Nuevas guardianas del Amazonas

Nuevas guardianas del Amazonas

– Edición 487

Foto tomada de la cuenta en Instagram de Alice Pataxó

Alice Pataxó, Nina Gualinga y Sonia Guajajara representan a tres generaciones de mujeres amazónicas cada vez más visibles gracias a las redes sociales; desde allí comparten sus luchas por preservar la forma de vida indígena y defender sus territorios de las industrias extractivistas

Nina Gualinga atesora los recuerdos de su infancia en la selva amazónica. Están poblados de árboles que ella trepaba con los pies descalzos, de cangrejos que encontraba debajo de las piedras y de meriendas a cielo abierto con su familia y amigos compartiendo sueños, historias y canciones sagradas. “Yo viajaba con mi abuelita por la selva, por el río, en una canoa. Tenía apenas cinco años, dejaba a mi mamá y a mi papá y nos íbamos navegando a palanca dos, tres, cuatro días. Veía tortugas, peces grandes, pájaros, escuchaba a mi abuela contar cómo era la vida cuando ella era pequeña. Al caer la noche, comíamos pescado fresco con plátano asado. En la oscuridad sólo podías ver las estrellas y escuchar a las aves nocturnas y a las ranas cantar en coro la música de la selva”.

La defensora del pueblo kichwa de Sarayaku, en la provincia de Pastaza, Ecuador, también recuerda con claridad —y lo narra en una charla de la plataforma TEDx— el día en que supo por primera vez que su hogar y su forma de vida estaban amenazados. Tenía unos ocho años cuando vio llegar hasta su aldea a un hombre alto, flaco, calvo y pálido que se presentó como empleado de la petrolera argentina CGC.El foráneo reunió a la comunidad para hablar de los múltiples beneficios que tendría la extracción de petróleo crudo en su territorio. Las primeras respuestas de las mujeres, en lengua kichwa, quedaron grabadas en la memoria de Nina: “Regresa a tu tierra, déjanos en paz, no necesitamos explotación petrolera”. La compañía les ofrecía un total de 10 mil dólares, que en una comunidad de mil personas significaba apenas 10 dólares para cada una. “Hasta yo, que era una niña pequeña, sabía que eso no era un buen trato. Después de esa reunión sentí una ira en mi vientre que sólo puede sentir una niña a punto de ver su futuro en pedazos”, cuenta Nina Gualinga, ahora de 29 años. 

El hombre insistió. Les ofreció servicios de salud, de educación y otros beneficios cada vez más atractivos, pero los líderes comunitarios sabían que todas eran promesas destinadas a no cumplirse. La activista recuerda que, al poco tiempo, llegó a vigilarlos un conjunto de militares ecuatorianos, que luego amenazó, persiguió y torturó a varios miembros de la aldea. A pesar de la resistencia de la etnia kichwa, la empresa inició las fases de exploración petrolera, sembrando mil 400 kilos de pentolitas, o explosivos de alto poder, en varios puntos del territorio. Se generó una situación de riesgo para la población, en particular para los hombres que se desplazaban largas distancias para cazar.

Al ser hija de madre kichwa y padre sueco, Nina y su familia pasaban algunas temporadas en la Suecia rural, y desde allí seguían con preocupación las noticias de la invasión de Sarayaku: “Como una niña que amaba mi tierra, el tiempo en Suecia fue insoportable. Nadie más entendía mi realidad. Allí todo mundo estaba bien, pero yo no podía dormir por las noches, y rezaba y pedía a la Tierra que por favor las compañías no destruyeran mi comunidad”. Los líderes de Sarayaku decidieron tomar acciones legales contra el Estado ecuatoriano. El caso llegó hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos que, en 2012, falló a favor de la gente kichwa y ordenó a Ecuador retirar los explosivos.

