Los xinacates
Víctor Gahbler – Edición 514












Cada año, durante el carnaval previo a la Cuaresma, en San Nicolás de los Ranchos y San Pedro Yancuitlalpan, Puebla, emerge una tradición que desafía al tiempo y a la mirada: los xinacates. Hombres cubiertos de aceite quemado, pintura vegetal o grasa de motor, que recorren las calles con el rostro oculto bajo máscaras improvisadas o trapos, gritando, bailando y espantando a los presentes. Su figura es feroz y festiva, casi fantasmagórica. Son herederos de una costumbre centenaria, mezcla de resistencia indígena y adaptación católica, que sigue viva a pesar del silencio histórico que la ha rodeado.
El término xinacate proviene del náhuatl xinácatl, que significa desnudo. Aunque actualmente muchos visten ropa vieja para protegerse del frío y del aceite, el espíritu de la desnudez ritual persiste: despojarse de lo cotidiano, del ego, de la identidad civil, para transformarse en figura colectiva, en caos con sentido. Se dice que espantan a los malos espíritus, que purifican a la comunidad, que se burlan de las autoridades, de la religión, incluso de la muerte.