Misterios en la piel
Juan Nepote – Edición 519

Olvidamos, sobre todo, que para sentir, tenemos el órgano más extenso de todo nuestro organismo: la piel. Y en una de las terminales de nuestra piel es posible encontrar una marca inequívoca de nuestra identidad: las huellas dactilares.
En la vida diaria, principalmente miramos: confiamos en exceso, casi exclusivamente, en la eficacia de nuestro sistema visual, capacitado para enfocar con precisión el más diminuto detalle, así como para informarnos de aquello que se está a distancia. Y se nos olvida que también escuchamos y que, a partir de las partículas que flotan en el ambiente, según su temperatura y su densidad, según su naturaleza —gases, líquidos, incluso sólidos—, ponemos a trabajar ambos oídos, tímpano, cóclea, estribo, yunque. Que para hablar ponemos a funcionar nuestro aparato respiratorio de manera coordinada con la laringe, la lengua, el paladar, la faringe, las fosas nasales y otras cavidades de resonancia, con la ayuda de la contracción de los músculos de las costillas; la apertura y el cierre alternado de las cuerdas vocales. Nuestro olfato es prodigioso, aunque solemos no prestarle la atención que se merece; capacitado para distinguir con claridad alrededor de diez mil distintos olores —que muchas veces asociamos con algún recuerdo—, a partir de que ciertas moléculas que viajan por el aire son inspiradas por nuestra nariz y se depositan en el epitelio sensitivo, exploran las mucosas nasales y entran en contacto con los varios millones de células olfativas ciliadas. No siempre recordamos que para descubrir sabores tenemos las papilas gustativas con la acción de la saliva. Y olvidamos, sobre todo, que para sentir, tenemos el órgano más extenso de todo nuestro organismo: la piel.
Y en una de las terminales de nuestra piel es posible encontrar una marca inequívoca de nuestra identidad: las huellas dactilares. Porque, cuando aún no han pasado ni diez minutos de haber nacido, a todos los bebés que nacen en hospitales les hacen marcar con tinta sus manos y sus pies sobre un papel que servirá como primer registro de su existencia, el cual será canjeado por otro registro posterior (el acta de nacimiento). Apenas el inicio de una sucesión casi infinita de trámites que serán necesarios a lo largo de la vida, para conservar la identidad.
Las líneas de los dedos
Juan Vucetich fue un singular personaje nacido en el archipiélago Hvar (ahora Croacia) ubicado en el mar Adriático. En la ciudad de Buenos Aires, Argentina, se convirtió en un concienzudo lector de la obra del asombroso científico inglés Francis Galton, explorador de África y aficionado a la antropología y a la meteorología, celebrado autor de Pautas sobre las marcas e impresiones del pulgar y de los dedos, estudioso de las medidas y proporciones de las huellas dactilares, además de minucioso analista de las relaciones entre el color de los ojos y la pigmentación de la piel de diversos grupos étnicos, trabajos por los que ahora se le reconoce un lugar fundacional en el campo de la bioestadística.
A partir de ello, Vucetich desarrolló un auténtico sistema (con reglas, principios teóricos relacionados entre sí, de aplicación universal, coherente, sintético, claro y con alto grado de precisión) para identificar a las personas por medio de sus huellas dactilares; inventó las herramientas para recolectar los dibujos dactilares de los dedos de ambas manos (planchuela de zinc para entintar los dedos, plancha de mármol para extender la tinta de imprenta, rodillo para mezclar la tinta, canal de madera y fichas diseñadas específicamente para tomas las impresiones dactilares; antecedentes de los artilugios que ahora están presentes en tantas oficinas donde se realizan los trámites infinitos que las requieren), así como los métodos para reconocer la información y sistematizarla. Bautizó su invención como icnofalangometría.
Luego de haber probado el éxito de su técnica para resolver misterios criminales descifrando las claves de la piel, en septiembre de 1891 escribió: “No es la ciencia quien ha requerido que la identificación tenga un solo medio y logre una sola eficacia, sino la naturaleza”.