La ropa, la moda y su crisis

La ropa, la moda y su crisis

– Edición 487

¿En el confinamiento por la pandemia dejaste de prestar tanta atención a tu modo de vestir? No sólo te pasó a ti: fue un fenómeno global que ha acentuado la necesidad de reinventarse que tiene la industria de la moda, a fin de adaptarse a los nuevos tiempos y, a la vez, ser más sustentable

Por definición, la moda es efímera, pasajera, volátil. “El reino de lo transitorio”, la describe el escritor Eduardo Mendoza. La moda es así: se usa una serie de códigos estéticos durante un tiempo, para después transformarse. Lo que hoy es tendencia tal vez mañana ya no lo sea, pero quizás el próximo año regrese, no lo sabemos. La moda va y viene, es un péndulo perenne. La ropa divierte y entretiene precisamente por eso: nos saca de la rutina, nos vende la idea de que podemos ser otras personas, o que podemos ser únicas y distinguirnos de los demás. Es, también, una herramienta identitaria: construimos lo que somos a través de la ropa, es una especie de marcador de la personalidad. Hay una frase famosa de Lacan que refiere a eso: “Somos seres mirados en el espectáculo del mundo. Lo que nos hace conciencia nos instituye al mismo tiempo como speculum mundi”. La moda es lúdica, sí, pero también suele ser una tirana. La necesidad de estar en tendencia puede ser una especie de esclavitud. 

Consumo, uso y desecho: tiempos de fast fashion

Según datos de la Ellen MacArthur Foundation, organización comprometida con las economías circulares, de 2000 a 2015 la producción de ropa se duplicó: alrededor de 50 mil millones de prendas fueron fabricadas en  2000; quince años después, se produjeron más de 100 mil millones. Llevamos poco más de dos décadas viviendo en una sobreproducción de ropa: existe en el planeta muchísima más de la que nadie va a usar durante toda su vida. Esta nueva era de la fast fashion, o bien, “McFashion”, como la nombra la periodista de moda Úrsula Mejía, haciendo alusión a la comida rápida, ha puesto en alerta a la humanidad debido a los conflictos ambientales y socioeconómicos a los que nos ha sometido esta relativamente nueva forma de consumo de moda. Tal como sucede con la fast food, para que la ropa sea “rápida” y costeable, la mano de obra tiene que ser en extremo barata y los insumos de muy baja calidad. A partir del estreno del documental The True Cost, transmitido por Netflix, ha estado cada día más presente en la discusión pública la pregunta: ¿qué hay detrás de la producción de cada prenda que nos ponemos?

El dilema de la moda rápida se presenta en dos vías. Por un lado, está el impacto ambiental que genera la industria, hoy en día considerada como la segunda más contaminante del planeta. Entre 2015 y 2050 se espera que lleguen a los océanos 22 millones de toneladas de microfibras, lo que tendrá una colisión perjudicial en la vida marina. A escala mundial, en la producción de algodón se utilizan, en promedio, mil 931 litros de agua por kilogramo. Por otro lado, lavar la ropa libera cada año medio millón de toneladas de microfibras plásticas al mar, lo que equivale a más de 50 mil millones de botellas de plástico. Se estima que el consumidor medio compra ahora 60 por ciento más prendas de vestir en comparación con el de 2000. Además, cada prenda dura la mitad del tiempo que en épocas pasadas y, en promedio, 40 por ciento de la ropa en nuestros armarios nunca es usada. De hecho, los grandes productores de fast fashion han estado ya en la mira de la Profeco, que ha exhortado al usuario a vigilar más de cerca la durabilidad de las prendas.

Foto: Tierney Gearson

Éstos son sólo algunos datos relevantes que apuntan a un verdadero conflicto medioambiental originado por la producción de ropa; sin embargo, y aunque no son pocos, los problemas de esta índole no son los únicos que ha traído la sobreproducción de prendas. Tenemos, por otro lado, el conflicto de quienes están a cargo de la manufactura. El crecimiento de la fast fashion viene de la mano del traslado de las maquilas de ropa y textiles hacia países con economías precarias y en desarrollo. La mano de obra en extremo barata ha propiciado un aumento desorbitante de fabricación de ropa. La fórmula es muy sencilla: menos salario supone menos costes de producción. Lo que no siempre se ve en esta sencilla fórmula es que esto implica necesariamente la explotación humana. ¿Cuántas horas tuvo que trabajar una obrera para que la popular influencer de Instagram nos mostrara su outfit para ir a desayunar?

