“Papelito habla”
Juan Nepote – Edición 513

Hemos hecho una de las mayores industrias alrededor del papel, rebosante de grandes personajes, historias truncas y decepciones, y que ahora tiene una influencia determinante en términos ambientales
La historia del papel parece más antigua y profunda que la historia de la humanidad. “Somos papel, sin él no somos: escribimos en él, nos comunicamos gracias a él, viajamos en él, leemos, nos leen”, escribieron Arnoldo Kraus y Vicente Rojo, quienes supieron habitar el papel como pocos, en su exquisito libro Apología del papel, donde reflexionan sobre la presencia e influencia de ese pedazo de materia, que parece poca cosa, y que ordena y da cuerpo a nuestras ideas, nuestros deseos y sueños: “Somos papel. Habitarlo fortalece. Quien escribe por oficio o placer, al hacerlo, se desdobla, se retrata a sí mismo. Los papeles escritos para mirar y mirarse son, Freud lo sabe, un alter ego”.
De la diversidad incontable de papeles —que pueden organizarse por gramaje, volumen, espesor, rugosidad, opacidad, por usos y funciones, por costos— podemos hacer listas sin fin: papel membretado, brillante, moneda, reciclado, fotográfico, adhesivo, cuché, prensa, cartón, térmico… a lo que Kraus y Rojo suman una sugerente verdad: “Las crónicas sobre el papel son hermosas, largas. Las notas previas retratan su largo camino. Muchas culturas han dedicado esfuerzos y tiempo para crear y mejorar la calidad y los tipos de papel. Los antiguos egipcios y chinos quedarían estupefactos si tuviesen la oportunidad de pasear hoy por alguna papelería: yo también quisiera pasear por los talleres de los antiguos egipcios y chinos: la emoción me desbordaría”.
Por eso no sorprende entender que hemos hecho una de las mayores industrias alrededor del papel, rebosante de grandes personajes, historias truncas y decepciones, y que ahora tiene una influencia determinante en términos ambientales. Esa parte de nuestra historia, que aún desconocemos mayoritariamente, nos la cuenta Hans Lenz en un libro monumental, publicado por Miguel Ángel Porrúa: Historia del papel en México y cosas relacionadas: 1525 – 1950.
Pero el papel también es un pequeño laboratorio científico que une química con física y matemáticas: al alemán Wilhelm Ostwald, ganador del Premio Nobel de Química en 1909, le debemos la iniciativa de buscar que los papeles que utilizamos para la mayor parte de nuestras actividades cotidianas respetaran unos formatos estandarizados, es decir que respetaran cierta similitud geométrica. La idea de Ostwald tenía que ver con aprovechar de mejor manera el espacio de almacenamiento de las bibliotecas. Luego, un colaborador suyo, en la segunda década del siglo XX, llevó esa idea al papel: Walter Porstmann creó la norma DIN 476, que posteriormente refrendó la Organización Internacional para la Normalización (ISO), creada en 1947 por más de 100 países, y cuya principal motivación es “aprovechar el papel al máximo de modo que se desperdicie lo mínimo posible”.
De tal suerte que en buena parte del planeta se utiliza el formato A4 como estándar para documentos impresos y fotocopiados, con unas medidas de 210 x 297 mm, resultado de una condición matemática: que la relación entre sus lados sea equivalente a la raíz cuadrada de 2, y que esa cantidad se exprese en milímetros, redondeando al entero inferior. El resto de los formatos de la serie a que se incluyen en la norma din guardan una relación proporcional entre sí, de manera que el A4 es el doble del A6, pero la mitad del A2, por ejemplo, lo que asegura que se conserve el contenido de lo que se imprime en papel, escalando sus dimensiones para escalar las impresiones. Estas mismas matemáticas delimitan la extensión de lo que escribimos a mano, condicionan nuestras ideas. (Aunque en México utilizamos el formato “carta”, que tiene cierta diferencia con el A4: 216 mm X 279 mm.)
“Leer en papel humaniza. Un libro subrayado es un libro único. Un recorte de periódico compartido es un fragmento de vida. Leer en papel humaniza: tocar, guardar, regalar”, nos recuerdan Kraus y Rojo.