animación especializado en stop-motion de primer mundo, que sería bautizado como el Taller del Chucho. Se adaptó una serie de bodegones cuya superficie total es de 7 mil metros cuadrados y que se ubican al norte de la ciudad; ahí se albergó todo el equipo y los servicios necesarios para hacer producciones de la más alta calidad, con la intención de que la infraestructura quedara a disposición de la comunidad de animadores una vez concluido el trabajo en Pinocho.

Éste fue el hogar de un equipo formado por aproximadamente 40 profesionales de distintos perfiles, que trabajaron sin descanso durante más de un año para animar alrededor de cinco minutos, un tiempo que podría parecer pequeño contra los casi 120 minutos que dura la película, pero que fue suficiente para poner a Jalisco en el mapa de la animación mundial.

León Fernández

Un reto mayúsculo

Identificar las secuencias hechas en Guadalajara es sencillo: sólo hay que buscar a los conejos negros, encargados de cuidar las almas de los que mueren, mientras juegan a las cartas. Originalmente se tenía planeado que hicieran tres secuencias —que son las veces en que Pinocho muere en la película—, pero gracias al gran desempeño del equipo mexicano, se decidió encomendarle una cuarta para el cierre del filme, cuando Sebastián Grillo termina de contar la historia de Pinocho a sus cuatro amigos peludos, antes de dar paso a los créditos finales. Todas estas escenas son bastante complejas desde el punto de vista de la producción, pues tanto Pinocho como su fiel compañero no sólo platican e interactúan con los conejos, sino que cantan y el segundo incluso baila.

Consciente de que, aun con su experiencia, el trabajo no sería nada sencillo, el equipo arrancó la preproducción del filme en septiembre de 2020 y el banderazo de salida a la producción se dio oficialmente en enero de 2021, con la pandemia de covid-19 en todo su apogeo, para concluir en abril de 2022.

Juan José Medina y Karla Castañeda

Por supuesto, todos “Los 7” —como se conoce a los protegidos de Guillermo— estuvieron involucrados en distintos frentes: Karla y Juan se quedaron como directores de arte (set dressing y set construction, respectivamente), León fue responsable de las marionetas, Rita en la dirección de fotografía y Sofía como encargada de vestuario, mientras que René y Luis quedaron como animadores senior.

Además de Karla y René, otros cuatro egresados del ITESO se sumaron a la producción de Pinocho: Vanessa Romo como coordinadora de producción, David Mancillas como operador de motion control y asistente de cámara, Cecilia Lagos en arte (set dresser/scenic) y Michel Amado como lighting camera operator.

Todos ellos estuvieron en la unidad de Guadalajara, excepto Michel, quien se integró al proyecto por un camino diferente y trabajó directamente en Portland, con la producción principal de la película. Egresado de Ciencias de la Comunicación, con más de 20 años de experiencia en cinefotografía, Michel recibió una invitación personal de Frank Basinger, director de fotografía en Pinocho, con quien había cultivado una relación de amistad y mentoría desde varios años atrás.

Mayreni Senior

Al frente del equipo, como supervisora de producción estaba Estrella Araiza, actual directora del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) y de la Cineteca FICG, quien ya había trabajado con Guillermo en la exposición En casa con mis monstruos, que tuvo lugar originalmente en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara en la segunda mitad de 2019, así como en la creación de la beca Jenkins-Del Toro, dedicada a apoyar la formación y la profesionalización de jóvenes cineastas mexicanos.

“Al trabajar con Guillermo tú quieres ser como su soldado, que todo el trabajo salga bien, demostrar que eres eficiente”, comenta Estrella, quien, a pesar de no haber estado antes involucrada directamente en una película de animación stop-motion, aprovechó toda su experiencia en la producción de otros proyectos audiovisuales y del propio FICG.

Trabajar en un proyecto de este nivel supuso un verdadero reto para el equipo, sobre todo por el hecho de haber estado supervisados por un estudio tan emblemático como ShadowMachine.

Pinocho reunió a los mejores de esta técnica de todo el mundo y fueron súper generosos con nosotros, realmente todo el tiempo había una actitud de acompañarnos en nuestro viaje. Aunque todos somos animadores y todos conocíamos nuestro trabajo, nadie tenía experiencia en una producción así de grande”, comenta René.

Luis Téllez

Por esta razón, antes del inicio de la producción se coordinó un programa de capacitación por parte de expertos en diferentes áreas y tecnologías, incluido un curso de Dragonframe, el software estándar en el mundo para animación stop-motion, usado en películas como Frankenweenie, Coraline, The Boxtrolls y ParaNorman.