Si bien parecería evasivo decir que no hay responsabilidad compartida entre el consumidor y la industria, también habría que señalar que estamos inmersos en un sistema que alimenta el incesante deseo. Notificación en el celular: “Descubre las novedades de esta semana en Zara”. Lejos quedaron esos tiempos en que las colecciones estaban marcadas por las cuatro estaciones: ahora hay piezas nuevas cada semana. El bombardeo de “novedades” nos pone en un estado de insaciabilidad. Deseo algo nuevo, lo compro, segrego dopamina, soy feliz por unos momentos, la sensación de bien estar se esfuma, y sigo deseando más. Muy similar a como funciona una adicción.

Trabajamos tantas horas y estamos tan enrolados en nuestras rutinas de autoexplotación que, cuando vemos un pantalón que nos gusta, sentimos que “nos lo merecemos”, y entramos en una dinámica de castigo y recompensa con nosotros mismos.

La cultura de la inmediatez propiciada por la “revolución digital” permea también al mundo de la moda. Vivimos un tiempo en el que navegamos por una app en el celular y a los quince minutos tenemos unos chilaquiles en la puerta. Nuestras satisfacciones son instantáneas. Hemos ido perdiendo poco a poco la capacidad de gozar en modo lento, con demora y aplazamiento. Cada vez sucede más seguido que, en redes sociales como TikTok o Instagram, una prenda “se hace viral”. Es un fenómeno que parece fortuito, y que, por supuesto, no lo es. Existe todo un aparato mercadológico detrás: equipos de relaciones públicas y marcas. Ahora esa pieza es el objeto del deseo de la semana, los usuarios la piden, llega en dos días a sus casas. Deseo cumplido.

México es uno de los principales consumidores de fast fashion. De acuerdo con Greenpeace, “es el país que más compra productos del complejo español de vestido y calzado Inditex. Esta empresa incluye a las marcas Zara, Pull&Bear, Massimo Dutti, Bershka, Stradivarius, Oysho, Zara Home y Uterqüe, como parte de su conglomerado comercial”. El Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda) afirma que los impactos socioambientales en este país son alarmantes. La industria de la moda y la confección descarga agua contaminada al río Atoyac, lo que afecta a por lo menos 2.3 millones de personas en el estado de Puebla, por poner sólo un ejemplo.

Se espera que entre 2015 y 2050 lleguen a los océanos 22 millones de toneladas de microfibras. Foto: Phxere

La copia de la copia y la democratización

Dos factores fueron clave para el éxito de grupos como Inditex. Uno, que su producción está basada en el sistema de circuito corto, una forma de comercio basada en la venta directa de productos de temporada sin intermediarios entre productores y consumidores. Por otro lado, marcas como Zara comenzaron a hacer accesible la moda, es decir, crearon una aparente “democratización” a través de la imitación velada de diseños de marcas de lujo.

Este modelo no es nuevo. Su antecedente viene de décadas atrás, con la llegada del concepto ready-to-wear, que a su vez viene de la expresión francesa prêt-à-porter. Dadas las necesidades del mercado, desde entonces ya se tenía la presión de ofrecer al público en general los diseños de las pasarelas de alta costura. Sin embrago, el prêt-à-porter seguía refiriéndose a marcas de lujo con costes elevados, de manera que hubo que hacerlo más accesible aún para que la tendencia fuera masiva. Con esta fórmula todos ganan: el fabricante y, en teoría, también el consumidor. Así, el grupo comenzó a replicar rasgos de la ropa de las firmas top con muchísimo éxito, tanto que ahora existen marcas de ropa de China que a su vez replican las tan anheladas prendas de Zara.

