La hora de Zendaya

La hora de Zendaya

– Edición 486

Su carrera contrasta con la tragedia de su personaje en «Euphoria».

Con sólo 25 años de edad se ha convertido en una de las figuras más visibles del espectáculo a escala internacional. Su carrera —en la que todo parece haberle salido muy bien hasta ahora— es el contraste exacto de su trágico personaje en Euphoria, una de las series de televisión más comentadas del momento

A principios de febrero de 2022, medio Twitter se volvía loco con el capítulo 5 de la segunda temporada de Euphoria, la controversial serie de HBO conocida por la crudeza con la que dramatiza historias de sexo y adicciones entre adolescentes estadounidenses: la razón era el catártico trabajo de la actriz Zendaya, intérprete del personaje Rue Bennett, durante una nueva pelea contra su madre y su hermana menor por causa de su uso de drogas. Zendaya lleva a Rue al que posiblemente sea el más oscuro momento del personaje en la serie, y los tuiteros le reconocían a la actriz todo su esfuerzo: no sólo era creíble como una muchacha de 17 años de edad llevada al límite de su salud mental tras media vida de trastornos y abusos, sino también el recordatorio acerca del dolor de las personas que, de tan enfermas, están listas para lastimar a quienes las quieren, o a sí mismas. Quizá no hay manera de hablar sin frivolidad del sufrimiento de una persona adicta y de sus seres queridos, pero al menos Euphoria, uno de los más recientes éxitos de las series de televisión de la cultura contemporánea, había mostrado una de las caras más crueles de este drama en la persona de una de las estrellas juveniles más populares del momento.

Porque pensar en una Zendaya oscura o decadente es casi una contradicción del star system de 2022. Con apenas 25 años de edad, la joven californiana es una personificación del éxito y la simpatía que tanto gustan a Hollywood, con el añadido de que (en contra del triste estereotipo de la estrella infantil que perdió el buen camino) conduce con madurez y aparente suficiencia una carrera en pleno ascenso. Zendaya es bailarina, actriz de televisión y de cine, nada menos que la compañera más importante de Spider-Man en la industria de películas Marvel; pero también es cantante, estrella infantil y juvenil, diseñadora de modas y princesa de las pasarelas y alfombras rojas, por no hablar de millonaria, filántropa, activista y hasta autora de un libro para adolescentes. Como it-girl es imposible ignorar que las revistas le celebran cualquier outfit, y como ídolo de redes sociales apenas hay foto o video suyos que no obtengan miles de likes.

Zendaya es cool y todo le sale bien; si acaso, se le reprocha cierto tropiezo en relación con una reina del espectáculo, la adorada cantante Taylor Swift. Fuera de eso, es la última diva pop en su mejor momento.

Foto: Frank Fife / AFP

Todo bien

Zendaya Maree Stoermer Coleman ha sido famosa desde que en 2010 se convirtió en la inteligente Rocky Blue, una de las niñas protagonistas de la serie de televisión Shake it Up, en donde lució su talento para el baile y ascendió a la categoría de estrella de Disney. Como sabe cualquier aficionado al pop estadounidense, esa etiqueta suele anticipar una larga trayectoria de exposición pública y mucha crítica relacionada con el comportamiento personal: Lindsay Lohan, Britney Spears, Miley Cyrus o Demi Lovato han sido pasto de las revistas de espectáculos impacientes por señalar cualquier desliz en la conducta juvenil.

Zendaya no sólo parece libre de la condena moral que podría implicarle el alto estándar del currículum en Disney, sino que, de hecho, ha cultivado una imagen que combina autonomía y libertad personales con variados gestos de amabilidad pública. Es vegetariana, ha participado en campañas adolescentes de valores antibullying dirigidas a adolescentes y apoya a la organización humanitaria Convoy for Hope, e incluso se ha ocupado de defender ciertos rasgos públicos de su calidad birracial: es hija de Claire Stoermer, una mujer blanca con orígenes alemanes y suecos, y de Kazembe Ajamu Coleman, un hombre afroamericano con raíces en Nigeria y en Arkansas, bautizado al nacer como Samuel David Coleman. Cada vez que habla de sus orígenes raciales, la joven aprovecha para pronunciarse a favor del reconocimiento de la diversidad étnica de Estados Unidos y para convertir en proclama respetuosa cualquier posible comentario racista. “[Para mí] es muy difícil ver colores, porque estoy en un área gris”, dijo de sí misma en una entrevista.

