Nuevas formas de vivir la casa

Nuevas formas de vivir la casa

– Edición 483

Collage «Soñé un espacio de cuidados» de Alejandra Mariscal

Junto con las gigantescas transformaciones culturales y sociales que ha traído consigo la pandemia, también se han reconfigurado los ámbitos de lo doméstico. Por necesidad, en la mayoría de los casos, hemos debido adaptar nuestro espacio vital para otras muchas funciones. ¿Es un cambio que llegó para quedarse?

Cuando el virus SARS-CoV2 llegó a nuestras vidas, ya no pudimos salir de casa. A algunas personas incluso las “agarró” desprevenidas en un hogar que no era de ellas. De pronto estábamos refugiados en un espacio que, durante mucho tiempo y para gran parte de la población, había fungido sólo como un lugar para llegar a dormir, ver la televisión los fines de semana, eventualmente cocinar o hacer una reunión social. La llamábamos “nuestra casa”, pero la habitábamos sólo por unas horas. Sí, era nuestra casa, pero también una especie de “sala de tránsito”. La pandemia nos obligó a crear nuevos vínculos con nuestro espacio, o, en muchos otros casos, sencillamente, a establecerlos desde cero.

Ahora la casa no sólo era casa, ahora era dormitorio, escuela, aula, gimnasio, oficina, y también centro de actividades recreativas: cine, salón de juegos, motel. Ante nuestra imposibilidad de salir, tuvimos que adaptar cada espacio de ella y convertirlo en otra cosa. Esta situación nos puso de cara a nuestras necesidades individuales y las de cada miembro de la familia. Entiéndase familia como ese núcleo con el que nos tocó compartir esta situación.

Tuvimos que adaptarnos a las circunstancias: cada quien a su ritmo y dentro de nuestras posibilidades económicas y emocionales. Hubo quienes se demoraron en comprar una silla adecuada para trabajar, porque tardaron en asumir que el encierro iba para largo. Hubo quienes de inmediato saltaron a pintar aquella pared olvidada, mientras que hubo otros que se refugiaban en el trabajo, en las ropas holgadas y las series de televisión. Cada persona fue incorporando su vida del exterior a las habitaciones de su casa. “La vida moderna nos tiene en la calle, y regresar a la casa supuso volver al origen, a la cueva —leí por ahí— en donde te proteges del peligro del exterior”, comenta Vale Villa, psicóloga y psicoterapeuta. Sin embargo, esta “cueva” implica muchos retos: se requiere la readaptación de espacios, por ejemplo, hacerlos maleables: el comedor tal vez ahora es mesa de trabajo y el cuarto de TV es una oficina. Se requiere colaboración y flexibilidad.

Posiblemente estemos tomando conciencia, hasta ahora, de lo que significa a cabalidad el verbo habitar. Ahora se habita cada espacio y le hemos ido otorgado a cada uno otros usos y, por lo tanto, otros significados. Nunca antes fue tan clara la relación entre el espacio y lo que somos, como si fuera una prolongación de nuestra existencia. El confinamiento trajo “tristezas viejas y cosas pendientes que aparecieron, espacios de la casa que estaban abandonados, que están desacomodados, que son un caos y que siempre son reflejo de todas esas cosas que vamos abandonando, papeles de hace veinte años, pedazos de la vida que ya no tocaste y que se quedan ahí. Creo que implicó enfrentarse con lo que somos, y eso generó tristeza y depresión, pero también, renacimiento”, agrega Villa.

Queendom. Autora: Georgina Rivera

El cuerpo y la sobreexposición a los otros

Estar expuestos a más personas bajo el mismo techo y por tanto tiempo nos ha orillado a gestionar no sólo nuestros hábitos y costumbres, sino también toda clase de conflictos. Los rasgos de la personalidad de nuestros hijos, hijas, roommates y pareja se amplificaron: la pandemia los colocó bajo una lupa. Villa habla también de los peligros del interior que “son precisamente la sobreexposición a la otros, el hartazgo, las manías, los defectos, antes estaban invisibles porque no pasabas tanto tiempo dentro”. Si esta condición la cruzamos con el desempleo por el que el aún atraviesan muchos, los conflictos internos empeoran. Según una encuesta realizada por la plataforma Dadaroom, 43 por ciento de los millennials tuvo que volver a casa de sus padres tras la pandemia.