La moda en pandemia y la época de oro de las pijamas

Cuando nos confinaron en nuestras casas, en aquel inolvidable marzo de 2020, nunca imaginamos que había objetos en nuestros clósets que jamás iban a volverían a ver la luz. Si bien es cierto que algunas personas siguieron de forma admirable una rutina normal que consistía en despertar, tomar un baño, vestirse con un atuendo cotidiano y sentarse a trabajar frente a la computadora, para la mayoría supuso la oportunidad de recurrir a las pantuflas, los shorts de algodón, los pants, los joggers, las camisetas desgastadas y, en general, la ropa holgada y cómoda. Caíamos en la cuenta de la incomodidad que estamos dispuestos a padecer, aun en este siglo, para cumplir con un código social de vestimenta (tengo la hipótesis de que las cuarentenas influyeron en el hecho de que la tendencia del momento le dijera “adiós” a los inderrocables skinny jeans).

Se estima que hay 17 millones de niños trabajadores en el sur de Asia, de los cuales, uno de cada cinco tiene menos de 11 años. Foto: Termómetro Político

Aunque las personas llamadas “creadoras de contenido” seguían publicando fotos de sus outfits, ahora dentro de casa, la vida de los demás transcurría en pijamas y ropa cómoda. Ante la caída de las ventas en la industria textil y de ropa, producto del cese en la socialización de las personas, la industria también tuvo que reinventarse. Por un lado, hubo un incremento en los canales para comercio en línea. Se afirma incluso que la covid-19 cambió el negocio del e-commerce para siempre. Según un estudio de la Asociación Mexicana de Venta Online (AMVO), “el comercio electrónico generó en 2020 un total de 316 mil millones de pesos. Lo que representa 9 por ciento del total del canal de menudeo en México”. Comida a domicilio, artículos de moda, belleza y cuidado personal son las categorías de productos preferidos de los mexicanos para adquirir por internet. Todas las industrias tuvieron que adaptarse en la emergencia sanitaria, y la de la moda no fue la excepción. Muchos fabricantes cambiaron momentáneamente de giro y comenzaron a producir colecciones de ropa para estar en casa; estas mismas colecciones después tomaron la calle (tal vez haya quienes ya no estén dispuestos a sacrificar la comodidad en aras conservar cierto “estilo”). Diseñadores como Benito Santos, por ejemplo, empezaron a fabricar mascarillas y uniformes para el personal de salud: “Ahora no es momento para plumas y lentejuelas”, decía.

El hecho de que durante la pandemia la gente haya dejado de consumir ropa no necesariamente implicó un fenómeno del todo satisfactorio. La investigadora Dolores Cortés Ceballos, coordinadora de la Licenciatura en Diseño de Indumentaria y Moda en el ITESO, afirma que “ya se ha visto que en época de la pandemia la gente consumió menos, pues esa gente que estaba explotada ya no tenía ni siquiera esos cinco pesos para comprar algo que llevarse a la boca”. Es decir, el hecho de que dejemos de consumir a esas empresas de forma masiva, también supondría una crisis importante.

Cuando algunas empresas regresaron a trabajar de forma híbrida y paulatina, lo hicieron conforme algunas normas de higiene que tenían que ver con la imagen de los empleados: no corbatas, no aretes largos, no mascadas ni pañuelos, pelo recogido.

Es curioso cómo la pandemia hizo evidente también que en los entornos laborares hay una marca de jerarquía dictada por la moda. Lo teníamos claro, pero ahora fue muy obvio: el puesto está relacionado con el atuendo, pero, si ya no compartimos un espacio de trabajo, entonces a nadie le importa la ropa de nadie.

Ir a la paca: una nueva cacería de tendencias

Aunque el paseo a las pacas de ropa ha sido una práctica recurrente entre un grupo de fashionistas y cazadoras de tendencias, podríamos decir que ahora está de moda. Internet se ha llenado de contenido al respecto: cuentas de memes, videos con tips para la caza de joyas o gente compartiendo feliz sus hallazgos. La famosa tiktoker e instagramer mexicana Jessica Marmolejo presumió orgullosa los outfits que usó en la Semana de la Moda de Nueva York, todos ellos armados con ropa de tianguis y de paca.

