Jesuitas: espíritu de diálogo

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Jesuitas: espíritu de diálogo

– Edición 415

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Ordenación sacerdotal de César Palacios SJ. Guadalupe Ocotán, Nayarit

La Compañía de Jesús define su misión como “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Este modo de vivir, anclado en la aspiración de “hallar a Dios en todas las cosas”, en palabras de San Ignacio de Loyola, los lleva a estar en las fronteras del mundo y en muchas ocasiones, en constante tensión con la jerarquía católica

A finales del siglo XVI, cuando las puertas del imperio chino estaban cerradas a occidente, el jesuita Matteo Ricci consiguió abrirse camino hasta el emperador Wan Li sin hablar de su propio Dios. Ricci —conocido en China como Lì Madòu— cambió sus hábitos de clérigo italiano por la forma de vestir de los chinos, aprendió a hablar y a escribir en su lengua, enseñó matemáticas y astronomía occidentales a los sabios y tradujo los textos de Confucio al latín.

Matteo Ricci pintado por el hermano jesuita Emmanuel Pereira en 1610
Matteo Ricci pintado por el hermano jesuita Emmanuel Pereira en 1610

Si a los occidentales China nos sigue pareciendo el prototipo de lo extraño —“No me hables en chino”, decimos—, podemos comprender la osadía del modo de proceder de Ricci, una apuesta que, cuatro siglos después, sigue pareciendo novedosa en el contexto actual de las instituciones religiosas: en lugar de imponer, dialogar; en lugar de hablar, dar ejemplo; en vez de discutir dogmas, comprender.

Pese a todos los matices que puedan encontrarse, los jesuitas de hoy beben de ese mismo río, que no nació con Ricci sino con su fundador, Ignacio de Loyola, y que tampoco se agotó con él. Hoy se pueden encontrar jesuitas que combaten el sida en África, que en Japón incorporan elementos de budismo zen a la tradición espiritual del cristianismo, que luchan en la ONU y otras instancias internacionales en favor de la condonación de la deuda a los países pobres, que se han inculturado entre los pueblos indígenas de Bolivia, México o Brasil, o que son protagonistas de algunos de los debates intelectuales más trascendentes de nuestros tiempos.

Fieles a la tradición de su fundador, San Ignacio de Loyola, quien proponía “encontrar a Dios en todas las cosas”, los últimos documentos oficiales de la Compañía de Jesús en el año de 2008, emanados de la Congregación General 35 —la máxima asamblea de la orden—, usan palabras como globalización, pobreza, sida, migración, derechos humanos, diálogo interreligioso o postmodernidad.


El padre Pierre Tritz, jesuita francés, trabaja desde hace 40 años con los niños de la calle en Manila, Filipinas. FOTO: AFP / Romeo Gacad

“El reto principal para la Compañía de Jesús, sobre todo en América Latina, África y Asia, sigue siendo el de la justicia”, asegura David Fernández Dávalos, jesuita y rector de la Universidad Iberoamericana de Puebla, México, refiriéndose a la célebre formulación que los jesuitas hicieron de su propia misión en la Congregación General 32, en 1974: “La misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida para la reconciliación de ellos mismos con Dios”.

“No puedes escindir fe y justicia”, refuerza Juan Luis Orozco, actual rector del ITESO de Guadalajara y provincial de los jesuitas mexicanos entre 2001 y 2008. “No puedes orar al pie del altar mientras no te vayas a reconciliar y a hacer justicia a tu hermano; mientras no respetes la cultura, el derecho a la fraternidad y a la igualdad de los demás”.

Además del binomio fe-justicia, los jesuitas añadieron dos apéndices a su misión en la Congregación General 34: el diálogo interreligioso y la inculturación del Evangelio. El primero adquiere especial importancia, en palabras de David Fernández, cuando “los principales conflictos del mundo aparecen mediados por concepciones religiosas, como el choque entre el Islam y Occidente”. El segundo, dice Juan Luis Orozco, tiene que ver con la evangelización que debe darse en un marco de “el enriquecimiento de una cultura sobre otra, y no la prepotencia de la cultura occidental sobre los otros”.

