Para leer con la ventana abierta

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– Edición 487

Retrato de Adolfo Bioy Casares, autor de “El sueño de los héores”

El calor puede tener una importancia capital para marcar en el recuerdo nuestra comprensión de un carácter o de una circunstancia vital. Lo supo, por ejemplo, Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas.

¿Cómo funcionaría un observatorio meteorológico que advirtiera sobre las condiciones climatológicas de un libro? Debería tomar en cuenta, desde luego, cuánto sol o cuántas nubes habrá, qué vientos soplarán, a qué tempestades podrá enfrentarse el lector desprevenido. Y, en todo caso, ¿qué tan acertados serían sus pronósticos? Porque, en literatura, lo cierto es que el frío o el calor que experimentamos no siempre tiene que ver con las condiciones atmosféricas en que se desarrolle una historia. A veces, la temperatura puede ascender a todo lo largo del termómetro por otras razones: el desenfreno de los cuerpos, la ira inflamable, la pasión, la mera tensión narrativa…

Considerado como un elemento escénico en la novela, el calor puede tener una importancia capital para marcar en el recuerdo nuestra comprensión de un carácter o de una circunstancia vital. Lo supo, por ejemplo, Joseph Conrad, al contar la incursión del capitán Marlow en las entrañas de ese inframundo que es el África en guerra, en pos de dar con Kurz, cuya demencia es aun peor en el calor insoportable de su reino de horror, en El corazón de las tinieblas. O lo supo también Juan Rulfo, con la elocuente y memorable descripción del calor que hace en el universo que creó: “Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija”.

El ardor

Narda o El verano, de Salvador Elizondo (FCE).

¿El calor es la causa de que el verano sea el tiempo más propicio para la exacerbación del deseo? Seguramente responderían que sí los dos amigos que han viajado de vacaciones a un pequeño puerto mediterráneo y allí han descubierto a Narda, la enigmática mujer por cuyo favor terminarán compitiendo. En esta breve historia, Salvador Elizondo hizo caber a la vez el misterio inmenso del impulso erótico y la desoladora constatación de que el amor, a veces, no es sino el deficiente disfraz de ese impulso. El calor termina venciendo, y del modo más terrible —aunque en los rescoldos que deja quede brillando perdurablemente la belleza. 

Al sol

El extranjero, de Albert Camus (Alianza).

No es, seguramente, el mejor argumento para su defensa, pero es el único que tiene. Aunque tampoco está claro que pretenda justificarse. En todo caso, en la exposición de hechos que debe rendir ante el juez que podrá enviarlo a la guillotina, Mersault se limita a aducir que hacía calor la mañana en que, durante una caminata por la playa, disparó a un desconocido que venía hacia él. Su aparente indiferencia por lo que hizo y por el destino que le espera resulta incomprensible, aunque, por lo visto, para él no es más que una mera forma de ser, tan válida como cualquier otra para pasar por esta vida y salir de ella. Tan natural como el calor de aquella mañana de su crimen.

Los milagros no se recuperan

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares (Random House).

Entre la embriaguez y la euforia, el carnaval de 1927 acoge a Emilio Gauna y a sus amigos envolviéndolos en una vorágine de estímulos para los sentidos, una percepción de la realidad a la vez intensificada y disuelta por un calor enloquecedor (“Hacía un calor que ya la gente se reía”). En el difícil empeño de recuperar un recuerdo preciso, Gauna, que también distingue borrosamente una pelea a cuchillo, se obstina en la visión de una mujer enmascarada, y tres años después se propondrá recrear esa noche. El recuento de la aventura de Gauna es, con La invención de Morel, otra de las cumbres de un autor para quien la vivencia de lo fantástico es inseparable de la existencia de cualquier hombre.

Contra el calentamiento

Solar, de Ian McEwan (Anagrama).

El físico inglés Michael Beard, laureado en Estocolmo por haberle enmendado la plana nada menos que a Albert Einstein, ve reventar su quinto matrimonio en una explosión de deslealtad y frustración, y en esas está, contemplando cómo se le escapa lo último que le queda de juventud, cuando se suma a una excursión al Polo Norte a fin de atestiguar in situ los efectos más visibles del calentamiento global. Se trata de la hilarante y feroz historia de un apóstol de la ciencia en su lucha (inservible) por salvar al planeta, recalentado por el combustible inagotable de toda nuestra frivolidad, nuestra codicia, nuestro cinismo y nuestras ilusiones más ridículas.

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