Si bien la ropa usada o tipo vintage siempre ha tenido un público de consumidores cautivos, ahora es algo cool y popular. El fenómeno es interesante desde varios puntos de vista. De alguna manera, comprar piezas aisladas que no están exhibidas en un aparador estimula la creatividad de quien las compra: estilizar una penda fuera de época y contexto no es del todo sencillo. Desde otro punto de vista, habría que pensar en las condiciones sociales que han puesto de tendencia este tipo de consumo. Hay dos hipótesis que se postulan como las más fuertes: la primera es clara: estamos atravesando por una crisis económica importante; la segunda es que se trata de un fenómeno generacional, el cambio de hábitos de consumo hacia caminos más “sustentables” es lo que ha marcado a la juventud actual.

Durante la pandemia, muchas chicas comenzaron a su vender su ropa a través de plataformas digitales. GoTrendier, la aplicación móvil dedicada a la venta de ropa usada, cerró 2021 con un incremento de 150 por ciento respecto al año anterior. Vender ropa usada es un buen negocio. Otro modelo que se estila mucho hoy es ir a la paca y seleccionar piezas clave para venderlas en Instagram de una forma “más curada”, ahorrándoles a las usuarias tener que escarbar por horas en una montaña de prendas.

Luis Enrique Bolívar, creador de contenido editorial, stylist y docente de la carrera de Diseño de Modas de la Universidad de Guadalajara, advierte que es muy fácil enamorarnos de la idea de la sustentabilidad, pero “habría que conocer toda la cadena de distribución. Las condiciones del empleado: ¿quiénes son esas personas? ¿Cómo operan? ¿Cómo entra el tráiler al país, con qué aranceles?”, señala.

En México es un negocio que opera dentro de la ilegalidad, ya que no cumple con las normas sanitarias impuestas por la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). A propósito de esta modalidad de consumo de ropa, Cortés Ceballos agrega que estos modelos de negocios le restan posibilidades al empleo formal bien pagado, pues hay una serie de trampas de por medio que lo convierten en una competencia desleal. Apunta que la ropa de paca no es recomendable para que la usen ni los niños ni las mujeres embarazadas. “Somos medio ingenuos, somos responsables con la comida porque no nos comemos algo si no leemos la etiqueta, pero sí nos ponemos algo que no sabemos ni de dónde viene ni cómo se hizo ni qué contiene”, agrega. Desconocemos por completo su origen.

Vida virtual: moda digital

Cada vez pasamos más tiempo en la virtualidad, socializamos varias horas de nuestras vidas en redes sociales; con la llegada del metaverso, el nuevo negocio de Mark Zuckerberg, todo apunta a que esas horas no irán en descenso. Este estilo de vida que se avecina demanda otro tipo dinámicas y consumo de moda. El contenido que ciertos personajes generan en la red es la cara que le dan al mundo, es una especie de avatar, es una la forma en que quieren ser percibidos. Para todos ellos existen nuevas opciones. A meses de haber arrancado la pandemia, nació la tienda en línea Dress-X y, meses antes, ya se había dado a conocer The Fabricant. Ambos negocios se dedican a la venta de ropa digital. En ambos sitios es posible adquirir todo tipo de artículos 3D: vestidos, tops, sombreros, sudaderas y lentes de un variado menú de marcas y diseñadores posicionados.

Comunidad, creatividad y sustentabilidad son los valores con los que se promueve esta clase de iniciativas futuristas. “No desperdiciamos nada más que datos y explotamos nada más que nuestra imaginación. Operando
en la intersección de la moda y la tecnología, fabricando alta costura digital y experiencias de moda”, reza el sitio de The Fabricant, mientras que en Dress-X hay toda una sección destinada a la sustentabilidad: “Creemos firmemente que la cantidad de ropa que se produce hoy en día es mucho mayor que la que necesita la humanidad. Compartimos la belleza y el entusiasmo que crea la moda física, pero creemos que hay formas de producir menos, de producir de manera más sostenible y de no producir en absoluto. En una etapa actual del desarrollo de Dress-X, nuestro objetivo es mostrar que algunas prendas sólo pueden existir en sus versiones digitales. No compres menos, compra moda digital”, dice el manifiesto.