Zendaya con sus padres. Imagen de 2015. Foto: Kazembe Ajamu

En cuanto a su carrera, es difícil ignorar las señales sobre su autonomía profesional: ha sido productora, tanto en cine como en televisión, desde que asumió ese rol para su segunda serie Disney, KC Undercover, que le permitió insistir en —y lograr— que su familia fuera interpretada sólo por actores negros. En 2021 coprodujo Malcolm & Marie, una película cuyos derechos fueron adquiridos después por Netflix, y que dirigió Sam Levinson, el autor de la serie Euphoria. Como empresaria, desde 2018 es dueña de su propia línea de ropa, The Zendaya Edit, y colaboradora frecuente de marcas como Tommy Hillfiger.

Por todo eso, no extraña que el mundo pop la mime con mayor visibilidad cada vez: si ya coprotagonizaba Spider-Man, también lo hizo en la sonada nueva versión de Dune, el clásico de ciencia ficción al lado de otra estrella de popularidad casi impoluta, Timotheé Chalamet. Recién se reveló que es, efectivamente, pareja del Hombre Araña, su compañero actor Tom Holland, y que compraron juntos una mansión de cuatro millones de dólares en Inglaterra. ¿Su fortuna? 15 millones de dólares, según el sitio Celebrity Networth.

La euforia alrededor de Euphoria parece, pues, tan sólo la confirmación de que éste es su momento de gloria. Pero asomarse a la serie de hbo supone un reto para una buena cantidad de espectadores, por su temática, por su retrato de cierta forma de ser adolescente y, en cierta medida también, por la incombustible presencia de Zendaya en un rol completamente opuesto.

Imagen de la serie Euphoria.

Sexo, drogas y pop alternativo

Euphoria fue lanzada como una nueva versión de una serie homónima de 2012 y 2013 producida en Israel, reescrita con base en experiencias de personas adictas a drogas, sobre todo las del mismo creador de la versión de hbo, el director Sam Levinson. Desde el primer momento de la serie queda claro para cualquier espectador que no va a enfrentarse a nada convencional: la Euphoria de HBO tiene tanto orgullo de su espectacular estética visual y sonora como de carecer de filtros en la exposición cruda de sexo, drogadicción, depresión, identidades de género, violencia o crímenes de muy diverso orden.

En la serie, Rue es una joven de 17 años que regresa a la casa de su madre y su hermana luego de un periodo de rehabilitación por el abuso de drogas. El primer discurso del personaje interpretado por Zendaya deja claro que la joven no tiene la menor intención de mantenerse “limpia”: está tan acostumbrada a usarlas como parte de sus estrategias contra la ansiedad y otros trastornos, que casi no concibe la vida sin ellas (o, mejor, como dirá en algún capítulo: cuando llega a tomarse en serio la sobriedad, le resulta tan sorprendente que casi la experimenta como una droga nueva).

Si la vida de Rue parece excesiva, no menos dramáticos son los retratos de los personajes alrededor. La principal coprotagonista es Jules, una joven transexual en conflicto con su identidad de género; Nate, un exitoso deportista incapaz de controlar su violencia y su machismo pese a compartir con su padre su homosexualidad clandestina; Maddie, enamorada de Nate al punto de tolerar la violencia que él le inflige; Cassie, obsesionada con tener el cariño de los demás y perseguida por el recuerdo de los videos sexuales que sus exparejas subieron a internet; McKay, pareja de Cassie, atormentado por el miedo de no cumplir las expectativas de su padre como jugador de futbol americano; o Kat, decidida a controlar sexualmente a los hombres como una forma de ganar poder ante la vergüenza que le produce su sobrepeso.

