El “Principio y Fundamento”

El “Principio y Fundamento”

– Edición 494

La forma como la imagen divina se manifiesta de manera irrepetible en cada ser humano es la mejor definición de la santidad

El texto de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio describe paso a paso el itinerario que el ejercitante debe seguir para alcanzar la meta de esta pedagogía espiritual: “Vencerse a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afición alguna desordenada”.Es decir, aprender las trampas del ego (nuestro falso “yo”) para vencerlo. Liberados de esa esclavitud, seremos capaces de poner orden en nuestra vida al quedar desenmascaradas las “aficiones” (apegos) desordenadas. Entonces podremos reconocer lo que nos da vida porque nos capacita para percibir, recibir y compartir amor. Y también captar lo que nos lo impide.

Para iniciar este derrotero de liberación y sanación, san Ignacio pone un preámbulo al que llama “Principio y Fundamento”. Con este nombre nos quiere transmitir lo que él considera como fundamental para alcanzar la plenitud de vida para la cual Dios nos llamó a la existencia.

Ignacio lo describe en el número 23 de los Ejercicios Espirituales [EE23]. El texto obedece a la sensibilidad y el estilo comunicativo de la época, es natural que nos queden lejanos e incluso sean incomprensibles. El original era un solo párrafo. Yo lo suelo dividir en tres partes para explicarlo y así entender mejor el dinamismo que describe:

I. El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma… [dicho en un lenguaje y con una sensibilidad más cercanos a los nuestros: la salvación es entrar en la vida de comunión, en la vida de/con/en Dios.]

La segunda parte nos presenta la manera como san Ignacio considera que el ser humano puede acceder a esa salvación:

II. …y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado; de donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe apartarse de ellas cuanto para ello le impiden. [Todo lo que somos y tenemos se puede traducir en una oportunidad para entregar vida, encarnando el amor a la manera de Dios. Los dones, talentos y bienes que poseemos pueden usarse para amar de manera concreta y efectiva a nuestros semejantes. Pero también estos dones, talentos y bienes presentan el peligro de sustituir a las personas. Corremos el riesgo de dejar de verlos como herramientas y sentir que son el fundamento de nuestra seguridad. Este apego desordenado por las cosas impide que el amor divino fluya con naturalidad de nosotros hacia las demás personas.]        

La tercera parte describe el estado interior necesario para vivir en la libertad que nos capacita para amar, correctamente, en cada circunstancia:

III. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido. De tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta y, por consiguiente, todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin para que somos creados. [Es decir: para amar correctamente con lo que eres y tienes, debes ser libre de todo apego.]

En el “Principio y Fundamento” encontramos la antropología de san Ignacio, su visión del ser humano y el sentido de su vida. Los verbos que utiliza en la primera parte son indicativos: “creado”, “alabar”, “hacer reverencia”, “servir”, “salvar”. El primero sienta las bases. El ser humano es creatura, y creatura de un Dios que le dio la existencia por Amor. Somos hijas e hijos de Abba, el Dios que Jesús con su vida nos revela. Nacemos a la existencia como parte de una relación.

Dios ya nos amó y nos ama continuamente: al darnos la existencia, al sostenérnosla, al darnos todo lo que necesitamos para que podamos, desde su estilo de donación modelada en nosotros, entablar relaciones de reciprocidad con Él. Los siguientes tres verbos explican la manera como el ser humano responde:

a) Alabando: significa reconociendo (haciéndonos conscientes) quién es este Dios como Padre amoroso y al mismo tiempo Creador de todo lo que existe. La experiencia mística fundamental es captar la grandeza indescriptible de Dios y al mismo tiempo la intimidad de su amor por cada persona. Al hacernos conscientes de que Dios crea amando, la alabanza nace de manera espontánea en nuestro corazón.

b) Haciendo reverencia: en sus cartas, san Ignacio suele poner juntas las expresiones “hacer reverencia” y “acatar”. Esto nos permite intuir que el segundo verbo del “Principio y Fundamento” es una invitación a “acatar” la voluntad de Dios, es decir, a vivir en consonancia con esa voluntad (la voluntad fundamental de Dios es que amemos como Él nos ama), vivir la “sinergia”, sentirse y estar gozosamente guiado por Dios.

c) Sirviendo: que es la manera como el Amor se encarna en la vida. Un servicio que no implica sacar provecho, ni se hace por obligación, sino como una forma particular de vincularnos con aquel a quien servimos, amándolo, construyendo, con él y por él, la comunión.

Finalmente, vivir en esta comunión de Amor es a lo que los cristianos llamamos salvación.

San Ignacio construye su antropología sobre la visión cristiana del ser humano, que parte de la constatación de que Dios es nuestro Creador y que nos ha creado a “su imagen y semejanza” (Gen., 1, 26). Esto significa que el ser humano tiene una afinidad constitutiva con Dios. Esta afinidad consiste en la capacidad de “ser/existir a la manera de Dios”.

En Cristo, Dios se ha revelado como Amor. En nuestra realidad espacio temporal, Dios es amando. Por lo que existir a la manera de Dios es existir amando. Por esto se ha dicho que el ser humano es “capaz” de amar, es “capaz” de Dios.

Para amar a la manera de Dios necesitamos una sensibilidad particular: captar que somos personas, es decir, identidades (auto-presencias) relacionales. Mientras más nos relacionamos (siguiendo el dinamismo del Amor divino), más somos nosotros mismos. Quienes se saben personas entienden que su vida/existencia implica a los demás. Perciben una vocación a la construcción de una realidad común que implica a otros. La puesta en común de lo que cada uno es construye la comunión.

Los cristianos creemos en un Dios cuya naturaleza más profunda es ser una comunidad de amor:  tres “personas”, cuya entrega mutua, total e irrestricta (kenótica, del griego kénosis, “vaciamiento”), constituye una “esencia común”, la naturaleza divina (Dios).

Tradicionalmente, la imagen divina se entiende como un don universal e irrenunciable, la capacidad que toda persona tiene de existir “a la manera” de Dios: dando vida donándose, recibir vida en la donación del otro. Es nuestra capacidad de amar en libertad y gratuidad: libre e incondicionalmente.

Por su parte, la semejanza divina se interpreta como el itinerario de ir encarnando en el concreto de nuestra vida la vocación a ser personas, día a día, instante a instante. Es la forma como la imagen divina se manifiesta de manera irrepetible en cada ser humano. Tal vez ésta es la mejor definición de la santidad.

Por lo tanto, todo lo que tenemos y somos se puede convertir en un don para los demás. Dios nos lo ha dado para que, ejercitándonos en entregarlo amorosamente a los demás, aprendamos a existir a la manera de Dios, que “es amando”.

Dios nos da “talentos” para que los invirtamos correctamente, es decir, gastándolos en el servicio de los demás. Cuando lo hacemos captamos que los talentos “crecen”, se multiplican, tal y como enseña la parábola.

Aprendemos a “ser Amor” a través de los actos de Amor kenótico que nos van enseñando el dinamismo de la entrega. Finalmente aprendemos a vivirnos como “entrega presencial mutua”,estar/existir para el Otro, inhabitación.

Los actos de Amor kenótico nos van ayudando a crecer como “personas”. Y a eso se refiere san Ignacio en su “Principio y Fundamento”.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MAGIS, año LX, No. 497, enero-febrero 2024, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de enero de 2024.

El contenido es responsabilidad de los autores. Se permite la reproducción previa autorización del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO).

Notice: This translation is automatically generated by Google.