Es posible que bajo este modelo, efectivamente, se reduzca el impacto ambiental, pero habría que ver si el coletazo no viene entonces por el lado económico: estas transacciones podrían caer en los oscuros terrenos de la especulación, como ya se está observando con el fenómeno de los non-fungible tokens (NFT), pero, supongo, eso merece un análisis aparte.

Foto: Viktor Rolf

Moda lenta y ropa con historia

Elsie Lorenzana, exactriz de teatro, recuerda con fascinación cómo su madre le inculcó el gusto por el diseño y las infinitas combinaciones que podían hacerse con la ropa. “Cuando yo volvía del trabajo, mi mamá ya tenía puesto sobre la cama un atuendo completo, vestía a una mujer imaginaria y le ponía el collar, los aretes, la flor”, recuerda. En su casa se solía gastar en ropa de grandes almacenes. Cuenta también que, a pesar de que compraba mucha ropa, no la acumulaba, la solía regalar a primas o amigas. “Eso cambió cuando nació Belinda, mi hija; entonces comencé a guardarla para ella”. La ropa es un vínculo originario entre madre e hija.

Después de hacer un sondeo abierto en redes sociales preguntando sobre la pieza más antigua de nuestro clóset, fue muy recurrente ese recorrido: mujeres que guardan con cariño prendas de sus madres, abuelas o tías. Isabel, una de las entrevistadas, dice usar aún un vestido rojo que perteneció a la madre de una de sus mejores amigas: “Es precioso y pienso mucho en ella cuando me lo pongo”, dice. También hubo hombres que afirmaron guardar alguna chamarra o botas de sus padres, pero la gran mayoría fueron mujeres. Si hiciéramos una clasificación de los datos que arrojó el sondeo, podríamos organizarla así: entre las prendas más antiguas de los clósets de quienes contestaron, están en primer lugar las heredadas, ropa estructurada, como cárdigans, gabardinas, abrigos y sacos que datan de los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta. También figuran la ropa artesanal, como huipiles bordados y vestidos hechos a la medida. Están quienes decidieron invertir en accesorios de marca, como zapatos Armani o Prada. Ropa de piel. Piezas de colección vintage obtenidas en boutiques especializadas. Aparecen de forma recurrente también las camisetas de grupos y cantantes, así como chamarras y jerseys de equipos deportivos. Prendas de Zara adquiridas a principios de 2000. Hay quienes guardan aún chalecos y suéteres que usaron en la secundaria. Un suéter negro de Aurrerá. Las marcas más mencionadas fueron gap, Dr. Martens, Guess, Benetton, Ralph Lauren, Aca Joe y Levi’s. Un entrevistado aún guarda la camiseta que tenía puesta cuando nació su hijo. Tiene 15 años.

Patrick Matamorosfue un personaje que se robó los encabezados de la prensa de moda hace unos cinco años. Llamó la atención de los estudiosos de las tendencias, pues montó un negocio muy peculiar: durante un tiempo se dedicó a buscar en bazares, tianguis y tiendas de segunda, t-shirts de bandas y cantantes para luego revenderlas a clientes como Kanye West y Jerry Lorenzo. Su técnica consistía en cazar la prenda y luego someterla a un proceso de restauración artesanal que en ocasiones tardaba hasta un mes para una sola camiseta. Él decía que el valor de la prenda estaba en la energía que venía cargando durante décadas, algo difícil de explicar y definir con palabras.

¿Es posible un consumo ético?

Aunque parezca que el escenario es catastrófico, la propia industria textil y de la moda se encuentra ya en la búsqueda de soluciones para reducir sus afectaciones al medio ambiente. Hay estudios e iniciativas que se dirigen hacia la economía circular. “El paso de la economía del modelo lineal al modelo circular condiciona cómo la gente usa las cosas, cómo la industria produce y cómo la sociedad utiliza sus recursos cada vez más limitados”, apunta el Cemda.

