El anhelo y la maldición

El anhelo y la maldición

– Edición 485

Fragmento de la portada del libro «Los infinitos», de John Banville

La lectura, en este sentido, está siempre guiada por la certeza de que ahí detrás hay algo que no hemos visto todavía

Desde los tiempos en que los dioses convivían plenamente con los mortales, la posibilidad de disfrazar de nada nuestra presencia en el mundo ha sido un motivo recurrente en la imaginación: por ejemplo, según una versión del mito, Perseo consigue pasar inadvertido para acercarse a Medusa gracias a que lleva puesto el casco de Hades —el dios del inframundo habría obtenido ese regalo de los cíclopes a los que liberó en la Titanomaquia. Entre aquel dispositivo y la capa de invisibilidad de Harry Potter, la literatura ha vuelto al tema en numerosas ocasiones para explorar así los extremos de la condición humana. Naturalmente, una de las obras que más lejos han llegado en este propósito es la novela de H. G. Wells, de fines del siglo xix: con la fórmula que descubre, el protagonista arriba a una forma inédita de la maldad, cuando se persuade de que su poder tendría que abrirle paso para imponerse absolutamente sobre los demás.

Inagotable, el tema desborda los diques de la fantasía para inundar las tierras infinitamente más vastas de la realidad verificable: las incontables historias de mujeres y hombres a quienes sus circunstancias han investido de invisibilidad, hasta que de golpe descubrimos que están ahí. Después de todo, como observó Ricardo Piglia, por debajo de una buena narración ha de transcurrir siempre una historia inadvertida, insospechable, que es la que verdaderamente importa. La lectura, en este sentido, está siempre guiada por la certeza de que ahí detrás hay algo que no hemos visto todavía.

Sólo es lo que no se ve

El emperador Carlomagno pasa revista a su ejército, y llega al fin delante de quien, le han contado, es el más distinguido de sus soldados: un caballero de armadura reluciente, protagonista de hazañas fabulosas, ejemplo supremo de lealtad y bravura, de clarividencia y de compasión. Adorado por las mujeres y admirado por los hombres, el noble Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez, tiene, sin embargo, un pequeño inconveniente: cuando el emperador le ordena que muestre su rostro, descubre que la armadura está vacía. Es un héroe hecho de pura voluntad.

El caballero inexistente, de Italo Calvino (Siruela)

Amar sin ser visto

Un fugitivo encuentra por fin refugio en una isla que cree desierta, pero su paz se interrumpe cuando descubre que hay otros ahí: un grupo de personas que, por lo que parece, lleva tiempo viviendo una existencia plácida, una suerte de tertulia que se reproduce cada tarde con parecidos movimientos de sus asistentes, los mismos colores, la misma música. El fugitivo no se atreve a mostrarse, y se limita a presenciar aquello. Pronto llama su atención, y pronto también lo cautiva una mujer, Faustine. Su libertad, admite entonces, se ha terminado al quedar preso de ese amor, al que se rinde aunque sepa que Faustine jamás llegará a verlo.

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares (Alianza)

Manifestaciones de lo inefable

La invisibilidad es, ante todo, cosa de los dioses, como queda claro en el relato del día en que morirá un célebre matemático, rodeado de su familia y de las intrigas y las ambiciones de ésta. Quien narra es Hermes, que anda por ahí, atestiguando lo que hacen esos mortales, y que se divierte con las andanzas de su padre, Zeus, como de costumbre abocado a saciar sus deseos, transfigurándose para poseer a una de las mujeres. La presencia de los dioses se manifiesta en indicios que pasan inadvertidos: tan sólo una corriente de aire, algún breve resplandor. Una lectura de belleza irrepetible.

Los infinitos, de John Banville (Anagrama)

Soledad y silencio

La infancia también es territorio propicio para la invisibilidad: lo supo la pequeña Herta Müller cuando, en un entorno presidido por el padre alcohólico y la madre atormentada, más le valía que nadie se diera cuenta de que estaba ahí. Así fue ejercitándose en la soledad y el silencio, que más tarde volverían a salvarle la vida, en su existencia como disidente de un régimen que la vigilaba y la perseguía. La sola posibilidad de no desaparecer por completo quedó reducida a su escritura: las palabras gracias a las cuales sus lectores podemos conocer la historia de esa niña invisible.

El rey se inclina y mata, de Herta Müller (Siruela)

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