La desolación
Alexander Zatyrka, SJ – Edición 514

Podemos hablar de desolaciones “con causa precedente”, es decir, que surgen de situaciones que de manera natural producen desánimo y tristeza. Y otras desolaciones que aparecen de pronto, sin una razón clara.
Anteriormente comentamos que para el discernimiento de las mociones no sólo se toma en cuenta el contenido (a qué me siento invitado), sino también, y de manera especial, el estado de ánimo que las acompaña. San Ignacio describe tres estados de ánimo básicos: la consolación, la desolación y el tiempo tranquilo. En nuestros anteriores textos hablamos de la consolación: qué es, cómo se identifica y cómo desenmascarar las “falsas consolaciones”.
En el texto de los Ejercicios Espirituales (EE 317), como parte de las reglas de la primera semana, san Ignacio nos describe qué es una desolación:
4ª regla. La cuarta de desolación espiritual: llamo desolación todo el contrario de la tercera regla; así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor. Porque, así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación.
Como el mismo texto lo describe, la desolación es el opuesto diametral de la consolación. En primer término, subraya una experiencia de inquietud ansiosa en el alma, muy diferente de la paz y la armonía presentes en la consolación. En medio de este malestar general, la persona que la padece tiende a buscar un cambio de estado de ánimo de la peor manera posible: por medio de cosas “bajas y terrenas”. Es decir, alimentando al ego en sus caprichos (tentaciones), encerrando a la persona en su autocentramiento y privándole del auténtico remedio: salir de sí para buscar relaciones de amor en comunión.
Un elemento importante de la consolación es que quien la experimenta percibe un aumento de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) actuando al unísono y transmitiendo la experiencia de amor confiado, sereno, generoso y alegre que las caracteriza. En la desolación se vive lo opuesto: las virtudes teologales parecen disminuir en la conciencia, incluso llegando a la sensación de que dejan de existir (“infidencia, sin esperanza, sin amor”, nos dice san Ignacio).
Finalmente, a diferencia del entusiasmo que caracteriza a la consolación, la desolación se manifiesta como una profunda apatía y pereza espiritual. La suma de todo lo anterior es la sensación de que Dios se ha alejado, de que su presencia ya no es perceptible.
Como podemos ver, la desolación es un malestar anímico con tres tipos de manifestaciones:
• Cognitivo (dudas y confusión general, “razones aparentes, sutilezas, falacias”).
• Teologal (lejanía de Dios, moción a cosas bajas, disminución de las virtudes teologales).
• Existencial (tristeza, pereza, incapacidad de hacerse cargo de la vida, acedia).
En tiempos recientes hay un debate en torno a las diferencias (si las hubiera) entre lo que Ignacio describe como desolaciones y los estados depresivos como los entiende la psicología contemporánea. Sin duda, existen elementos que asemejan a las desolaciones (de origen espiritual) con las depresiones y los estados de ansiedad (de tipo más bien psicológico).
Según las ciencias de la conducta, la depresión se manifiesta como pérdida de interés o satisfacción con la vida, tristeza, vacío, disminución de atención y concentración, dificultad para tomar decisiones, pérdida de confianza en sí mismo, sentimientos de inferioridad, inseguridad, desesperanza, etcétera. Mientras que la ansiedad tiene manifestaciones mentales (inquietud, impaciencia, irritabilidad, miedo a perder el control o la razón) y somáticas (tensión muscular, insomnio, pérdida del equilibrio, entre otras).
Los estados depresivos y de ansiedad se pueden explicar a partir de la historia personal y/o familiar de quienes los padecen. Podrían deberse a factores hereditarios (hay familias cuya historia presenta repetidos casos de integrantes con tendencias depresivas) o a situaciones propias de la vida, como la pérdida de un ser querido, el desarrollo de una enfermedad dolorosa e incapacitante, o el fracaso de un proyecto personal al que se le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo.
La desolación presenta síntomas que asemejan a los estados depresivos y ansiosos, como podemos ver al comparar la descripción de san Ignacio con los síntomas que tipifican una depresión clínica. Sin embargo, la desolación se entiende desde un proceso de evolución espiritual.
Al hablar de las mociones consolatorias, decíamos que aquellas que “no tenían causa precedente” muy probablemente tenían origen en Dios. Sólo Dios tiene la capacidad de mover el corazón humano en su centro más íntimo. En este mismo sentido podemos hablar de desolaciones “con causa precedente”, es decir, que surgen de situaciones que de manera natural producen desánimo y tristeza. Y otras desolaciones que aparecen de pronto, sin una razón clara. A estas las podríamos considerar como un elemento propio de la evolución espiritual de la persona y son una ayuda importante en los procesos de discernimiento.
Las tres causas principales de hallarnos desolados para nuestro bien son:
I. Para llamarnos la atención “por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestra vida espiritual”. Por lo tanto, ante una desolación repentina, nuestra primera pregunta debería ser: ¿no he descuidado mi relación consciente con el Señor? Si la respuesta es positiva, la recomendación es retomar nuestra práctica espiritual con ánimo y generosidad.
II. Si a la primera pregunta respondemos honestamente que no hemos descuidado nuestra vida espiritual, puede ser que el Señor nos mande la desolación por un segundo motivo: para que “caigamos en cuenta de que no depende de nosotros la devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual”. Todo es don y gracia de Dios nuestro Señor. A través de una desolación Dios nos ayuda a evitar la vanagloria o la soberbia de atribuir a nosotros la consolación.
III. Finalmente, si no hemos descuidado nuestra práctica espiritual ni percibimos haber sido tentados por la soberbia, san Ignacio dice que Dios nos puede mandar una desolación “Para comprobar para cuánto somos, qué tanto nos entregamos en servicio al Señor sin un premio inmediato de consolaciones”. Es decir, es una manera de purificar y madurar nuestra manera de amar de forma que se asemeje cada vez más al amor divino, que implica la entrega de sí de forma libre e incondicional.
En nuestra próxima entrega, abordaremos la manera en que podemos usar con provecho esta alternancia de estados de ánimo al discernir qué mociones nos vienen de Dios para nuestro bien.
Para continuar la reflexión
:: Visita el sitio web de Alexander Zatyrka, SJ, “El camino de la mistagogía”.