La ternura es un asunto de mesura y de bravura

La ternura es un asunto de mesura y de bravura

– Edición 488

Imagen de la película «Los lobos»

Es más fácil verla que narrarla; de ahí que para el cine la ternura sea natural. Porque ésta se manifiesta en gestos, movimientos o acciones, en palabras; es decir, en la que, desde su origen, es su materia prima

La ternura es más fácil de detectar que de rastrear, de experimentar que de definir. Sin darnos cuenta —sin verla venir—, la percibimos cuando ya nos ha tocado. Se alimenta de notas contrastantes, de cercanías y distancias, de tristezas y alegrías. No es ajena a la paradoja y le acomoda mejor la ligereza que la gravedad; no le viene nada mal un poco de humor y acidez. Trabaja con sutileza y delicadeza; se construye con atención y consideración por el otro. Es más proclive a nacer frente a seres débiles o vulnerables: a menudo niños, ancianos, mujeres y algunos animales están en su origen y son sus depositarios. El gatito es su lugar común, como el gato con botas de Shrek 2 (2004), que levanta su mirada acuosa y provoca que se multipliquen los “ooooh” de ternura en la sala oscura.

Es más fácil verla que narrarla; de ahí que para el cine la ternura sea natural. Porque ésta se manifiesta en gestos, movimientos o acciones, en palabras; es decir, en la que, desde su origen, es su materia prima. Cuando el cine comenzó a crear historias, tuvo claro que la emoción es cuestión de calidad y cantidad, y que lo propio de la ternura es la mesura; la exacerbación se instaló en otro terreno: el del melodrama. Parafraseando al odioso productor televisivo de Mentiras y pecados (1989), de Woody Allen, que decía que si algo se dobla es gracioso, pero si se rompe no lo es, la ternura se evapora cuando aparece el llanto desconsolado.

En el diseño de personajes —en el cariño que se pone de manifiesto en su concepción—, en su mímica y su conducta, la ternura toma forma. Y nadie la personifica mejor que Jim Jarmusch.

La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988), de Isao Takahata

Después de los bombardeos estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, Kobe ofrece un paisaje ruinoso. Por ahí deambulan Seita, que tiene 14 años, y su hermanita Setsuko, de cinco. La supervivencia en esas condiciones es una hazaña, y él hace todo lo que puede para sostenerla y darle ánimos acerca de la condición de su madre, que yace moribunda en un depósito. Él y ella se ofrecen soporte, alivio: su trato es de una consideración asombrosa, de una ternura adolorida. Ésta contribuye a construir una de las películas más tristes de la historia.

Ghost Dog, el camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai, 1999), de Jim Jarmusch

Con humor y amor, Jim Jarmusch nos ha entregado una serie de películas memorables habitadas por personajes entrañables. Éstos están más allá del bien y del mal, y en esta cinta acompañamos a un asesino a sueldo que reparte ternura, lo mismo a sus palomas mensajeras que a la niña vecina o al inmigrante que vende helados, que no habla inglés pero es su mejor amigo. A ritmo de rap (cortesía de rza, gran referente del género) y con dosis de acidez, aquí la ternura se alimenta de curiosidad y respeto, confianza y curiosidad.

Amor (Amour, 2012), de Michael Haneke

Anne y Georges son dos ancianos que han compartido una apacible vida en común. Su cotidianidad cambia radicalmente cuando ella sufre un ataque y pierde movilidad. Él la atiende con voluntad y paciencia. Su amor es puesto a prueba y hace de la ternura un gesto cotidiano. Haneke, cuya filmografía está habitada por sentimientos extremos y rasgos de crueldad, hace un cruce soberbio en esta entrega que, exenta de romanticismo y menos proclive a los gritos que a los susurros, le da al amor un sentido y un significado coherente y valiente.

En buenas manos (Pupille, 2018), de Jeanne Herry

Théo es un recién nacido cuya madre ha decidido no conservarlo, y darlo en adopción. Entonces se pone en marcha la maquinaria del Estado —que no es un ogro filantrópico, sino pura filantropía— para garantizar el buen desarrollo del chamaco: desde trabajadoras sociales hasta padres adoptivos. Herry muestra aquí cómo se complementan dos acepciones de ternura, y cómo gracias a ésta —que aquí se traduce en cuidados—, que puede ser provista por adultos que se involucran más allá de la obligación laboral, la tierna edad puede tener un futuro amable.

Los lobos (2019), de Samuel Kishi

Para Max y Leo, hermanos de ocho y cinco años, respectivamente, el sueño americano consiste en el encierro en un cuarto de motel. Su madre trabaja y los deja la mayor parte del día. La convivencia tiene altibajos, y el mayor le pasa la factura de su enojo al menor, que también tiene como destinataria a su madre. Crecer en esas circunstancias no es sencillo, pero Max descubre que el esfuerzo de su madre es otra forma de manifestar su amor. Kishi nos recuerda, además, que la imaginación tiene mucho que decir acerca de la ternura.

Para saber más

:: La tumba de las luciérnagas, original en dibujos animados, completa y doblada al español.

:: La tumba de las luciérnagas, live action completa y subtitulada al español.

:: Entrevista con Samuel Kishi acerca de Los lobos.

:: Entrevista con Jim Jarmusch.

:: Sobre Paterson, de Jim Jarmusch.

:: Entrevista con Michael Haneke.

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