El baño

El baño

– Edición 481

Me hubiera gustado que tuviera azulejos verdes, de esos con diseños que simulan burbujas de jabón, y también una cortina floreada o con barquitos de mar, pero sobre todo un inodoro que no fuera blanco, porque el nuestro, manchado sin remedio hasta la exasperación, despedía un olor a caño que siempre asocié con el color

Todos mis recuerdos se reducen al baño. De una u otra forma, inician o terminan en él. Era un baño feo, apenas cuatro paredes de cemento en bruto donde con frecuencia me raspaba los codos. Sin ventanas por donde se colara la luz, era necesario a cualquier hora, incluso en plena mañana, encender el foco que colgaba del cable desnudo. Era de una austeridad excesiva: no tenía cortinas ni división alguna entre la regadera y el retrete. Tosco y feo, pero muy amplio, con espacio suficiente para las cuatro.

Siempre nos bañamos juntas para ahorrar agua. Yo río mientras el agua me cae en la cara, llenándome la boca para luego lanzarla sobre alguna de mis hermanas, la que estuviera más cerca. Gritamos y reímos, no lo podemos evitar. Afuera los perros ladran como locos y rascan la puerta para que los dejemos pasar. Ellos nos cuidan, están al tanto de su papel de guardianes y lo asumen a la perfección. Tuvimos muchos, creo que llegaron a ser quince. Todos aparecieron en casa y se quedaron por voluntad propia. Llegaban un día cualquiera, husmeando con desconfianza el plato de comida instalado permanentemente al otro lado de la reja, y al poco tiempo ya andaban entre la jauría mestiza que iba y venía por todas las habitaciones. Ella sabía que con los perros estábamos a salvo y por eso nos dejaba tenerlos. En el patio o en la cocina, en las recámaras o en la cochera, le daba lo mismo: nunca se preocupó por los pelos que soltaban sobre el sofá o los edredones ni por todos los olores reunidos en uno solo, penetrante, que se percibía apenas cruzabas la puerta.

Sin embargo, algunas veces el pánico se volvía incontenible. Creía que nos vigilaban, que esperaban el momento en que Ella no estuviera para raptarnos. En esas ocasiones no permitía en ninguna circunstancia que nos apartáramos de su lado, ni siquiera para ir a la escuela; debíamos acompañarla al trabajo, pasar el día entero, interminable, encerradas en su auto —un Dart negro de dos puertas con interiores azules descoloridos por el sol—, único vestigio de otros tiempos, tiempos de abundancia. Y, por supuesto, ahí estaban los perros; cada cual cargaba con su favorito para hacer soportables las horas.

Me pregunto si habrá envejecido estos últimos años, si al verla ahora la reconocería. ¿El tiempo habrá modificado su cuerpo siempre tenso, listo para saltar sobre algo? ¿Le habrá borrado la necesidad de mirar y de hacernos mirar en todas direcciones? ¿Le habrá anestesiado las imágenes que se sucedían una tras otra hasta convertirse en la única realidad posible?

Otra vez el baño, el maldito y feo baño. Lo que Ella ganaba apenas alcanzaba para pagar las cuentas de la casa, jamás alcanzó para terminar la construcción del baño. Me hubiera gustado que tuviera azulejos verdes, de esos con diseños que simulan burbujas de jabón, y también una cortina floreada o con barquitos de mar, pero sobre todo un inodoro que no fuera blanco, porque el nuestro, manchado sin remedio hasta la exasperación, despedía un olor a caño que siempre asocié con el color.

Me habría gustado un baño en el que pudiéramos ducharnos por turnos y no siempre juntas. A veces no estaba de humor para soportar las burlas de mis hermanas al ver mis senos precozmente desarrollados, grandes y carnosos como de vaca, decían, riendo; o para tocar la cicatriz de la mayor de ellas, amplia y rojiza a un costado de su espalda, complemento exacto de la que Ella llevaba en el pecho. Me mortificaba tanto cada vez que nos obligaba a desabotonarle la blusa y mirar esa cicatriz moviéndose arriba y abajo, como gusano agonizante, sobre su pecho furioso. Lo hacía para que todas viéramos de lo que era capaz una mujer desesperada, para que no olvidáramos que en esos hijos de puta no se puede confiar. Nunca confiar: ésa era la ofrenda que exigía de nosotras a cada minuto. Ella confió y perdió la batalla, nosotras nos convertimos en su única posibilidad de venganza.

No quise ser como Ella, por eso me fui. Sentía su veneno en mi sangre, ganando y ganando terreno.

Hace años que no la veo. El único vínculo que sobrevive es a través de mi hermana, la única con la que sigo en contacto. Llamadas telefónicas esporádicas, breves y plagadas de cortesía; llamadas que me dejan en un estado de introspección durante varios días. En esos periodos el recuerdo del baño se hace aún más presente. Escucho las risas de mis hermanas y el ruido de sus pies chapoteando sobre el piso inundado del baño; escucho a los perros ladrando y peleando allá afuera; escucho su voz, la voz de Ella apresurándonos, amenazándonos con suspender la salida si no terminamos pronto.

La invitación fue una sorpresa. De hecho, no recuerdo alguna otra ocasión en que nos llevara a comer fuera de casa. Siempre comíamos lo que yo, o cualquiera de las otras, cocinaba; siempre la porción exacta de carne y lentejas, comiendo hasta el último bocado, hasta que el plato quedara completamente limpio. Pero ese día fuimos al centro, caminamos sobre la calle en pendiente que lleva hasta el parque, atestada de gente a esa hora, entrando y saliendo de los almacenes, reuniéndose en grupos frente a los aparadores, subiendo o bajando la calle. Nos detuvimos en un establecimiento de pollos rostizados; Ella estudió unos minutos los precios colocados en la vitrina antes de decidirse a pasar. Luego, un poco con curiosidad y otro tanto con nervios, atravesamos el estrecho pasillo, sofocante por el calor del horno en el que tres hileras de pollos daban vueltas y vueltas, bañados en grasa y cebollas, despidiendo un olor que rayaba en lo nauseabundo. Entramos a una galera enorme repleta de mesas y asientos de vinil amarillo y mujeres con delantales de colores chillantes desplazándose por el local, llevando bandejas de comida y platos sucios. La música era alta y festiva; las conversaciones confusas y los ventiladores, encendidos al máximo, provocaban un zumbido parejo, irritante, hipnotizador. En medio del caos, suspendido a unos metros del techo y a demasiados de nosotros, estaba un candelabro bellísimo: gotas y gotas de cristal cayendo en cascada, posiblemente el último objeto original del antiguo palacete —ahora rosticería— y que, debido a lo inaccesible de su posición, había sido imposible remover. Intento imaginar obsesivamente la escalera de mil peldaños que pudiera alcanzarlo.

Me pierdo entre la música salida de quién sabe dónde, entre las risas histéricas de mis hermanas que se arrebatan trozos de pollo mutilado, masticándolo, triturándolo con las bocas abiertas. Me pierdo atemorizada en este ambiente vulgar, cotidiano, donde sólo el candelabro parece dolorosamente real. Todos los demás parecemos simples personajes de una farsa.

A veces él no entiende por qué río tanto. Por qué mientras preparo el desayuno, mientras barro nuestro minúsculo departamento, mientras acomodo las sábanas de la cama donde a veces hacemos el amor, yo río; es por costumbre, le digo, y me trago las lágrimas que por dentro caen como gotas y gotas de cristal, resbalando sobre una cortina floreada o con barquitos de mar.

    MAGIS, año LVII, No. 483, septiembre-octubre 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de septiembre de 2021.

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