Al igual que algunos de sus compañeros, David tenía experiencia en producciones de live action, pero no en stop-motion, lo que implicó un arduo proceso de preparación para cumplir con su función: crear los movimientos de cámara que le permitieran al director narrar la historia exactamente como la visualizaba.

“Fue algo muy retador, tuve que aprender sobre la marcha una profesión de alta especialización, pero de la mano de gigantes de la industria, personas muy generosas que me guiaron durante todo el proceso y quitaron el peso de la inexperiencia y le sumaron a la emoción de aprender algo nuevo”, recuerda el egresado de la primera generación de Comunicación y Artes Audiovisuales del ITESO.

Karla Castañeda

Durante la producción, todos los involucrados en Guadalajara tenían contacto directo con las cabezas de las diferentes áreas en Estados Unidos, que les daban instrucciones y retroalimentación para garantizar que cada imagen fuera perfecta.

“Había toda una serie de pasos antes de animar el shot final. Esto te permitía ensayar tu escena, revisarla, tener feedback, no sólo de Guillermo, sino de todo el equipo”, comenta René, al recordar que en cada reunión había una decena de personas revisando con lupa cada cuadro en 4k. Si no estaba Guillermo, siempre participaban el codirector, Mark Gustafson, y los directores de animación, fotografía, vestuario, efectos visuales, etcétera.

“El principal reto fue lograr la misma calidad de lo que se estaba haciendo en Portland. Trabajamos muy bien coordinados con el equipo de foto y de animación para que todo fluyera óptimamente y así lograr cumplir con los calendarios”, recuerda Cecilia, cuyo trabajo consistía en armar, pintar y montar los ataúdes en el set, además de retocar y colocar todos los muebles y los props necesarios.

Aunque, ciertamente, había algo de nervios entre algunos líderes del equipo mexicano con respecto a la calidad que se podría alcanzar, al final el éxito del trabajo se redujo a algo muy sencillo: es imposible notar la diferencia entre los planos hechos en México y los de Estados Unidos.

“Ellos estuvieron muy contentos con los resultados que nosotros estábamos dando y también con nuestras propuestas y soluciones”, recuerda Estrella, al destacar que desde México se resolvieron algunos detalles que, incluso, fueron adoptados en la producción principal.

“Fue pura magia. Como con todas las cosas que valen la pena en esta vida, hubo momentos luminosos y momentos sombríos, pero con la seguridad de que cada uno de nosotros estaba tallando un poquito de madera de la película más bonita de animación jamás hecha”, complementa Vanessa.

Beneficios incalculables

Además del entrenamiento que recibieron, la oportunidad de trabajar con los maestros del stop-motion fue, sin duda, el principal beneficio para los profesionales mexicanos.

“Para mí fue una experiencia como de una especie de concentración, donde todos los días practicaba iluminación y al lado de mí estaban los mejores maestros para que esos planos se hicieran mucho más poderosos”, recuerda Michel.

Rita Basulto

Algo similar le sucedió a René: “Yo sabía que iba a ser un doctorado en dirección y en animación. Era la escuela más grande e increíble a la que puedes aspirar […] Creo que todos crecimos, cada uno en nuestras áreas, en la forma de trabajar. Y, sobre todo, algo que siempre nos ha faltado: dinero y tiempo. Hemos hecho las cosas siempre con pocos recursos, con poco equipamiento, con poco tiempo, y aquí teníamos todo. Era un sueño”.

Los beneficios de Pinocho van mucho más allá del crecimiento profesional de los participantes, pues ahora Guadalajara tiene todo para ingresar a la corta lista de lugares emblemáticos de la animación stop-motion en el mundo, encabezada por Portland, con estudios como ShadowMachine y Laika, y Bristol, Inglaterra, con Aardman Animations.

Si se toma en cuenta a las industrias creativas, que cobijan a la animación y a los efectos visuales para cine y televisión, las aplicaciones multimedia y el desarrollo de videojuegos, en realidad Guadalajara tiene una historia de éxito que se ha prolongado por muchos años. Son decenas las empresas especializadas en animación y medios creativos que aprovechan los beneficios de Jalisco para prosperar, incluidos estudios como Metacube, Amber, Frame, Over Pixel, Bromio, Exodo, Polar Studios, Demente, Ffframe, Ool Digital, Semillero y Urbano Medialabs, que ofrecen servicios externos y también desarrollan proyectos propios.

La academia también está haciendo su parte, pues hoy en día prácticamente todas las universidades en Jalisco —incluido el ITESO— ofrecen al menos una licenciatura, una ingeniería o un posgrado relacionado con animación, arte digital, multimedia o videojuegos.

