La trampa resbaladiza

La trampa resbaladiza

– Edición 489

Foto: Pexels

Para la mente, el tiempo no existe. En un instante evoca esa primera noche en el departamento en la que, de tanta sed, terminé tomando un sorbito de agua de la llave, y también en el cumpleaños dieciocho mi hija mayor, hace unos meses. Veinticinco años compactados en dos recuerdos

Lo peor fue la primera noche. Los mosquitos nos comieron vivas. Como no teníamos cortinas, la luz del alumbrado público daba de lleno en la habitación y no podíamos conciliar el sueño. Me dio sed y no había agua; todo, hasta lo más mínimo, hacía falta en ese departamento al que me mudé con una amiga.

Llegamos cargadas únicamente con nuestra ropa, libros y un nudo en la boca del estómago por el miedo, la emoción y el estigma de vivir solas. Éramos dos chicas de dieciocho que se habían “salido de casa de sus padres”. Las relaciones con nuestras respectivas familias eran entonces espinosas, así que, aunque teníamos cierto entusiasmo por emanciparnos, también teníamos el ánimo y la cartera rotos.

Para la mente, el tiempo no existe. En un instante evoca esa primera noche en el departamento en la que, de tanta sed, terminé tomando un sorbito de agua de la llave, y también en el cumpleaños dieciocho de Luna, mi hija mayor, que fue hace sólo unos meses. Veinticinco años compactados en dos recuerdos. Me sorprende lo chica que estaba y lo grande que me sentía; veo a Luna tan grande y pequeña a la vez: para la mente, el tiempo no existe.

Desde que nacemos exigimos la independencia personal, la vamos conquistando de todas las formas posibles. Como cuando Luna se negaba obstinadamente a darme la mano al comenzar a caminar. Cuando me dijo a los seis años que “me sentara porque tenía que hablar conmigo” y me pidió que dejara de decir su apodo en público. Cuando sacó su INE y me dijo, mientras sacudía su credencial frente a mis ojos, que si quería se podía ir de la casa. Para mi fortuna, aún no quiere irse, y sus aspavientos celebratorios no fueron más que una broma. Fue entonces que rememoré lo que yo estaba haciendo a los dieciocho, aquella noche terrible, acostada junto a mi amiga en una colchoneta prestada, sedienta, desesperada por la comezón. Luego sentí bajo mis pies, una vez más, la trampa resbaladiza de: “Voy a darle todo lo que yo no tuve”. Es un deseo al que se llega con facilidad, nos parece lógico, un acto compensatorio; sin embargo, su peligro radica en que al centro de él no están los hijos, sino los padres con sus carencias.

La crianza nos exige templanza en medio de una vorágine de apegos y desapegos. Buscamos que nuestros hijos sean independientes, pero que nos necesiten. Queremos darles lo mejor, pero también que sean agradecidos; consentirlos sin echarlos a perder. Ellos, a su vez, nos sueltan de la mano, ponen límites, festejan ya no ser dependientes, pero una madrugada cualquiera tocan a la puerta de nuestra habitación para contarnos sus miedos. Y aquí estamos, siendo independientes, con hijos independientes anhelando volver a sentarnos a la mesa de nuestros padres. Queremos que nuestros hijos se queden pero que se vayan, que sean felices, que formen su propio hogar, pero que vuelvan y no se quieran ir pero se vayan; que nos restrieguen en la cara su independencia legal y personal, pero que al final de eso nos abracen y no se quieran ir de nuestros brazos nunca. ·

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