El drama que persigue a cada personaje se resuelve en secuencias que bien pueden retratar el abuso, la doble moral en torno al sexo que los adultos esgrimen sobre los adolescentes, o la lucha de cada persona por sobreponerse a los desafíos emocionales que sus situaciones les imponen. Pero las adicciones son el centro de cada relato: el sexo y las drogas parecen los únicos sucedáneos de felicidad, de euforia, que los personajes persiguen cuando notan la insatisfacción que les dejan sus propias vidas y la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

Sin embargo, curiosamente, ninguno de ellos parece infantil; y, a la vista de algunos espectadores adultos, no hay manera de considerar “adolescentes de preparatoria” a semejantes héroes trágicos: Rue, la dulcísima Jules, la ingenua Cassie o el violento Nate toman todos decisiones que les acarrean exigentes consecuencias, y luego las viven con miedo, dolor o una tristeza filmada con extenuante detalle. Son los adultos quienes le recuerdan al público que los protagonistas son, en realidad, jóvenes y menores de edad: la madre de Rue y el padre de Jules se esfuerzan por mantener sus reducidas familias con algo de orden y cariño, y aun la alcohólica madre de Cassie o el temible padre de Nate procuran, a su modo, algo de amor para sus hijos.

¿Es la adolescencia contemporánea, al menos en Estados Unidos, tan problemática como la retrata Euphoria? La sola pregunta ya sería un error: se antoja difícil que un programa de ficción en capítulos semanales de menos de una hora de duración diagnosticara a la juventud del mundo. Y quizá por eso divide opiniones: Twitter hierve cada fin de semana con reacciones contrastantes entre sí acerca de la verosimilitud o los aciertos de lo que ocurre a los personajes de la serie. Pero críticos como el famoso Tim Goodman, de The Hollywood Reporter, han celebrado su carácter “casi documental”.

Esto seguramente tiene que ver, por si no ha quedado claro, con el explícito contenido de Euphoria escena por escena. El sexo casi es lo de menos: armas, violencia, violaciones, obviamente drogas y genitales, hasta un momento de fanfiction erótico entre dos integrantes de la banda One Direction, son parte de la imaginería dejada por la serie a los espectadores (una famosa escena, en medio del capítulo que cuenta su biografía, muestra a Nate en medio de sus compañeros de equipo, desnudos en el vestidor, y algún espectador contó que aparecen 30 penes en el plano, para que luego se supiera que hbo había previsto que hubiera 80).

A Euphoria no se le puede afear su intento por colocar en el centro de las vidas de sus personajes a la internet y las redes sociales digitales, indispensables para mantenerse en contacto y buscar atención y amor, pero también escenarios para la sobreexposición y las relaciones enfermizas y, sobre todo, como sucedáneos de la ineficiente educación sexual, que en la preparatoria resulta irrelevante, ridícula o repugnante. De acuerdo con Euphoria, el porno en internet es un asunto de consumo cotidiano para una enorme proporción de niños y adolescentes; el sexting, el intercambio de nudes (“la moneda de cambio del amor”) y la relación indisociable entre alcohol y sexo son básicamente lo normal después de la pubertad.

Cuestionado al respecto del realismo de la serie sobre la sexualidad adolescente, el creador Sam Levinson ha preferido dejar el juicio al público: “Puede que rocemos los límites al mostrar esas escenas en televisión, pero están ahí porque alguien las ha vivido”.

Rue tiene dientes de niña

Como víctima principal de las adicciones, Rue carga sobre sus hombros el peso de la serie (casi por completo: el trabajo de talentos como Hunter Schafer, la actriz que interpreta a Jules, es brillante por derecho propio, y cualquier interesado en el programa debería ver el capítulo especial protagonizado por ella, bautizado “F*ck Anyone Who’s Not a Sea Blob”), y el ruido alrededor de la temeraria actuación de Zendaya no es poca cosa, pues interpretar el personaje supondría una buena cantidad de desafíos para cualquier actriz.

Rue es, principalmente, una joven acostumbrada a una depresión que se ha convertido en el criterio central de su vida: su propio éxito personal, su apatía por la escuela o por el futuro, su timidez al enfrentar su enamoramiento por Jules, la rabia que le produce su propio estado de salud. Los breves momentos de alegría que experimenta se ven siempre perturbados por su sospecha de que, como persona, es tan sólo una carga para los demás, al grado de haber normalizado esa condición: es capaz de retratarse a sí misma con ideas como: “Sé que todo esto suena triste, pero, adivinen: ni yo construí este sistema ni yo lo eché a perder”, pero también: “Si pudiera ser otra persona, les puedo jurar que lo sería. No porque yo lo quiera, sino porque ellos lo quieren. Y eso es el problema”.

