La Purificación

Pan de muerto

La Purificación

– Edición 485

El aire se llena del olor a piloncillo y anís, al dulzor del pan. Doloritas me ayuda a abrir la puertecilla del horno y a sacar, uno a uno, los panes que ellas también metieron a hornear. Tienen forma de perros, de casas, de caballos, de niños. Y es que pronto habrá una fiesta

A mitad de la noche, un sofoco me despierta. El aire está tan caliente que siento los muslos resbaladizos por el sudor. El hombre que he amado está junto a mí, dándome la espalda. Sé que no puedo acudir a él, que esta angustia y este espanto he de vivirlos sola, y que él tiene la razón cuando me voltea la cara. Oigo que cae lluvia y bendigo al cielo: ojalá el agua venga helada, ojalá dure un buen rato, ojalá apague esta boca del infierno. La lluvia, sin embargo, no responde a estos deseos: se le escucha intermitente, alternada con unos pasos que me son familiares. Me levanto. Alguien debe andar merodeando por aquí.

A través del cristal veo que no llueve. Alguien está regando las plantas, los arbolitos con los que el hombre que he amado y yo pretendimos vestir de verde la casa hace tiempo. Ahora ya están casi secos. Él los procura, se acuerda más de ellos que yo, pero no es suficiente para hacerlos revivir. La silueta que veo a través del cristal se parece al hombre que he amado pero no es él, lo dejé en la cama, rumiando su sueño de furia y tristeza. Conforme me acerco escucho cómo la silueta arrastra los pies mientras riega las hojas, las ramas; y la cifra de esos pasos me dice quién es antes de que le vea el pelo, las manos, la cara. Es mi abuela.

“Me recuerdas a mi abuela. Pero no sé por qué”, le dije muchas veces a él. Nomás se reía y me acariciaba la cara. Y entonces yo sabía por qué me la recordaba.

Mi abuela arroja el agua sobre el piso lleno de tierra, toma la escoba y empieza a tallar, brusca como era. Luego echa sobre aquel lodo el agua que quedaba en la palangana, una cuadradita, de aluminio, que parece nueva, pero que yo no veía desde que era niña.

—¡Agüe! —le digo con desesperado cariño—, agüelita.

La abrazo, beso su pelo, sortijas de alabastro que huelen a flor de azahar.

—Corazón santo —me dice—. Mira cómo tienes aquí de descuidado. Se te van a morir.

—Se están muriendo. No sé cómo evitarlo.

—Sí sabes. Pero no quieres —como siempre, mi abuela tiene razón.

—¿Qué andas haciendo por acá, viejita loca?

—Voy con tu tía, a platicar con una comadrita. Acompáñame, ya que se te espantó el sueño.

No sé ni por dónde me lleva. Caminamos por las calles que rodean mi casa pero que de pronto desconozco, como un perro ciego. Avanzo junto a mi abuela como si tuviera fiebre y anduviera con un velo de vapor sobre los ojos. Llegamos muy lejos, hasta el pueblo donde ella nació, hasta La Purificación. Reconozco el camino de arrayanes, la subida que lleva al camposanto, el atrio de la iglesia. Ni un velador ni un atisbo de vida en la calle. Será porque es de madrugada, yo creo. El sudor me sigue consumiendo, como si fuese yo una vela de carne.

—Pero si aquí nunca hacía este calor. ¿Te acuerdas de que cada que pasábamos la noche acá teníamos que sacar otra cobija del ropero? —le digo a mi abuela. No me contesta.

La calle en la que desemboca el pueblo, la de los portones bonitos, está más oscura que como la recordaba. Ladran los perros ante la puerta roja de la casa de la tía Concha, que sé que es roja porque la recuerdo, no porque la vea. Tampoco veo a los perros.

—¡Concha! ¡Ábreme! ¡Vengo con la niña!

“La niña”. Abue, ya soy una adulta. Aunque me porte tan mal, tan mal…

Me doy cuenta de que tengo hambre. En la mesa de la tía Concha habrá bolillos calientes y frijoles chinitos, estoy segura. La tía surge de entre las sombras de la casa, sortea los lances cariñosos de los perros invisibles; de su manojo de llaves saca la más grande y abre el portón. Su cara rozagante, chapeada, brilla tanto como los cristales de sus lentes, que no dejan ver sus ojos.

—¡La niña! —exclama la tía, y me abraza—. Vente. Estamos haciendo pan.

Desde la ventana se ve el comedor en el interior de la casa. Las grandes lámparas iluminan la cristalería, el mantel, la cerámica, una fiesta de blanco, dorado y rojo. Yo quiero sentarme a la mesa, que ya está puesta, pero la tía y mi abuela se siguen derecho hasta el patio de atrás. Siento las colas alegres de los perros golpearme las piernas, pero no los veo. La visión del interior de la casa me ha deslumbrado, y yo sigo con aquel velo de sueño caliente delante de los ojos.

La puertecilla del horno de piedra está abierta. Dentro arden ladrillos, brillantes como el rojo anaranjado que brota de las heridas volcánicas, donde la tierra se ha sacado de las entrañas lo que tenía que salir. Alguna vez soñé que daba a luz un montón de piedras que debían ser pura lumbre, pues estarían vivas. Pero salieron frías, inertes, húmedas. No servirían para hornear pan.

Pensar en aquel sueño me convence de que no estoy soñando todo esto.