Ahora nos conocemos más y mejor para bien y para mal. ¿Cómo es que hemos podido crear una atmósfera armónica conviviendo tanto tiempo en la misma casa? Cuando alguien desea entretenerse con un videojuego a un volumen apetecible, hay quien sólo añora un poco de silencio. Si bien encontrar momentos íntimos y de soledad ha sido una labor compleja, tampoco ha sido imposible. Si algo ha caracterizado a este periodo tan confuso es, precisamente, la resiliencia. Vale Villa menciona que muchos de sus pacientes deciden tomar terapia en sus automóviles; otras personas toman la sesión en sus azoteas, mientras que otras han decidido sacar sus escritorios al balcón. Hemos vivido todo tipo de reacomodos, como si nuestra casa fuera un juego de tetris. La vida sexual de las parejas o la masturbación son prácticas que también se han complicado mucho. Tiendas de muebles y objetos para el hogar, como Ikea, comenzaron a promover el uso de cortinas especiales para dividir espacios: plantear fronteras dentro de la casa misma era importante para procurar privacidad en la medida de lo posible. Habría que pensar, en este mismo tenor, que tener una terraza o una habitación propia es hoy, más que nunca, un privilegio.

Nuestro cuerpo también ha tenido que atravesar por un proceso de adaptación y transformación derivado del aislamiento. Existen indicadores que apuntan a un incremento en el uso de sustancias; también se habla de que los mexicanos aumentaron en promedio ocho kilos de peso durante la cuarentena. Villa, quien colabora de forma periódica con El Financiero y La Razón, apunta que no sólo se trata de formas de lidiar con el estrés o la ansiedad, sino también de la necesidad de encontrar en casa el placer que antes nos procurábamos afuera. Nos vimos en la necesidad de encontrar estímulos placenteros dentro de nuestra casa.

Pareciera entonces que el reto está ahora en pautar los tiempos y los espacios: saber hacer rutina y, al mismo tiempo, saber cómo y cuándo romperla desde el mismo lugar. “Tengo muchos amigos que me dicen: ‘Yo me baño dos veces a la semana’, y estoy de acuerdo y hasta se ahorra agua, pero entonces, ¿dónde comienza el abandono y cuándo acaba el autocuidado?”, señala. La también pedagoga recomienda imponernos normas o señales que nos ayuden a encontrar un cauce de rutina sana. Cada una de ellas única, personal y adecuada a nuestras necesidades. Por ejemplo: tener claro que antes de comenzar una jornada laboral hay que tomar un baño y un café, asignar un espacio sólo para el trabajo, prohibirse trabajar desde la cama, saber en qué momento cerrar la computadora para comenzar a descansar. Hay muchos desafíos en términos de autonomía.

Ocho casas y un hogar. Autora: Vania Macías Osorno

El espacio como extensión de quienes somos

“Antes de la cuarentena, mi casa era un espacio compartido; cuando llegó la epidemia, a mi ‘rumi’ y a mí nos llegaron algunas fricciones y ella se fue”, narra Lorena Peña, curadora y gestora cultural. Cuando el departamento se quedó para ella sola, comenzó a observar qué de las cosas que quedaron en casa respondía o correspondía con su personalidad. “A mí me pasó ver mi casa como parte de mí. El espacio respondía a lo que yo era, no había hecho conciencia de que es un espacio en el que yo reverbero”, agrega. Pudo ver cada cosa como un espejo, observar en tercera persona.

Esto se dio gracias al tiempo que pasaba en casa y a que ahora se veía obligada a observar el entorno con más cautela y precisión. Uno de sus nuevos hábitos adquiridos fue que comenzó a limpiar su “depa” ella misma. Eso la hizo instaurar horarios para el aseo y tomar conciencia de todo el trabajo que implica. “Me hice cargo de ‘my own shit’, que me parece un acto de responsabilidad, es parte de habitar y cuidar un espacio que, para mí, es cuidarme a mí misma también”, agrega.

Lorena siempre se ha considerado una workaholic, así que aprovechó en proyectos creativos y personales el tiempo que antes invertía en socializar en el exterior. Elaboró el proyecto para pedir una beca a la que afortunadamente fue acreedora, y retomó una de las aficiones que tienen que ver con su formación, la fotografía, a través de una serie de autorretratos. Se hizo una fanática de la luz natural. “Tuve ese regreso a lo fotográfico gracias a la observación de la luz y la atmósfera que iba cambiando en mi departamento según la posición del Sol”, comenta; esta nueva fascinación la llevó también a pensarse como una persona que podía perfectamente relacionarse con las plantas de una forma más profunda. Entender los ciclos de cada una y conocer sus códigos, “hay cosas que aún no entiendo, pero sigo aprendiendo de ellas”.