La presión por parte de organizaciones no gubernamentales y algunos gobiernos sobre las marcas de lujo y los conglomerados de marcas de ropa los han orillado a instrumentar modificaciones en la producción.

Dolores Cortés Ceballos, quien también es investigadora sobre historia y teoría de la indumentaria y la moda, señala que uno de los principales objetivos de las carreras del Departamento del Hábitat y Desarrollo Urbano del ITESO es fomentar los proyectos de aplicación profesional que integren el uso de nuevas tecnologías y herramientas que no generen un impacto ambiental severo. Actualmente existen recursos como el “patronaje cero desperdicio”, así como el uso de máquinas que usen menos agua. El algodón, por ejemplo, es un tipo de textil que exige mucha agua para su fabricación. Cuando nos venden una camiseta hecha 100 por ciento con algodón orgánico, tenemos que pensar que, si bien el material sí es “orgánico”, su manufactura no lo es. Hay tantos elementos inmiscuidos en la cadena de producción de ropa que es imposible que toda ella sea completamente sustentable.

Sin embargo, el conflicto es complejo y difícilmente la fast fashion se va a acabar. “Eso va a seguir existiendo. ¿Por qué? Por los bajos precios, por la experiencia de marca y por una gran cantidad de cosas que todavía nos puede ofrecer. Es difícil pensar en que va a desaparecer. La gente tiene la necesidad de consumo de bajo costo inmediato. Recordemos también que la moda no sólo es una necesidad básica, es también social. Entonces, la única manera de satisfacer una necesidad social en una población amplia es a través de un consumo rápido. Habría que tener mayor conciencia y pensar en términos más realistas y menos idealistas”, agrega Luis Enrique Bolívar, de la UdeG.

Foto: Viktor Rolf

En manos del consumidor queda también intentar recurrir a las llamadas “siete erres” de la moda: reducir (el consumo), reusar, reponer, reparar (acudir a la antigua sastrería y a la modista de la colonia), revender, rentar y, finalmente, reciclar. Bolívar postula que es imposible que el consumo y la producción sean impolutos en términos éticos, pues siempre habrá conflictos y contradicciones: “No podemos exigirle ética a la moda, sería como pedirle al diablo que se porte bien”, apunta.

Por su parte, Cortés Ceballos recomienda hacer conciencia sobre los motivos esenciales de nuestros consumos compulsivos. Compramos por la fascinación de la novedad, pero seguro también lo hacemos porque intentamos llenar ciertos vacíos. Ella recomienda comprar con una conciencia distinta y “utilizar las prendas también de forma consciente: no es posible que tengamos en el clóset cerca de diez pantalones de mezclilla. ¿De verdad necesitas diez pantalones de mezclilla? Saber hacer las modificaciones de nuestras prendas también es una gran cosa, o poder contar con una costurera, con alguien que nos haga los ajustes, y reutilizar o incluso personalizar la ropa: ésa es una gran inversión. Comprar barato y desechable es la peor idea que podamos tener”, comenta. Hay muchas prácticas de las que podemos echar mano: hacer grupos de intercambio, modificar las prendas (lo que se conoce en la red como “refashionar”) o volver a los tiempos en que la ropa se compartía entre primos, primas, hermanos y hermanas. Finalmente, hace especial hincapié en que estas nuevas formas de consumo son importantes en términos de reflexión: “Me da gusto que la gente esté interesada en estos temas porque eso le obliga a a leer al respecto, a informarse y a pensar que, si su prenda todavía puede tener una segunda vida, la puede intercambiar o la puede reparar. Cómo te vistes es un hecho social. Tu consumo es un hecho social. Entonces, saber que eres un ente social por el hecho de llevar ropa, nos da otra posibilidad de pensamiento”, concluye. .

2 comentarios

  1. Muy valioso artículo. Tenemos elementos para compartir con alumnos de bachillerato y crear conciencia para promover un impacto positivo en su comunidad

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