En este punto, comenta Michel, es necesario transferir el conocimiento obtenido por parte de los profesionales que participan en proyectos de clase mundial como Pinocho: “La gran oportunidad es que hagamos crecer esta industria a partir de esta especialización del conocimiento y, sobre todo, poner en las manos de los que vienen estos puentes de información para que no los tengan que construir solos”.

Sofía Carrillo

Todo esto no podría funcionar sin la participación del gobierno, que afortunadamente ha reconocido el valor de las industrias creativas, por lo que instrumenta diversas iniciativas para impulsar su crecimiento. Y quizás el mejor ejemplo sea la política pública Filma Jalisco, que busca atraer producciones nacionales e internacionales hacia nuestra entidad, al ofrecerles incentivos económicos, acceso a talento e infraestructura.

Por lo pronto, la experiencia de Pinocho ha dejado en claro que Guadalajara está al nivel que se necesita para albergar cualquier producción audiovisual, gracias a todo este respaldo de talento, infraestructura e incentivos. “Evidentemente, la experiencia de los que trabajamos ahí suma a todo este caldo maravilloso, pero también lo fascinante es que Guadalajara estaba a la altura y todo lo que pudo ser comprendido se comprendió, se usó y, además, se estrecharon lazos con otro estudio, que es ShadowMachine, con Netflix, etcétera. Guadalajara se vuelve un punto importantísimo en el mapa. Y no sólo la ciudad: el Taller del Chucho, la industria de la animación y la gente que trabaja aquí”, concluye Michel.

Michel Amado

El Pinocho de Guillermo del Toro las virtudes de la desobediencia

Por Hugo Hernández Valdivia

En más de una entrevista, Guillermo del Toro ha revelado cuándo nació su interés en Pinocho. Cuenta que en su niñez vio la película con su mamá y le provocó “un gran miedo” (para un niño con su temperamento, la infancia era “escabrosa”), pero también contribuyó a fortalecer el vínculo con ella.1 En esos tiempos surge el propósito de hacer su propia versión cinematográfica, que comenzó a tomar forma hace dos décadas y se fue concretando cinco años después, y cuyo proceso de realización inició en 2018. En todo este tiempo, el proyecto se fue enriqueciendo con la experiencia, dentro y fuera del cine, del realizador tapatío: en Pinocho de Guillermo del Toro (Guillermo del Toro’s Pinocchio, 2022) es posible reencontrar temas y elementos estilísticos que aparecen en una buena parte de su filmografía. Así pues, si su versión se aleja en puntos medulares del relato original —en particular en lo que supone ser humano y ser un buen hijo—, se inscribe de manera natural en la obra de Del Toro. Aún más: la cinta representa un hito en su carrera, así como un suceso memorable para la industria del cine y, como veremos, no sólo por tratarse de su primer largometraje animado.

La más reciente entrega del cineasta —codirigida con el estadounidense Mark Gustafson— se inspira en Las aventuras de Pinocho, la célebre obra literaria de Carlo Collodi publicada por entregas, por primera vez, en un periódico infantil italiano entre 1881 y 1883. La historia, que los realizadores ubican alrededor de 1930, en pleno ascenso fascista, da cuenta de las vicisitudes del personaje epónimo, una marioneta de madera que recibe la chispa de la vida. Ha sido creada por el carpintero Geppetto para llenar el hueco que dejó su difunto hijo Carlo, un chamaco calmo y obediente. Pinocho no es ni lo uno ni lo otro: curioso y voluntarioso, traza su propio camino y mete en problemas a su “padre”. Aún más cuando inicia una aventura con el ventajoso Volpe, quien lo exhibe como la atracción principal de su feria itinerante.

Del Toro y Gustafson entregan una cinta fascinante. Para empezar, por la artesanía. La calidad del movimiento es notable, de una fluidez plausible y un mérito técnico extraordinario, pues la cámara también se mueve a menudo (como tanto le gusta a Del Toro): es emocionante ver “la mano del animador” (aunque en algunos momentos se materializa una paradoja: el movimiento pareciera un tanto artificial porque es demasiado limpio). Recordemos que estamos ante una producción en stop-motion (cuadro por cuadro), realizada con marionetas que poseen estructuras que les permiten adoptar diferentes posiciones fijas que, paso a paso —modificadas por el arte de un animador— dan forma a acciones continuas. Gracias a un meticuloso trabajo de vestuario y maquillaje, las marionetas son caracterizadas con asombroso detalle para dar vida, con matices físicos realistas, a personajes que así adquieren rasgos singulares. El resto de la puesta en escena no es menos lucidor: los escenarios dan más que verosimilitud a la época y las geografías (el pueblito en donde se ubica la historia es maravilloso); la luz matiza emociones y, en algunos pasajes, hace presentes algunas dosis de oscuridad (con todo, la cinta dista mucho de ser oscura). En la banda sonora brillan las composiciones musicales de Alexandre Desplat: piezas realizadas con instrumentos de madera y, como acontece en el cine infantil, también aparecen algunas canciones (¡ay!).