¿Qué tanto conocíamos a nuestros animales domésticos? ¿Eran suficientes las pocas horas que convivíamos con ellos una vez que llegábamos a casa después de la escuela o el trabajo? ¿Bastaba con sacar al perro en las tardes-noches? Lorena agrega: “A partir del encierro me di cuenta del grado de comunicación que puedes desarrollar con tus animales si pasas tiempo con ellos y si les pones atención. Me di cuenta de que Taro, mi gato, es muy platicador, contesta casi a todo lo que le digas. Tampoco había tenido la oportunidad de observarlos en distintas circunstancias, como situaciones de estrés, de juego, de relajación, observar sus gestos faciales —que sí los tienen—, o corporales; se me abrió todo un mundo. Hacen cosas muy chistosas. No quisiera humanizarlos, pero hacen cosas muy particulares: Tesla, mi perro, baila conmigo; Taro me sigue hasta el baño. Me percaté de la cantidad de cosas a las que pueden reaccionar por acciones tuyas. Mi perro aprendió a reconocer el tono de mis despedidas en Zoom, es decir, aprendió a reaccionar a mis rutinas”.

Cuando de a poco comenzó a salir a colaborar en otros espacios de trabajo, pensó en todas esas situaciones del microsistema que ocurren en casa, que se iba a perder y que ahora encuentra muy interesantes. No poner el cuerpo en cada uno de los espacios le produjo cierta nostalgia. “El mundo me parece más abrumador de lo que era antes, pero con suerte puedo salir y verlo con nuevos ojos”, finaliza.

Ecos y anhelos de mi hogar. Autora: Verónica Díaz Salazar

Comedor familiar, terraza y mesa de trabajo

En apariencia, el mandato gubernamental del “Quédate en casa” no iba a modificar mucho los hábitos cotidianos de Álvaro y Flor, una pareja que lleva aproximadamente ocho años viviendo junta. Ella se dedica a estudiar un posgrado y él a la investigación y la docencia. Cuando la cuarentena llegó, la dinámica familiar se vio un tanto alterada, ya que ahora el hijo de Álvaro pasaría algunos días de la semana con ellos. Álvaro comenta que “llegó un momento en el que cada uno necesitó de su espacio”, pero que “por fortuna, la casa tiene varias atmósferas; entonces nos podíamos separar más fácil, y estar en distintos espacios”. Sin embargo, y ante la imposibilidad de poder compartir el mismo estudio, Flor confiesa que llegó a fantasear con la idea de rentar un lugar en Airbnb para poder tener un poco de silencio o simplemente el tiempo de terminar de escribir alguna tarea de su doctorado. Buscar la soledad en el exterior parece ser ahora una de nuestras únicas opciones.

Con la llegada de otro miembro de la familia, y al no contar en ese momento con una mesa con tres sillas “decentes” para comer o cenar juntos, Flor pensó que era inminente la adquisición de un comedor en forma. “Quiero un comedor de familia en donde cada uno tenga su lugar”, pensó ella, y ambos emprendieron un proyecto que llevaba ya algunos meses viviendo sólo en el mundo de las ideas y que tuvo que concretarse por una necesidad urgente y real. Fue así como comenzaron a rehabilitar una esquina de la casa que, aunque iluminada y cordial, no había recibido la suficiente atención. Compraron una mesa de madera, cambiaron el piso, pintaron un mural y, finalmente, lo rodearon de una serie de luces. Ahora, no sólo tenían un comedor familiar con un lugar para cada uno, sino que cuando alguno ocupa la habitación destinada a estudio y oficina, el otro se instala para trabajar ese otro espacio que, si no hubiera sido por la cuarentena, posiblemente jamás hubiera existido.

