El glamour en el cine

El glamour en el cine

– Edición 496

Detalle del cartel promocional de la cinta «El gran Gatsby».

En los años veinte del siglo pasado floreció en Hollywood el star system, cuya denominación tiene ambiciones astronómicas y concede el protagonismo de la industria a los protagonistas de las películas: gira alrededor de las estrellas, es decir, de actores y actrices que brillan con luz ajena y propia, que ganan notoriedad en pantalla y celebridad fuera de ella. Años después, a inicios de los treinta, el glamour (que es, casi, una pátina) contribuyó a que incrementaran su distancia del suelo terrestre y alcanzaran alturas divinas (no en vano se les llama divos y divas).

El glamour es un estilo que combina dosis de elegancia, sofisticación y sensualidad, que se traducen en encanto (según se cuenta, su etimología remite al hechizo). Se construye con vestuario, maquillaje, peluquería e iluminación; se hace resaltar a las estrellas con claroscuros y luces cenitales que hacen brillar la cabellera, con lentes que dan nitidez a ellas y desenfocan el fondo.

Con el glamour se asocia sobre todo a estrellas más bien bellas del cine clásico estadounidense, como Marilyn Monroe, Rita Hayworth o Grace Kelly. Detrás de cámara hubo artífices extraordinarios: cinefotógrafos como Gregg Toland o William Daniels (fotógrafo “de cabecera” de Greta Garbo); realizadores como Ernst Lubitsch, Douglas Sirk, Billy Wilder y hasta Alfred Hitchcock.

El glamour ha sido habitual en la frívola faz del cine, y hoy pervive corregido y aumentado en los desfiles de estrellas por la alfombra roja de cualquier evento cinematográfico, cuantimás en el festival de festivales, en Cannes, donde hasta los fotógrafos van de frac.

Angel (1937), de Ernst Lubitsch

Billy Wilder tenía en su oficina un cartel que hacía un homenaje a su maestro; decía: “¿Cómo lo habría resuelto Lubitsch?”. Éste, que técnicamente era solvente y artísticamente era genial, imprimió en sus películas un toque de sofisticación que daba a sus historias una densidad plausible. En Angel instala la acción en aristocráticas atmósferas y da cuenta del amor prohibido (en el glamour habita l’amour, el amor) de la mujer del título. Ésta es interpretada por Marlene Dietrich, en cuya mirada el glamour alcanza alturas dramáticas.

Gilda (1946), de Charles Vidor

El cine negro exhibió con lucidez las miserias humanas que se esconden detrás de vestuarios elegantes. A menudo el protagonismo lo llevan delincuentes de diversa calaña y vestimenta decente. En Gilda los hay de altos vuelos y de poca monta. Todos giran alrededor del personaje epónimo, una mujer deslumbrante y encantadora a la que da vida Rita Hayworth, epítome del glamour. Aquí todo el dispositivo escénico hace aportes valiosos a su lucimiento y es provechoso para iluminar sus contrastes… y revelar lo que esconde: una gran tristeza.

El gatopardo (Il gatopardo, 1963), de Luchino Visconti

Corren los años sesenta del siglo XIX. En Sicilia, el príncipe Fabrizio Salina encara el final de la supremacía de la aristocracia, mientras su sobrino encuentra la forma de acomodarse a los nuevos tiempos. Visconti se inspira en la célebre novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y registra, con elegancia, la suntuosidad y el esplendor de una era que llega a su fin; se diría que da esplendor a la nostalgia y relumbre a la decadencia. Todos, los burócratas y los aristócratas, participan gustosos con sus mejores ropas en esa puesta en escena que es la política.

El gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013), de Baz Luhrmann

El australiano Baz Luhrmann se sirvió del glamour hasta la exacerbación en Moulin Rouge (2001). Menos ostentoso, pero sin llegar a la discreción, resulta su acercamiento a El gran Gatsby, que parte de la célebre novela homónima de F. Scott Fitzgerald. La acción se ubica a principios de los años veinte del siglo XX y sigue la desazón por un amor perdido de un hombre adinerado. Alrededor del protagonista se extiende un halo de misterio que es recubierto con elegancia y lujo. Al final sí hay una revelación: el glamour no apaga la tristeza.

Sin tiempo para morir (No Time to Die, 2021), de Cary Joji Fukunaga

James Bond ha sido un modelo de elegancia desde sus orígenes. Se diría que no pierde la compostura ni cuando recibe apabullantes golpizas. En esta, la más reciente entrega de la infatigable franquicia, la sofisticación del personaje se extiende a la trama y el tema. La memoria cobra actualidad y espectacularidad en diversas corretizas que tienen lugar en locaciones de Italia. Mención aparte merece la presencia de Ana de Armas, quien da vida a una agente, de belleza y sensualidad proporcionales a sus habilidades físicas y mentales.

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