El cuarto 220

Foto: Claudia Wollesen / Pixabay

El cuarto 220

– Edición 509

Foto: Claudia Wollesen / Pixabay

Las facturas de los hospitales privados no sólo se cobran los insumos médicos. Se cobran las certidumbres que se nos caen. La primera es la del tiempo. La segunda es la del futuro. Y la tercera, la del amor

La historia empieza con una pregunta que suena a sentencia:

—¿Tienen seguro?

El “no” que sigue no es una respuesta, es un diagnóstico social.

El hombre de la recepción del sanatorio privado, tan correcto en su hablar como en su indiferencia, teclea el dato en la computadora. No necesita oírte, ya te clasificó. Después anuncia, con voz de trámite:

—Son quince mil de depósito, por si se ofrece.

Por si se ofrece: una botella de suero extra, un paracetamol, la vida. La muerte. Todo depende del saldo.

No hace tanto que estoy aquí. No es el hospital más caro de Guadalajara, pero presume historia. Está en un edificio blanco con pretensiones de hotel, en una colonia que huele a estabilidad económica y a buganvilias recién podadas. Aquí nacieron mis hermanos. Tal vez por eso mi madre lo considera casi un templo. “Aquí te atienden bien”, repite con la fe de quien cree que los sistemas de salud privados son mejores que los públicos. Esta vez, una neumonía se la quiso llevar. Sobrevivió diez días y casi 300 mil pesos después. Pagamos hasta el pañuelo desechable que sólo pensamos que usaríamos.

La enfermedad es una industria, eso casi todos los adultos lo sabemos. Pero vivirla lo cambia todo. Mirar cómo la dignidad humana depende de un depósito; ahí algo se descompone en nuestra idea de bienestar. Comprendemos en carne propia que la salud es una moneda que no todos podemos pagar.

Mi madre apenas podía respirar. La trajeron al cuarto 220, planta baja, “para que no batalle”, dijeron. El 220 huele a cloro. Las sábanas de la cama son de un blanco tan pulcro que parecen de mentiras. El aire acondicionado está en su nivel de mayor crueldad, el que transforma el miedo en frío. Detrás del vidrio de la ventana una enfermera sin cubrebocas revisa los mensajes de su teléfono. No hay apuro. En los hospitales la prisa sólo es urgente para los enfermos.

El sanatorio es un limbo con uniforme. Una vez que entras, el tiempo deja de pertenecer al reloj. Todo se mide en esperas: esperar al camillero, al médico, el diagnóstico, el medicamento. Esperar el milagro. En esa espera te descubres pensando en cosas pequeñas: los sonidos del pasillo, el pitido del suero cada vez que se acaba, el peso de la respiración de tu madre. Hay un tipo de silencio que sólo existe aquí, un silencio con olor a desinfectante, con el sabor metálico del temor.

Afuera del cuarto sembraron un pequeño jardín con palmeras. Desde la salita donde me siento a esperar, parece que el sol está empeñado en entrar para recordarnos que existe un mundo más allá de este aire artificial. En ese jardín pienso mucho en la muerte. Y justo cuando el pensamiento empieza a incomodarme, llega un grito desde adentro, y el cuerpo reacciona: correr, vivir, no pensar.

Las facturas de los hospitales privados no sólo se cobran los insumos médicos. Se cobran las certidumbres que se nos caen. La primera es la del tiempo. La segunda es la del futuro. Y la tercera, la del amor. Descubres que envejecer es una acumulación de pérdidas: de aire, de certezas, de padres. La muerte no llega; se instala. Gotea, como la solución del pedestal, al lado de la cama. Es lenta y metódica.

A los 20 la muerte me asustaba. A los cuarenta me hacía preguntas. A los 50 me toma de la mano. Sé que el día que pierda a mis padres me quedaré sin testigos. Nadie más podrá contar mi infancia como era, ni recordar la voz con la que me llamaban a comer. La sensación de soledad que esas certezas traen no está en ningún manual de duelo.

