Memoria digital que desafía la muerte
Andrés Gallegos – Edición 515

La vida se vive, disfruta y recuerda cada vez más en las redes sociales e internet. Pero ¿qué pasa con estos fragmentos vitales cuando se abandona este plano existencial? Es un contexto de incertidumbre; apenas hay regulaciones sobre las herencias digitales, la internet sufre una pérdida progresiva de archivos y la inteligencia artificial se vuelve una alternativa para sustituir el duelo
Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo nació mundo.
—Jorge Luis Borges, “Funes el Memorioso”
La pandemia de covid-19 le arrebató la vida a Gerard Zamora en agosto de 2021, justo antes de que su equipo de futbol favorito, el Atlas, cuyas prendas coleccionaba y vestía todos los días, ganara por fin el campeonato de liga tras 70 años de sequía.
Sus amigos y familiares preservaron su legado y convirtieron su perfil de Facebook en una cuenta conmemorativa donde le hablan de vez en cuando, con palabras que buscan aminorar la zozobra por su ausencia física, con mensajes que a la vez son deseos de conversaciones, actualizaciones de la nostalgia y anhelos de reencuentros impostergables sin fecha establecida.
“Qué bonito recordarlo; seguramente que, desde donde se encuentra, sigue disfrutando y sufriendo con su Atlas”, escribe Christian, uno de sus amigos, en su perfil de Facebook reconvertido en un álbum de fotos digitales y buzón de mensajes personales cuya lectura compartida fortalece la vida ante la ausencia y le hace frente al olvido mediante la batalla de la memoria.
Otro ejemplo es el de Gamaliel Marín, un psicólogo que falleció en 2016, cuyo perfil de Facebook es una cuenta conmemorativa donde sus conocidos le escriben y lo extrañan. “Sólo se muere cuando se olvida, y yo nunca te olvido”, se lee en uno de los mensajes más recientes.
La vida digital tras la muerte física se ha vuelto un tema de creciente importancia por el crecimiento de la presencia humana en redes sociales y diversos sitios de internet. Gran parte de los recuerdos, la vida y la cultura que se desarrollan hoy en día se ejerce en línea, y muchas propiedades físicas (colecciones de música, libros electrónicos, etcétera) han pasado a ser bienes digitales cuyo destino después de un deceso es ahora una interrogante y corren el riesgo de perderse para siempre.
En resumen, los bienes digitales después de la muerte siguen en la incertidumbre jurídica al no haber demasiada claridad acerca de cómo y a quién se heredan o si es mejor eliminarlos. Las principales redes sociales se limitan a transformar cuentas activas en conmemorativas, dejar los perfiles sin cambios o borrar de forma permanente la información después de cierto tiempo o a discreción de la compañía.
Además, la propia internet está sufriendo la muerte de contenidos valiosos al no saber conservarlos, y el auge de la inteligencia artificial deja la interrogante de si los recuerdos almacenados son realmente humanos y si existe una vida (simulada) después de la muerte.
“Al perderse o no acceder a los archivos, se pierden historias, obras, testimonios, música, fotografías y conocimiento que se ha generado a partir de investigaciones”, señala José Luis Elvira, académico del Departamento de Electrónica, Sistemas e Informática del ITESO (DESI). “Muchas expresiones culturales nacen en espacios digitales informales como blogs, foros o plataformas musicales”.

Los espectros de las redes sociales
El paso del tiempo estaría convirtiendo a Facebook en un cementerio de perfiles conmemorativos y cuentas inactivas que jamás serán actualizadas. Un estudio de Carl J. Öhman y David Watson, investigadores de la Universidad de Oxford, calculó que la plataforma podría tener más de cuatro mil 900 millones de usuarios difuntos en 2100, en caso de mantenerse las tasas de crecimiento de usuarios reportados en 2018.
Esto significaría que para 2070, en caso de que siguiera existiendo Facebook, la red social tendría más personas muertas que vivas, con costos económicos y medioambientales en aumento: en países como Estados Unidos y Reino Unido, el consumo de electricidad de los centros de datos que ayudan a resguardar los archivos digitales ya alcanza 6 por ciento del consumo de electricidad total, según la International Data Center Authority (IDCA).
Cuando una persona fallece, su cuerpo deja de existir en el mundo, pero sus perfiles de redes sociales le sobreviven. Por lo general, los familiares o amigos deben ejercer el procedimiento para tomar una de dos decisiones: borrar los perfiles y todos sus contenidos, o resguardar y recuperar la información mediante estrategias como la de convertir la página en una cuenta in memoriam.
Sin embargo, las políticas de privacidad de las empresas de internet no permiten a los familiares o amigos el acceso a las contraseñas o nombres del usuario fenecido.