“Estás hablando con dos personas muy privilegiadas”, puntualiza Álvaro, “nosotros jamás dejamos de recibir nuestros sueldos”. Eso les permitió poner muchas situaciones en orden, saldar pendientes, liquidar deudas, etcétera. La vida de ocio en nuestros días es costosa; lo que antes nos gastábamos en una cena con amigos y el respectivo atuendo con el que haríamos acto de presencia, ahora lo usamos para restaurar desperfectos domésticos y en una nueva lámpara para la sala de estar. “Cuando realmente habitas los espacios, vas dejando las huellas de tu existencia: desde las accidentales hasta otras más ornamentales, es decir, cuando se habita realmente un espacio, se nota”, agrega Flor. El trabajo doméstico es arduo y nunca termina. Al preguntarles cómo organizan la gestión de la casa en este aspecto, dicen tener una serie de reglas que intentan cumplir a cabalidad: quien cocina no lava los trastes; quien cocina para sí mismo, lava todo; nunca se queda la loza sucia en la noche; el último que despierta es quien tiende la cama… y, así, la lista sigue. Desafortunadamente, no en todas las familias el trabajo doméstico es equitativo y, mucho menos, remunerado.

Que las mujeres no sólo asumen comúnmente la mayor carga de los cuidados, sino también que las repercusiones de contingencias como la sucedida a raíz de la pandemia son desiguales entre ellas y los hombres, y por lo mismo exacerban la desigualdad de género preexistente, ha quedado patente en el sondeo sobre trabajo doméstico, violencia y preocupaciones de las personas durante el confinamiento por covid-19 en México realizado por la consultora Estudios y Estrategias Para el Desarrollo y la Equidad (Epadeq). Según este estudio, “este fenómeno nos obliga a pensar políticas públicas que respondan a esta realidad y generen las condiciones para avanzar hacia un nuevo orden social que releve la importancia pública de los cuidados y las funciones sociales que se realizan dentro de los hogares para la viabilidad de la vida humana, que garantice su gestión en las mejores condiciones y en corresponsabilidad entre todos los actores sociales, e incorpore el ámbito doméstico como un factor crucial en el entendimiento de los procesos sociales y económicos”.

Un árbol. Autora: Maili Rodríguez

Pensando en lo doméstico… y en lo arquitectónico

Pensar lo Doméstico es una colectiva de mujeres que, desde distintas disciplinas, se reúnen para reflexionar en torno a los cuidados y al espacio doméstico como necesidades reales de la comunidad. Ellas conciben los cuidados como un fenómeno que tendría que ser colectivo.

Brenda Isabel Pérez es arquitecta, escritora y pensadora de lo doméstico, y además de ser miembra activa de este grupo, entiende de formas distintas el espacio físico, dada su formación académica. En cierta manera, se concibe como una disidente de la arquitectura tradicional o hegemónica: “Nunca me gustaron los desarrollos inmobiliarios, que es a lo que mucha gente se dedica, es lo más común”, cuenta; “siempre se te pide cierta estética, ciertos procesos, y nunca me sentí identificada con eso. Ahora todo lo que pienso, lo pienso desde las mujeres”. Hablar con Brenda sobre arquitectura es hablar también de literatura. “Cuando leí Lecciones de cocina, de Rosario Castellanos, por primera vez entendí el espacio; me sonaba muy familiar toda la disposición de la cocina, fue la primera imagen arquitectónica que tuve”.

Durante el cuarto módulo del ciclo Pensar lo doméstico, Brenda Isabel impartió el taller “Espacios que nos cuiden: ¿qué espacios tenemos y cuáles necesitamos?”. A lo largo de las sesiones, les pidió a las participantes imaginar, a través de un collage, esa casa que cuida, que apapacha, en la que se es libre en toda esa multidimensionalidad que son las mujeres. “Me pongo a pensar en los collages y todos son espacios abiertos, ventanas, comunidad, sin divisiones entre lo público y lo privado, es decir, exactamente lo contrario a lo que los señores de la arquitectura te van a dictar siempre”, apunta cuando habla de los resultados del taller.

A partir del confinamiento, Brenda piensa en jardines y ventanas como nunca: “Pienso en la falta que hace la arquitectura para la vida, que no sea sólo pensar en metros cuadrados. Las ventanas son el elemento más importante de la arquitectura. Tengo amigas que me decían que no tenían ventanas, o que su ventana daba a una colindancia y no les entraba la luz. Eso es completamente deprimente”. Para ella es urgente considerar viviendas colectivas, viviendas verticales, que estén pensadas para vivir, que no estén pensadas para transitarlas nada más, como algo inerte. “Necesitamos cuestionar la configuración de con quiénes queremos vivir. A mí, por ejemplo, no me gustaría vivir completamente sola, pero necesito esos momentos de soledad”, concluye.

Christele Harrouk, arquitecta, urbanista y editora en jefe de la revista Archdaily, coincide en que en la pospandemia habrá un regreso a los espacios para el goce en soledad; afirma que en la “nueva normalidad” arquitectónica se está pensando más en áreas verdes y jardines, azoteas multiusos, luz natural y ventilación, balcones, terrazas y ambientes interiores íntimos.

