Insignificantes
Cecilia Eudave – Edición 516

No éramos, eso le quedó muy claro, un dharma en su vida, una bendición de los dioses, una dádiva de la naturaleza. Entre sueños y duermevelas recuerdo su rostro ahogado en lágrimas mientras se miraba al espejo reclamándose por no haber criado una familia decente, como si eso se pudiera criar
Para Paquí Noguerol
I.
Si alguna particularidad tengo es que duermo a todas horas, en cualquier lugar y sin importarme las consecuencias. No siempre fue así. Era un niño normal hasta que mi padre desde su sillón escudriñándome sentenció: “Otro hijo insignificante”. Mi madre completó el cuadro: “Y para colmo tiene mal sueño”. Eso debió quedarse en mi cerebro, o en algún lado se atoró su veredicto sobre mi pequeña persona, porque desde los tres años decidí que dormiría la mayor parte del tiempo. Al principio fue una condición molesta, mas con el paso de los años se convirtió en mi fuerza, en mi singularidad.
La culpa, si hay que echársela a alguien, también fue de mi subconsciente que pudo haber escogido otra cosa, cualquiera, pero de entre todos los traumas, fobias o miedos que determinan el desarrollo de un ser humano, él seleccionó el dormir constante para nutrir mi vida, quizá para llevarle la contra a mi padre. No crean que por pernoctar mucho me quisieron más. Lejos de facilitarles mi crianza se vieron obligados a vigilarme constantemente, no sabían si por las noches tenía frío o calor, hambre o cólicos, pues me limitaba a girar de un lado a otro de la cama o a lanzar algunos quejidos con mi aspecto imperturbable como una tabla o una piedra en el fondo de un abismo.
Mi nana aprendió a interpretar los pujidos o movimientos que emitía desde la cama, o donde cayera dormido, acertando casi siempre para acercarme la comida o proporcionarme algún tipo medicina; mamá, en cambio, renunció a mi cuidado pensando que me habían hecho mal de ojo.
—Nos han hechizado al niño.
Repetía constantemente.
—En todo caso nos los han hechizado a los tres. Éste duerme a deshoras, el otro se come todo, literalmente, mira lo que le acabo de sacarle de la boca —enseñándole unos cables—, y ¿la niña? No sabemos cómo va a ser la niña.
Se tiene la creencia que de padres monstruosos a veces nacen bellezas, pero de padres hermosos nunca se espera que paran bestias. Nosotros pertenecíamos a la segunda categoría: jamás estuvimos a la altura de los deseos de mamá o papá. Y la verdad nos esforzamos, si bien no resultamos, después de unas penosas adolescencias, unos adonis, sobre todo la niña, ¡no sabíamos cómo iba a ser!, logramos ocupar un modesto lugar entre los normales. Digo modesto porque aun queriendo pasar desapercibidos era difícil imaginar a un hijo que, ya entrado en angustia de exámenes semestrales, se comía los libros, los bolígrafos, las lapiceras y los termos de café, a trocitos, bien doblados, por aquello de no desgarrarse un intestino. Mientras el otro, o sea yo, era entregado invariablemente en calidad de bulto por los maestros, los policías, los amigos o algún transeúnte piadoso, porque simplemente me dormía y no despertaba por más intentos que se hicieran. Ni agua fría ni caliente. Ni infusiones ni bálsamos olorosos ni pastillas ni remedios ni doctores ni chamanes, nadie pudo contrarrestar esta tendencia mía al sueño, porque yo decidí dormir con tanta voluntad que les fue imposible combatirme. ¿Y la niña? Nadie sabía con ella ¿qué? Tal vez nunca se le puso atención a su crecimiento. Mas tengo un recuerdo muy vívido, como si hubiese sucedido ayer, no recuerdo ni cuántos años tenía, llegó muy tarde a cenar, nadie hubiera notado su ausencia, pero se le ocurrió disculparse diciendo:
—Me he cenado a un hombre.
Mi padre dejó por un minuto el periódico de lado y la miró. Mi madre se limpió la boca con la servilleta intentando no perder la compostura, no atinó a pronunciar nada. Mi hermano siguió comiendo con esa glotonería nerviosa e insaciable un pedazo de cuchara —es la angustia, el ansia, decían los doctores—, y a mí aquello me pareció genial: “Es caníbal, la niña es caníbal”. Comencé a reír apenas un instante, hasta que mi padre carraspeó y se quitó los lentes —él nunca hace eso—, para preguntar:
—¿Lo dices en sentido literal o metafórico?