“Los familiares no tienen acceso a los perfiles porque no conocen las contraseñas y porque las plataformas tienen restricciones legales. Por ejemplo, Facebook o Instagram no te van a dar la contraseña de una persona fallecida”, explica José Luis Elvira.
Para convertir la cuenta de un fallecido en una página conmemorativa, se necesita un contacto de legado o persona que se encarga de administrar algunas funciones del perfil de Facebook, por ejemplo, ver y eliminar publicaciones, actualizar fotos de perfil y portada, compartir un último mensaje a nombre del difunto, o pedir la eliminación permanente de la cuenta. Sin embargo, el contacto de legado no puede iniciar sesión, leer mensajes privados o quitar o editar publicaciones pasadas.
El contacto de legado es elegido en vida por la persona titular de la cuenta de Facebook. En caso de que no sea así, un familiar o un amigo pueden solicitar que la página sea conmemorativa enviando a Facebook documentación probatoria de la muerte de la persona. La red social suele solicitar el acta de defunción, o bien una copia del certificado de defunción, una foto del obituario, una esquela o una tarjeta conmemorativa.
Si el titular quiere eliminar su perfil tras su muerte, puede hacerlo al configurar su cuenta de Facebook. Luego del deceso, la red social borrará toda la información al momento en que reciba un documento probatorio de la defunción.
Respecto a Instagram, el proceso es similar al de Facebook al pertenecer ambas a Meta Platforms, el gigante informático presidido por Mark Zuckerberg. El perfil se puede convertir en conmemorativo, aunque para ello se exige una certificación del fallecimiento (se acepta como tal una nota necrológica o un artículo de un periódico).
El perfil de Instagram también se puede eliminar. La red social le pide al familiar un documento que lo acredite como tal, una prueba de que es el representante legal del fallecido o su heredero, y el acta de defunción de la persona.
Otras redes sociales y servicios de internet únicamente ofrecen eliminar las cuentas de usuarios, pero sin la opción explícita de recuperar su información. La plataforma X (antes Twitter) requiere que un familiar o persona autorizada legalmente envíe, vía correo electrónico, información del fallecido, como el certificado de defunción o alguna copia de una identificación oficial.
De forma similar, TikTok puede eliminar la cuenta de un fallecido solicitándolo al centro de ayuda de la red social y enviando documentación oficial que verifique la defunción.
En el caso de Alphabet, empresa que administra Google (el buscador y sus diferentes servicios) y YouTube, la compañía abre la posibilidad de cerrar la cuenta de un difunto o de recuperar su contenido por medio de un proceso que requiere el envío del certificado de defunción y un documento oficial de identidad. La solicitud se revisa “minuciosamente” según su Centro de Ayuda, pero no hay un plazo establecido para una resolución.
Respecto a servicios de mensajería instantánea como WhatsApp, la empresa no tiene una política para preservar los perfiles de personas fallecidas. La cuenta simplemente se elimina si está inactiva durante más de 120 días (cuatro meses), incluido el contenido almacenado como fotos o videos.
Pero, en términos generales, la huella digital que dejan las personas en vida permanece. Los correos electrónicos siguen recibiendo misivas hasta que se termine su capacidad de almacenamiento Y las cuentas de redes sociales seguirán existiendo, aunque sin actualizaciones. Los archivos que se almacenan en la nube también estarán allí hasta que la plataforma decida borrarlos.

Una regulación en pañales
A escala mundial, la industria del legado digital crece en cuanto a fuerza económica; la gestión de los datos y la presencia en línea de una persona tras su muerte tiene un valor estimado de mercado superior a los 22 mil 460 millones de dólares (dato de 2024), valor que se triplicará en 2034.
Sin embargo, legalmente, la regulación de los datos digitales depende casi por entero de las políticas privadas de las empresas tecnológicas, y se deja a cada país la gestión de estos bienes en sus respectivos códigos civiles.
En México, el debate legal en torno a los datos digitales está en ciernes y se ha centrado en la posibilidad de heredar o legar “bienes o derechos digitales” o la de eliminar o borrar esos bienes o derechos por petición de la persona en vida.
El 4 de agosto de 2021 se publicó una adición (bis) al artículo 1392 del Código Civil de Ciudad de México, en el que se reconocía como parte del legado o la herencia de una persona “la titularidad sobre bienes o derechos digitales almacenados en algún equipo de cómputo, servidor, plataforma de resguardo digital, dispositivo electrónico, redes sociales o dispositivos físicos utilizados para acceder a un recurso restringido electrónicamente”.
Entre esos bienes digitales se incluyen las cuentas de correo electrónico, perfiles de redes sociales, cuentas de almacenamiento en la nube, contenidos digitales como fotos o blogs y dominios de sitios web. También se incluyen las claves y contraseñas de cuentas bancarias o de empresas de tecnología financiera, incluidas las carteras de criptomonedas.