Para entonces, Nina ya se había convertido en una vocera de la Amazonía. Como adolescente reconoció que tenía una posición privilegiada para hacerse escuchar, al encontrarse entre dos mundos: el indígena y el occidental. Así, comenzó a contar lo que pasaba en su aldea escribiendo artículos, apareciendo en documentales y, más recientemente, compartiendo fragmentos de su vida y su lucha por medio de las redes sociales, en particular Instagram, donde tiene más de 93 mil seguidores. En sus fotografías suele aparecer con el rostro pintado con las líneas geométricas distintivas de los kichwa. Ha compartido con sus seguidores las diversas etapas de su maternidad y varios momentos con su pequeño hijo, Tiam. Nina Gualinga retrata la cotidianidad y las costumbres de su gente, pero también sus viajes por el mundo como abogada de la selva.

Nina Gualinga

Hace tiempo que participa en las cumbres internacionales del clima, incluida la última, la COP26, ocurrida en noviembre de 2021 en Glasgow, Escocia. “Empecé a entender cómo se conectaba nuestra historia con el resto del mundo, y el rol del cambio climático en todo esto. Me di cuenta de que lo que sucedió en mi comunidad no era un hecho aislado, sino sistemático, estructural; es la forma en que el mundo occidental está construido: se basa en el sufrimiento de la gente, en la destrucción del medio ambiente, en la falta de respeto por los derechos humanos básicos”, dice Gualinga en un inglés fluido en el pódcast Artipoppe. “Nosotros tuvimos éxito en echar a los invasores, pero en el Amazonas hay muchas historias de éxito y muchas de destrucción”, añade.

Consciente de que la forma de vida indígena y su resistencia contra mineras, petroleras, madereras e hidroeléctricas es también una forma de proteger a la Tierra, Gualinga se unió a la asociación Mujeres Amazónicas, que congrega a defensoras de distintas etnias. Además, en fechas más recientes comenzó a alzar la voz contra la violencia de género, ya que la sufrió ella misma en la relación con el padre de su hijo. “Decidí hablar al respecto porque es un asunto muy importante, que está invisibilizado y a la vez muy presente”, contó en Artipoppe. “No importa si es en Europa, en América del Sur, si eres indígena o no, la violencia contra las mujeres también es estructural y sistemática, y es tolerada por la sociedad. […] Quiero trabajar para recuperar nuestros territorios y los cuerpos de las mujeres indígenas, para que estén libres de violencia”.

A más de cuatro mil kilómetros de la comunidad de Nina Gualinga, otra joven defensora, Alice Maciel de Souza, sufrió uno de los tantos despojos a territorios indígenas en la Amazonía. La joven de la etnia pataxó, una entre más de 300 que existen en Brasil, tenía 15 años cuando fue testigo de cómo la policía federal destruyó con excavadoras la totalidad de su aldea, Araticum, en el extremo sur del estado costero de Bahía. Unas 15 familias, incluida la de Alice y su madre, fueron expulsadas y tuvieron que encontrar un nuevo sitio para vivir.

“Perdí mi casa y a mi comunidad; hubo muchos conflictos. Como niña y adolescente tuve que vivir la fuerza policial llevándonos lejos de nuestro hogar. Fue una época muy complicada”, ha relatado en diversos medios Alice Pataxó, como es conocida en las redes sociales. “En ese momento comprendí que mi lucha era importante; me surgieron una fuerza y una indignación que no sabía que tenía. La Alice activista nació allí”.

Cristian Wari’u.

Ahora tiene 20 años y más de 130 mil seguidores en Instagram, más de 100 mil en Twitter y 80 mil en TikTok. Abrió sus cuentas para hablar de su experiencia y transmitir conocimientos sobre la cultura pataxó. Y, hoy en día, la creación de contenidos digitales se ha convertido en su principal fuente de ingresos, promocionando ciertas marcas en algunas de sus publicaciones. Sus fotografías de Instagram muestran la belleza del entorno y de la indumentaria de su etnia; Alice aparece a menudo en bikini, con la pintura tradicional pataxó, penachos de plumas y joyería artesanal hecha de cuentas multicolor. En sus mensajes de Twitter adopta una postura más política, denunciando la vulnerabilidad con la que vive su gente en el Brasil de Bolsonaro. En sus videos de TikTok desmitifica con humor los prejuicios acerca de los pueblos indígenas. Además, habla abiertamente acerca de su orientación bisexual, sumando a sus causas la lucha de la comunidad LGBT+.