Tanto prodigio visual y sonoro es provechoso para retomar y ampliar algunos temas que habitan la filmografía del tapatío. Y si en el origen de Pinocho está la madre, en adelante sus películas llevan al padre, como comenta el realizador en el detrás de cámaras: “Casi todas mis películas, de algún modo, se tratan de mí y de mi padre, y ésta no es la excepción”. No es raro, así, percibir ecos de El laberinto del fauno (2006), en la que también cobra valor la desobediencia, y que, como en ésta (lo mismo que en Cronos, Mimic y El espinazo del diablo), el padre es casi un venerable abuelo que se ve obligado a la aventura. En Pinocho, la filiación y la paternidad no sólo se desarrollan, sino que se problematizan, se fundamentan. El nexo entre padres e hijos se explora de forma excepcional, justo es subrayar, pues Del Toro lo presenta como un puente de ida y vuelta al que la reciprocidad del amor, la comprensión, le da fortaleza. Por una parte, el hijo manifiesta su necesidad de ser amado y reconocido, sobre todo cuando cree (o constata) que no llena las expectativas de sus padres. Pero a pesar de más de un exabrupto y un desencuentro, el cariño paterno no deja de estar presente; Sebastian Grillo dice: “Todos los padres quieren a sus hijos, pero a veces los papás se sienten abatidos, como cualquier otra persona, y dicen cosas que sólo creen que sienten en ese momento”. Geppetto, por su parte, entiende que su duelo por Carlo y su actitud controladora son puro egoísmo; y la aventura que vive, así como ver crecer a Pinocho, le permiten ir más allá de sí mismo y sus necesidades.

Otro tema valioso que se aborda es la construcción de la identidad en la adversidad, la ruta por la que la libertad se traduce en desobediencia. Del Toro es bastante didáctico y enfático: con rebeldía y alegría Pinocho se va formando como ser humano, el ser humano que él decide ser (y es amado por quien es, lo cual es muy relevante para el realizador), a pesar de las constantes demandas de obediencia, tanto en casa (los regaños de Geppetto) como en la calle (la propaganda fascista manda: “Creer, obedecer, combatir”). Incluso la feria, en la que cabría pensar como un universo lúdico y liberador y que con irreverencia se anuncia sobreponiendo una manta gigante a la propaganda, es dirigida por un empresario explotador que también exige obediencia. Hacia el final, no obstante, se presenta otra paradoja: Pinocho rompe la ley porque le dicen que lo haga; es decir, obedeciendo desobedece.

Pinocho aborda con originalidad la libertad y la identidad, pero en algunas ocasiones retoma con no mucha imaginación las convenciones de los géneros, del musical y del infantil. Como el uso de las canciones al estilo Disney, que abrevian la presentación de situaciones y personajes, cierto, pero también pueden ser digresiones que si bien aportan explicaciones útiles, no resultan tan afortunadas, como cuando Volpe confiesa su ambición de recuperar un pasado glorioso. Asimismo, la cinta no está exenta de maniqueísmo y moralina: el empresario ferial es un villano irredimible, es un malo muy malo; en la conclusión se dice que Pinocho merece vivir porque es “bueno” (en el mentado detrás de cámaras Del Toro dice que es “puro”, que no es lo mismo), lo cual vale para que regrese de entre los muertos, como en hartas entregas del estudio del ratón Miguelito. La pureza (o bondad) tiene, eso sí, un expansivo efecto positivo, pues Pinocho consigue que casi todos los que con él conviven cambien y sean mejores personas. Por otra parte, por medio del grillo narrador se hace alusión directa a Arthur Schopenhauer, mas la filosofía del alemán no tiene mayores consecuencias ni repercusiones en la cinta.

Estamos, en conclusión, ante una película extraordinaria (a nadie habrá de extrañar los tantos premios que ha cosechado) que ofrece sustancia y atractivos para públicos de diferentes edades, como otrora lo hacían las cintas de Pixar. Todos, aventuro, habrán de encontrar buenos pretextos para el goce, para la fascinación.

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