Cualquier parecido con Matteo Ricci es mera reincidencia.


El centro Miguel Agustín Pro, dirigido por los jesuitas en México, se dedica a la defensa y la promoción de los derechos humanos. En la imagen, Luis Arriaga SJ en una manifestación contra las violaciones a derechos humanos perpetradas por miembros del ejército mexicano. FOTO: Enrique Carrasco SJ

Los jesuitas en el mundo

La Compañía de Jesús es la orden religiosa más numerosa del mundo. Según sus últimos registros, en 2008, tenían casi 20 mil miembros (sacerdotes, hermanos y escolares o estudiantes) en 127 países. La orden está organizada en 91 Provincias y éstas se agrupan en diez Asistencias regionales.

La orden fue fundada en 1540 por Ignacio de Loyola, un vasco que después de peregrinar por Europa y Tierra Santa, había reunido e inspirado a un grupo de estudiantes en París “para servir a las almas” con un peculiar método de meditación espiritual que aún nutre el trabajo y la pastoral de los jesuitas: los Ejercicios Espirituales.

En cualquier página web de las Provincias o Asistencias (hay un índice completísimo en www.sjweb.info) se puede tener una idea de la variedad de trabajos que desempeñan. Los apostolados más distintivos de la Compañía son el trabajo “en los lugares de frontera” (con indígenas, obreros, presos, refugiados), la promoción de los derechos humanos (que ha implicado la persecución y el asesinato de algunos de sus miembros), el apostolado intelectual y la educación.

Ejemplo emblemático de un apostolado integral es el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), fundado en 1980 por Pedro Arrupe, entonces superior general de la orden, quien se conmovió por las condiciones en las que miles de vietnamitas, después de la guerra, se veían obligados a huir de su país.

El SJR ofrece atención integral al problema (atención humanitaria, rehabilitación, atención pastoral y gestión política, para resolver las causas de los desplazamientos) en más de 50 países. El número de proyectos ha crecido conforme aumenta el problema: si en 1980 había alrededor de 10 millones de refugiados y desplazados en el mundo, el SJR calcula que en 2005 eran más de 40 millones.


Hospital del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) en Baringa, República Democrática del Congo. FOTO: cortesía Provincia de España, Compañía de Jesús

La educación

El 19 de noviembre de 1989, en San Salvador, un escuadrón de la muerte asesinó a seis jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA)y a dos mujeres que trabajaban en su casa.  Encabezados por el rector, Ignacio Ellacuría, los jesuitas salvadoreños habían instaurado, en medio de la guerra civil, un modelo universitario que ponía la realidad de los sectores sociales excluidos en el centro de su reflexión.

Su muerte certificó con sangre que la acción directa con los pobres no es la única vía para trabajar en el servicio de la fe y la promoción de la justicia; desde los valores universitarios —el rigor en la reflexión, la crítica y la búsqueda racional de alternativas— se puede servir a los pobres. El modelo de la UCA se ha convertido en inspiración para muchas universidades de la Compañía.

David Fernández, rector de la Universidad Iberoamericana de Puebla, es heredero de esta concepción educativa: “La misión de nuestras universidades es reflexionar sobre las situaciones de pobreza y exclusión, de suerte que podamos ofrecer alguna reflexión útil que abra posibilidades de salida”.


Ignacio Ellacuría habla en un acto ecuménico en San Salvador, en marzo de 1989, meses antes de ser asesinado. FOTO: Gervasio Sánchez

La Compañía de Jesús tiene actualmente 3,890 instituciones educativas, la mayoría de ellas (2,947) del proyecto Fe y Alegría, un movimiento de educación popular con presencia en 19 países de Iberoamérica. Cuentan con 231 universidades —algunas de ellas con mucho prestigio, como la Universidad de Georgetown  en Estados Unidos o la Universidad de Sofía en Japón—, 462 colegios secundarios y preparatorios, y 187 primarias en todos los continentes. Esto significa que en 2008 tenían casi tres millones de estudiantes en más de 70 países.