Al final del artículo 1392 bis se añadió que, si la persona que fallece, o testador, no dejó explícito cómo sería el tratamiento de su información digital personal, el ejecutor del testamento debe proceder a la eliminación de esas cuentas “para salvaguardar el derecho al olvido a favor del autor de la sucesión”.
Sin embargo, este derecho al olvido fue declarado como inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia en marzo de 2023, tras resolver un amparo de la Red en Defensa de los Derechos Digitales. Según el fallo elaborado por el entonces ministro Juan Luis González Alcántara Carrancá, el derecho al olvido es incompatible con el libre acceso a la información y la libertad de expresión, además de generar autocensura.
Actualmente, en la capital del país se están presentando reformas para robustecer lo estipulado en su Código Civil. El pasado 19 de mayo, María del Rosario Morales Ramos, legisladora de Morena, propuso una iniciativa para ampliar los tipos de bienes digitales que se pueden legar, entre ellos, los criptoactivos, los contenidos digitales con ingresos recurrentes (por ejemplo, un canal de YouTube que monetiza constantemente) y los códigos de acceso y contraseñas para billeteras digitales.
En el resto de los estados, incluido Jalisco, no hay leyes que reconozcan de manera específica el tratamiento y el legado de la información digital cuando alguien muere, por lo cual se hace imperativo reforzar la protección de estos bienes o derechos en los códigos civiles federal y estatales.

Las páginas web que perdimos en el camino
Tras una migración de servidores fallida, MySpace perdió más de 50 millones de canciones, fotos y videos posteados entre los años 2003 y 2018. La compañía, una de las pioneras de las redes sociales, extravió por un fallo técnico el testimonio de tiempos de bonanza: la plataforma impulsó la carrera de grupos musicales como Arctic Monkeys y en 2006 era la página web más visitada del mundo, por encima de Google y su red social competidora, Facebook.
Esta pérdida de información parece contradecir la creencia popular de que todo lo publicado en internet se queda para siempre y nunca se borra. Sin embargo, hay evidencia de que muchos datos digitales se están borrando de la web y ya no son accesibles al público.
De acuerdo con un estudio de Pew Research Center, un sitio de investigación estadounidense, 38 por ciento de las páginas web existentes en 2013 ya no está disponible hoy. Esto significa que al menos cuatro de cada diez contenidos creados hace una década ya no existen.
La misma investigación expone que ya no se puede acceder a 54 por ciento de los enlaces en las referencias de las entradas de Wikipedia, lo que impide corroborar la información que se lee en los textos. Lo mismo sucede con 23 por ciento de los hipervínculos de las páginas web de noticias y 21 por ciento de los sitios web gubernamentales.
En redes sociales sucede algo similar: al menos uno de cada cinco tuits en X ya no está disponible al público, ya sea porque se postearon en modo privado o se borraron. Incluso el contenido reciente está desapareciendo: 8 por ciento de los contenidos que se subieron en línea en 2023 ya no está disponible.
“Hay tecnología para guardar información, pero también hay falta de cultura de respaldo, organización y preservación”, afirma José Luis Elvira, profesor del ITESO.
Al descuidarse la información digital disponible en internet, existe el peligro de que se pierdan voces alternativas a los relatos oficiales, así como expresiones artísticas y culturales que no tienen el respaldo o surgen al margen de los capitales. “Preservar la información digital no es sólo un asunto técnico, es una responsabilidad cultural y humana”, señala el académico. “Cuando esos espacios desaparecen, también lo hacen voces que nunca estuvieron en archivos o fuentes oficiales”.
Un ejemplo es la desaparición y posterior recuperación de los textos de Maremoto M, la iniciativa de periodismo cultural que sostuvo Mónica Maristain a lo largo de años y en la que había ido quedando un importante registro del acontecer cultural de Iberoamérica en las últimas dos décadas. Al fallecer Maristain súbitamente, ese registro se volvió inaccesible; sin embargo, la página web recuperó sus archivos gracias a la ayuda de Jos Velasco, ingeniero en Sistemas Computacionales egresado del ITESO.
“Creo que es especialmente importante preservar los legados culturales, porque realmente es lo que somos como humanidad; es ahí donde en verdad vamos a tener una historia y donde va a quedar lo mejor y lo peor del ser humano. Creo que los medios más desprotegidos, que son los culturales, son los que tendríamos que cuidar más”, mencionó Velasco en una entrevista para Revista Los Cínicos.
El reto está también en hacer frente a un contenido digital cada vez más cuantioso y difícil de administrar. Por ejemplo, cada día se suben 2.4 millones de videos nuevos a YouTube, unas 720 mil horas. En TikTok se publican 34 millones de videos al día. Cada 24 horas se suben más de 95 millones de fotografías y reels a Instagram. Y hay más de 500 millones de tuits o posteos en X cada día.