El hospital privado tiene reglas. Dos acompañantes. Cubrebocas obligatorio. Ahora es una república independiente. Entran familiares, enfermeros, repartidores. Todos respiramos el mismo aire viciado. Nadie supervisa nada. En los hospitales públicos se entiende: no hay recursos. En los privados, se justifica: “No hay personal”. El resultado es el mismo: el azar decide quién respira mejor.

La otra tarde entró al cuarto 220 una mujer con una charola. No era enfermera. Tenía la sonrisa disciplinada de quien aprendió a ser amable, aunque la vida le duela. Me ofreció una gelatina y de la nada, dijo:

—Aquí nadie se cura, nomás te cobran.

Comprendí enseguida que es la filósofa del piso. La escuché alejarse por el pasillo, con su uniforme de color menta y su sabiduría triste. Sus zapatos de goma sonaban como gotas de lluvia.

Los días son un ritual de incertidumbre. La doctora viene dos veces al día; veinte minutos por la mañana, veinte por la noche. Cuarenta mil pesos. No la juzgo: le salvó la vida a mi madre. En este país, agradecer lo que ya pagaste es un reflejo condicionado. Lo aprendimos como los rezos.

Mi padre y yo hacemos turnos. Una mañana él salió a darle de comer a su perra y yo no estaba. Cuando regresó nos regañaron: “No pueden dejar sola a la paciente”. En los hospitales públicos la soledad es pobreza; en los privados, protocolo. Cambia el precio, no la sustancia.

Las noches se han vuelto largas. Los pasillos, caminos de cansancio. Los monitores tocan la música de la fragilidad. En una cama cercana una anciana pide agua, nadie la escucha. En los hospitales, pienso, el dolor es democrático.

Duermo en un sofá junto a la cama. Una aprende a hacerlo. En ese duermevela he escuchado mi respiración y la de mi madre mezcladas, como dos ritmos que tratan de acompasarse y se vuelven una metáfora de la vida. Hay que resistir por turnos.

Guadalajara sigue afuera, henchida de tráfico, bares y personas desaparecidas. Aquí adentro todo es luz blanca, ruido y espera. El país entero es un hospital; unos están en terapia intensiva, otros en observación. Todos pagamos.

Soy una mujer cercana a los cincuenta que sobrevive de proyectos independientes. Mi seguridad social es una entelequia que se da en las conversaciones, casi siempre en la madrugada. Cuando pienso en el futuro me entra una tos nerviosa. ¿Qué haré cuando me toque a mí un cuarto 220? ¿De dónde saldrán los 300 mil pesos para seguir viva otros 10 días?

Me imagino la escena:

—¿Tiene seguro?

Y la respuesta, siempre la misma, ya sin vergüenza: no.

Enfermarse en México es un acto de fe laica. Los hospitales privados son como iglesias donde se depende de la voluntad de un ser superior; un crédito con buen historial. La esperanza paga IVA. El cuerpo es una empresa que no da utilidades. La salud, una membresía que vence sin aviso previo.

El día que dan de alta a mi madre el sol entra insolente por la ventana. Afuera las palmeras fingen normalidad. Un enfermero le entrega a mi padre un sobre con un puñado de recibos. Mi padre lo abre como se abren las malas noticias ya sospechadas: “Total a pagar”. No hay dinero que pague lo que se quedará aquí: el miedo, las horas, la vida.

Por la noche, ya en su casa, mi madre dormirá con su perra a los pies. La miraré un largo rato. Pensaré que todo lo que amamos es un préstamo. La salud, los padres, la vida. El cuarto 220 habrá quedado a dos o tres kilómetros, pero su número continuará en mi memoria, como el recordatorio de que la fragilidad humana se puede quebrar.

Pensaré que los hospitales no curan, documentan. Registran la forma en la que los cuerpos se desmoronan y la manera en que el amor intenta detener su caída. Que entre la ciencia y el cobro hay un territorio donde habita la ternura. Que tal vez así resista el país que todavía somos; uno que, pese a todo, sigue esperando su alta definitiva. 

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