El Tren

El Tren

– Edición 517

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Recorrí los más de mil 500 kilómetros del Tren Maya durante el verano de 2025. Pensé en el rey Pakal, que intentó perdurar a lo largo del tiempo con sus obras, con templos y pirámides. También pensé en Ozymandias

Antes aquí no existía el tren. Era selva, puro monte, como le dicen los antiguos. El tren llegó hace 150 años como un proyecto de Estado: transportar por los rieles el henequén para ser embarcado en Puerto Progreso, Yucatán. Progreso, fundado en 1872, reemplazó al otrora principal puerto del norte de la península: Sisal. Sólo tres años después de su fundación, en 1875, inició la construcción de la primera vía férrea en el sur de México. El primero de abril fue colocado el primer durmiente en La Mejorada, en Mérida.

Recorrí los más de mil 500 kilómetros de la ruta del Tren Maya durante el verano de 2025. Partí en Calakmul, entre las tormentas de la temporada de huracanes y las noches envueltas en la ópera lunar de millones de insectos y murciélagos en la selva maya. En Xpujil escuché las historias de un campesino maya que con sus manos llamaba al tigre, al jaguar, durante sus acampadas para obtener el chicle de la resina del árbol de chicozapote.

Atravesé la frontera del comercio, ese no-lugar entre México y Belice de bodegas, administrado por chinos e indios encadenados a contratos; me bañé en las aguas contaminadas por los desechos que recalan en la Laguna de los Siete Colores; escuché las profecías del animal de fuego que retorna al Mayab para arrasar con la identidad maya en Chan Santa Cruz, cerca de la selva donde sus jóvenes son desaparecidos por el crimen organizado mientras madres y padres los buscan y organizan vigilias en Cancún, tan cerca de la utopía banquera del México de hace medio siglo y de la tierra de las oportunidades para los migrantes de Venezuela, Cuba, Argentina, hasta Europa misma en la zona hotelera.

En la misma Chan Santa Cruz observé la memoria en pie de la guerra, la iglesia bombardeada de Tihosuco, el lugar donde estuvo la casa del líder maya Cecilio Chí, los vestigios del ferrocarril militar descarrilado por los rebeldes que conectaba con el mar Caribe, tal como quieren hacer con una carretera sobre los senderos que los mayas usan para llegar al océano. Un Caribe donde en las calles de los antes pueblos pesqueros hoy se venden la identidad y la apropiación cultural, donde los cruceros atraviesan los milenarios arrecifes de coral que crecen con la paciencia del Cosmos, donde se vende cocaína a oídos de la Guardia Nacional y de los policías estatales, donde los jaguares y leones se pueden acariciar por cien dólares, mientras el turista, el extranjero, intenta encontrar su espiritualidad en el existencialismo descarriado de su mundo anglosajón.

Aprendí que la serpiente, la boa pitonisa, más que ver el futuro es buena lectora del pasado, que fluye como el agua de los cenotes y no galopa como el caballo de fuego traído por los conquistadores —antiguos y modernos— sobre el sur. Conocí los augurios del cenote que se tragó una ceiba y que advierte de guerras y destrucción en el mundo. Descubrí la puya del henequén, clavada en el muslo del sacerdote-dios Zamná, quien la condenó a la esclavitud y sin saberlo condenó a su propia estirpe a la esclavitud en las haciendas.

Recorrí los pasos de mi tío Pancho, indagué en su obituario y en los “Sucesos de Policía” del Diario de Yucatán que informaban de su muerte en un accidente con el tren en Mérida, la ciudad donde empezó todo. Recorrí el Camino Real, que obtuvo su nombre del mismo recorrido que hizo la emperatriz Carlota, y luego el ferrocarril, y luego los automóviles, y de nueva cuenta el tren. Un camino manchado por las heces de cerdos y aves que se filtran al subsuelo, que hieden la atmósfera, y por las minas de la piedra que se usa para construir una ramificación del tren hacia el norte, que conecta Asia con Estados Unidos.

Subí al fuerte pirata de Campeche, caminé por los barrios que se defendieron del tren y a quienes una gobernadora les impuso otro tren, uno ligero, para gentrificar las calles externas al muro.

Seguí los rieles que antes fueron ocupados por el Ferrocarril del Sureste: por el despojo ejidal y de locatarios en Escárcega, una ciudad que nació con el tren de Lázaro Cárdenas que conectó la península con México, pero que el gobierno ha expropiado y quiere seguir expropiando para desarrollar sus propios proyectos, dejando un rastro de sangre a lo largo de la vía.

En Candelaria, un ingeniero forestal me contó sobre las prisas para terminar el inventario de árboles, que en cierto punto entró la maquinaria sin terminar los censos. Junto al atardecer naranja del río escuché narcocorridos provenientes de un automóvil de lujo, en un lugar bisagra para la maña que distribuye al norte y al Caribe.

Mi corazón se apachurró en La 72, cuando las niñas y los niños migrantes en Tenosique me abrazaban, jugaba con ellos y me contaban sus historias, entre adultos que sueñan con subirse al nuevo tren, tal como antes con La Bestia. Sobre todo cuando seguí mi camino y Carlita, una niña hondureña de cuatro años, me regaló unas crayolas, un dibujo y una tela amarillo limón, mientras su cara estaba bañada en lágrimas.

Llegué a Palenque, epicentro del poder maya, del poder antiguo y del poder contemporáneo. Frente a La Chingada pensé en el rey Pakal, en que intentó perdurar a lo largo del tiempo con sus obras, con templos y pirámides. También pensé en Ozymandias, el poema de Percy Shelley sobre “la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas”. Antes aquí no existía el tren.

2 comentarios

  1. Muy interesante y agradable el enfoque de este relato viajero, teniendo como medio de transporte la mega obra. Me hubiera gustado que ahondara un poco más en la devastación causada a la selva, misma que pude constatar en un trayecto que hice por carretera entre Chetumal y Calakmul en 2023; miles de árboles yacían derribados abriendo inmensos claros en la selva, mientras se intentaba frenéticamente terminar ese tramo. Insensata devastación para un tren que corre en paralelo a la carretera. Al igual que el autor, pude constatar de viva voz de ejidatarios afectados la expropiación de tierras, así como los beneficios prometidos asociados a la mega obra, que al parecer siguen sin llegarles a las pequeñas comunidades por donde pasa. Excelente relato de esos mil 500 kilómetros, reitero.

    1. ¡Hola Hueman! Aquí Paul Antoine. Te invito a que busques el podcasting Tren de Fuego, sobre este viaje. Está en Spotify y otras plataformas. Ahí abordó más a profundidad los cambios en la región. Muchas gracias por tu lectura.

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MAGIS, año LXII, No. 517, septiembre de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de septiembre de 2026.

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