En México tienen colegios en León, Guadalajara, Tampico, Puebla, Torreón y Tijuana, y el Sistema Universitario Jesuita (SUJ) agrupa a ocho instituciones de educación superior.

Fernández, quien fue encargado de todas estas instituciones educativas en México desde la estructura de gobierno de los jesuitas mexicanos, plantea que es necesario llevar el conocimiento universitario a los sectores que más lo necesitan, como los obreros, campesinos o indígenas. De ahí la importancia de un proyecto como la Universidad Intercultural Indígena Ayuuk, en la sierra mixe de México.

Pero por otro lado, hay que “traer a los pobres hacia dentro de la universidad. Que su situación sea la materia prima de nuestra reflexión”.

El problema es que las universidades jesuitas en México son privadas. Y caras. ¿Cómo se resuelve este choque de clase? Fernández responde citando a Ellacuría: lo importante no es de dónde vienen los estudiantes, sino dónde terminarán. “Queremos que vengan aquí para transformar su mente y su corazón para que después se encuentren solidarios con los grupos sociales marginados”.

Aunque reconoce que este ideal no siempre se consigue, hay resultados: muchachos que han cambiado y movimientos sociales que aprovechan el saber universitario para su propio desarrollo. “Estoy seguro de que Jalisco y Guadalajara serían absolutamente distintos sin el ITESO, y que Puebla sería otra si no existiera la Ibero”.


Greg Boyle SJ (tercero de izquierda a derecha) trabaja en el este de Los Ángeles ofreciendo a los pandilleros alternativas laborales en la empresa Homeboy Industries. FOTO: cortesía Jesuits In The U.S.

Tensión con la jerarquía

Matteo Ricci no tuvo una relación armónica con la jerarquía católica de su tiempo. Desde Roma se vio con sospecha que él y sus compañeros aceptaran que los conversos chinos mantuvieran la práctica de rituales para honrar a los difuntos y a Confucio. Los jesuitas argumentaban que estos ritos no implicaban la creencia en otro Dios —para los orientales la divinidad no es una persona—, sino una forma de honrar a sus antepasados, y que estos rituales tenían tal significación cultural que pedir su renuncia significaba cerrarle todas las puertas al Evangelio. Sus detractores aseguraban que los rituales no sólo eran costumbres sino verdaderas creencias paganas y que aceptarlos era contaminar el cristianismo.

Diversos papas pidieron que revisaran si los términos Shangdì (Dios) y tian (cielo), traducidos por Ricci, correspondían a la recta doctrina cristiana, en una polémica teológica que culminó con la condena de estas prácticas por parte del papa Benedicto XIV en 1742.

Ésta parece ser una constante en la vida de la Compañía de Jesús. En los últimos 30 años, numerosos jesuitas han sido condenados por el Vaticano, junto con otros religiosos y sacerdotes de otras congregaciones. Jon Sobrino, Jacques Dupuis, Fernando Cardenal o Anthony de Mello, son algunos de los jesuitas que han sido “notificados” por la Congregación de la Doctrina de la Fe, presidida hasta hace algunos años por Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI.


Timor Oriental. Guillermo Lebron SJ, conocido como el padre Lalo en las calles de Dili, trabaja con refugiados. En mayo de 2006 un grupo de pandilleros lo amenazó con armas y machetes a consecuencia de su trabajo en contra de la violencia. FOTO: AFP William West

Las malas relaciones entre el Vaticano y los jesuitas llegaron a su peor estado en 1981, cuando el padre Pedro Arrupe sufrió un derrame cerebral y el papa Juan Pablo II, saltándose los estatutos internos de la orden, impuso al padre Paolo Dezza como general de la Compañía. El conflicto amainó en 1983 cuando la Congregación General 33 eligió a Peter Hans Kolvenbach como superior general.