La tía Concha me señala una gran mesa tapizada de harina. Junto a la masa fresca, informe, reposa una charola llena de panes humeantes que salieron medio chamuscados. Arriba brillan, indecisas, algunas estrellas.

—Haz tus muñecos, nena. Y no olvides ponerles la cruz encima, para que sean benditos.

—Agüe, pero todavía no es dos de noviembre. ¿Por qué están haciendo pan de muerto?

Ella no me contesta nada. La tía Concha es la que me responde:

—Porque viniste.

Hago tres panes: uno con forma de árbol, otro con forma de hombre, otro con forma de mujer. Me quedan grandes y bonitos. Los pongo sobre la pala, los meto al horno. Siento que me derrito cuando me asomo a aquel pequeño infierno. Habrá que esperar.

—Agüe, tengo hambre.

Mi abuela me besa, me muerde el cachete, como antes, cuando jugábamos a las comadritas y yo le daba mucha lata. Pero antes me habría ofrecido algo de comer, ni tarda ni perezosa.

Ya no.

—Orita. Nomás se cueza la masa te llevo de regreso.

Quiero decirle que deseo sentarme adentro de la casa, en el comedor, que se me antojan el queso fresco y el café de olla, pero mi abuelita y la tía están muy plantadas, sentadas al sereno, han recibido ya a su visita. Doloritas, le dicen. Viene de lejos, tienen que ponerse al día. Hablan entre ellas un murmullo que al principio me parece inentendible, como cuando era chica y no entendía la plática de las grandes. Se reparten el pan chamuscado. Lo mojan en el café de olla, se lo comen. El olor del anís me hace agua la boca. Cuando extiendo la mano para partir un pedacito, mi abuela me da un manazo. De niña habría rezongado, pero no digo nada porque echaba en falta sus dedos anchos y chuecos por la artritis, cubiertos por anillos de bronce y de latón. Tomo su mano y la acaricio. Me entran muchas ganas de llorar porque lleva muerta tantos años y sé que no podrá darme manazos, ni hablarme ni acariciarme luego, cuando yo esté muy triste porque los árboles se secaron y porque el hombre al que he amado se hundirá en la cama hasta desaparecer sin mirarme de nuevo, como una laja de pómex que acabara por sumergirse en el hondo río, derrotada. Y todo por mi culpa.

Poco a poco voy comprendiendo lo que dicen sus murmullos. La tía Concha habla de lo latosos que son sus perros, Doloritas habla de los pendientes que tiene con su hijo. Doña Pola, de bautizos y funerales, de que siempre le toca ser madrina de ropones y mortajas. Es difícil seguirles el paso, dicen muchas cosas, todas importantes, todas lejos del mundo iracundo y triste de los hombres. Dejo de oírlas al mirar la orilla de fuego que sella el horno, adentro arden mis panes como arden los cuerpos en un crematorio. Me pierdo en ese anillo rojo hasta que comprendo que las tres mujeres están hablándome, pues sus rostros están vueltos hacia mí.

—Es duro aceptar el final de las cosas.

—No es tu culpa. No te has portado tan mal, tan mal. Sólo estás muerta de aburrimiento.

Se ríen.

—Es peor cuando no aceptamos el final porque se crea un limbo. Una penumbra perpetua.

—Una se puede quedar atrapada ahí. O aquí, para siempre.

—Una como quiera, pues ya murió.

—Pero tú estás viva.

—Y mientras hay vida, siempre amanece.

—Siempre.

El aire se llena del olor a piloncillo y anís, al dulzor del pan. Doloritas me ayuda a abrir la puertecilla del horno y a sacar, uno a uno, los panes que ellas también metieron a hornear. Tienen forma de perros, de casas, de caballos, de niños. Y es que pronto habrá una fiesta. Bajo las estrellas se alcanzan a ver los alegres farolitos de la procesión que viene bajando por la subida hacia al camposanto. Comprendo que mis panes perfectos, sin chamuscar, son para ellos: alimento para las ánimas. No podré comer frijoles chinitos, ni bolillo tostado. La mesa de la tía Concha no está puesta para mí.

—La niña ya se dio cuenta, Pola. Déjala que se vaya.

—Pero ustedes me van a acompañar hasta su puerta. Para que no se sienta sola.

—Ta’ bueno, pues. Vamos.

Camino con las tres mujeres a mi lado. Son mucho más fuertes que yo: no resuellan, ni sudan siquiera cuando llegamos al atrio de la iglesia en un suspiro.

—Es que a ti todavía te falta el aliento. Alégrate. Nosotras ya no lo necesitamos —dice una de ellas, o las tres (no lo sé, es difícil saberlo) con sabia resignación.

El aire está fresco, será porque en este lugar al que hemos llegado sí amanece. Veo clarito la puerta de mi casa. La tía Concha, Doloritas y Doña Pola se quedan tiesas en el umbral, aunque las invito a pasar. Supongo que no podrán entrar, que aquí tengo que despedirme.

Me aferro a mi abuela aunque me da miedo que se desmorone, que esté hecha de harina y agua de azahar. Pero ella se prende de mí como cuando su cuerpo estaba vivo, como cuando no había ninguna amenaza que pudiera alcanzarme mientras me tuviera tomada de la mano. Cuando abro los ojos, con el sol pegándome de lleno en la cara, descubro que por fin estoy durmiendo sola, abrazando mi propio cuerpo, rodeada de migajas..

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MAGIS, año LVII, No. 489, septiembre-octubre 2022, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de septiembre de 2022.

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