Espacio que me cuidará. Autora: Rebeca Loera Hernández

La cocina como un refugio y el boom del pan de plátano 

Fueron principalmente dos cosas las que nos llevaron a la cocina… O, bueno, tres: no poder salir a restaurantes, demasiado tiempo libre y el propósito de ahora comer “más sano”, dada la contingencia de salud. Posiblemente, también la inocencia y hasta el entusiasmo con que la mayoría decidió entregarse al encierro alentaron los ánimos de experimentación culinaria. En los primeros días de la cuarentena comenzamos a ver fotos aquí y allá de contactos horneando panqué de plátano; luego vino el reto de hacer el famoso “café dalgona” y luego las famosas “carlotas” (el clásico y sencillo postre de limón). Cocinábamos lo mismo al mismo tiempo; fue como una especie de ritual colectivo de acompañamiento. Una forma de decir: todos estamos hundidos en la incertidumbre y no hay de otra más que ponerse a cocinar. El asunto es que la cocina comenzó a ser usada por personas que la tenían olvidada o que sólo la visitaban para servirse un cereal. También hubo quienes ya cocinaban, pero ahora aprendieron a hacer “pan de verdad”, pizza, kombucha o guisados varios.

“Durante la pandemia he estado viendo videos de recetas, no necesariamente de chefs, sino de entusiastas de la cocina como yo; así fue como me fui involucrando poco a poco en platillos cada vez más complejos”, comparte Gerardo Grobert, instructor de yoga. Hoy, Gerardo prepara distintos tipos de quesos, jocoque, requesón y otros productos lácteos. Todo surgió a raíz de que un día, al querer preparar un tiramisú, se percató de que no encontraba por ningún lado queso mascarpone, que es el ingrediente clave para la realización de este postre. “Vi en un video de YouTube que no era tan complicado hacerlo, y ya de ahí salté a otras variedades”, cuenta. “Una de las razones por las que me he hecho adepto a la preparación de quesos es que tienes el control absoluto de los ingredientes y sabes qué es lo que te vas a comer al final. Los quesos industriales ahora tienen conservadores, colorantes, saborizantes y, en general, ingredientes muy cuestionables”.

Para Pamela Soria, actualmente directora de planeación estratégica de una agencia de comunicación, el desempleo fue lo que la llevó a la cocina: “Tenía tiempo y no quería comer pizza a diario”, comenta. Poco a poco fue perdiéndole el miedo a cocinar: si no tenía trabajo y el mundo se estaba acabando, ¿ya qué más podría salir mal? Un día tuvo un ataque de ansiedad, y bajar a la cocina a preparar algo, estimular su cuerpo y concentrarse en otra cosa, la ayudó a controlarlo. “Pinterest ha sido mi mejor herramienta”, agrega. Esta red social, olvidada y relegada a usuarias de cierta generación, tuvo un crecimiento histórico durante la pandemia.

En lo que esto se acaba

Con una tercera ola a cuestas, es difícil pensar en un regreso a la vida que teníamos antes de aquel 13 de marzo de 2020. Muchas empresas han decido regresar su plantilla de empleados a las oficinas de forma intermitente, en otras aún no saben siquiera si van a volver. Mientras la epidemia no cese, tendremos que seguir habitando el hogar la mayor parte del tiempo, con todo lo que implica. De aquí en adelante toca pensar que la casa será una extensión de lo que somos, y necesitamos acondicionarla para que sea un lugar no sólo para dormir, sino para existir: un lugar para habitar. .

**Los collages que ilustran este texto forman parte del libro Espacios que nos cuiden, y fueron realizados por mujeres participantes del taller homónimo organizado por el colectivo Pensar lo Doméstico e impartido por Brenda Isabel Pérez. En ese espacio se leyeron fragmentos de “Ciudad sin cocina”, de la arquitecta Anna Puigjaner, para cuestionar e imaginar diferentes formas de habitar el espacio doméstico. “Esta colección”, escribió Pérez, “me provoca desear que algún día pueda existir una ciudad con todos estos espacios reunidos, que existan espacios que nos nombren, que nos cuiden, que nos apapachen, que existan espacios donde nuestra energía y deseo se encuentre en el centro”.

    MAGIS, año LVII, No. 483, septiembre-octubre 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de septiembre de 2021.

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