“Nosotros no somos indios, porque no somos de la India. Somos indígenas, los habitantes naturales de un territorio desde mucho tiempo antes de la colonización”, dice Alice mirando a la cámara del teléfono mientras produce uno de sus videos con fines didácticos. En otra intervención señala: “Ya no quiero escuchar que los indígenas roban tierras, que somos aborígenes o salvajes, o que soy menos indígena porque uso ropa, porque voy a la universidad, porque soy lgbt o porque uso un teléfono celular; ésas son las cosas que más detesto oír”. En la actualidad, Alice vive en la ciudad de Porto Seguro, donde estudia la carrera de Derecho.

Ella también estuvo presente y dio un breve discurso en la cumbre climática de Glasgow. Más concretamente, en su versión juvenil, la COY16, a la que asistió junto a una delegación de indígenas brasileños. Tras una corta introducción en su lengua natal pataxó, la joven cambió al portugués: “El fuego quema la selva y nuestras casas, ¿cómo podemos confiar en un futuro donde no podemos respirar, donde nos limitamos a consumir y a ignorar la destrucción? Hoy vivimos con una filosofía equivocada, basada en garantizar, consumir y acumular bienes. Al vender nuestra naturaleza destruimos nuestra casa”.

La participación de Alice en la conferencia climática fue destacada por la activista pakistaní y Premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai, quien pidió a sus seguidores estar atentos al trabajo de Alice y de otras jóvenes activistas ambientales. Desde 2020, Alice Pataxó es becaria de un proyecto financiado por la Fundación Malala en Brasil, dedicado a la formación de niñas y mujeres jóvenes que luchan por la defensa de sus derechos.

Tukuma Pataxó

Como Alice, otros jóvenes indígenas brasileños que usan el nombre de su etnia como apellido han creado sus propios espacios en las redes sociales para comunicarse con el mundo sin necesidad de intermediarios. Desde lo profundo de la selva, con teléfonos seminuevos e internet satelital, muestran en cada publicación el orgullo que sienten de pertenecer a sus comunidades. Lo anterior se vuelve crucial en el actual contexto político de Brasil, cuyo presidente, Jair Bolsonaro, llegó al poder denostando a los pueblos originarios. “Los indios no hablan nuestro lenguaje, no tienen dinero, no tienen cultura. Son pueblos nativos. ¿Cómo llegaron a tener el 13 por ciento del territorio nacional?”, se preguntaba el actual líder en 2015, cuando aún era diputado.

Tukuma Pataxó, Cristian Wari’u o Daiara Tukano son algunos de los activistas indígenas cada vez más populares en las redes sociales. Pero uno de los mayores fenómenos virales es Cunhaporanga Tatuyo, una chica de 22 años con más de 6 millones de seguidores en TikTok. El pueblo tatuyo vive a orillas del río Negro, en un lugar remoto al que sólo se puede llegar en canoa.

De acuerdo con The Washington Post, Cunhaporanga comenzó a usar TikTok en los comienzos de la pandemia de covid-19 y en poco tiempo se volvió una estrella de esa red. Sus contenidos no son precisamente políticos; más bien reflejan escenas de su vida cotidiana, muchas de las cuales resultan extraordinarias para sus seguidores. La popularidad de la joven estalló cuando se grabó en un video comiendo larvas vivas con harina de yuca, uno de los platillos más habituales en su aldea. Cunhaporanga Tatuyo baila junto al río las canciones que se vuelven virales en TikTok, pero a la vez da a conocer las costumbres y la sabiduría ancestral de su comunidad.

La llegada de la internet a los pueblos indígenas del Amazonas representa una “oportunidad importante”, dijo al diario estadounidense Beto Marubo, miembro de la etnia marubo. “Los brasileños no conocen a las personas indígenas, y de esta falta de información ha venido todo tipo de estereotipos terribles, como que los indígenas somos flojos, indolentes o infelices”.