Los ojos de los cuatro cayeron sobre ella, levantó los hombros, se quedó de pie. Mi padre suspiró, se puso los lentes de nuevo, siguió con la lectura del periódico y cenando. Yo no supe dónde colocarme, solo atiné a mirar el rostro de la niña lleno de frustración. Quise seguir escudriñando aquella cara que por un instante se mostró ante nosotros, los labios amoratados, los ojos hundidos en la desproporción de su tristeza, las manos crispadas y el color de su piel perdido en algún lado, recostado, quizás en otra pared, en otro cuerpo. La descubrí hermosa, algo en ella se abrió y nadie quiso darse cuenta. Tal vez debí comentar algo para sacarlos de ese letargo, pero mi madre se apresuró a gritarle:
—Lávate las manos y ven a cenar.
Entonces sentí que todo aquello debió ser un sueño, por eso nunca le dije nada y caí desvanecido sobre la sopa.
II.
No hacía falta que me esforzara por mantener los ojos abiertos. Las pocas horas que me animaba a estar entre los diurnos eran suficientes para saber cómo iba nuestra vida familiar. Por ello no me extrañó que mi madre, quien ya había perdido la fe a fuerza de tanto hijo mal parido, se enrolara en cosas de espiritismo y otras artes, buscando entre ellas algún consuelo. Nos hizo practicar a su lado toda clase de atajos para llegar a ser las personas adecuadas en su vida. Ni limpias ni viajes astrales ni la herbolaria sagrada ni el vudú —que practicó con recato y recelo, tampoco nos precisaba zombis— hicieron de nosotros lo que ella quería.
Fueron quizá su mayor consuelo las lecturas de vidas pasadas. Aquí, con la tutela de Madame M., logró establecer la conexión kármica que existía entre ella y nosotros. Porque no éramos, eso le quedó muy claro, un dharma en su vida, una bendición de los dioses, una dádiva de la naturaleza. Entre sueños y duermevelas recuerdo su rostro ahogado en lágrimas mientras se miraba al espejo reclamándose por no haber criado una familia decente, como si eso se pudiera criar. Nos maldecía a cada uno haciendo una enorme lista de defectos, en ello no había ninguna distinción, todos éramos arrasados de manera equitativa, lanzando sin recato su desilusión, aquí y allá, en donde fuera. Mis hermanos nunca llegaron a escucharla, por lo menos era discreta frente a ellos, yo tuve la desgracia de despertar un par de veces durante sus crisis y soportar fingiendo dormir, cual muro de las lamentaciones, su desdicha. Claro, ella siempre pensó que dormía.
Mamá fue la primera en someterse a las regresiones. La madame le confirmó su condición ancestral de duquesa caprichosa. La vidente, astuta como era, supo manejar a mi madre, que jamás hubiese pagado un dineral para oír sobre un vida ínfima y sin decoro. Así, estuvo meses escuchando su pasado real, descubriendo el porqué de su conducta y, claro está, su la relación con nosotros. Sobre este punto, la pitonisa afirmó que la duquesa, ahora madre nuestra, fue dueña absoluta de la existencia de sus criados y los trataba como esclavos maltratándolos, humillándolos sin ningún tipo de misericordia. Tal vez por esa razón nosotros, antes sus sirvientes, ahora reencarnados en sus hijos, veníamos a escarmentarla. Horrorizada ante la idea de ser la mala, y que se lo dijeran, decidió dar un giro a su relación con su prole para despejar el mal karma y no volvernos a ver en sus vidas futuras. Fue cuando ideó su estrategia que consistía en dejarnos crecer salvajemente sin someternos a ninguna vigilancia o castigo.
Eso hubiera cambiado el rumbo de nuestras existencias y quizás hubiésemos sido otro tipo de personas, pero como Madame M. no tenía intenciones de perder tan buena clienta, le sugirió que nos sometiera a un proceso de regresiones. La convenció de la importancia de determinar si sólo era un mal karma en relación con ella, o nosotros cargábamos con otras culpas más específicas, de ser así, mamá debía orientarnos para liberarse y liberarnos. Esa era su misión: ser nuestra guía. Como si tuviéramos misiones en el mundo.
Sin podernos negar para no acentuar la idea de que éramos unos pésimos hijos acudimos puntuales a las citas. Yo resulté ser un piojoso ratero del siglo XVII debatido entre la necesidad de reconocimiento y la avaricia, un holgazán de pacotilla que vivía del trabajo de los otros, del que se esperaba mucho y al final no logró nada.
—De ahí viene su necesidad de dormir tanto para evadir su fracaso.
Sentenció la madame. ¡Por Dios! Fue mi elección, no una evasión.
El siguiente fue mi hermano. Él, quietecito y taciturno como era, comiéndose a hurtadillas los clavos de la silla escuchó estoicamente su pasado. La mujer, después de bajar a los planos alfa, beta y más allá, logró ubicarlo como un boticario borracho que intoxicó y mató por negligencia a mucha gente por allá en el XIX. Y ¿la niña? No pusimos mucha atención, sobre todo porque la asoció con algo así como un espíritu muy joven que había habitado plantas y animales, “Es un ser muy tribal, una esencia poderosa”. Mi madre debió de haber escuchado: “Es un ser muy trivial en esencia poderosa”. Cosa que no le gustó en absoluto, pues en casa la única con poder era ella.