A escala mundial, ya hay algunas iniciativas para preservar el inmenso contenido digital existente. Internet Archive es una organización estadounidense fundada en 1996 que ha resguardado inmensas cantidades de información digital: 866 mil millones de páginas web, 44 millones de libros y más de 15 millones de videos y archivos musicales, gracias a la herramienta que utiliza este proyecto: Wayback Machine.
Sin embargo, ha enfrentado desafíos y demandas por parte de empresas que reclaman derechos de autor y restricciones al uso de estos archivos por parte de los modelos de inteligencia artificial. Por ejemplo, en junio de 2024 la iniciativa eliminó más de 500 mil libros de su colección tras perder una demanda contra las editoriales Hachette, HarperCollins, Penguin Random House y Wiley.
Hay más de 340 portales de noticias que niegan a Internet Archive el acceso a sus archivos y páginas del pasado, entre ellos, The New York Times o The Guardian, reportó la Fundación Nieman para el Periodismo de la Universidad de Harvard. Las empresas periodísticas temen que compañías de IA usen sus contenidos para entrenar a sus modelos lingüísticos, sin dar compensación alguna a los creadores de contenido.

La inteligencia artificial resucita a los muertos
La internet de hoy no sólo preserva los documentos y contenidos de las personas, sino que también guarda aquellos que se hacen de manera parcial o total con inteligencia artificial. Según un estudio de Graphite, una empresa de revisión de código de programas informáticos, más de 50 por ciento de los artículos que se suben a la web fue generado en parte o en su totalidad por inteligencia artificial. A inicios de 2020, la totalidad del contenido online era elaborada por seres humanos.
De acuerdo con el mismo estudio, el contenido generado por IA se disparó tras la aparición de ChatGPT, popular chatbot lanzado por primera vez al público el 30 de noviembre de 2022. En apenas un año de operaciones de esta herramienta, 39 por ciento de los textos circulantes en internet estaba hecho con IA.
Este crecimiento está alimentando la resonancia de teorías de conspiración, como la de la internet muerta, que sostiene que la gran mayoría del contenido en la web y las redes sociales es creada por máquinas, así como que la opinión pública en las redes sociales está totalmente mediada por bots.
Sin embargo, ahora mismo el panorama es un ecosistema donde conviven los recuerdos generados por seres humanos con los contenidos generados total o parcialmente por máquinas.
La inteligencia artificial también está generando herramientas para darles a los seres humanos una vida después de la muerte. Los deathbots —deadbots o bots de la muerte— son sistemas de IA diseñados para simular voces, patrones de habla y personalidad de una persona difunta, basándose en las evidencias que dejó en vida (audios, correos, mensajes de voz y texto, publicaciones en redes sociales), con el fin de sostener conversaciones similares a las que se tenían en el plano físico.
Hay pareceres encontrados acerca de la pertinencia de estos chatbots. Algunos investigadores, como Joel Krueger y Lucy Osler, los consideran útiles para sobrellevar las emociones del duelo: en cambio otros, como Regina Fabry y Mark Alfano, alertan respecto a la dependencia y la pérdida de autonomía de las personas vivas que interactúan con ellos.
Lo que sí está claro es que estos bots de la muerte forman parte de una nueva industria tecnológica que utiliza el deceso virtual como un gran negocio: el mercado del legado digital. Este segmento, enfocado en la gestión de los datos y la presencia en línea de una persona tras su muerte, tiene un valor estimado de mercado superior a 22 mil 460 millones de dólares (dato de 2024).
Ya hay un mercado objetivo de estos chatbots. Un reportaje del San Francisco Chronicle contó la historia del canadiense Joshua Barbeau, quien perdió a su novia, Jessica, a causa de una enfermedad del hígado en 2012. Nueve años después, utilizó Project December, una plataforma ya cancelada de IA que le permitió crear un modelo de chatbot basado en la personalidad de su amada muerta. “Nunca dejaré de amarte mientras viva, y con suerte para siempre”, escribió Joshua. “Buenas noches. Te amo”, respondió “Jessica”.
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Hace doce años, más o menos, laboraba en una institución de gobierno, y en una revisión que se hizo a su página web, se pidió que los documentos generados con anterioridad, fueran resguardados, dentro de la página, para evitar su pérdida, los técnicos , todos jóvenes, se miraron con cara de incredulidad y prosiguieron su trabajo, sin tomar en cuenta la petición. Hoy ya retirado de la responsabilidad, me han llamado algunos de esos técnicos, requiriendo información que se perdió en la actualización de la página. Necesario normar el manejo de la información, para preservarla. son la historia de las nuevas generaciones.