La selva amazónica abarca más de siete millones de kilómetros cuadrados en Brasil y otros países vecinos. Es el bosque tropical más grande del planeta y una de las regiones más biodiversas. Allí habitan, por ejemplo, más de 2 mil 500 especies de aves, que en total representan 20 por ciento de la población de aves del mundo. Es un ecosistema fundamental en la mitigación del cambio climático, pues su vasta vegetación absorbe más dióxido de carbono del que libera a la atmósfera. Más de 2.5 millones de personas indígenas habitan en la selva, y diversos estudios —incluido uno del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU— han mostrado que su presencia contribuye a reducir la deforestación ilegal.

Cunhaporanga Tatuyo

Otros factores, además de la tala, amenazan la conservación del así llamado pulmón de la Tierra. “Los incendios forestales y los macroproyectos autorizados por el gobierno que abren paso a los grandes cultivos, a las explotaciones a gran escala, como las de soya, la de caña de azúcar o la de eucalipto y la explotación minera”, menciona la defensora indígena Sonia Guajajara en una entrevista para el diario El País. Y añade: “Ningún gobierno ha visto como prioritarios los derechos de los pueblos indígenas, pero con Bolsonaro la situación se agrava mucho más. Tiene intereses en negocios propios que alientan la destrucción del medio ambiente. Es un momento muy grave. Si esto se prolonga durante mucho tiempo, no sólo Brasil se verá perjudicado, sino todo el planeta, porque si se destruye la Amazonía todos los pueblos se verán afectados”.

Sonia Bone Guajajara nació en el estado de Maranhão, en 1974. Tiene estudios de Letras, Enfermería y Educación Especial; está al frente de la Articulación de Pueblos Indígenas de Brasil, y fue la primera mujer indígena en ser candidata a la vicepresidencia, en 2018, como compañera de fórmula del candidato Guilherme Boulos, del Partido Socialismo y Libertad. Su trayectoria es un ejemplo de que la lucha por los derechos de los pueblos indígenas y la defensa del medio ambiente puede buscar espacios en las más altas esferas del poder. Su voz se ha escuchado en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en el Parlamento Europeo y en conferencias acerca del clima. Pero también en entornos más populares, como el festival de música Rock in Rio, cuando fue invitada al escenario por la cantante afroestadounidense Alicia Keys.

Su discurso no es distinto al de sus predecesoras más jóvenes: también reivindica el respeto a los derechos sociales, ambientales y a las culturas originarias. Aunque pertenece a otra generación, Sonia Guajajara se comunica con fluidez en las redes sociales, con casi medio millón de seguidores en Instagram y más de 100 mil en Facebook.

Sonia Guajajara

La defensora ha alzado la voz en múltiples ocasiones con respecto a las continuas amenazas que enfrentan los activistas ambientales, como ella misma. “En 2019, casi 90 por ciento de las muertes de defensores del medio ambiente en Brasil ocurrieron en la Amazonía. En menos de un año, mi propio pueblo, los guajajaras, perdió a cinco guardianes de los bosques, todos ellos asesinados”, aseveró en su discurso de aceptación del Premio Letelier-Moffitt de Derechos Humanos, en 2020.

Sonia Guajajara ha dicho que una de sus mayores misiones es que la sociedad reconozca el papel que tienen los pueblos indígenas para la preservación de la vida en el planeta. “Cuando nosotros, indígenas, hablamos de la naturaleza, se piensa que es algo primitivo y salvaje. Pero es el pensamiento de la gente el que es primitivo con respecto a los pueblos indígenas. Pocas personas entienden —o quieren entender— que todo está conectado y que la naturaleza proporciona todo. No vale tener dinero si no hay agua”, afirmó en una entrevista para Believe Earth. “Para nosotros, civilización es el comportamiento que tenemos en relación con la tierra. Para los no indígenas, es el desarrollo, el progreso. Es una inversión de comprensión. Para mí, somos el pueblo más civilizado que existe”. .

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