—¿Por qué nadie sabe qué va ser esta niña? —gritó furiosa y no hubo más regresiones.
III.
Como lo había dicho antes, mi ego, acompañado del favor del subconsciente, decidió vivir más dormido que despierto. No fue ninguna complicación llevar este ritmo en la cotidianidad, nuestras vidas era como esas malas películas, donde si te duermes, cuando vuelves abrir los ojos sigue sin pasar nada, lo cual te facilita seguir la historia sin ningún problema. Vivía enterándome de lo fundamental, a veces eso no era agradable, como cuando me informaron que mi hermano se tragó todo un instrumental médico y murió a causa de ello. En realidad fue un suicidio, eso a todos nos quedó muy claro, menos a mi padres, que en el funeral se mantuvieron abrazados a su negación, argumentando que aquello fue un accidente. Quizá porque mi madre ahí reconoció en silencio que no se puede tomar la batuta en cuestiones kármicas, y que mi hermano siempre fue un pésimo doctor porque nunca quiso serlo.
Doctor que, además, en ese intento de no llevar una vida monótona, dejaba dentro de sus pacientes un pequeño bisturí u otras cosas sin importancia; en algunas ocasiones, este olvido voluntario acabó con la vida de sus pacientes. Quizás, y no lo justifico, fue la necesidad de que los otros continuaran comiendo esos objetos que a él le prohibieron desde siempre echándole la culpa al ansia, a la angustia. Si lo hubieran dejado inmolar a aquel hombre que se tragó un avión en cinco años mi hermano estaría vivo, sería famoso y no estaría repitiendo su karma.
Yo lo quería, y aun así me quedé dormido en su entierro.
¿Y la niña?
Apareció como las sombras apoyada sobre un árbol del que no se movió hasta que el féretro descendió y comenzaron a echarle tierra. Cuando quise acercarme para saber qué era de su vida ya no estaba, pero sí los reporteros acechando a mis padres con sus preguntas morbosas. Logré persuadirlos y ayudé a mis progenitores a subir al auto a toda prisa. Por recompensa obtuve una mirada húmeda, distraída, y, como siempre, caí dormido en pleno cementerio.
IV.
Pasaron los años.
Yo luchando contra un destino manifiesto que me condenaba a ser ladrón, porque a fuerza de repetirme mi madre aquello llegué a creerlo. Después de la muerte de mi hermano se empeñó en vigilarme más. Así que por sí o por no, me mantuve al margen de las fortunas de los otros y de aquello que me pudiera atraer problemas. Me hice de buenos trabajos en los que me esforzaba y destacaba, pero mi imposibilidad de mantenerme mucho tiempo despierto me impidió sobresalir. Todos se volvieron recelosos porque una persona que duerme tanto no puede estar sana ni física ni mentalmente. Y así, uno a uno fui perdiendo mis trabajos, mis amigos y mis novias; a la larga siempre me quedaba dormido.
V.
Cuando mi padre me informó por teléfono con su tono ronco y áspero sobre la muerte de mi madre, no lloré ni sentí nada salvo un profundo alivio. Eso sí, me incomodó un poco el no haber sido invitado al funeral, celebrado de manera privada y con apenas unos cuantos allegados. Sin embargo, como una cosa natural, fui notificado, esa fue la palabra que utilizó mi padre, como una atención por los lazos de sangre, además, quería verme por un asunto muy familiar.
Nos reunimos para cenar. La mesa que antes estuviera llena ahora sólo nos albergaba a los dos. Sin pronunciar palabra comimos. Sin perder la costumbre, mi padre leía el periódico, y yo tardaba bastante en terminar cada plato pues dormía fugazmente entre uno y otro. Cuando por fin llegó el café —doble para mí—, él se quitó los lentes, cosa que no presagiaba ninguna buena noticia, y habló:
—Creo que tu hermana sí está comiendo literalmente personas. Hay que buscarla, no quiero más escándalos. ¡No más, por la memoria de tu madre!
Sin evitarlo, solté una carcajada que muchos años antes se me atoró en la garganta. Una vez que terminé de reírme —no cabía duda de que con los años uno aprende a reprimirse menos—, pude observar a mi padre muy serio. Me miraba como nunca lo había hecho. Quién sabe qué descubrió al examinar mi cara durante un buen rato, porque recuperó su rostro sereno. Se puso los lentes y sin dejar de lado el periódico dijo:
—Menos mal que contigo no me equivoqué, ojalá todos hubieran nacido así de insignificantes.
Los restos de la risa se me atragantaron en la garganta y no, no pude caer dormido.