Después de este periodo difícil con la Santa Sede, la elección del padre Adolfo Nicolás como general de los jesuitas (ver otra nota) adquiere especial importancia. “Había que pensar en alguien que pudiera hacer una transición”, dice Juan Luis Orozco, uno de los electores. “No olvidemos el cuarto voto específico y especial de obediencia al papa”.

La interpretación de este cuarto voto es fuente de muchas polémicas. Se acusa a algunos jesuitas de manosearlo a su conveniencia, argumentando que sólo se trata de un voto “para la misión”. Es decir, que el papa sólo puede ordenarles ir a un lugar a desarrollar algún trabajo especial, pero no controlar todo. En la práctica, acusan sus detractores, obedecen cuando quieren y para lo que quieren.


Carlos Morfín Otero SJ, actual provincial de los jesuitas en México, durante la conmemoración del X aniversario de la masacre de Acteal, Chiapas. FOTO: Enrique Carrasco SJ

Lo que es cierto es que detrás de ese voto estaba la voluntad de San Ignacio, en el contexto de los cismas protestantes, de evitar que la Compañía rompiera la unidad de la Iglesia católica. Críticos, rebeldes, inteligentes, incluso berrinchudos, pero siempre “bajo las órdenes del Romano Pontífice”.

“Nuestro carisma nos lleva a una enorme libertad, a un compromiso con las realidades del mundo, pero nuestra pertenencia a la Iglesia en estos momentos está significando que lo hagamos con prudencia”, dice David Fernández, quien reconoce que esta actitud ha supuesto a lo largo de la historia “una tensión permanente con las jerarquías, con el Vaticano”.

Incluso el actual papa, Benedicto XVI, reconoce la importancia de esa tensión crítica dentro de la Iglesia católica. En la carta que envió a la inauguración de la Congregación General 35, fechada el 10 de enero de 2008, el papa reconocía la trascendencia del trabajo de la Compañía “en el campo de la teología, de la espiritualidad y de la misión”. Sin embargo, pedía “la propia adhesión total a la doctrina católica en particular sobre ciertos puntos fuertemente atacados por la cultura secular como, por ejemplo, la relación entre Cristo y las religiones, algunos aspectos de la teología de la liberación y varios puntos de la moral sexual, sobre todo en lo que se refiere a la indisolubilidad del matrimonio y a la pastoral de las personas homosexuales”.

Hay, evidentemente, dos lecturas distintas del mundo y sus cambios. Dos formas de comprender cuál debe ser la respuesta de la Iglesia católica frente a ellos. Dos formas que, sin embargo, están vinculadas por medio de ese famoso cuarto voto.

Para David Fernández, “la jerarquía tiene una mala lectura de los cambios sociales y culturales que se están dando, porque piensa que es obra de una minoría perversa enemiga de la fe y de la Iglesia, que está manipulando las circunstancias para atacar los valores tradicionales cristianos”.

“La jerarquía se ha atrincherado y está dispuesta a dar una batalla que en mi opinión está de antemano perdida”, agrega Fernández. “No están entendiendo las dinámicas de fondo que implican una novedad y una transformación de la sociedad hacia una sociedad mucho más plural, mucho más espiritual pero desde valores laicos”.

“En este contexto, nuestro mejor servicio a la Iglesia —porque nosotros estamos llamados a servir a la Iglesia bajo el romano pontífice— es hacer que esta Iglesia cerrada y atrincherada se pueda abrir y pueda dialogar con las realidades nuevas, con este mundo plural y diverso, porque ésta será la posibilidad de salvar el Evangelio, la buena noticia de Jesús para todos los hombres y mujeres del mundo”.m

    MAGIS, año LVII, No. 484, noviembre-diciembre 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de noviembre de 2021.

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