En la Rue de Zendaya conviven una singular alegría, un humor cínico y cáustico y una dulzura casi infantil con la latente violencia de la que es capaz alguien que ya no reconoce ningún límite, así como tampoco el sufrimiento que puede causar a los demás. Rue se pasa la serie disculpándose con Jules, con su madre, con su hermana Gia o con su amable y paciente dealer, el cariñoso Fez, irónicamente uno de los más preocupados por que ella deje de usar drogas. Si los explosivos sucesos del capítulo cinco de la segunda temporada asombran a los fans de la serie, otros momentos más sutiles exhiben el talento de la joven actriz por retratar al personaje en sus múltiples dimensiones: pasa de la fragilidad y la timidez de una niña enamorada de su mejor amigo a ser la odiosa adicta que le desea la muerte al hombre que se niega a venderle drogas.

Otro episodio de muestra, que recuerda el tino de Zendaya para la comedia: en la primera temporada, Rue intenta descifrar por qué Jules desaparece durante una semana después de ciertos sucesos misteriosos, y la serie la muestra convertida en una detective que imagina los pasillos de su escuela como un cuartel de policía, con todo y los clichés del café, los cigarrillos y los interrogatorios de policía bueno, policía malo.

Muy pocos lamentaron que ganara el premio Emmy de 2019 como Mejor Actriz de una serie de drama, por encima de actrices del tamaño de Olivia Colman, Laura Linney o Jodie Comer (y, por cierto, que a sus 24 años se convirtiera, así, en la más joven reconocida por esos premios para la televisión estadounidense). Su Rue es un personaje de ficción y tal vez un cuestionable intento de producir otro retrato generacional, pero lo cierto es que será difícil olvidar Euphoria una vez contemplado su trabajo.

Ésta podría ser una forma de medir sus aciertos: como tal vez no hay manera de evitar la frivolidad al hablar del drama que vive una familia afectada por las drogas, ese drama que se traduce en impotencia y angustia y una persistente sensación de fracaso en contra de quien menos lo merecía, la Rue de Zendaya puede mover a la empatía por cualquier persona adicta, a la posibilidad de asomarse con curiosidad a una forma de representar a quienes viven al límite: ella misma ha dicho que le gustaría “que la gente vea a Rue como una persona digna de su amor y de su tiempo. Espero que podamos ver lo bueno en ella, incluso aunque ella misma sea incapaz de verlo”.

¿Será el papel mejor recordado de Zendaya, capaz de conquistar a los niños de Disney o al adorable nerd que es Spider-Man? Cuando le han preguntado si se ve ganando algún día más premios como actriz (por ejemplo, el codiciado EGOT: un Emmy, un Grammy, un Oscar y un Tony), ella ha contestado con sencillez y sorna: “Seguro que es posible. Sólo tengo que vivir un poco más para lograrlo”. .

Barbie Zendaya

Era 2015 y la alfombra roja de los Oscar aún era una Meca de la moda, no como ahora, cuando la pandemia mete a tanta bella gente a sus casas y les limita el glamour. Zendaya, entonces de 19 años, desfiló en ese prestigioso escenario con un elegante vestido blanco satinado confeccionado por Vivienne Westwood; si parecía un poco demasiado maduro para su edad, la joven añadió a su famoso carisma un detalle de relevancia: un largo peinado a base de dreadlocks.

Hasta aquí, todo lindo. Pero entonces la famosa comentarista Giuliana Rancic de Fashion Police la miró pasar y comentó, con no poca mala leche, que le parecía que la muchacha seguramente olía a pachulí o mota. Las redes sociales dejaron claro que su amor por Zendaya vale más que cualquier sabio juicio de la moda y aplastaron a Rancic. Zendaya aprovechó para lanzar un mensaje de empoderamiento a favor de la visibilidad afroamericana en los medios estadounidenses. Y cuando ya no podía lograr más simpatía pública, la empresa Mattel dio la puntilla y presentó a la Barbie inspirada en Zendaya, con todo y su orgullosa cabellera.

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